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Julio Verne en tres libros de aventuras, fantasía científica y contradicciones ideológicas

El autor de 'La vuelta al mundo en ochenta días', un incansable creador de aventuras literarias

Durante la segunda mitad del siglo XIX, un prolífico escritor francés renovó la novela de aventuras más o menos relacionada con el colonialismo. Inyectó en sus moldes dosis generosas de divulgación y especulación científica. De la pluma de Julio Verne surgieron Viaje al centro de la Tierra, La isla misteriosa y muchos otros clásicos del género que gozaron de nuevas vidas en la gran pantalla y en la televisión. Asociado perdurablemente con una familia de editores que querían dirigir estas obras a todos los públicos, y publicarla inicialmente en forma seriada mediante revistas, el francés rehuyó la representación de escenas que pudiesen resultar polémicas.

Verne quiso trasmitir las maravillas de la naturaleza y de las posibilidades de la ciencia. Su obra proyectaba una confianza básica en el progreso, abierta a dudas sobre las aplicaciones destructivas de avances tecnológicos. El autor no estaba fuera de los marcos conceptuales predominantes en la época: aplicaba la morfopsicología, que conecta pseudocientíficamente rasgos físicos con caracteres, o asumía los dictados de una antropología eurocéntrica y racista.

Como otros ilustres autores de novelas de aventuras, de H. Ridder Haggard a Arthur Conan Doyle, su mundo pertenecía al hombre blanco. La conflictividad entre clases sociales tampoco fue uno de sus temas estrella, más allá de defensas abstractas de la libertad y de cuestionamientos de intensidad variable sobre el imperialismo. A lo largo de su vida, Verne fluctuó entre la izquierda y la derecha política, navegando sus contradicciones de apasionado de la ciencia y religioso antidarwinista, con etapas socialistas pero defensor de Napoleón III y crítico de la Comuna de París.

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Tres libros festivaleros para calentar motores desde la primera fila

Tomorrowland

Hay varias cosas que marcan el comienzo del verano: las terrazas, los termómetros, los anuncios de cerveza y los festivales de música. Aunque ahora trufan los rincones más remotos del mundo, la historia de estos últimos, sobre todo en España, es relativamente joven.

El primer festival registrado se celebró en 1954 y fue el Newport jazz festival, en el antiguo punto de venta de esclavos de la bahía de Rhode Island. Sus organizadores heredaron la filosofía de los recitales de música clásica decimonónicos y adaptaron el cartel a lo que sonaba entonces en la costa Oeste de Estados Unidos: jazz y folk.

A España llegaron dos décadas más tarde coincidiendo con la muerte del dictador. El primero al aire libre fue el de música celta de Ortigueira, en 1978. Aunque la coyuntura política nos había dejado rezagados, pronto cogimos el ritmo y nos convertimos en el mayor anfitrión de festivales de los 1.500 que se celebran al año en todo el mundo.

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Tres libros del Oeste americano para reflexionar sobre cómo nos contaron la película

Hace más de un siglo, el historiador alemán Aby Warburg hizo diversas visitas a los indios pueblo

Muchos crecimos con una imagen reiterada en la televisión de los fines de semana: los indios norteamericanos cayendo de caballos, muriendo sin voz a manos de los soldados o los colonos que protagonizaban tantos westerns clásicos. La representación nunca fue monolítica. Resultaba difícil romper la perspectiva del indígena como Otro, porque a las inercias etnocéntricas se le sumaban las convenciones narrativas de usarlos como antagonistas de los héroes, pero bastantes autores sí les caracterizaron con dignidad... O con una admiración algo pintoresca, como era el caso del Winnetou de las novelas escritas por el alemán Karl May.

Publicaciones como La historia indígena de Estados Unidos, escrito por la historiadora de ascendencia nativa americana Roxanne Dunbar-Ortiz, sacuden periódicamente la manera que tenemos de ver aquel Oeste que se tildaba de salvaje. Con todo, el debate estaba vivo desde hace décadas. Aunque las voces que se escuchasen fuesen (casi) siempre las de los vencedores, no todas contaban el mismo relato. Los que no perdonan, Alce Negro Habla y Recuerdos del viaje al territorio de los indios pueblo en Norteamérica son tres ejemplos de ello.

Los que no perdonan

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Tres libros de fantasía escritos por mujeres: utopías socialistas, mundos ambisexuales y heridas de la esclavitud

La fallecida Ursula K. Le Guin, una autora referencial de la literatura fantástica del siglo XX

La literatura de fantasía y ciencia ficción a menudo ha explorado la dificultad, o la imposibilidad, de entender aquello que nos resulta ajeno. Parte de la obra novelística de Stanislaw Lem trata de los fracasos de intentar comunicarse con civilizaciones extraterrestres. En su enigmática versión cinematográfica de 2001: una odisea en el espacio, despojada de las explicaciones apuntadas por Arthur C. Clarke en la versión literaria, Stanley Kubrick escenificó en parte ese abismo de incomprensión entre inteligencias.

