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ENTREVISTA | Gonzalo López Alba

Gonzalo López Alba: “Se ha producido un secuestro del periodismo por la comunicación del espectáculo”

El periodista, que ha trabajado como cronista político en diversos medios durante más de treinta años, publica Los años felices, una novela que aborda los últimos 40 años de nuestra historia, desde la Transición hasta la crisis actual con el periodismo como telón de fondo

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El periodista Gonzalo López Alba // Foto: Inma Cuesta

El periodista Gonzalo López Alba // Foto: Inma Mesa

Durante 33 años, Gonzalo López Alba ha ejercido como cronista político para diversos medios, desde ABC a Diario 16 o Público, y en la actualidad escribe para El Confidencial, Interviú y Tinta Libre. Muchos pasillos y redacciones, líderes y cambios políticos que están en el sustrato de su primera novela publicada, Los años felices (Planeta), en la que se plantea un viaje por la memoria de todas las generaciones vivas de españoles.

Como él mismo describe, en esta historia aparece –a través de tres personajes, Fausto, un joven que llega a Madrid en los setenta para estudiar en la Universidad y sus amigos Ovidio y Erasmo- todo lo que ha vivido España desde la muerte de Franco hasta “lo que vino después”. Es también un relato sobre el oficio del periodismo, desde su primavera en la Transición hasta la crisis actual. Una novela para reflexionar sobre por qué hemos llegado a dónde estamos ahora.

Comienza a escribir esta novela cuando cierra Público, donde trabajaba dentro de la sección de Política. ¿La planteó como una rendición de cuentas con nuestra Historia reciente?

Toda mi vida la he dedicado al periodismo pero mi pasión era hacer alguna vez literatura. Esta es la primera novela publicada pero no es la primera que he escrito. Esta es una historia que rondaba por mi cabeza desde hace tiempo porque vivimos en un momento de incertidumbre, desconcierto y perplejidad, y es importante saber de dónde venimos para entender cómo hemos llegado a la situación en la que estamos y poder afrontar de manera adecuada el futuro. Hay un impulso filosófico que se pude resumir en una frase de Kierkegaard: "La vida hay que vivirla mirando hacia delante, pero solo se puede entender mirando hacia atrás". Y eso es parte de esta novela.

Y los protagonistas tienen nombres de La Metamorfosis de Ovidio, que se pueden interpretar como el cambio de España en estos años. Precisamente, ¿qué es lo que pasó para llegar a esta situación?

Si fuera posible coger el país y llevarlo a un consultorio médico, en el periodo histórico que abarca la novela, desde la muerte de Franco hasta los primeros años del gobierno del PP, lo que saldría sería una aguda anemia ética y un grave alzhéimer histórico. Con partes también positivas: esta sociedad tiene profundos anticuerpos para combatir los virus como la corrupción, pero hay que tomar conciencia de la realidad. Los pueblos que han progresado han sido los que han sido capaces de integrar la parte buena y la parte mala de sus experiencias. Y yendo al fondo de tu pregunta, parece que nos hemos olvidado de que hace 40 años vivíamos en una dictadura. Y este país, en un periodo muy corto, logró salir de un atraso secular, no sólo en términos económicos, sino también de libertades, reconocimiento de derechos individuales y sociales, y estableció un periodo muy largo en el que aparecieron asociados dos conceptos: democracia y prosperidad.

Pero en algún momento se produjo un eclipse de valores como la honradez y la decencia, que están en el sustrato de toda la corrupción que hemos vivido. Hubo un momento de desenfreno y codicia. Entre medias ha habido generaciones que nacieron ya en democracia y con la certeza de que iban a vivir mejor que sus padres y que tenían también la posibilidad de, con un poquito de suerte, ver realizados sus sueños. Todo lo contrario de lo que les ocurre hoy a nuestros jóvenes, que están haciendo una especie de viaje en el túnel del tiempo a la vida de sus abuelos, con la diferencia de que ya no van con la maletilla de cartón sino con el trolley y el agravante de que durante años y años, nuestros políticos se cansaron de decirles que eran la generación mejor preparada de España.

