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Cinco alegorías de la caza de brujas en el cine fantástico y el 'western'

Una icónica imagen de persecución en la ambigua 'La invasión de los ladrones de cuerpos'

Ignasi Franch

Se pueden usar varias fechas para señalar el inicio de la caza de brujas, esa época en que la sociedad estadounidense, y particularmente su industria cinematográfica, iniciaron la persecución del presunto comunista. Una de esas fechas fue el 27 de octubre de 1947, con la declaración de quienes fueron llamados los Diez de Hollywood: guionistas y directores que rehusaron cooperar con el Comité de Actividades Antiamericanas y fueron condenados a prisión por ello.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, llegó una paz fugaz. Rápidamente, la sucedería la llamada Guerra Fría, nombre cuestionable para un periodo histórico que incluyó conflictos sangrientos como la guerra de Corea. Hollywood hizo una transición fluida del antinazismo posterior a los ataques a Pearl Harbor, que incluyó películas de propaganda soviética para vender a la opinión pública el pacto con Stalin, hacia un anticomunismo estridente.

Algunos géneros solo cambiaron la ideología de los villanos: continuaron produciéndose los mismos thrillers de miedo al sabotaje y la infiltración o las mismas aventuras de guerra y resistencia en escenarios geopolíticamente agitados. Con el miedo al conflicto atómico, se consolidó el género el drama de supervivientes en un mundo posapocalítptico (Five, The world, the flesh and the devil, The last woman on earth, etcétera). Y las experimentaciones atómica y aeroespacial inspiraron películas con monstruos (La humanidad en peligro) y extraterrestres (Invasores de otros mundos) que remitían a la representación hollywoodiense del adversario socialista: desindividualización, falta de sentimientos...

Para este repaso de alegorías de la caza de brujas nos alejamos de la Guerra Fría en general, de sus conflictos reales y sus miedos a la destrucción total. Nos centramos, en cambio, en westerns y películas de ciencia ficción que comentaban la vida interna de una sociedad dividida por la agitación macartista. Son filmes de género que proponen diversas (y, en varios casos, ambiguas) miradas a la comunidad estadounidense, la gestión de la disidencia, la presunción de inocencia o la relación con quien es considerado diferente.

Solo ante el peligro (1952)

Solo ante el peligroEl marshal de una pequeña localidad, Will Kane, acaba de dimitir para casarse e iniciar una nueva vida en otro lugar, cuando le anuncian que una banda de malhechores va a atacarle. Por una mezcla de responsabilidad (no quiere dejar el pueblo sin su correspondiente agente de la ley) y miedo (no considera que esté a tiempo para huir eficazmente), vuelve al pueblo para liderar un grupo de hombres armados. La narración, que transcurre en tiempo real, enfatiza su búsqueda infructuosa de aliados. La comunidad abandona al hombre perseguido.

El director del western, Fred Zinnemann (Hombres), no fue demasiado claro sobre las intenciones políticas del filme. Pero la personalidad del guionista Carl Foreman, que fue citado por el Comité de Actividades Antiamericanas y se trasladó al Reino Unido después de ser vetado por la industria, da pistas de la sensibilidad detrás de la ficción, que además incluía un apunte antiracista. Posteriormente, el ultraconservador John Wayne protagonizó Río Bravo como respuesta a una obra que consideraba “antiamericana” no solo por sus posibles connotaciones antimacartistas, sino también por su protagonista angustiado y alejado del estereotipo de héroe individual y todopoderoso.

A pesar de todo, Solo ante el peligro era suficientemente ambigua como para que Gary Cooper la liderase... e incluso para que el mismo Wayne, antes de acumular inquina, aceptase el Oscar en ausencia de su amigo. Con los años, la película ha admitido relecturas de todo tipo y homenajes un poco a la contra. Harry el Sucio terminaba con el mismo gesto de desprecio, con el héroe lanzando su placa.

En el momento de su estreno, el western de Zinnemann desprendía connotaciones de crítica a los abusos institucionales y al silencio conformista de la población. Harry el Sucio, en cambio, fue entendida como un ataque a la protección de los derechos constitucionales de los detenidos. Contribuyó, al fin y al cabo a fijar un relato dominante en el thriller policial: la ley protege tanto a los criminales que los agentes deben transgredir las normas y protocolos o fracasar.

Llegó del más allá (1953)

Llegó del más alláUn clásico de la ciencia ficción de la época, Llegó del más allá, comienza con imágenes de una pequeña localidad descritas a través de una voz en off evocativa. Una escena romántico-sexista llena de melaza es interrumpida por la caída de un meteorito. Y aquí comienza la trama: el protagonista del romance es un astrónomo que descubre que acaban de ver una nave extraterrestre.

La película, basada en un relato de Ray Bradbury, prefigura, con algunas diferencias, uno de los aspectos más característicos de La invasión de los ladrones de cuerpos: la sustitución de humanos por réplicas extraterrestres. La contemporánea Invasores de Marte seguiría un camino similar, mezclando el desencaje infantil en el mundo adulto con la habitual representación hollywoodiense del comunista como ser gélido y antisentimental, fuese por vocación propia o por mecanismos de control mental.

Llegó del más allá incorpora un matiz importante: el otro, el diferente, no es necesariamente un enemigo. El mismo astrónomo tiene algo de outsider en su localidad: se le señala por vivir en una casa apartada y no relacionarse demasiado con la comunidad. Y sí, los extraterrestres del filme son desapasionados, pero no son malvados. Solo desean una tregua que una turba violenta está a punto de dinamitar.

