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Cultura

Rescate al olvido que fuimos

Cinco actrices españolas estrenan en la sala Mirador de Madrid 'Granos de uva en el paladar', una obra sobre nuestra memoria histórica que ha sido un éxito en Buenos Aires desde 2012

"En Argentina hay una política de Estado sobre la memoria histórica que no hay en España, y es más, se quiere destruir", afirma la actriz y directora Susana Hornos

Montaje 'Granos de uva en el paladar'

Montaje 'Granos de uva en el paladar'// Foto: Fernando Giani

Febrero de 2012. Cinco actrices españolas estrenan en el Centro Cultural de la Cooperación, en la calle Corrientes de Buenos Aires, Granos de uva en el paladar, un montaje sobre la memoria histórica de España, desde la II República hasta la actualidad. El estreno coincide con una noticia impactante: la inhabilitación del juez Baltasar Garzón por prevaricación. Al día siguiente la prensa argentina se desborda: cinco españolas recuperan la memoria histórica de un país que acaba de cercenar la carrera de un juez que ha trabajado por esta memoria. El público acude en masa al teatro y desde entonces, más de 4.000 espectadores y un éxito apabullante.

Esta feliz aventura teatral acaba de desembarcar en España para una gira que llevará a las actrices por Madrid –están en la sala Mirador hasta el 21 de diciembre-, y otras ciudades como Zaragoza y Valencia. Es la primera vez que llega un montaje que partiendo de las entrañas de nuestra historia más reciente ha deslumbrado a los argentinos. “Al principio pensábamos que no iba a interesar, pero después nos fuimos dando cuenta de que tampoco se habla de una dictadura en concreto, y que la cárcel de Ventas puede ser también la ESMA argentina. También hablamos de la represión de la mujer, de la mujer silenciada y eso es universal”, cuenta Susana Hornos, actriz, dramaturga y directora nacida en Logroño, pero que vive en Buenos Aires desde 1999.

Granos de uva en el paladar está estructurado en tres historias, la de Chusa, Adelina y Miguel, que surgen a partir de tres cuentos que escribió Hornos. La puesta en escena es sencilla: telas rojas que sumergen al espectador en lo que también podría ser un baño de sangre. Iluminación tenue. Y un vestuario que consigue que las actrices puedan transformarse en el escenario en mujeres de la época de la República, carceleras de Ventas, presas y fusilados que aún se encuentran en las cunetas. El lenguaje juega con la poesía, con el cancionero popular, con sonatas famosas republicanas, e incluso con el Cara al Sol.

“No está hecha desde el rencor ni la rabia, aunque sí con dolor”, comenta Zaida Rico, también actriz, dramaturga y directora. Tanto ella como sus compañeras -Lorena Carrizo, Maday Méndez, Susana Hornos y Ana Noguera- nacieron en democracia, pero tienen historias personales que las acercan a aquella época tan gris y sanguinaria. La tia abuela de Rico estuvo en la cárcel de Ventas, y el abuelo de Hornos fue apresado en la guerra y logró salvarse del fusilamiento casi por casualidad. Historias que, curiosamente, apenas han escuchado de sus padres.

“Los míos es que pertenecen a la cultura del miedo que se dio en este país durante tanto tiempo. Y aún ven amenazas donde ya no las hay. Es la generación del miedo”, sostiene Hornos acerca del hecho de que sean los nietos quienes estén recuperando la memoria de este país.

Argentina: una política de Estado sobre la memoria

Más allá de las similitudes en cuanto a la represión española y argentina que se muestran en la obra, el éxito en Buenos Aires también tiene que ver con que en ese país “haya una política de Estado apoyando la Memoria Histórica, cosa que aquí no hay, y es más, se quiere destruir. Y no digo ya el gobierno del PP sino que arranco en Felipe González. Zapatero fue el único que hizo algo, pero la ley fue muy tibia. Todo empezó mal con Felipe, que debió tener un poquito de compasión y recordar de donde se venía, pero lo olvidó todo. Hubo toda una política de “tapemos”. Se creyó que recordar significaba venganza y lo que significa es sanar. Es lo que estamos viendo en Argentina. Cada juicio a un genocida significa hacer justicia.”, apostilla Hornos.

Es sólo una de las diferencias radicales sobre cómo se está tratando allí la era de la dictadura y cómo se ha hecho en España tras la llegada de la democracia. Rico también apunta a que nuestro país sufrió una Guerra Civil que dividió al país en dos y muchas familias quedaron partidas: “Ya sabemos lo descarnada que es la represión en una dictadura, pero en este caso llovía sobre mojado. Por eso puedo llegar a entender esa necesidad de no querer ahondar en las heridas. Pero también digo que les vayan a decir a esas personas que aún no tienen los huesos de sus familiares que esto es pasado. Sigue siendo presente día tras día”. 

Quizá por ello uno de los momentos más emocionantes de este montaje es en el que aparece un chaval que se encuentra tirado en una fosa común. “Hay que recordar que aún quedan 2.300 fosas sin abrir y eso es algo que me produce mucho dolor”, manifiesta Hornos.

La Transición: el silencio

En la obra queda de forma muy palpable cómo observan ellas la Transición. “¿Ahora qué?”, dice un personaje. Y el resto contesta: “schisss”. Silencio. No hay nada de lo que hablar ni a nadie a quien buscar. “Nosotras somos hijas de la Transición, que es cuando se decía, “pa qué remover”. Pero eso pasaba en Argentina con los desaparecidos. Allí se decía, “algo habrán hecho”. Y a las madres de la plaza de mayo las tildaban de locas”, afirma Hornos.

Ahora, reconocen, todo ha cambiado. También en España, donde se han dado cuenta de que “desde hace tres, cuatro años se empieza a hablar de cosas de las que antes no se hablaba. Y es un buen momento para crear estas obras”, sostiene Rico. Porque, en realidad, tampoco ha habido demasiados montajes sobre la memoria histórica, con la excepción de la mirada de Sanchis Sinisterra, o con libros como La voz dormida, de Dulce Chacón, a la que reivindican constantemente.

“Es la hora de hacer teatro de trinchera”, dice Rico. Una etapa, política y teatral, que ellas asemejan mucho a la Argentina del 2001, cuando “a mucha gente la salvó el teatro. Se creó una forma nueva de hacer teatro desde la cooperativa, desde el ‘no hay dinero’. Y como no había nada, empezando porque no hay país, desde el no, creamos”, añade esta actriz, quien, además, no ve mal que se haya acabado con “ese teatro que se hacía por las ayudas hace siete u ocho años. Se montaban obras porque era el centenario de algo y eso te garantizaba la subvención”.

En este sentido, ellas reconocen haber aprendido mucho del sistema argentino, donde no existe el IVA cultural  y las ayudas se reparten entre las diferentes cooperativas teatrales. Las retenciones –un 6%– se hacen a través de la asociación argentina de actores y suponen una especie de seguridad social. “Por eso creo que, fiscalmente, también nosotros tenemos parte de culpa. No hemos sabido desde los actores crear unas figuras que Argentina sí existen”, zanja Hornos.

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