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Cultura

Ludovico Einaudi, intocable en todos los sentidos

El músico turinés rompió en Madrid la monotonía de sus temas anteriores con un metálico In a time lapse

El maestro del arpegio no ofreció un espectáculo en directo, pero el piano y su ejército de acompañantes lograron estimular los sentidos sin artificios

La banda sonora de Intocable le lanzó al estrellato y le reconoció como uno de los compositores más respetados de la escena contemporánea

Ludovico Einaudi dice que un piano "es como escuchar una orquesta en blanco y negro"

Ludovico Einaudi dice que un piano "es como escuchar una orquesta en blanco y negro"

Cuando vives en plena campiña italiana, rodeado de la naturaleza piamontesa, la inspiración es casi un elemento más del aire. Sin embargo, la crítica encasilla a Ludovico Einaudi en el sector de los compositores que se alejan del sentido orgánico de la música. Su minimalismo y acordes repetitivos han animado a los más mordaces a compararle con el líder de los taciturnos, Michael Nyman. Pero la realidad es que sus semejanzas no van más allá de esas gafas de pasta que ambos abanderan y un vestuario oscuro en conjunto con su instrumento de compañía. 

Como Yiruma, hay pianistas que consiguen crear un microcosmos vibrante con un único recorrido por las teclas. Y después, como Einaudi, los hay que se apoyan en una cuadrilla de trotamúsicos incondicionales. El escenario del Teatro Circo Price se convirtió este fin de semana en una orquesta dominada por las cuerdas y encabezada por un gigantesco piano de cola negro. Los que se esperaban un soliloquio se sintieron decepcionados ante tanto batiburrillo de instrumentos, hasta que dio comienzo el In a time lapse Tour.

Desde que se dio a conocer internacionalmente, Ludovico Einaudi ha triunfado con temas melódicos en los que sus notas marcadas son el centro de atención. Con Intocable, su estilo rápido pero claro hizo gala del nombre de la cinta francesa y le encumbró al limbo de los músicos más respetados. Fly y Una Mattina estaban compuestas para el lucimiento personal y no dejaron indiferentes a los amantes de Philip Glass y Steve Reich. Habían encontrado a su virtuoso mediterráneo. 

Cadencia metalófona

Ludovico Einaudi no es un hombre espectáculo, apuesta todas sus cartas en los directos a la potencia de su orquesta. En ese sentido, In a time lapse, el nuevo disco del italiano, resulta desconcertante. Es valiente al integrar todo tipo de tecnologías y sonidos exóticos, pero a la vez su piano queda eclipsado entre lo humilde y lo cobarde. Por muy diestros que sean los muchachos que le acompañan, el precio de la entrada lleva un nombre que no termina de lucir en la escena. 

Einaudi abrió el concierto con sus nuevos temas, Orbis, WaterwaysBurning, que nadan entre las reminiscencias de sus anteriores discos y la predominancia de la percusión y los metalófonos. Hasta entonces los aplausos eran comedidos, ¿dónde estaba el maestro? Aunque los sonidos selváticos no erizaban menos el vello, el público esperaba un golpe de piano a la altura de sus míticos arpegios. Por suerte llegó Experience. Los cuatro violines, dos violas y chelos, la pandereta y el colosal tambor acompañaron al italiano en unos últimos acordes que desataron la euforia. 

Cuando ya había hecho las paces con el público, Einaudi se arriesgó con dos composiciones que parecían recién sacadas de Encuentros en la tercera fase. El ritmo contemporáneo del músico se mueve en el terreno de la banda sonora y parece que todos sus temas están hechos para hurgar en algún sentimiento. Newton's cradle y Nightbook escarban en el miedo. La puesta en escena se disfrazó de ciencia ficción con luces parpadeantes, regalando uno de los pocos cambios de ambiente que se vivieron durante la noche. 

Pero ni los intocables escapan del pasado, y el Ludovico que arranca vítores y pone a los oyentes de pie es el minimalista -o dodecafonista, como dicen los expertos-. Por eso, cuando toda la orquesta menos un violonchelista abandonó el escenario, se sentía que llegaba lo bueno. Primavera y Divenire son dos de las piezas más reconocidas del turinés y provocaron las primeras lágrimas del espectáculo. Los asistentes agradecieron el recuerdo clásico de Einaudi y el abandono de lo experimental; el blues y los sonidos árabes ya habían tenido su momento.

El verdadero despliegue llegó cuando ya no quedaba ninguna de sus famosas piezas por echar de menos. Las guitarras eléctricas, españolas, las panderetas y los sintetizadores representaron la apoteosis final. Seguida de una de las ovaciones más largas de las que ha disfrutado el italiano en un directo. Porque por muchos ataques de humildad que le den a Einaudi, su sonido siempre será inigualable y sus conciertos recordados. Es decir, intocable en todos los sentidos.

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