La apuesta de los autores remite a una coexistencia pacífica manteniendo las distancias. Parecen recomendar a las dos superpotencias que vivan separadas por el telón de acero, sin beligerancias, esperando momentos más proclives al entendentimiento. Además de estos apuntes algo a contracorriente, el filme puede presumir de unos medios de producción por encima de la media del género, y su realizador (Jack Arnold, futuro autor de El increíble hombre menguante) consigue algunas imágenes llamativas.

Filón de plata (1954)

Filón de plataEl veterano Allan Dwan firmó una especie de versión de Solo ante el peligro condimentada con las especias propias de la serie B. Aquella ya era una narración concisa (82 minutos), pero dedicaba tiempo a crear atmósferas de frustración y soledad del protagonista. Filón de plata incorpora mucha más acción y alguna cornada con las dinamizar una premisa similar.

De nuevo, nuestro héroe está casándose en un día festivo, de nuevo vienen a buscarle. Pero en esta ocasión él no es un sheriff respetado, sino un vecino ejemplar de pasado enigmático; sus perseguidores no son una banda de malhechores, sino unos presuntos agentes federales. Hay que entender como un gesto malicioso que el líder de estos se apellide McCarty, apellido casi idéntico al del entonces en boga senador republicano Joseph McCarthy, vehemente líder espiritual del macartismo.

Las imágenes de persecución masiva, con casi todo el pueblo volcado en asesinar a un falso culpable, confiando a ciegas en la palabra de un teórico agente gubernamental, prefiguran las icónicas correrías del hombre asediado de La invasión de los ladrones de cuerpos. La resolución rebosa ironías múltiples, ingeniosas intervenciones femeninas incluidas, y el filme concluye con un gesto de desdén que remite a Solo ante el peligro: con sus sospechas y su obediencia, la comunidad ha mostrado su verdadera cara.

La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)

La invasión de los ladrones de cuerposEste clásico del cine fantástico tiene todo el potencial para ser una advertencia sobre la caza de brujas. Una pequeña y apacible localidad estadounidense, un aparente paraíso del american way of life, se convierte en una pesadilla para un reducido grupo de personas que comienzan a verse acechados por el resto del pueblo. El relato también es apto como cuento anticomunista, con su historia de infiltración paulatina protagonizada por foráneos de pensamiento desapasionado y colectivo que sustituyen a los americanos de bien.

Ni siquiera los mismos creadores del filme se ponen de acuerdo en sus intenciones. El guionista, Daniel Mainwaring, afirmó que criticaba el macartismo. El autor del texto original y el protagonista del filme no le veían una ideología concreta. Y su director, Don Siegel (Fuga de Alcatraz), lo definía como un cuento contrario a todo autoritarismo. La sensibilidad libertaria de Siegel evolucionaría posteriormente hacia posiciones muy inquietantes en la mencionada Harry el Sucio.

Quizá nos podemos quedar con la visión del filme que defendía Siegel, aunque la imposición de un epílogo tranquilizador muy propio de la sci-fi oficialista del momento, rebosante de confianza en las instituciones, compromete en parte el resultado. Más allá de estos detalles, La invasión de los ladrones de cuerpos es un clásico de eficacia probada, emocionante y perturbador. Y sus imágenes de persecución del personaje principal, fuesen cuales fuesen las intenciones de los creadores, escenifican de manera poderosa la persecución de la disidencia.

Un buen día para una ejecución (1959)

Un buen día para una ejecuciónCuando se estrenó Un buen día para una ejecución, el senador McCarthy había muerto tras ser desacreditado por su histrionismo. La agitación podía haber disminuido, pero las listas negras y la exclusión de los disidentes seguían activas. En ese contexto, este filme parece sugerirnos que el macarthismo no estaba tan mal, que quizá se estaban cayendo en excesos garantistas al cuestionar la caza de brujas. El resultado puede considerarse un alegato reaccionario contra la presunción de inocencia, la duda razonable y la participación ciudadana en los asuntos públicos.

En algunos aspectos, la película invierte lo relatado en Filón de plata: del inocente convertido en falso culpable se pasa al culpable convertido en falso inocente. En el transcurso del atraco a un banco, uno de los ladrones mata al marshal local. Ben Cutler, el hombre que se convertirá en marshal accidental, es testigo de ello, le hiere, le captura y se opone al linchamiento inmediato del reo. Pero la labor de defensa que acomete un astuto abogado, junto con la conducta lastimera del joven criminal, hace que cambien las tornas: la comunidad comienza a dudar del héroe y a creer al acusado, hasta el punto de iniciar una solicitud de clemencia.

Sin la contrucción de atmósferas de Solo ante el peligro ni el ritmo trepidante de Filón de plata, Un buen día para una ejecución aparece como un western algo moroso y melodramático. Ante la censura (vigente hasta 1968) y la dinámica represiva de la industria, los autores con intención crítica tenían que jugar con las ambiguedades y los sobreentendidos. Los responsables de este filme podían hablar más claro: hay que confiar en las autoridades y no entrometerse. El final era, por supuesto, feliz: resarcimiento del marshal, reconciliación de la comunidad y retorno a la confianza ciega en el sistema.

El mensaje se resume, de manera un poco bochornosa, en boca de un niño que afirma que, cuando sea mayor, hará “lo que deba hacer, como tú, aunque todo el mundo esté en mi contra también”. La razón del héroe individual, del proveedor de seguridad, debe prevalecer sobre el criterio de aquellos a quienes protege. Todo ello dentro de un contexto general de recelo de la democracia y de la política representativa: el letrado manipulador es un aspirante a cargo público, y el gobernador condona la pena de muerte del acusado por intereses electorales.

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