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Cultura

LOS DISCOS DE LA SEMANA

Jon Hopkins, o el techno elevado a la altura de la música clásica

Además de lo nuevo de Jon Hopkins comentamos los trabajos de Cut Worms, Eleanor Friedberger, Venetian Snares & Daniel Lanois, el recopilatorio La contra ola y la reedición del clásico de Liz Phair Exile in Guyville.

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Jon Hopkins

Singularity
Domino / Music As Usual
ELECTRÓNICA
8/10

2018 no está siendo por el momento un año que haya dejado discos excesivamente relevantes en el panorama del pop y el rock internacional. Sin embargo en el terreno de la música electrónica músicos como Nils Frahm, Daniel Avery o ahora Jon Hopkins han firmado discos excelentes. Se trata de trabajos a medio camino de la música de baile y la contemporánea y muy ambiciosos, que aspiran no sólo a conmover sino también a trastocar algo dentro del oyente, a transformar su forma de relacionarse con la música y, por extensión, la vida.

Con el Song for Alpha de Daniel Avery lo nuevo de su compatriota Jon Hopkins comparte la idea de llevar la electrónica al terreno de la psicodelia. Según ha expresado el propio Hopkins en las entrevistas promocionales, las nueve composiciones que contiene Singularity están en líneas generales "diseñadas para recrear la construcción, el pico máximo y la liberación de la experiencia psicodélica".

Frente al concepto que unificaba su disco de 2013 Immunity -la representación musical de una noche de fiesta y el amanecer posterior- en Singularity cada una de las piezas funciona de forma independiente moviéndose en un espectro que va del techno más explícito a la música clásica y el ambient tal y como lo definió su maestro, amigo y colaborador Brian Eno.

El ejemplo más claro en ese sentido sería la pianística Echo Dissolve. Por otra parte, los casi once minutos de Everything Connected han sido definidos por su propio autor como "massive techno bastard" y conectan con los pasajes más espectaculares de su anterior disco. El contraste es brutal al enfrentarlo con un tema como Feel First Life, en el que la participación de un coro sitúa la composición muy cerca de la música sacra.

 

Cut Worms

Hollow Ground
Jagjaguwar / Popstock!
POP-ROCK
8/10

Max Clarke sobrevive profesionalmente ejerciendo de ilustrador, una actividad que exige altas dosis de paciencia además de pericia técnica e imaginación. Más o menos esos mismos elementos son los que hacen funcionar a Cut Worms, un proyecto musical con referentes más que nítidos y que sorprendentemente Clarke maneja en solitario.

Es sorprendente porque su primer álbum ni suena a debut ni a proyecto one-man-band. Al contrario. Los amantes del pop clásico encontrarán en estas diez canciones un refugio en el que cobijarse entre armonías beatlelianas, aires a The Kinks y luminosidad californiana. Arregladas sin excesivo lujo, pero con un sonido que en todo momento remite a la riqueza instrumental que caracteriza a una banda.

Pero más allá del aire vintage que respiran estas composiciones producidas por un Foxygen y que parecen salidas del túnel del tiempo, los temas que componen Hollow Ground sorprenden por su inmediato impacto melódico. Son diez canciones sin desperdicio, aunque los aires juguetones y deudores de Ray Davies en Till Tomorrow Goes Away y Mad About You destacan entre el resto.

 

Eleanor Friedberger

Rebound
Frenchkiss
POP-ROCK
7/10

Desde su exilio en Grecia Eleanor Friedberger confirma algo que ya sabíamos: la dificultad de hacer avanzar una carrera artística cuando se vive alejado de los círculos de poder e influencia. En el caso de la artista de Illinois sus decisiones personales progresivamente la han alejado de los grandes titulares, a pesar de que el interés y la accesibilidad de su trabajo no para de crecer con el paso de los años.

Primero fue la ruptura de Fiery Furnaces, el grupo que había formado con su hermano y que les convirtió en una de las sensaciones del art-rock neoyorquino a principios del nuevo milenio.

El inicio de su carrera en solitario y la huida de New York no han hecho más que ahondar esa falsa sensación de decadencia artística. Sensaciones que de alguna se habrían confirmado con su reciente visita a Madrid: hace unas semanas Friedberger actuaba en una sala de apenas cien personas, retroceso claro con respecto a su paso por la sala Sol hace unos años.

Sucede que todas estas sensaciones se vienen abajo como un castillo de naipes cuando sus nuevas canciones empiezan a sonar. Desde que debutara en solitario con Last Summer (2011) toda aquella pátina arty que rodeaba la música de Fiery Furnaces ha sido sustituida por un concepto pop mucho más directo, que mama de la tradición neoyorquina, de Reed a The Strokes pasando por Patti Smith.

Sigue siendo así en su cuarto disco en solitario, en el que apuesta por un acabado ligeramente más sintético, con predominio de las cajas de ritmos y sintetizadores. Podría parecer un retorno a los presupuestos de Fiery Furnaces, pero en realidad es probable que tenga bastante más que ver con una cuestión de economía de medios.

