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9 peliculones de 2017 que no abarrotaron las salas de cine (y se lo merecían)

Esta no es una lista más de las mejores películas del año, es la nuestra, la de las que nos cautivaron en la sección de Cultura y Tecnología de eldiario.es

¿Cuál es para ti la película del año? Cuéntanoslo en los comentarios

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Nueve peliculones que no abarrotaron las salas de cine

¿Cuál ha sido tu favorita del año?

No hicieron mucho ruido ni obtuvieron grandes recaudaciones en la taquilla. Han pasado algo desapercibidas entre la cartelera y el público se ha olvidado de ellas rápidamente. Pero aquí estamos nosotros para recordar nueve peliculones que, ya sea por mala suerte, porque coincidieron con otro bombazo simultáneamente o por la época estival, no llenaron las salas de cine.

Estas son las nuestras, desde el criterio más personal, humilde e incluso absurdo del mundo. Porque eso es lo que hace a una película ser especial. Les invitamos ahora a ampliar esta lista sin final con sus elecciones y las razones que quieran en los comentarios. Todas serán igual de valiosas. ¡Bienvenidos!

Mónica Zas: Personal Shopper (Oliver Assayas)

Como en el caso de Madre! (de la que hablaremos a continuación), la película de Oliver Assayas es un juego de espejos deformes del que no sabes qué esperar. Empieza transitando un terror mediocre de casas encantadas para descender a un inframundo algo distinto: el de la haute couture y la lucha de clases.

Ya que es tan loco como suena, su virtud es que sales de la sala pensando en el final abierto y la correcta interpretación de Kristen Stewart en lugar del mejunje de ideas que se han sucedido en la pantalla. Para tranquilidad de los amantes del género, cabe destacar que lo que sucede al principio no es en absoluto la tónica de la película. Personal Shopper es terror psicológico del duro, del terrenal. Y ese sí que da miedo. 

Vanesa Rodríguez: The Square (Ruben Östlund)

Christian, director de un museo de arte contemporáneo en Suecia, es el protagonista de esta historia que gira en torno a un cuadrado. La película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, es una brillante sátira del mundo del arte, de la pretenciosidad, de los medios de comunicación, de los virales y de las miserias de los países más desarrollados.

El peso interpretativo recae en Claes Bang, que cose acertadamente varias historias independientes. En esta ocasión la gran Elisabeth Moss es solo una artista invitada que protagoniza alguna de las escenas más hilarantes del film.

Y es que el director Ruben Östlund se ríe de todo y de todos con algunas partes del guion que son verdaderas bofetadas al postureo. Porque todos somos rebaño, por muy especiales que nos sintamos a veces.

The Square

David Sarabia: Madre! (Darren Aronofsky)

Mucho ruido y pocas nueces. Quizá esa sea la mejor frase que defina la película de Darren Aronofsky de este año. Madre! Intentaba ser una  experiencia visual, atractiva e inquietante para el espectador que se quedó a medio camino entre una cinta de David Lynch y Quentin Tarantino. La referencia al primero es por todo ese halo de misterio y aparente inconexión que soporta la película durante la primera hora y pico. La segunda es por no escatimar en detalles, en ninguno, mientras echa mano del gore más explícito e irreverente cuando el filme, en cierto punto, gira como por arte de magia y desciende al inframundo.

En definitiva, una alegoría bíblica que deja al espectador con cara de pocos amigos a la salida del cine y le llena de dudas hasta que él mismo decida investigar un poco sobre los entresijos de la Madre. Cuidado con lo que se desea, a lo que se aspira y lo que finalmente termina por mostrarse: Madre! adquiere demasiados mensajes y demasiado potentes cuando se reposa un par de días en la almohada. Solo por no permitirnos olvidarla, merece estar en esta lista de grandes incomprendidas.

Francesc Miró: Verano 1993 (Carla Simón)

Convertir el cine en un vehículo para la expiación de nuestros propios fantasmas no es algo nuevo. Pero si se hace con veracidad y sinceridad, el potencial de cualquier obra se multiplica por su ferocidad, por la autenticidad que solo nace del dolor meditado. Verano 1993 necesitaba ser contada porque Carla Simón, su directora y guionista,  necesitaba reflexionar sobre el fallecimiento de sus padres y su vida en un pequeño pueblo catalán, alejado de la Barcelona que conocía.

De la mirada adulta a sus recuerdos nace una película narrada con una naturalidad y un arrojo desarmante. Verano 1993 es un objeto de lenguaje casi documental -no exento de poesía naturalista- protagonizado por un talento innato llamado Laia Artigas, y apuntalado por una puesta en escena sobria que deja que el drama fluya con sencillez. Con la espontaneidad que solo se consigue haciendo que la cámara desaparezca.

Un viaje veraz y brillante que nos acerca al debate emocional de una niña desubicada, a la montaña rusa que puede ser comprender la psicología infantil, y a lo difícil de tratar de entenderla desde la experiencia adulta. Uno de los mejores debuts en el largometraje que el cine español ha dado en años.

Laia Artigas interpreta a 'Frida', trasunto de Carla Simón en la película

Mónica Zas: Tierra firme (Carlos Marqués Marcet)

Le pedimos al cine español valentía, femineidad entre un alarde de testosterona y compromiso político con los grandes debates del presente. De pronto, aparece un proyecto pequeño que cumple ese tres en raya y resbala por la taquilla como si se tratara de un espejismo.