Todo eso ha generado una frustración y que se pongan en duda periodos como la Transición, pese a que tenga sus defensores, es casi una consecuencia lógica.

La crítica no es sólo lógica, sino que siempre es necesaria, pero yo creo que está habiendo una cierta falsificación de la Transición. O un cierto desenfoque. En términos históricos la Transición son tan solo tres años, desde la muerte de Franco en 1975 hasta la aprobación de la Constitución en 1978. Y todo lo que hemos vivido desde entonces es Democracia, una democracia perfectamente homologable a cualquier otra occidental con todas sus imperfecciones y defectos y que, como toda obra humana que no se regenera, corre el riesgo de demolición. Pero, desde mi punto de visa, no se pude hablar del Régimen del 78, porque régimen es un sistema de organización política, pero en el colectivo imaginario está asociado a los regímenes autoritarios y desde 1978 nosotros, insisto, vivimos en una democracia. No llevamos 39 años en una Transición. Ahora bien, la Transición y la Constitución de 1978 fueron un pacto de convivencia entre las generaciones adultas del aquel momento para afrontar los problemas del momento.

Y, disculpe, pero de alguna manera, son las que siguen estando en los puestos de poder.

Sí, sí, ahora voy con eso. Decía que para afrontar los problemas de aquel momento y con la carga de evitar los errores que para ellos estaban frescos porque eran los que se habían cometido en el pasado reciente. ¿Qué ocurre? Que todos los españoles menores de 55 años no han votado la Constitución, luego no solo parece lógico sino también necesario que las nuevas generaciones adultas de españoles renueven ese pacto de convivencia. Eso se puede hacer pasando la página de todo lo anterior o manteniendo las cosas buenas y corrigiendo los errores y adaptándose a los cambios que se han vivido, que no son solo los de España, sino los de este mundo globalizado.

Dice que a lo mejor es necesaria una reforma constitucional, pero los partidos que han ocupado el poder todos estos años no parecen muy dispuestos a esta reforma. Insisto, pero es que no es difícil entender la frustración.

Yo lo que creo es que cada generación tiene derecho a decidir su destino sin olvidar tampoco el destino de las generaciones que te preceden y de las generaciones venideras. Pero son las generaciones dominantes en cada momento las que tienen no sólo el derecho, sino la obligación de marcar las pautas por las que debe ir el país, que no es más que un conjunto de ciudadanos que viven en común y en sociedad.

Respecto de lo otro que dices creo que hay una parte que no es correcta. Sí está habiendo una gran renovación generacional que todavía no ha culminado, pero en los ámbitos políticos ha habido renovación generacional en la jefatura del Estado, el nuevo rey no votó la Constitución tampoco, ha habido renovación en el PSOE, está en tránsito de producirse en IU y Podemos está liderado por gente joven. Lo que pasa es que todavía eso no ha llegado al poder, pero todo tiene un recorrido. Y si miramos a las esferas del poder económico, es verdad que muchos de ellos acaban de fallecer, pero pensemos en Botín, Álvarez, Polanco… Gente octogenaria o septuagenaria que estaba prejubilando a gente de 50 años y ellos seguían ahí.

Ahí entronco con su novela, que comienza con Fausto llegando a la Universidad para estudiar Periodismo en un momento efervescente y de cambio político a finales de los setenta. ¿Esta ebullición es la que hay ahora? ¿La reconoce como igual, parecida?

Cada tiempo hay que analizarlo en su contexto y, se pueden encontrar similitudes, pero también hay unas diferencias sustanciales. En la Transición veníamos de una dictadura, cosa que afortunadamente no es de lo que venimos ahora. Y la crisis en la que estamos sumidos desde hace ya siete años tiene unos componentes de cambio de era. Con unos elementos muy llamativos porque en el origen de la crisis está la desigualdad, y una de las consecuencias más lacerantes de la crisis está siendo la desigualdad. ¿Qué elementos hay de paralelismo? Ahora, como te decía, sí se está produciendo ese relevo generacional en las estructuras de poder, y entonces también hubo una renovación generacional.

