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Cultura

Cuatro combos inesperados que reventaron el Sónar

Hay producciones exquisitas y comisariados estelares, causualidades afortunadas y accidentes felices. Luego están las convergencias en las que el resultado es mucho más que la suma de las partes. Estas fueron las cuatro convergencias inesperadas que hicieron un Sónar casi perfecto.

Sonar 2014

Sonar 2014

1. Fuego y hielo: Despacio/Unidisplay

Alguien lo comparaba con una sauna finlandesa, donde vas de la cabina al lago helado, del lago a la cabina y, en el medio, te fustigas locamente con una rama de abedul. Así era bajar de la sala de fiestas de James Murphy y 2ManyDjs, con sus siete tótems McIntosh colocados en atávico círculo, a la helada instalación de Carsten Nicolai dos plantas más abajo. El inesperado combo funcionaba tan bien que debería convertirse en canon de la programación festivalera, como el Energy Control donde testan las drogas o la caseta de las crepes de nutella con plátano que tantas vidas salvan cada año en la Fira Gran Via L'Hospitalet.

La serenidad monocromática Unidisplay era el contrapunto perfecto al hedonismo setentero de Despacio. Para entrar en lo de Carsten había que atravesar una alfombra negra acordonada y un largo túnel oscuro, un agujero de conejo diseñado para abandonar el sudoroso universo del festival y bañarse en cuarenta metros por seis de reflexión electroacústica.

El paisaje tiene 24 secuencias donde se alterna lo cómico con lo relajante, lo inquietante y lo hipnótico, pero todas con el mismo efecto de limpiar el paladar (como el jengibre entre el salmón y la tempura) y resetear el cerebro antes de volver a sumergirse en un mundo lleno de peligros. También es verdad que, después de estar expuesto a los graves McIntosh, Unidisplay era lo único que sonaba bien.

2. A la chita callando: SónarCar + Uner

El comportamiento del público no engaña y el SónarCar -el escenario más pequeño del Sónar noche, con mucha diferencia- estaba este año absolutamente desbordado. La gente bailaba animada, con ganas de soltarse. Tras el despegue de Laurel Halo, más de uno tuvo que subir a las esquinas de los autos de choque para poder ver quien está armando un sarao tan llamativo. La respuesta era probablemente Uner, uno de los nacionales que mejor saber hacer bailar a los clubbers.

Nota mental para Sónar: algo raro ocurre cuando es en el escenario más pequeño y discreto donde está la mejor fiesta en la hora punta de un día tan esperado como la noche del sábado. Queridos Ricard, Enric y Sergi: no dejen de lado el techno o no lo limiten mucho. Y tampoco infravaloren una escena local en estado de gracia: duelen las impecables aperturas de Pau Roca en el SónarLab y de Shelby Grey en el SónarPub, un terremoto de música nacional que resquebraja las previsiones del festival y que pide espacio y mejores horarios para futuras ediciones.

3. Hackear a Massive Attack: UVA + Eduard Escoffet

Hasta los fans más militantes de los de Bristol reconocen que lo mejor de Massive Attack estos días es el colectivo UVA y el set de visuales que les producen, un despliegue de datos que incluye marcas, gasto militar, sueldos mínimos interprofesionales y slogans provocadores. La organización decidió traducir al catalán para homenajear a sus conciudadanos pero Sónar siendo Sónar, en lugar de contratar a un traductor decidieron llamar a Eduard Escoffet, el poeta.

Y Escoffet, siendo Escoffet, aprovechó la coyuntura y el prospecto de 20.000 personas mirando fijamente para colar unas líneas de producción propia. No hace falta decir que fueron lo más aplaudido del concierto.

4. Bailando bajo la lluvia: Tiga + la tormenta

En honor a la verdad, la tormenta había empezado una hora antes y lo bueno también, una cadena de la felicidad que abrió con Matthew Dear y pasó por James Murphy, Uner y la muy excelente sesión de Daphni y James Holden. Pero cuando llegó Tiga, el cielo estaba ya de un rosa apocalíptico donde se veían relámpagos y arcoiris al mismo tiempo. Todos los que lo vieron saben que fue una señal.

Hubo quien dejó de tocar en otros escenarios porque caía demasiada agua. No así el veterano de Montreal quien, sempiterna gorra en ristre, le prendió fuego a la casa con un set que fue al mismo tiempo vanguardista y retro, elegante y gamberro, exultante y delicado, una lección de autoconfianza que hizo delirar al último público del Sónar durante hora y media. Tiga pinchó clásicos como You Gonna Want Me y Let's Go Dancing hasta que vinieron unos señores y le apagaron la luz. El habría seguido y nosotros, también.

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