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ENTREVISTA

Mandy Patinkin: "Es vergonzoso que España solo haya aceptado a 18 refugiados"

El rodaje de La reina de España ha traído al actor hasta otro lado del Atlántico para formar parte de su conocido elenco internacional

Patinkin tiene uno de los discursos políticos más potentes de Hollywood y nos habla sin reparos sobre la pasividad de Occidente ante la crisis humanitaria

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Los menos adeptos conocerán a Mandy Patinkin gracias al turbador personaje de Saul Berenson en Homeland, el de Jason Gideon en Mentes Criminales o por pronunciar una de las sentencias de muerte más míticas de la pantalla. Aunque no fue Iñigo Montoya quien le procuró un premio Tony y otro Emmy a su estantería, como otros sabrán. Incluso habrá quienes presuman de haber escuchado su voz de tenor en algún concierto espontáneo. Pero fue su enérgico discurso político lo que rindió a Fernando Trueba ante su nuevo protagonista en La reina de España

Patinkin nos habla sin tapujos sobre la crisis de refugiados, su implicación humanitaria, el preocupante auge de la derecha en Europa y Estados Unidos y las quimeras de la privacidad. "Todo es política", incluido el cine, muchas veces regido por una industria demasiado avariciosa. Ahí es donde el actor nos descubre la otra cara de una profesión tan fantástica como alienante, y donde se deshace en elogios hacia la humildad de su primer director español.

La reina de España es su primer proyecto español, ¿cómo le convenció Fernando Trueba?

Disfruté muchísimo leyendo el guión, es tremendamente inteligente y divertido. Nada que ver con las comedias tontas que hacemos en Estados Unidos. Pero sobre todo me conquistó por su contenido político. Después tuve un encuentro con Fernando por Skype y me dije: “Creo que acabo de conocer a uno de los seres humanos más entrañables de mi vida”. Es tan brillante como humilde. Y no estoy acostumbrado a esa sensibilidad en la industria cinematográfica de mi país. 

¿A qué le acostumbra Hollywood?

Para empezar, encontrar a esta clase de personas maravillosas no es imposible, pero sí muy complicado. El mundo del espectáculo en general, y del cine en particular -como Hollywood o la televisión americana- imponen el dinero y la avaricia sobre el arte y el contenido. Cuando eres joven resulta muy atrayente, pero con los años termina aburriendo. Así que, de un tiempo a esta parte, he preferido sacrificar el dinero por proyectos que me transmitan buenas vibraciones.

¿Se va de España con un buen sabor de boca?

Por supuesto, todo el equipo ha sido maravilloso. Lo más difícil ha sido no hablar español. Y tampoco tengo una buena excusa, así que solo puedo pedir disculpas. No hablar un idioma te hace parecer más tímido e introvertido, como si te estuvieses escondiendo. Pero a mi personaje le ocurre lo mismo cuando viene desde el Hollywood de los 50 a rodar en plena Guerra Civil. No se entera de nada. Así que no me amargué y simplemente lo utilicé como un recurso más en mi trabajo.

Normalmente no se prodiga por la comedia norteamericana, ¿qué diferencias ha encontrado con nuestro género?

No soy seguidor de las comedias estúpidas y frívolas de Norteamérica. La reina de España es mucho más poderosa, no es solo comedia en mi opinión. Tiene una calidad muy sofisticada y cuenta con fantásticos actores españoles de alto nivel. No me malinterpretes, las comedias absurdas a veces también tienen buenos intérpretes. Pero me gusta el género chapado a la antigua, como un Billy Wilder o un Lubitsch. Pero sí, en definitiva, las películas estúpidas son lo contrario a la sustancia y el ingenio que busco en el buen cine.

Clive Revill, su compañero de reparto, también fue uno de los secundarios preferidos de Wilder, ¿cómo ha sido trabajar con él?

Recuerdo un momento especialmente emotivo. Cuando estábamos en Budapest, Fernando trajo una copia de Avanti y la puso en una sala de proyecciones. La vimos junto a Clive, cuando han pasado casi cincuenta años desde que trabajó en aquella película. Avanti apenas se recuerda en Estados Unidos, la mataron, como también hicieron con la memoria de Clive. Así que celebrarla después de tanto tiempo junto a un hombre tan apasionante e injustamente desconocido fue una gozada.

¿Es normal que los actores experimenten ese ocaso en Hollywood?

Puedes ser la persona más capaz y trabajadora de la industria y, de pronto, desaparecer en la nada. Pero eso no ocurre en Hollywood únicamente. Pasa aquí mismo en España, donde millones de personas están peleando con todas sus fuerzas por encontrar un empleo. Y no lo consiguen.