En el Congreso eran treintañeros. Ahí estaba Felipe González, Alfonso Guerra…

Sí, pero había de todo. También estaba la Pasionaria. Conviene recordar estas cosas, porque las desenfocamos. Aquel parlamento no era de quinceañeros. Había mezclas. Es verdad que líderes como Felipe o Suárez eran muy jóvenes, pero junto a ellos había personajes que pasaban de los 50 y los 60. ¿Cuál fue realmente la característica de aquellas primeras Cortes? Que por primera vez se sentaron a intentar resolver problemas gente que años atrás los había intentado resolver disparando, intentando matarse. Ese fue el gran cambio. Y que al mismo tiempo se produjera un cierto consenso intergeneracional.

Ahora no se va hacia un consenso intergeneracional porque hay una generación que no parece estar dispuesta porque no quiere perder…

Pero eso siempre ocurre. La resistencia a perder la posición de prevalencia que tengas no sólo se da en el mundo de la política, también en el del periodismo. Y en las fábricas, en cualquier ámbito.

Le preguntaba por las similitudes. El protagonista de su novela, ese veinteañero llamado Fausto, ¿sería votante de Podemos?

Fausto, en la edad que hoy tendría, sería como sus amigos Ovidio y Esmo, un cincuentón a la deriva. Una persona que salió de un estrato social muy bajo, que vivió en un momento en el que era posible subir en la escala social, que alcanzó el éxito profesional y que como muchos cincuentones se encontró con una situación en la que era demasiado viejo como para encontrar trabajo y demasiado joven como para tener una pensión de jubilación. Pero es un personaje que consigue adaptarse a las nuevas circunstancias y entender el momento en el que vive y reinventarse.

Pero me refería a si sería votante de Podemos con la edad que tenía entonces.

¿En el 77? Sí, probablemente sí. Hoy creo que no, pero en el 77, sí. En 1982 es más difícil porque quien acaparó la ilusión fue el PSOE. Aunque entiendo que tu pregunta se sitúa en el contexto en el que Podemos está intentando acaparar, y en gran medida lo está consiguiendo, eso que ellos llaman el espacio de la centralidad política, que es el espacio de la ilusión, de que el cambio a mejor es posible. En ese sentido, sí sería votante de Podemos.

¿Encuentra también similitudes entre los líderes de aquel PSOE y los de Podemos?

Puede verse una similitud muy visualizable en que tanto Felipe González antes como Pablo Iglesias ahora han llegado a la política en gran medida motivados por el contexto. Ninguno de los dos parece que en sus trayectorias profesionales tuvieran la intención de convertirse en políticos profesionales. Por tanto, sí hay ese paralelismo de una coyuntura que les empuja a relegar en cierta medida sus trayectorias profesionales para entrar en la política. Pero hay diferencias sustanciales. Felipe y aquella generación del PSOE vivieron en la clandestinidad de la Dictadura; Pablo Iglesias es un producto de la democracia.

Y de lo cual no tiene la culpa. Tampoco hay que haber estado en las trincheras…

No, no, no se trata de juzgar. Se trata de que para poder hacer un juicio cabal tener todos los elementos de juicio.

Quería entroncar este asunto con el periodismo, porque el protagonista de su novela también es periodista y ha vivido estos 40 años en ese mundo, al igual que le sucede a usted. ¿Casta periodística?

Primero, ese tipo no debe hacerlos uno, sino los demás, por tanto yo no me voy… Es como cuando escribes una novela, después ya no eres dueño ni de la valoración ni casi del contenido, porque has podido escribir algo para que entiendan algo y resulta que el que lo lee está entendiendo una cosa diferente. Si me preguntas a mí como cronista político, que es lo que he sido la mayor parte de mi actividad profesional, parto de una premisa y es que todos en nuestras vidas privada hay profesionales debemos hacer autocrítica, y algunos como periodistas, por nuestra función social estamos más obligados a ese ejercicio.