 

Liz Phair

Girly Sound to Guyville
Matador / Popstock!
POP
9/10

El panorama musical en 1993 poco tenía que ver con el actual. Con Nirvana convertidos en fenómeno mundial, el rock alternativo gozaba de una salud envidiable y numerosos grupos y artistas independientes daban el salto a las majors o se colaban en las ventanas promocionales, hasta entonces reservadas a las estrellas manufacturadas por las multinacionales. El de Liz Phair es un caso paradigmático en ese sentido.

Creció en Chicago y su pasión por la música le llevó a hacerse amiga de futuras luminarias del rock alternativo como John McEntire (Tortoise), Chris Brokaw (Come) o Nash Kato de Urge Overkill, quien le hizo la foto en top-less que finalmente ilustraría la portada de su debut.

Frente a los proyectos musicales más sofisticados de sus amigos, Phair comenzó a registrar sus canciones en cintas domésticas bajo el nombre artístico de Girly-Sound. Eran grabaciones de escaso valor técnico, que apuraban las posibilidades del lo-fi, pero que resultaban fascinantes como reflejo de las dudas y miserias de una joven crecida en aquellos años y contexto.

Con su fichaje por Matador dieciocho de aquellas canciones acabaron formando parte de Exile in Guyville, un glorioso debut que se miraba en el espejo de Exile on Main St. de los Rolling Stones y se convertía en una suerte cruce afortunado entre la crudeza riot-grrrl y el pop alternativo de Lemonheads.

El disco supuso el punto más álgido de su carrera y veinticinco años después Phair aún se ve en la obligación de desmentir a quienes vieron en ella algo más que un demiurgo generacional y la identificaron con las sórdidas historias de sexo y dominación emocional que cantaba en canciones como Fuck and Run o Girls! Girls! Girls!

El 25º aniversario de la salida del álbum justifica esta reedición que, con título remozado, junto al disco original incluye las tres grabaciones previas acreditadas a Girly-Sound. 54 canciones en total que Matador recupera en forma de triple CD o box set con siete vinilos.

 

Venetian Snares & Daniel Lanois

Venetian Snares X Daniel Lanois
Timesig / Popstock!
ELECTRÓNICA
7/10

Mas allá de que tanto Aaron Funk (Venetian Snares) como Daniel Lanois sean dos veteranos con extensas discografías a sus espaldas, de que gozan de muchísimo respeto entre los aficionados a la electrónica de riesgo y de que comparten nacionalidad canadiense, su colaboración en un proyecto conjunto no deja de resultar sorprendente.

Musicalmente el uno y el otro representan cosas bien distintas, casi opuestas. Mientras que, más allá de sus mediáticas producciones, Lanois es reconocido por un relajado sonido muy vinculado a la estética ambient que definió su amigo y colaborador Brian Eno, Venetian Snares representa prácticamente lo contrario: una versión frenética, agreste y arty del drum’n’bass.

Y estas personalidades, a priori opuestas, se reflejan claramente en un álbum colaborativo que si fuera una partida de ajedrez habría terminado en tablas. Prácticamente cada segundo de este disco enfrenta ambas formas de entender la música en lo que vendría a ser un duelo al sol despiadado y, a menudo, desquiciado.

Dos años de trabajo cristalizan en un disco, obviamente no para todos los públicos, que se registró en directo en un templo budista reconvertido en estudio para la ocasión y que reivindica la libertad del jazz desde un modus operandi puramente electrónico.

 VV. AA.

La contra ola
Les Disques Bongo Joe / Karonte
POP / INDUSTRIAL
7/10

En este mismo espacio hemos hablado ya de Golpea tu cerebroe Interferencias Vol. 1 dos recopilatorios cuyo lanzamiento curiosamente ha coincidido en el tiempo y que proponen la recuperación de algunos de los grupos nacionales más desconocidos en el terreno de los sonidos electrónicos e industriales de la década de los ochenta. La contra ola completa ese paisaje proponiendo otra visión de esa misma escena. Una visión que viene filtrada por la procedencia de este disco, editado por el sello suizo Bongo Joe.

Porque entre estas diecinueve canciones encontramos un curioso contraste entre clásicos de la Movida –aquí aparecen Extraños juegos de Zombies, Moscú está helado de Esplendor Geométrico, Nuclear sí de Aviadro Dro o A flúor de Derribos Arias- y la aportaciones de bandas que pertenecen al undergound más recalcitrante: De Picnic, La T, Tres...

A medio camino de la trascendencia de unos y la oscuridad de los otros, el listado de invitados lo completan Los Iniciados, Oviformia SCI, Lavabos Iturriaga o Diseño Corbusier, formaciones que en estos años han sido ya reivindicados y convenientemente reeditados por sellos como Munster, Elefant o Lollipop.

También nos encontramos con un proyecto como La Fura Dels Baus, que en su dimensión teatral ha alcanzado fama internacional y que en nuestro país rara vez asociamos a la escena musical de los ochenta.

El conjunto tal vez no aporte demasiado a los ya iniciados en el género, pero supone una curiosidad como acercamiento desde un punto de vista externo -y por tanto desprejuiciado- a la electrónica más o menos pop que se facturó en España en aquel tiempo.

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