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Cultura

'Robin Hood': héroe a lo Marvel y oligarca enemigo de los impuestos

El bandido de los bosques de Sherwood sucumbe a la hegemonía de la narrativa superheroica en una aventura de tono sorprendentemente insurreccional, sin los desenlaces conciliadores con el sistema que endulzaban versiones previas

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Robin Hood 3

El arquero de los bosques de Sherwood participa en la campaña bélica cristiana para reconquistar Jerusalén

El arquero que robaba a los ricos para abastecer a los pobres ha vuelto a la gran pantalla. El realizador Otto Bathurst ( Black mirror) firma una nueva versión de la leyenda de Robin Hood que ofrece, por supuesto, acción, aventura y humor algo pícaro. El resultado remite (¿excesivamente?) al molde fijado por Marvel Studios. El modelo narrativo y comercial del audiovisual superheroico contemporáneo se infiltra en la propuesta, junto con un cierto tono adolescente reforzado por el aspecto perennemente juvenil de Taron Egerton ( Kingsman).

Ocho años atrás, Ridley Scott lideró una intervención profunda en el tratamiento del personaje. A diferencia de las influyentes películas interpretadas por Errol Flynn y Kevin Costner, el héroe era despojado de sus títulos nobiliarios y su trayecto heroico resultaba algo más arisco. La propuesta de Bathurst y companía apuesta de manera más evidente por las imágenes creadas digitalmente, se aleja del tono oscuro del filme de Scott y recupera el carácter aristocrático del héroe.

Robin de Locksley es un joven veterano del intento de reconquista cristiana de Jerusalén, movilizado de manera forzosa. A su regreso de la campaña bélica, ha perdido su pareja y sus propiedades. Harto de las arbitrariedades del malvado sheriff de Nottingham, decide iniciar una serie de robos. Le inspiran la mujer que fue su amada y un hombre musulmán que quiere acabar con la guerra religiosa interrumpiendo el flujo de dinero que la financia. Gracias a su estatus nobiliario, el protagonista se acerca a su antagonista y conspira contra el conspirador, fingiendo apoyarle mientras boicotea su inclemente recaudación de tributos.

Este nuevo Robin Hood conecta, por tanto, con la tradición de justicieros oligarcas al estilo del Zorro. Su doble vida recuerda también a un héroe de sensibilidad social dudosa y de conexiones más evidentes con la narrativa superheroica: ese multimillonario Bruce Wayne que se codea con las clases altas cuando no se enfunda el traje de Batman.

El héroe del boicot fiscal

Las diversas encarnaciones fílmicas del Robin Hood han variado en las maneras de representar al personaje y también los motivos de su conversión en bandolero. Uno de los ejes ha sido el conflicto familiar entre el rey Ricardo I, caracterizado como un buen gobernante que está participando en el intento de reconquista cristiana de Jerusalén, y su hermano Juan. Lo que casi nunca ha faltado es la aversión por el pago de impuestos, detonante habitual del descontento del protagonista y de su transformación en campeón del atraco y la beneficencia posterior.

El Robin Hood animado de Disney tenía algo de introducción a los más pequeños en la aversión al sistema tributario. Atendiendo al contexto de monarquía absolutista de la ficción, de unas tasas que esquilman a la población, la crítica a los impuestos no es necesariamente reaccionaria. Al fin y al cabo, el héroe lucha contra un trasvase de fondos que refuerza los privilegios de los pudientes.

Robin Hood

En el 'Robin Hood' de Disney, solo el corrupto hermano de Ricardo I ama los impuestos

 

En una escena de la película, el héroe habla en clave humorística de redistribución de la riqueza, pero su redistribución es más bien una restitución del dinero previamente expoliado. En un contexto contemporáneo de negación de las diferencias de clase y de socavamiento discursivo de un pilar del Estado social moderno como la progresividad fiscal, la reacción violenta contra los impuestos adquiere otras connotaciones.