Tengo muchos amigos en la industria -actores, directores o músicos- que se conforman con trabajar de cualquier cosa porque apenas pueden pagar el alquiler y poner comida sobre la mesa. También tengo a otros igualmente con talento que son millonarios y han tenido una gran suerte. Pero también les diría a estos últimos que no se confiasen, porque igual que estás arriba, al segundo puedes estar abajo.

¿Le ha pasado a usted?

A mí me ocurrió al contrario. Al comienzo de mi carrera fui un niño mimado, no dejaba que los directores me guiasen porque pensaba que lo sabía todo. Esto va a sonar a tópico, pero creo que el punto de inflexión fue fundar una familia. Quería ser una buena persona para ellos y reconozco que no he sido del todo honesto en algunos momentos de mi vida. No pude arreglar los errores que había cometido, por supuesto. Pero me entrené mucho para aprender a escuchar a mis hijos, a mi mujer y a mis compañeros. Los actores hablamos demasiado y escuchamos poco.

Mandy Patinkin durante el rodaje de 'La reina de España', de Fernando Trueba

Mandy Patinkin durante el rodaje de 'La reina de España', de Fernando Trueba

Fernando Trueba contó que le había elegido, entre otras cosas, por su compromiso político, ¿qué significa la política para usted?

Cuando era joven le dije a un actor veterano que no me interesaba la política. Y el hombre me preguntó: ¿acaso no respiras? Pues el aire que respiras también es política. La política lo es todo. Tu libertad, tu capacidad de votar, tu derecho a ayudar a alguien que está en apuros. Y si eres tan afortunado de haber nacido en un círculo donde tienes todo lo que necesitas y te dedicas a tu pasión -en tu caso escribir, en el mío actuar- debemos pensar en que la mayoría no han tenido esa suerte.

Mientras hablamos, una gran parte del mundo está luchando por sobrevivir y escapando de guerras terribles. ¿Y qué hacemos nosotros? Les cerramos la puerta y levantamos muros. Nuestros padres y abuelos, que lucharon de verdad para conseguir las libertades que tenemos ahora, no estarían nada orgullosos de lo que estamos haciendo. Mi abuelo repetía siempre un dicho irlandés que dice que 'la rueda nunca para de girar'. Y si hoy no ayudamos, no nos debería sorprender que mañana no haya nadie para echarnos una mano.

Está muy concienciado con la causa humanitaria, ¿debería haber más implicación desde lo que llaman el star system?

Yo soy especialmente consciente porque, formando parte de una serie como Homeland, he viajado a muchos países. Pero sí, mi profesión me da un altavoz que no todos tienen para denunciar y compartir lo que pienso. Sé que a veces este altavoz se usa con fines poco altruistas. Pero yo estoy orgulloso de poder ser la voz de todas estas personas que están, literalmente, luchando por no ser asesinados.

Por ejemplo, estuve en Camboya con la organización American Jewish World Service, donde las personas viven ahogadas por un régimen opresor que les asesina solo por expresarse en voz alta. Lo que me dijo el jefe de la ONG me marcó mucho. No necesitan que vayamos a decirles lo que tienen que hacer durante diez días y después regresar a nuestro país. Quieren que traslademos su lucha. Solo con eso están más que agradecidos.

También estuvo en Lesbos, ¿qué le llevó hasta allí?

Estaba en Berlín rodando para Homeland una escena que trata precisamente de la crisis de refugiados. Nuestro guión hablaba sobre eso, abría un periódico y hablaba sobre eso, encendía la radio y también hablaban sobre eso. Pero yo seguía viviendo en mi mundo de ficción.

Así que decidí ir donde estaba esta gente, caminar con ellos y ayudar a sus bebés. Lo primero que me advirtieron mis hijos es que no lo convirtiese en un asunto de celebrities. Les dije que ni hablar, que no quería llevar cámaras. Pero también me dijeron que si había un momento para usar mi popularidad, era este. Me animaron a contar la historia de esta gente en entrevistas y a mostrar con los vídeos lo que estaba ocurriendo realmente.

¿Es consciente de que hay una opinión muy crítica al respecto?

Por supuesto, ese es el asunto de celebrities del que hablaban mis hijos. Pero no es lo mismo si te echas a un lado y les haces protagonistas, les llevas comida y les ayudas a subirse en los trenes y autobuses. No creo que sea un asunto de propaganda cuando lo haces porque te sale de dentro.