'Los años felices', una novela de Gonzalo López Alba sobre la Transición

Probablemente los periodistas que nos dedicamos a la información política hayamos vivido demasiado tiempo demasiado cerca de los despachos, demasiado a pie de ruedas de prensa, igual que los de economía han vivido demasiado tiempo a pie de juntas extraordinarias, a pie de comunicados, y además unos y otros hemos tolerado cosas como convocatorias para declaraciones en las que no se permitían preguntas.

Si coges los informes sobre la profesión que hace anualmente la Asociación de Periodistas de Madrid se reflejan tres causas fundamentales de nuestro descrédito, que si además lo conjugas con las encuestas del CIS vienen a coincidir. ¿Por qué hemos perdido crédito? Los tres elementos fundamentales son: pérdida de rigor en las informaciones, la mezcla en presuntos programas de debate con periodistas y protagonistas de la fama o de la política, y un alejamiento de los problemas reales de la sociedad.

Pero hay una parte positiva. En el informe 2014 de la APM los periodistas salimos con un aprobado raspado según los ciudadanos, pero nosotros nos suspendemos a nosotros mismos, y eso me parece bueno porque apunta a que hay una sensibilidad suficiente para hacer autocrítica. Otra cosa es que pasemos de la autocrítica teórica a la traducción práctica de ese análisis.

Hay una causa que no ha nombrado: la precarización de la profesión.

Sí, pero ese es un problema nuestro. No sólo, pero eso está en el origen y en las causas. Que el periodismo se haya convertido en un oficio que se desempeña en condiciones precarias es un problema que padecemos nosotros y que no podemos trasladar directamente a la sociedad como responsabilidad suya. Una de las causas por las que hemos llegado a esto es porque en un momento dado un buen número de periodistas sucumbieron a los cantos de sirena de la notoriedad y vieron que era posible enriquecerse, algo que desde mi punto de vista, choca con la esencia de lo que ha de ser el periodismo. Son los nombres que todo ciudadano conoce. Me decías lo de la casta, yo soy de la casta de los plumillas; casta periodística son [Juan Luis] Cebrián, Pedro J. Ramírez y [Luis María] Anson. Pero el periodismo siempre ha sido un oficio de gente modesta. Nadie se hacía periodista para enriquecerse.

Hasta los años noventa.

Sí, por ahí. Y hay gente que se ha enriquecido y que en lugar de ejercer como intermediario entre los hechos y la sociedad ha querido ser protagonista, y con eso ha desvirtuado ese papel de ser lo que ha de ser un periodista, que es un testigo, un intérprete y un analista de los hechos. Por otro lado, la consecuencia social de la precariedad de los periodistas es un deterioro enorme de la calidad y del rigor del periodismo, de lo que creo que la sociedad no está siendo suficientemente consciente. Porque todo lo que vale, cuesta, y una sociedad mal informada tiene un severo déficit democrático.

Ahora se habla mucho también de la Edad de Oro del periodismo con la aparición de nuevos medios. Usted también escribe ahora en un digital. ¿Qué opinión tiene de este análisis?

En el periodismo pasa lo que ocurre en el resto de la vida y la Historia. Para entender esta situación es imprescindible conocer de dónde venimos. El periodismo es una suerte de caleidoscopio social. En la novela esto aparece reflejado en gran medida. Si nos remontamos a la dictadura hablar de periodismo solo puede ser un sarcasmo, porque lo que había era propaganda, censura y fondos de reptiles. Con la muerte de Franco y la llegada de la Transición, hubo una eclosión de medios, entre otras cosas porque había una gran sed de información. En esa época los medios desempeñaron un doble papel, fueron testigos pero también protagonistas activos. No es casual que se acuñara entonces la expresión de los medios como el parlamento de papel. Esa primavera del periodismo español además alcanzó su cénit cuando se produjo la intentona golpista del 23 de febrero de 1981.

