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Cuatro películas de Ingmar Bergman para reconciliar a los escépticos con el maestro solemne

Tres personajes de 'El rostro', una de las obras más gozosas del realizador sueco

Ignasi Franch

Ingmar Bergman (Suecia, 1918) ha sido alzado como uno de los grandes creadores del séptimo arte. Títulos como El séptimo sello, Fanny y Alexander, Fresas salvajes o Persona suelen aparecer en listados que intentan recoger las mejores películas de la historia. El cineasta también ha sido parodiado con más o menos cariño (véase Torremolinos 73) y se ha convertido en un paradigma de autor plomizo.

En ello, comparte destino con otro de los grandes existencialistas del cine moderno, Michelangelo Antonioni (quien, curiosamente, murió el mismo día que el sueco). Todo ello, a pesar de que la inmensa mayoría de obras de Bergman son de carácter narrativo, claras e incluso breves.

Ciertamente, Bergman fue un cineasta con tendencia a la gravedad. Sus ficiones a menudo incorporaban consideraciones sobre la mortalidad humana, el paso del tiempo o la duda de creyentes y escépticos ante el silencio de Dios. A grandes rasgos, el realizador combinaba temáticas propias del dramaturgo Henrik Ibsen (los encajes y desencajes del individuo dentro del colectivo, los conflictos entre el deseo y la conveniencia social) con el tremendo pesimismo del filósofo Arthur Schopenhauer.

Los duchos en Bergman recordarán más de un diálogo solemne, reflexivo, sobre la naturaleza humana, la fe o la ausencia de esta. Y habrán sido sacudidos por algunos momentos de contención emocional extrema que derivaban en abruptos estallidos de violencia verbal.

La capacidad de los personajes para pronunciar frases terribles en una aparente calma, con crueldad glacial, puede ser una de las característica más peculiares, a ojos mediterráneos, del mundo bergmaniano. Un mundo donde abundan los exámenes a las complicaciones y decepciones de la vida matrimonial. Aún así, Bergman también trabajó el humor. Por ejemplo, en El ojo del diablo, donde Lucifer se muestra atormentado por la insoportable bondad de una doncella.

Entre las imágenes más perdurables de las cosmovisión bergamiana está la abundancia de relojes que representan el paso del tiempo y la mortalidad que acecha. Por no hablar de aquella partida de ajedrez con la que un personaje de El séptimo sello intentaba aplazar el momento de su fallecimiento.

Ampliando un poco el tópico, proponemos una lista inevitablemente discutible de cuatro películas con las que iniciarse en la obra de Bergman y que se diferencian (siempre hasta cierto punto) de los dramas matrimoniales y las meditaciones existencialistas que se asocian con el cineasta sueco.

Sin duda, podrían añadirse otros títulos: la perturbadora experiencia estética de El silencio, la investigación clínica de un asesinato sexual en De la vida de los títeres, el vapuleo a las ilusiones, los deseos y los egoísmos de los personajes de Sueños... En la sección de comentarios de este artículo, cada lector podrá recomendar las obras de entrada o de el reencuentro con la cinematografía del sueco.

El rostro: encantadora e irónica mascarada

El rostro

Una compañía de teatro magnético, de magia, ilusionismo y supuestos poderes sobrenaturales, llega entre sospechas a una pequeña localidad. Las autoridades del lugar les dispensan un recibimiento humillante que despierta las iras del silencioso líder del grupo, Vogler. A partir de ahí, se desplegará una trama de romances ligeros, resentimientos sordos, engaños e incluso muertes, siempre con un cierto aire teatral.

La historia de nómadas y feriantes puede remitir en algunos aspectos a El séptimo sello, y no deja de plantear temas de calado (como el recelo del científico de la ficción ante cualquier amenaza irracionalista, aunque pueda ser meramente lúdica, a su sistema de valores). El enfoque, en todo caso, es inhabitualmente juguetón y, a ratos, decididamente vitalista. Bergman se permite rodar una escena más propia del cine de terror y regala algo poco habitual: un final desbordantemente feliz, aunque no esté exento de ironía.

