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Rebecca Solnit: Feminismo de datos

Fotograma de 'She’s Beautiful When She’s Angry'

Marta Peirano

Uno de los problemas del feminismo es que su lenguaje está lleno de gestos que escapan al sexo opuesto, como el de llevar las llaves apretadas en un puño camino del portal o el de sonreír y asentir con la cabeza cuando un hombre te explica algo sobre un tema del que sabes mucho más que él. Este último protagoniza el famoso ensayo de la historiadora, activista y ensayista californiana Rebecca Solnit que da nombre a este libro, posiblemente el texto feminista más celebrado y comentado de los últimos diez años.

La ola de reconocimiento que generó Los hombres me explican cosas cuando se publicó por primera vez en 2008 fue tan grande que introdujo (aunque ella lo niegue) un nuevo verbo en el vocabulario anglosajón: mansplaining. Se usa para describir al hombre que explica algo a una mujer de manera injustificada, condescendiente y no solicitada, sin tener necesariamente mucha idea sobre lo que explica, pero asumiendo que ella lo ignora todo sobre el particular. Solnit decidió contarlo porque “las mujeres jóvenes necesitan saber que ese menosprecio no es el resultado de sus defectos o falta de conocimientos sino la vieja y aburrida guerra de género de siempre. 

En otro ejemplo menos hilarante, una profesora invitada a una universidad pregunta a los estudiantes jóvenes qué medidas tomaban ellos para evitar las violaciones. Ellas tienen mil respuestas, ellos ninguna, porque no han tenido nunca que pensar en ello. Estas son las estructuras que aquí hemos llamado Micromachismos, y que no son sutiles pero sí invisibles, incluso para quien las sufre.

Ser hombre como factor de riesgo

El otro problema del feminismo, que comparte con otras causas nobles como la lucha contra el racismo, el maltrato animal o el calentamiento global, es que la implicación emocional de los implicados conduce la discusión hacia parámetros éticos, empañando los datos empíricos con una carga emocional que confunde el resultado. Contra este problema, Solnit propone una lectura literal de los datos tal y como se nos presentan, buscándolos en contextos que no están vinculados a la violencia de género, sino a la violencia sin más.

Con esos datos en la mano, es difícil  no coincidir con la impactante conclusión de un estudio médico: “Ser hombre ha sido identificado, en varios estudios, como un factor de riesgo para el comportamiento criminal violento, igual que la exposición al tabaco antes del nacimiento, tener progenitores antisociales y el pertenecer a una familia pobre”.

Los hombres cometen la mayor parte de los crímenes. “Las mujeres entre los 15 y los 40 años tienen más posibilidades de morir o ser lesionadas o desfiguradas debido a la violencia masculina que debido al cáncer, la malaria y los accidentes de tráfico juntos”, dice en una cita el periodista Nicholas D. Kristoff. Pero este no es un libro contra los hombres sino contra la violencia machista. Si somos capaz de aceptar lo que dicen los números, argumenta Solnit, “tal vez seamos capaces de teorizar acerca de la procedencia de la violencia y sobre qué podemos hacer al respecto de la manera más efectiva”.

De la misma manera, aborda conflictos que hemos identificado como culturales, generacionales o económicos, como el matrimonio entre personas del mismo sexo. Para Solnit, la radicalidad del matrimonio homosexual consiste en transformar una relación tradicionalmente jerárquica en una igualitaria. Lo que rechaza la iglesia y el sector conservador de manera tan fehaciente no es el acto sino el contrato: un matrimonio donde no haya un hombre y una mujer debe necesariamente renegociar las leyes que establecen que, citando al derecho estadounidense, “la misma esencia o existencia legal de la mujer se suspende durante el matrimonio, o al menos es incorporada y consolidada a la del marido”. Un matrimonio entre iguales es una granada lanzada al corazón mismo de la desigualdad.

Locas, malas y mentirosas

El genio de Solnit, cuya prolífica carrera incluye libros tan deliciosos como Wanderlust. Una historia del caminar, consiste en hacernos mirar lo que ya hemos visto y verlo de otra manera. “Siento que formo parte de una nueva fase de la revolución feminista para restablecer la dignidad, la integridad corporal, la autonomía y la plena participación de las mujeres en la vida pública”, decía en una entrevista reciente. Su ensayo sobre Virginia Woolf es un tratado sobre la empatía, la emoción contra la que luchamos cuando no queremos ayudar ni entender a los demás. Allí discute con Susan Sontag sobre la importancia de mirar, y sobre el valor de continuar mirando, cuando somos testigos de atrocidades. “Porque las atrocidades no tienen un fin y de alguna manera debemos trabajar con ellas”.

En El síndrome de Casandra, habla de cómo las mujeres que ponen en cuestión a un hombre suelen oír “que deliran, que están confusas, que son manipuladoras, maliciosas, conspiradoras, congénitamente mentirosas”. Todas esas locas maliciosas saldrán de su lectura transformadas en activistas de su propia causa. En los dos últimos ensayos de este libro imprescindible encontrarán las herramientas.

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