Y después lo que hubo fue una politización, después una partidización con el periodismo de trincheras, y después lo de sucumbir a los cantos de sirena de la notoriedad y el dinero, que se produce a la vez que otro fenómeno que para mí es determinante: el desplazamiento de los directores en el vértice de la pirámide de toma de decisiones por los gestores o gerentes. Eso son causas de la situación a la que hemos llegado, que te resumo en que se ha producido un secuestro del periodismo por la comunicación del espectáculo.

Le preguntaba además por la eclosión de medios digitales.

Los medios están sumidos en una crisis que es la resultante de tres crisis que han confluido: la crisis económico-financiera que ha tenido un impacto en la publicidad y el consumo; la transición del papel a la red se ha producido sin haber resuelto el modelo de negocio; y las nuevas tecnologías han cambiado no sólo los hábitos de lectura y las formas de trabajo sino pautas de conducta. Los medios digitales han llegado para quedarse, pero yo no soy apocalíptico. Ahora estamos en el apogeo de los digitales y la decadencia del papel. El papel, seguramente, ya no llegará a ser nunca lo que fue, pero eso no quiere decir que tenga que desaparecer, igual que no han desaparecido los vinilos respecto de los CD.

Lo que han desaparecido son los CD…

Sí, pero vivimos en ese continuo cambio. Vivimos en una sociedad donde la narración global ha desaparecido en beneficio de los fragmentos. Vivimos zapeando continuamente. Y en los medios sucede un poco lo mismo. La parte buena que yo veo en esta situación es que, según el informe de la Asociación de la Prensa, en el quinquenio 2008-2013 desaparecieron cerca de 13.000 empleos y 300 medios, pero se han creado también cerca de 300 medios. Pero la estadística siempre es engañosa porque esos 300 medios la mayoría son unipersonales, con muy pocos empleados, los que tienen viven en situación precaria, etc, etc.

Pero, gracias a que los costes de producción son más bajos y están montados por profesionales, se ha puesto en marcha un abanico de nuevos medios que me lleva a la siguiente conclusión: a pesar de que el estado actual del periodismo podría resumirse en más carga de trabajo, menos salarios, menos recursos con el consiguiente deterioro de la calidad, gracias a fórmulas cooperativas, de micromecenazgo, ha aparecido una pequeña constelación de medios que les permite a los periodistas el control directo de sus fuentes de financiación y les concede una mayor autonomía e independencia en la elaboración de sus informaciones. Y el beneficiario ultimo son los ciudadanos. En ese sentido, somos mucho más pobres, pero más autónomos. Los medios tradicionales, fruto de la crisis general y la incapacidad para encontrar la fórmula de negocio, están sumidos en deudas que los han colocado en manos de bancos o de grandes del IBEX.

¿Vendrán nuevos tiempos felices, tanto en la política como en el periodismo? Es decir, ¿cambiará todo esto de lo que hemos hablado?

Estamos en un proceso de cambio muy profundo que va a alumbrar cosas distintas. Hacer predicciones es un ejerció parecido al suicidio. Pero, en términos políticos ya se ha producido un cambio fundamental. Durante 39 años la política ha estado marcada por un régimen bipartidista y ahora mismo todos los estudios apuntan a que en el mejor de los casos el nuevo Gobierno va a ser una cosa de tres porque ninguno va a sacar una mayoría absoluta ni va a conseguir una mayoría estable de gobierno simplemente recurriendo a los pequeños grupos. Ese cambio ya está ahí.

Lo mismo ocurre con el periodismo. Y es muy curioso que se haya deslizado hacia el espectáculo al mismo tiempo que lo hacía la política. El periodismo ha cambiado por el impacto que han producido las nuevas tecnologías. Para mí la vía de subsistencia del periodismo pasa por una recuperación de los valores éticos y deontológicos. Que deje de estar dirigido al mercado y vuelva a la sociedad. La prevalencia de los gestores sobre los directores tiene mucho que ver con esto. Hay que recuperar el criterio de que el periodismo, antes que nada, es un servicio público con una función social. Y debe recuperar la calidad, el rigor, debe volver a ser un espacio de debate y volver a ejercer como contrapoder. Porque uno de los elementos de nuestro desprestigio es que se nos identifica más con las élites que con esa condición de contrapoder.

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