El manantial de la doncella: lo bucólico y lo brutal

El manantial de la doncella

Ambientada en pleno medievo, El manantial de la doncella se inspira en una balada de esa época. Trata de la amada hija de un matrimonio de terratenientes, Karin, que se dirige a depositar velas en la iglesia de su congregación. Las primeras escenas de despertar bucólico y vida familiar apacible van mutando en un viaje inquietante que deviene catastrófico. Bergman filma todo ello con un estilo visual de una cierta austeridad y, a la vez, memorable en su combinación de belleza (del paisaje, de la luz natural bellamente capturada) y horror.

El realizador ofrece un sumergimiento paulatino y doloroso en la barbarie. A su manera artistica, anticipa tendencias del cine global como el turbio género del rape and revenge, basado en la violanción de personajes femeninos y la venganza de estos mismos o sus allegados (La violencia del sexo, Ángel de venganza).

También remite a las futuras, y tremendistas, historias de embrutecimiento al estilo de Perros de paja. A principios de los años 70, Wes Craven (Pesadilla en Elm Street, Scream) realizaría una versión libre, La última casa a la izquierda, que sería uno de los títulos seminales del nuevo horror estadounidense de aquel momento.

La hora del lobo: viaje surreal hacia la locura

La hora del lobo

Desde un principio, queda claro que este atípico filme trata de una desaparición. Johan es un pintor que se ha trasladado junto a su mujer a una casa aislada ubicada en una isla. Él sufre angustias indecibles, inexpresables, secretas, que su amante comienza a descubrir. Alrededor de la pareja, aparecen diversos personajes en un perturbador crescendo de extravagancia.

Un encuentro burgués alrededor de una mesa, que podría resultar una escena felliniana de vacuidad social, deriva en algo incómodo y sutilmente kafkiano. Y este solo es un apertivo del final de fiesta.

Con La hora del lobo, Bergman ofreció una pesadilla de aspecto surreal, donde el thriller psicológico sobre una mente al borde de la ruptura acaba incorporando escenas perturbadoras que dejan un resquicio abierto a las interpretaciones sobrenaturales. El resultado es un cuento oscuro estrenado en años proclives a las propuestas fantásticas de talante autoral y enfoque enigmático. Repulsión, de Roman Polanski, o Valerie y su semana de las maravillas, de Jaromil Jireš, fueron otros ejemplos de ello.

El huevo de la serpiente: pánico y serenidad ante Hitler

El huevo de la serpiente 

Terminamos este repaso con una de las obras más discutidas del realizador sueco. En plena polémica por una presunta evasión de impuestos por la que no llegó a ser juzgado, Bergman intentó la aventura americana con una producción en lengua inglesa protagonizada por David Carradine y Liv Ullmann.

La trama se sitúa en 1923, justo antes del fallido golpe de estado de Adolf Hitler. Una Alemania en caída libre económica da signos de una inquietante permisividad hacia la violencia nacional-socialista y sus discursos de ultrapatriotismo xenófobo.

El huevo de la serpiente trata de un artista de circo, de origen judío pero distanciado de este credo, que se muestra abatido por el abrupto suicidio de su hermano. En un clima de hiperinflación y ataques antisemitas, Abel Rosenberg intenta encontrar un punto de apoyo en una relación resbaladiza con su cuñada. El miedo creciente del antihéroe, celoso en la vida privada y superado por los acontecimientos sociales, acaba siendo justificado: efectivamente, tiene muy cerca el huevo de la serpiente, el germen de lo que será el genocidio nazi.

Quizá Bergman hizo equilibrios entre temas y métodos de trabajo personales y soluciones más propias del drama histórico del momento. Al fin y al cabo, el filme está coproducido por un magnate del espectáculo como Dino De Laurentiis).

Con todo, la temática tratada potencia el interés de una película digna. Y el desenlace, que escenifica una crueldad clínica y desquiciadamente irracionalista, sigue conservando la capacidad de desasosegar. En tiempos tan difíciles, lo humano es sentir pánico; lo monstruoso, mantener una calma fría.

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