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Cultura

Siete títulos de cine de terror y fantástico a los que no deberías perder la pista

La Muestra Syfy de cine fantástico celebró este fin de semana su decimocuarta edición en Madrid con una selección de lo mejor del género actual

Fotograma de 'Curdo' de Julia Ducournau

Fotograma de 'Crudo' de Julia Ducournau.

Si se va en busca de diversión, en España es más fácil encontrarla en un festival de género que en otros de la categoría de Donostia ZinemaldiaSevilla o Málaga. La Muestra Syfy se suma a la ingente cantidad de citas en las que el escapismo, el cine de evasión y también películas al límite del buen gusto sirven de lugar de encuentro para fans de lo fantástico.

En nuestro país se puede encontrar uno las mismas caras en el Nocturna madrileño, la semana del Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, el Festival de cine de terror de Molins de Rei o, por supuesto, Sitges. A ellos se suma la Muestra Syfy, un festival muy particular en el que la programación y la complicidad del público hicieron del Palacio de la Prensa una fiesta cinéfila llena de aplausos, chistes y gritos durante tres días.

La última edición de la Muestra Syfy dejó títulos memorables y algún fiasco. Pero todos y cada uno de los pases fueron una experiencia en sí misma. Lo que pasaba en la pantalla podía ser cualquier cosa, pero en el patio de butacas la gente vivía cada filme: los festivales de género ofrecen un clima distendido que no encontramos en ningún otro. Y además, acercan algunas interesantes propuestas cinematográficas que se encuentran en los márgenes del canon de la industria. Es el caso de estas películas.

Logan

Logan es posiblemente el título superheroico más interesante de los últimos años. Más allá del relativo buen recibimiento de Deadpool, los cómics de Marvel en la gran pantalla -ya fueran de Fox, de Sony o de Disney- no habían estrenado un filme tan rotundamente distinto a la tónica general del estudio. Logan no se parece ni a Capitán América Civil War ni a X-Men Apocalipsis ni a Dr. Extraño... Y eso, en esta ocasión, significa que estamos ante una rareza del todo encomiable.

¿Por qué? Porque Logan es un western que apuesta por dar valor al desarrollo emocional de sus personajes antes de verlos en acción. La historia decide anteponer la verosimilitud al espectáculo y consigue trazar un viaje del héroe como hemos visto pocos: herido y viejo se encuentra a sí mismo, monomito eterno, a través de los demás.

En esta road movie cada parada significa también una reflexión sobre las relaciones paternofiliales más extrañas, las que no se atan a la sangre que corre por las venas. Pero sobre todo, Logan es una demostración de fuerza, un golpe en el tablero del subgénero que viene a decir que éste puede ser el marco en el que desarrollar historias de lo más dispares con profundidad y respeto. Y ya no como mera excusa narrativa para contar lo mismo de siempre como la comedia autoconsciente de Deadpool o los atracos de Ant-man. Logan es un western seco y sucio en el que tener un poder ya no conlleva una gran responsabilidad, sino una terrible carga.

47 Meters Down

La Muestra también trajo una de esas películas de terror en alta mar en la que, gracias a su clasicismo, se demuestran sinceros y eficaces instrumentos de manipulación de nervios. La sinopsis ya pone los pelos de punta: dos chicas deciden encerrarse en una jaula y sumergirse en una playa de México para ver tiburones blancos en vivo y en directo. Pero la cadena que debería sujetar la jaula no es tan resistente como parece, así que, tras romperse, las dos jóvenes quedan atrapadas a la profundidad que da título a la película, rodeadas de bestias marinas y con el oxígeno justo para escapar o morir.

Fiel a su sinopsis, la angustia bajo el agua y la oscuridad siempre terrorífica de un mar inhóspito se transmiten con suficiente verismo como para acelerar el pulso y mantener constantemente la tensión. Si bien sigue muy vivo el recuerdo de otra película con tiburón sediento de sangre -la estupenda Infierno azul-, el esfuerzo de 47 Meters Down es palpable: sabe que no es rompedora ni tampoco original, así que centra todas sus energías en transmitir claustrofobia y pánico. Y ciertamente lo consigue.

La producción no llega al nivel de muchas otras ni en desarrollo narrativo ni en pericia visual, pero funciona como producto consciente de su naturaleza: una sencilla película de suspense y escualos a la que tampoco cabe pedir mucho más.

The Good Neighbor

Kasra Farahani se ha labrado una carrera en los departamentos de arte de las mejores majors norteamericanas trabajando a las órdenes de Tim Burton en Alicia en el país de las maravillas o de James Cameron en Avatar. Eso le dio solvencia para pasar a ser director artístico de Thor, Men in Black 3, o Star Trek: en la oscuridad, filmes en los que su huella no deja lugar a dudas.

Este trabajo le ha permitido hacerse un hueco como realizador. Viendo The Good Neighbor uno podría pensar que de cada director con los que ha trabajado ha adoptado algo: de Tim Burton parece haberse quedado con lo entrañable que puede ser algo siniestro si se mira con otros ojos y de J. J. Abrams, el gusto estético por el gadget.

The Good Neighbor funciona como un thriller bastante obvio: unos chicos deciden espiar a su extraño vecino y, después de poner cámaras en su casa, empiezan a gastarle bromas muy pesadas. Como es obvio, la jugarreta termina mal. Y lo que sorprende de esta especie de Disturbia revisitado- no hablemos de La ventana indiscreta- es que no se queda en la tensión, sino que decide encaminar su trama hacia un discurso generacional.