Más allá de la dificultad de inventar formas de vida verdaderamente diferentes, que fuesen algo más que variaciones del modelo humano, multitud de escritores tenían que lidiar con un desafío mucho más abordable: tratar de unos otros mucho más cercanos, con quienes dialogar y empatizar hasta dejar de considerarlos ajenos, fuesen los extranjeros de tierras más o menos lejanas o, sencillamente, las mujeres.

Muchos autores optaron por cultivar la literatura fantástica sin cuestionar sus inercias colonialistas, sin cuestionar su tendencia a reflejar y reforzar un modelo social dominado por el hombre blanco. Otros, y otras, aportaron una visión diferenciada desde la asunción de muchas convenciones de los géneros literarios. Rescatamos tres ejemplos recientemente recuperados en castellano.

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Tres libros para redescubrir a Akira Kurosawa, el perfeccionista que internacionalizó el cine japonés

Inspirada en la novela de Dashiell Hammett 'Cosecha roja', Yojimbo' ha influido en filmes como 'Por un puñado de dólares', 'El último hombre' o 'Van Damme's Inferno'

Akira Kurosawa puso su grano de arena para explicar el Japón de la derrota militar en sus filmes de posguerra (Un domingo maravilloso), exploró los códigos del cine negro (El ángel ebrio) y puso en diálogo las historias del Japón feudal con el western (Los siete samuráis) o con la dramaturgia de Shakespeare (Trono de sangre). Dicen las historias del cine que fue un filme suyo, Rashomon, el que abrió las puertas de Occidente a sus compatriotas realizadores en 1950.

A pesar de ello, parte de la crítica y el público de su país asumieron una mirada nacionalista propia del Japón en guerra: sus filmes resultaban cuestionables por evidenciar influencias extranjeras. Con todo, sus relatos de samuráis sin señor y nada ejemplares (véase Yojimbo) abrieron el camino a las miradas revisionistas y politizadas a este género, habituales en los años sesenta y setenta.

En su periodo de actividad, que concluyó con la agridulce y nostálgica Madadayo (1992), Kurosawa fue seguramente el cineasta asiático más popular fuera de sus fronteras. Su trabajo de reelaboración de tradiciones establecidas facilitó que la cinefilia se acercase a una obra que, además, generó remakes evidentes y muy populares (Por un puñado de dólares, Los siete magníficos). A pesar de ello, su talante perfeccionista y obstinado, difícil de encajar dentro de un sistema de producción estandarizado, dificultó que consiguiese financiación para sus proyectos.

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Tres libros sobre nuevas masculinidades

Brad Pitt en 'El club de la lucha'. Fox Movies.

Años después del éxito de El club de la lucha, novela cuya adaptación dirigida por David Fincher elevó irremediablemente a la categoría de culto, Chuck Palahniuk reflexionaba sobre qué era lo que había hecho que su novela se vendiese tanto siendo una sátira a la masculinidad tóxica. Así, en el prólogo de una de sus pocas obra de no ficción, Error Humano, decía que tal vez todo se debía a que en ella proponía una nueva forma de conectar entre hombres, aunque fuera a hostias. "No vemos muchos modelos nuevos para la interacción social masculina. Está el deporte. Y construir graneros. Y ya está", escribía tan cínico como siempre.

En la última década, las reflexiones sobre lo que se ha venido a llamar nuevas masculinidades se han multiplicado en una necesaria traducción de sensibilidades de la calle a la letra escrita. Primero, en estudios de carácter sociológico en contextos especializados, después en textos universitarios y, con el tiempo, en libros de los que podemos ver en las estanterías de cualquier librería. La reconfiguración de la idea de lo que significa ser hombre en la sociedad actual avanza progresivamente y se alimenta de lecturas.

Entender la forma en que vivimos mujeres y hombres nuestra condición, implica también empatizar y conocernos unos a otros desde todas las perspectivas posibles, para construir una sociedad más igualitaria y solidaria. Esto, que suena vago, se concreta en obras literarias que entienden el sexo como una construcción cultural que, en nuestro caso, ha venido cortada con el patrón propio de una sociedad heteropatriarcal. "No se nace mujer, se llega a serlo", decía Simone de Beauvoir allá por 1949. De la misma forma no se nace hombre, somos lo que somos como resultado de un proceso de socialización obviado durante demasiado tiempo.

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Tres libros de utopías, distopías y pesadillas soviéticas

El prestigioso Alexander Sokurov filmó una adaptación libre de 'Mil millones de años hasta el fin del mundo', 'Días de eclipse'

Algo cambió en la literatura fantástica a lo largo de la primera mitad del siglo pasado. Varios autores comenzaron a explorar territorios más alejados de la tradición de las aventuras colonialistas y sus guerras heroico-divertidas. Quizá porque las matanzas ya no se veían desde tan lejos: las dos conflagraciones mundiales encharcaron de sangre las tierras europeas.

Un centenar de millones de muertes sirvió de terrible anticuerpo contra la confianza en el futuro. El progreso tecnológico y científico mostró su reverso en forma de artillería pesada, gases letales y bombas atómicas. En paralelo, se vivió el auge de los totalitarismos.