Las diversas versiones de la historia de Robin Hood generan ramificaciones interpretativas y han hecho que los estudiosos no se pongan de acuerdo en sus análisis sobre la naturaleza. Con todo, el bandolero no dejaba de reivindicar paradójicamente la propiedad privada: la propiedad privada de los afectados por la voracidad del absolutismo. La habitual naturaleza del héroe como noble o miembro de esa especie de clase media premoderna formada por artesanos y propietarios es otro elemento que apunta a un mito liberal, enfrentado al feudalismo pero alejado de un izquierdismo moderno con el que solo cabría una identificación superficial.

¿Una revolución desde las élites?

En la linea del Hollywood cínico que maneja calculadamente las contradicciones del cine de entretenimiento, cada espectador podrá encontrar sus motivos de simpatía hacia Robin Hood. Unos podrán apreciar que el héroe haya tenido como modelos de conducta a una mujer socialmente concienciada y a un hombre musulmán. Otros podrán admirar el liderazgo individual de un oligarca burlón que puede parecer una versión amable del trumpismo: se entroniza al adinerado que dice preocuparse por los menos pudientes.

Si el levantamiento contra un sistema opresivo y antisocial puede generar consenso, las imágenes de solidaridad y organización grupal se combinan con el desdén hacia la soluciones políticas. Las defiende un hombre que intenta negociar reformas y se acaba revelando como un arribista movido por los intereses personales. En este aspecto, el resultado sintoniza con las inercias antipolíticas de las narrativas neoliberales.

Robin Hood 2

El héroe quizá está más cerca de ser un agitador trumpiano que de perseguir una revolución social

A diferencia de los Robin Hood de Flynn o Costner, o de la encarnación dibujada de Disney, no hay una sutura de las heridas sociales a través de la aparición final de un idealizado Ricardo I. Quizá había que esperar a la segunda o tercera entrega de un filme evidentemente concebido como el inicio de una saga que, a causa de los flojos resultados iniciales en taquilla de este primer filme, difícilmente llegará a existir.

No hay reconciliaciones tardías que maticen el tono insurreccional. Eso sí, hay algunos mecanismos de seguridad en el despliegue narrativo: los antagonistas del héroe son el sheriff de Nottingham y un influyente prelado, mientras que la monarquía queda fuera del cuadro y protegida de la crítica. Como en el viejo Hollywood censurado, el mal funcionamiento del sistema tiene responsables concretos cuya destitución podría ser suficiente para cambiar las cosas.

El arquero que se convirtió en superhéroe

Vapuleada por la crítica estadounidense, Robin Hood quizá paga culpas que no son únicamente suyas. Al posible hartazgo ante la sobreabundancia de propuestas superheroicas se le une el aparente castigo comercial a las propuestas que se acercan a este modelo desde puntos de partida diferentes, como La momia o El rey Arturo: la leyenda de Excalibur.

El filme sobre el arquero inglés puede compararse favorablemente con la elefantiásica reformulación del mito artúrico que propuso Guy Ritchie. A pesar de su presupuesto elevado (unos 100 millones de dólares) y sus probablemente fallidas ambiciones de convertirse en una nueva franquicia cinematográfica, Robin Hood ofrece un entretenimiento de pretensiones más modestas (la duración, inferior a las dos horas, sugiere que estamos ante un intento de blockbuster de talla M) y con menos fricciones tonales. Sus responsables no intentan hermanar lo épico con lo tabernario, sino que se conforman con ofrecer acción moderadamente vistosa y algunas de esas hazañas imposibles tan propias del cine digital posterior a Matrix.

Robin Hood se convierte en una especie de Batman medieval y, de paso, apela a la víscera con su revolución basada en el malestar y sin consciencia política concreta. Aunque el resultado palidezca con los mejores productos del efectivo laboratorio de puñetazos chistosos de Marvel Studios, puede resultar agradable para buscadores de pasatiempos simples... o para exploradores de las contradicciones ideológicas del cine comercial.

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