The Good Neighbor es una reflexión sobre la desconexión y la falta de empatía de una generación que lo vive todo a través de una pantalla. Por eso mismo resulta más interesante de lo que cabría esperar y más moralizante de lo deseable. Aun así, su premisa no podría estar mejor explotada y la seguridad con la que aborda conceptos como la venganza o el acoso es ciertamente alabable.

I am not a serial killer

La propuesta más abiertamente original de la Muestra Syfy llegó de la mano de un thriller británico a priori bastante modesto en el buen sentido de la palabra. Basado en la novela de Dan Wells, narra la historia de un joven incapaz de conectar con las personas que le rodean por sufrir de sociopatía. Una patología que tendrá que enfrentar cuando un asesino en serie empiece a aterrorizar a la pequeña ciudad en la que vive.

I am not a serial killer funciona a muchos niveles y todos ellos tienden hacia una gravedad no exenta de gracia. Por una parte se trata de un drama adolescente sobre un joven con problemas que se descubre a sí mismo como improvisado detective. Un juego metaliterario que va desde personajes apellidados Watson o Layton -el detective británico más encantador del videojuego contemporáneo- hasta una vuelta de tuerca al cliché de matón o freak de instituto.

Por otro lado podría verse como una reinterpretación en clave de comedia negra de un procedimental clásico: su protagonista no busca al asesino para meterlo entre rejas, sino para descubrir la razón de sus terribles acciones. Y le da absolutamente igual cuantas veces mate. De hecho, se diría que hasta le divierte que lo haga, siempre y cuando comprenda qué le empuja a cometer cada delito.

Una entretenidísima aventura teen que no desaprovecha ninguna de sus premisas y que lleva hasta límites ciertamente apasionantes su reflexión sobre las dificultades emocionales adolescentes.

Pet

Pet es uno de esos films que cuesta digerir no por su fondo conceptual, sino porque en ellos se pueden ver elementos aborrecibles a la par que ideas que resultan de lo más interesantes. Se trata de un thriller sobre un acosador que secuestra a una mujer... que tiene un oscuro secreto.

Hay poco más que añadir a su premisa sin desvelar nada. Su guión es uno de esos que una vez da su primer giro, empieza a caer en una espiral de confusión de la que es difícil salir. Sin embargo, cuenta con un par de golpes de efecto dignos de interés y un ritmo que se acelera a mitad sin mirar atrás. Puede que por eso resulte más disfrutable por su forma que por su fondo, con un deje algo oscuro que cabría analizar casi más desde una perspectiva política, pues cumple su función cinematográfica aunque algo pueda oler a podrido.

Crudo

Crudo llega a nuestras retinas con la cantinela de que su pase provocó desmayos en el Festival de Toronto. Ignorando que puede ser algo más que una estrategia de marketing, Crudo no es tan escandalosa: cualquier visitante ocasional del gore no va a ver en ella nada que no haya visto antes. Pero ahí reside su clave, no es un film en el que lo explícito gane a lo implícito. Cuando la sangre llega al río, la narrativa ya está cargada de significado y gravedad.

Crudo es algo más que una historia con canibalismo de fondo: es el retrato de una joven atrapada en un entorno hostil que le dice cómo ha de ser y cómo tiene que comportarse. Obligada a cambiar su naturaleza, su adaptación a este entorno no surge de manera espontánea; algo se tuerce y se crea una bestia.

El relato es terrorífico no por el hecho de mostrar escenas realmente incómodas y repugnantes, sino por cómo dichas escenas se insertan y justifican en su narración. La película retrata un descenso a la locura no exento de humor macabro en el que la sororidad es, más que un refugio, una trinchera en la que ser libre. Una pequeña joya para fans y para curiosos que no tengan miedo a asomarse a la más insana crueldad: esa que significa, en el fondo, crecer y descubrir que eres insignificante.

Kong: la Isla Calavera

Del simio gigante más famoso del mundo ha habido tantas y tan variadas versiones que no cabe enumerar los referentes que maneja Kong: la Isla Calavera. Sin embargo, esta última versión es una vuelta de tuerca que responde a sus referentes con una marcada modernidad visual no exenta de hallazgos absolutamente disfrutables.

Jordan Vogt-Roberts empezó su puesta de largo con la etiqueta de 'nuevo talento indie' pegada al pecho. Su encantador, aunque poco original, relato de la llamada de lo salvaje adolescente que era The Kings of Summer dejaba clara una pericia visual que por aquel entonces iba acompañada de naturalidad y confianza.

El salto a una gran productora sigue gozando de arrojo visual, pero obvia la sorpresa en su narrativa. La confianza ciega en que increíbles planos de una jungla rara y sus habitantes aguanten su desarrollo le hace un flaco favor. Aunque en el fondo, Kong: la Isla Calavera es un sincero y megalomaníaco producto de espectáculo fantástico. ¿Era otra cosa el gorila gigante cuando un enajenado Carl Denham decidió enjaularlo y llevárselo a la gran ciudad? Jordan Vogt-Roberts es aquel Carl Denham fascinado por la belleza y las proporciones de lo que encierra la Isla Calavera. Y así lo ha dejado patente en su película.

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