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Sandra Morán | Diputada del Congreso de Guatemala

“Queríamos que se reconociera la posibilidad de que las niñas violadas no fueran forzadas a ser madres”

La diputada en el Congreso de los Diputados de la República de Guatemala Sandra Morán (Convergencia) es la primera mujer en declararse feminista y lesbiana en la Cámara y centra sus compromisos en defender los derechos de las mujeres, las diversidades sexuales y por la protección de los pueblos originarios

La diputada guatemalteca Sandra Morán (Convergencia) explicando el avance de la ley para el desarrollo económico de las mujeres.

La diputada guatemalteca Sandra Morán (Convergencia) explicando el avance de la ley para el desarrollo económico de las mujeres.

De enero a octubre de 2018, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social de Guatemala registró 1.660 embarazos de niñas menores de 14 años. Sandra Morán, la primera (y única) mujer en declararse feminista y lesbiana en el Congreso de los Diputados de la República Guatemala, intentó llevar a cabo una ley para proteger a las niñas que permitiera interrumpir la gestación para no forzarlas a ser madres e incorporara programas de acompañamiento para las que decidían serlo. Ella es una activista histórica y música que, desde 2016, ocupa uno de los 158 escaños del congreso guatemalteco. Sólo 31 son mujeres. Su partido es Convergencia y, si tiene que compararse con algún grupo político de España, se declararía “más en la línea de Podemos y de Izquierda Unida”. Actualmente está visitando España, invitada por la organización Alianza por la Solidaridad, y siente que las calles españolas son “más seguras”. Sus reivindicaciones han provocado que tenga que convivir con amenazas que la obligan a ir acompañada de seguridad personal en Guatemala. Aun así, para Morán trasladar al debate público las ideas por las que fue elegida es una responsabilidad que trasciende a su integridad física y centra sus compromisos como diputada en defender los derechos de las mujeres, las diversidades sexuales y las luchas de los pueblos originarios.

Usted llegó a la política a los 56 años de edad, pero llevaba más de 40 años como activista e incluso tuvo que vivir en el exilio. ¿Cuáles son las luchas que han protagonizado su vida?

Comencé muy joven la lucha por la participación en los movimientos sociales. Con 14 años pasé a formar parte del movimiento estudiantil de secundaria en el instituto, dentro del marco de un contexto militarizado. Me incorporé a manifestaciones públicas y luego atacaron violentamente a mi líder. Ella sobrevivió a un ataque de balazos y quedó en silla de ruedas desde entonces. Poco a poco me incorporé a más luchas, en principio por la educación y luego por la justicia. En el año 1981 tuve que exiliarme del país, me sumé al movimiento revolucionario, me hice música en el exilio y, a partir de eso, seguí trabajando en favor de la lucha revolucionaria y de los pueblos. En 1992 empecé a trabajar específicamente por los derechos de las mujeres desde Canadá y cuando regreso a Guatemala, en e1994, me incorporo al movimiento feminista en el marco de los Acuerdos de Paz. Finalmente, en el 2015 fui invitada a ser parte de una lista de elección popular y fui electa como parte de la bancada de Convergencia. Llevo en el Congreso desde enero de 2016.

Lo primero que hizo al llegar al Congreso de los Diputados de la República de Guatemala fue declararse feminista y lesbiana. ¿Qué supone visibilizar la diversidad sexual en su país?

Salí del closet en Guatemala en el 1995 y fue en el marco de un evento que se llamaba ‘La invisibilidad del lesbianismo también es violencia’ donde supe que había que romper la invisibilidad de nosotras mismas y que eso supone ponerse de frente a los ataques lesbofóbicos y homófobos que hay en la sociedad. Cuando fui electa supuse que iba a ser atacada de manera reiterativa por los grupos de poder (que de hecho ya me han atacado socialmente) y pensé que no podía darles el poder a ellos y que usaran mi propia identidad en mi contra. Así que decidí hacerlo público para tomar el control sobre mis propias decisiones y para que las personas pudieran conocerme y reconocerme en quién soy yo porque mi planteamiento es que la transparencia no sólo pasa por cómo usas el poder y cómo administras los recursos, sino también por decir quién sos. Espero ser la primera de muchas, aunque estoy segura de que hay más diversidades sexuales en el Congreso, pero no lo dicen.

Durante las protestas en las puertas del Congreso en las que participó durante su etapa como activista nunca quiso entrar para hablar con los políticos. ¿Qué ha cambiado?

Estar en el Congreso es una responsabilidad muy grande. Yo fui electa por 31.800 mujeres y hombres, pero además, fuera de la gente que votó por mí, también están las comunidades que se sienten representadas conmigo como la comunidad de la diversidad sexual, de las mujeres o los pueblos originarios que me miran como parte de ellos. Estar sentada y trabajar desde el Congreso en los tres ámbitos que nos corresponden (legislativo, fiscalización y acompañamiento) es muy importante y es un reto permanente y constante. Uno de los principales retos sigue siendo salir del Congreso con dignidad. Estamos en un momento de lucha contra la corrupción y el Congreso se ha deslegitimado por las acciones que han hecho los corruptos y somos pocos los diputados y diputadas que la población reconoce como dignos.