Tierra firme, de Carlos Marqués Marcet, merecía más de lo que le hemos dado y por eso representa la mayor injusticia del año cinematográfico español. Ha sido obviada en los Goya (algo incomprensible a la luz de algunas nominadas) y se ha tenido que conformar con un exiguo número de salas, a pesar de contar con dos de los rostros más reconocibles de nuestro país a nivel mundial: Natalia Tena (Juego de Tronos y Harry Potter) y Oona Chaplin ( Juego de Tronos y Taboo).

Pero quizá no sea del todo tarde para reivindicar esta historia de amor, colegueo y tribulaciones sobre la maternidad. Aprovechemos el frío para resguardarnos en el camarote de Eva y Kat, donde viven a la espera de una jeringa de esperma para quedarse embarazadas y cerrar ese supuesto círculo que nos han dicho que es la vida adulta y en pareja. Lloremos con una por su instinto incomprendido y, con la otra, por su vértigo ante un bebé que no desea. Celebremos un cine de sentimientos, de complejidades y complejos, porque todavía no es demasiado tarde. 

David Sarabia: Ghost in the shell (Rupert Sanders)

En medio de un verano marcado por los anuncios sobre la adaptación de varios animes,  el manga de Masamune Shirow irrumpió en la cartelera con fuerza, exactamente de la forma que se esperaba. Sin embargo, ni la crítica fue buena ni la taquilla, abundante. La historia de la agente Motoko Kusanagi (aka: La Mayor), interpretada por Scarlett Johansson, es trepidante y colorista, mezcla acción con efectos especiales de manera sensacional y mantiene, aunque solo sea en ciertos pasajes, la esencia del anime que tantos buenos ratos dio a los primeros millennial allá por el final de los 80 y principios de los 90.

Ghost in the shell, aunque sin tener una lectura tan profunda como Blade Runner, también invita a preguntarse sobre el futuro de los humanos, la unión hombre-máquina y el concepto de "singularidad".

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Vanesa Rodríguez: Train to Busan (Yeon Sang-ho)

Un virus mortal se extiende por Corea del Sur y un padre luchará por su superviviencia y la de su hija. Pero esta no es solo otra película de zombis. Yeon Sang-ho coge el género y lo retuerce convirtiendo Train to Busan en un espectáculo audiovisual. Su ritmo trepidante te atrapa como a los pasajeros de este tren de alta velocidad que huye de la epidemia.

Es recurrente cuando estamos entre zombis que lo que más aterre de la película no sean las mordidas de los infectados, sino los más viles sentimientos que emergen de los vivos. Pero con todos los clichés de los muertos vivientes, Yeon Sang-ho logra demostrar con unas escenas espectaculares que por mucho que se haya contado una historia, el cine siempre da la oportunidad de sorprender.

José Antonio Luna: Moonlight (Barry Jenkins)

Aunque Moonlight recibió el Oscar a mejor película,  su éxito en taquilla antes del galardón dista bastante del de otras candidatas como La la land, que por entonces se alzaba como favorita con 14 nominaciones a la estatuilla de oro.

El largometraje dirigido por Barry Jenkins no es un drama que busque la lágrima fácil, sino una sutil reflexión sobre la vida en un entorno conflictivo afectado por el bullying, las drogas y la represión sexual. Esos son los tres pilares en los que se sustenta la historia de Chiron, que descubrimos a través de tres actos divididos en infancia, adolescencia y adultez. Porque, a pesar de que tratan muchos temas, como la homosexualidad o delincuencia, la obra se aleja de los clichés para centrarse en su premisa principal: la del descubrimiento personal.

Moonlight

Francesc Miró: A Ghost Story (David Lowery)

David Lowery parecía estar buscando su voz, y su hueco entre el panorama indie del cine norteamericano, desde que en 2009 dejase claro que tenía talento pero no dinero con St. Nick. Tras hacer ruido con Un lugar sin ley, romántico western fronterizo, metió la pata de forma un tanto estrepitosa con Peter y el Dragón No ha sido hasta A Ghost Story cuando parece haber encontrado el equilibrio entre su astucia por una narración visual que convierte la falta de recursos en poder expresivo, y su discurso romántico y un tanto anticuado sobre las relaciones amorosas y su huella en nuestra evolución personal.  

Rooney Mara y Casey Affleck repiten como pareja tras Un lugar sin ley, y entre ambos fluye una química que estalla cuando desaparecen y el protagonismo recae casi exclusivamente en un fantasma de sencillo diseño. A Lowery le sobra con una manta para ofrecer un cuento de hadas creepy y doloroso sobre la pérdida, el olvido y los corazones rotos.

Ignasi Franch: La región salvaje (Amat Escalante)

Entre las últimas miradas a lo lovecraftiano, Amat Escalante ha despuntado con una propuesta casi tan mutante como los extraterrestres imaginados por el escritor de Providence: íntima, tremendista, con humor negro y denuncia social. Ambientada en México, La región salvaje mezcla la crítica de la homofobia y del machismo con algunas irrupciones sobrenaturales. Y lo hace alejándose de las tramas alambicadas sobre sociedades secretas de gran tamaño. Todo tiende a la pequeña escala, a los conflictos entre individuos donde lo personal y lo político se encabalgan con lo fantástico.

Desde hace décadas, el cine inspirado en la obra de Lovecraft ha incorporado habitualmente el sexo en sus miradas a la castísima literatura del estadounidense. El horror de Dunwich o Re-sonator han sido ejemplos de ello. Escalante también opta por la sexualización, aunque apueste por intimidades perturbadoras que se alejan de la exhibición de efectos especiales. Su filme es, en buena medida, un drama social sobre la discriminación por desviarse de la sexualidad normativa. Y lo monstruoso acaba sirviendo, curiosamente, como un camino inesperado e imperfecto hacia la emancipación de los menospreciados o estigmatizados.

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