De todas estas decepciones partieron las principales distopías de la época. H. G. Wells, un socialista avanzado a su tiempo en diversos aspectos, hizo su aportación con Cuando el durmiente despierta, donde desarrollaba una premisa que recordaba a un cuento propio y también a la novela más popular del socialismo utópico estadounidense: El año 2000, de Edward Bellamy.

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Tres libros para redescubrir la fantasía de Neil Gaiman

La novia de Frankenstein, uno de los iconos que Neil Gaiman analiza en 'La vista desde las últimas filas'

Hay autores que pisen la tierra que pisen, pestilente lodazal o reverdecido campo, caminan como si no tocasen el suelo. O más bien como si cualquier superficie sobre la que se plantasen les viniese bien. Como si se sintiesen tan cómodos en ella que quisiesen pasar allí el resto de su vida. Neil Gaiman es uno de esos nombres únicos.

Nació en Hampshire, y creció cerca de una biblioteca que le pillaba a medio camino entre la escuela y el trabajo de sus padres. Así que a los ocho años ya había descubierto a los autores que le marcarían para toda la vida. Convivía con C.S. Lewis, Ursula K. LeGuin, J.R.R. Tolkien y Edgar Allan Poe, mientras que en el colegio pocos le conocían de verdad y prácticamente ninguno se hacía llamar su amigo. Era tan tímido que parecía no estar.

Empezó en el oficio de escribir de la mano del periodismo y desde entonces pisó todos los campos habidos y por haber. Hizo biografías, luego probó con suerte en el cómic mano a mano con un ilustrador que le acompañaría el resto de su carrera: Dave McKean. Juntos crearon The Sandman, una de las obra más influyentes del noveno arte. No contento con eso, también hizo prosa, poesía, guiones de cine y teatro y hasta letras de canciones. Es el único autor que ha ganado tanto el premio Carnegie Medal como el Newbery Medal - uno de los más prestigioso de la literatura infantil-, por una misma obra: El libro del cementerio.

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Tres libros sobre tecnología, cyborgs y monstruos viscosos en el cine

'Terminator 2' ha sido una influyente película sobre el miedo a la inteligencia artificial

La ficción audiovisual, sea en forma de largometrajes o series, es una pata relevante de la vida cultural de muchas personas. El cine fantástico y de ciencia ficción es una fuerza relevante en el imaginario popular y en las cuentas de resultados de la industria del entretenimiento. Multitud de ensayistas ponen su grano de arena reflexionando a partir de estas películas que, a menudo hablan de nuestra sociedad, nuestros miedos y nuestras esperanzas (o desesperanzas) de futuro.

En ocasiones, encontramos un enfoque divulgativo que hibrida la crítica cinematográfica y la historia del cine (El despertar de las máquinas). En otros casos, se opta por una prosa que proyecta pasión por las películas de género y, a la vez, aporta consideraciones y análisis interesantes sobre este goce (Lovecraft, la alargada sombra del tentáculo). Y también podemos encontrar muestras de un ensayismo de orientación más especializada que sigue fijándose en la cultura pop como objeto de estudio (Ghost in the shell, nostalgia de la encarnación).

El despertar de las máquinas

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Tres libros para entender mejor Star Wars antes de ver el episodio VIII

Star Wars También se lee

Si nos ceñimos a hacer una lectura económica e inevitablemente parcial del alcance de Star Wars, ya nos podemos hacer una idea de cuál es su tamaño en el mundo actual: según el Statistic Brain Research Institute, Star Wars lleva amasada la friolera de 39.536 millones de dólares. La cifra supera el PIB de noventa países del mundo tales como Jamaica, Armenia o Islandia.

Pero si no nos limitamos al dato concreto, lo más razonable sería decir que alcance de la saga en lo cultural e incluso en lo político es a todas luces incalculable. Desde Barack Obama despidiéndose de los periodistas en la última rueda de prensa de 2015 al son de "Ok, chicos, tengo que llegar a tiempo para ver Star Wars", hasta Hillary Clinton cerrando el debate demócrata con un elocuente "Que la fuerza os acompañe", pasando por las constantes comparaciones de Trump con Darth Vader.

En nuestro país, al panorama editorial no se le ha pasado por alto el peso de la franquicia. Parece una norma no escrita que pocos se afanan en contradecir y reza que si tu editorial tiene una colección de ensayos, tendrás que tener un título dedicado a Star Wars. Desde lecturas filosóficas como la que publicaron Roca Editorial o Errata naturae, hasta pormenorizados análisis cinematográficos del universo de la saga como los ensayos de Diábolo, o sobre su creador como el caso de Dolmen y su excelente libro American Odyssey. Y esto por mencionar unos poquísimos casos, pasando por alto las miríadas de cómics, libros ilustrados, enciclopedias, guías y hasta manuales para hacer crochet que publica constantemente Planeta. Entre tantísima letra dispuesta a dar la razón al fan, rescatamos tres títulos que ofrecen otra mirada del tema desde una perspectiva social, cultural y hasta vital.

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