De hecho, después del rodaje, mi mujer y yo acogimos a una familia siria con cinco niños que se había mudado a Nueva Jersey. La primera noche fuimos a cenar por Nueva York. El padre de familia, que era un abogado muy reputado en Siria, me dijo en un inglés chapurreado que era la primera vez en cinco años que se sentaban en un restaurante. Pero lo peor fue que solían hacerlo al menos una vez a la semana antes de que empezara la guerra. No puedo explicarte lo que se siente cuando te das cuenta de que tu vida acomodada puede desaparecer en apenas unos años.

Entrevista con el actor Mandy Patinkin/ Foto: Alejandro Navarro

Entrevista con el actor Mandy Patinkin/ Foto: Alejandro Navarro

Y después de un mes en España, ¿cómo ha visto la crisis de refugiados desde aquí?

Cuando llegué me dijeron que España solo había aceptado a 18 solicitantes de asilo. No me lo podía creer. Es vergonzoso. Todos los españoles deberían lanzarse a las calles para cambiar esto. Si no trabajamos igual de duro por nuestra propia humanidad que por la de cualquier otra persona en este mundo, no nos quedará nada que defender. Animo a todos mis amigos españoles a acercarse a esas familias y encontrar la manera de abrirles las puertas de su país y de sus casas.

Además en Europa vivimos algo parecido hace relativamente poco, ¿esta parálisis social es por miedo o por dejadez?

Pienso que la gente es cobarde, egoísta y avariciosa. En mi religión -soy judío-, como en casi todas las religiones del mundo, nos enseñan a amar al prójimo y a tratar a los demás lo que queremos que nos traten. Pero la realidad es que el egoísmo vence y se puede cargar a la humanidad. Por ejemplo, en Estados Unidos, Donald Trump y Ted Cruz son candidatos que podrían llegar a ser presidentes con un discurso bochornoso. Es la retórica del terror como la de Hitler y Franco, es fascismo. Esa mentira ya la hemos vivido. No seamos imbéciles, hay que leer más historia para no volver a cometer los mismos errores.

Hay que evitar a un tío como Ted Cruz, que nos dice que no necesitamos un presidente pacífico, sino un señor de la guerra, que tenemos que bombardear sin descanso y matar a personas. Evitar a Donald Trump, que dice que va a levantar muros y a expulsar a los inmigrantes para combatir la amenaza del ISIS. Eso no es verdad, el ISIS va a permanecer, aunque se esconda detrás de otro nombre y otras intenciones.

Entonces, ¿cómo habría que combatir estos peligros?

Bombardear desde luego no es la opción más inteligente. Porque cada vez que alguien ataca, hay niños y comunidades marginales enteras que se quedan sin casa, sin colegios y sin vida. Les obligamos a crecer en la más profunda pobreza y sin privilegios. Todo lo que hace Occidente, lo que hace Estados Unidos, es asesinarles.

Así que estos países, a los que tanto les gusta presumir de dólares, deberían coger ese dinero y construir escuelas, hospitales y viviendas para que estas personas no crezcan odiando. Para que no miren en Internet buscando formas de escapar. Una salida que muchas veces pasa por abrocharse un cinturón y hacerlo estallar, solo porque no tienen nada por lo que luchar.

¿Por qué los que disfrutamos de un mundo libre no nos esforzamos por darles una vida mejor? ¿Por qué solo hablamos de exterminación? Vamos a intentar frenar la violencia. Si en lugar de fomentar el odio en Bruselas, los líderes políticos integran a estas comunidades en su seguridad social y les hacen sentir parte de algo, quizá ya no quieran escapar más.

Nos han vendido la vigilancia masiva como alternativa a la violencia, ¿hasta qué punto deberíamos aceptar esto por seguridad?

Gracias a las filtraciones de Edward Snowden, aunque ahora todos los servicios de inteligencia aseguren que no violan la ley, sabemos que lo hacen, y que la seguirán violando. Y si estoy equivocado quiero que me lo prueben. Dicen que están haciendo lo correcto para protegernos a todos, pero no me lo creo. Personalmente defiendo el derecho a la privacidad y más en estos tiempos.

Pero reconozco que vivimos en un mundo peliagudo y este negocio es muy peliagudo. Tenemos que encontrar la forma de que la gente tenga libertad personal y que a la vez estén seguros. Es un asunto muy complicado para el que, seguramente, no tenga la respuesta correcta. Pero también te digo que si alguien va a hacer estallar la escuela de mis hijos y tenemos los medios para evitar que eso pase, aunque no sean muy lícitos, me decanto por la vida de mis hijos antes que por la privacidad.

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