¿Cómo es el mapa del Congreso guatemalteco?

Somos 158 diputados, de los cuales 31 somos mujeres. Dentro de la izquierda, somos tres partidos con cinco diputados. También hay diputadas y diputados de izquierdas que no participan en nuestros partidos de izquierdas, sino que participan en el partido socialdemócrata que se llama Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), que es más o menos lo equivalente al PSOE. La UNE es el partido de la segunda bancada más grande con 36 escaños y tiene algunos miembros de la izquierda, pero desde los partidos de izquierda como tal somos cinco personas. En esa unión está la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), que es la antigua guerrilla y que fue el partido político que se formó tras los Acuerdos de Paz. También está Winaq, que es un partido de los pueblos originarios, y Convergencia, donde pertenezco, que es una alianza de partidos de izquierda y varios movimientos sociales. En España sería más en la línea de Izquierda Unida y Podemos. Nunca hemos hablado, pero diría que por ahí vamos.

La diputada guatemalteca Sandra Morán (Convergencia), impartiendo un módulo en la Escuela Ciudadana de Mujeres, un espacio de formación para mujeres que busca el fortalecimiento de la participación política y ciudadana.

La diputada guatemalteca Sandra Morán (Convergencia), impartiendo un módulo en la Escuela Ciudadana de Mujeres, un espacio de formación para mujeres que busca el fortalecimiento de la participación política y ciudadana.

Usted quiso llevar a cabo una ley para proteger a las niñas que permitía la posibilidad de interrumpir el embarazo a las menores de 14 años que se quedan embarazadas por violación. Finalmente, no encontró los apoyos suficientes para aprobar esta ley que ampliaba los derechos sobre sus vidas de las mujeres y las niñas. ¿Cómo fue el proceso?

Uno de los grandes temas tabús en Guatemala era el aborto. El movimiento de mujeres no ha logrado posicionarlo en la agenda pública ni en la legislación. Desde el principio pensé que mi paso por el Congreso debía ser distinto y debía poner sobre la mesa los temas más complicados que nadie se ha atrevido a poner. Por tanto, yo ya tenía la decisión tomada. Hay una organización de abogadas que se llama Mujeres Transformando el Mundo que atienden y acompañan el litigio de casos de niñas embarazadas producto de la violencia sexual. Hablamos con ellas de la posibilidad de hacer una ley que las protegiera y permitiera ayudarles por el Estado guatemalteco. A partir de ahí formamos una Ley de Atención y Reparación Digna y Transformadora para Niñas y Adolescentes sobrevivientes de violencia sexual. El año pasado 4.200 niñas embarazadas menores de 14 años fueron producto de violencia sexual en sus hogares, en la comunidad, en la escuela o incluso en las iglesias. Y este año van más de 1.500 niñas embarazadas en junio y vamos a terminar con una cantidad similar al año pasado, lamentablemente. En Guatemala tenemos una legislación que define como delito de violación todo embarazo en niñas y adolescentes menores de 14 años. Por tanto, está tipificado como tal. Lo que queríamos era que se reconociera la posibilidad de que las niñas violadas no siguieran siendo forzadas a ser madres y a sostener el embarazo y se hablaba de la interrupción para 12 semanas mediante medicamentos, que era uno de los veinte artículos que tiene la ley. El resto de artículos contemplaban programas de apoyo, acompañar a las niñas con programas del Estado hacia su mayoría de edad para que puedan terminar de estudiar, capacitarse y generar posibilidades de tener mejores condiciones para continuar su proyecto de vida. Esta ley, por parte de las iglesias fue nombrada como “ley del aborto” y la empezaron a deslegitimar, generaron campañas publicitarias en contra y estuvimos en la discusión, pero finalmente no salió. Aun así logramos organizarnos, generar alianzas y discutir públicamente del aborto. Ha sido muy importante la discusión porque en la radio, en la televisión y en el ámbito público se discutía sobre el aborto por primera vez y en posiciones muy encontradas, pero fue muy importante la posibilidad de discutir.

Defender los derechos humanos de las mujeres y las niñas, visibilizar las diversidades sexuales o luchar por la protección de los pueblos indígenas es un riesgo para usted en Guatemala. ¿Qué le ha supuesto tener un cargo público?

He tratado de vivir la vida política sin cambios, corro riesgos y he sido amenazada años atrás. Mi idea es que tenía que estar más protegida por el hecho de los temas que estoy tocando y por mi trabajo. Tengo el temor de que personas que, desde una mirada de fanatismo, puedan pensar algún tipo de ataque. Eso es lo que he ido viviendo y de lo que me tengo que proteger.

En el contexto político actual destaca el ascenso al poder en Brasil del ultraderechista Jair Bolsonaro, un hombre que se ha declarado abiertamente homófobo, machista y racista. ¿En qué medida afecta al resto de países y, en especial, a Guatemala?

La ola de conservadurismo y fascismo que estamos viendo en el mundo está llegando a América Latina y sobre todo al sur con mucha fuerza. No solo en Brasil, en Estados Unidos con Trump, en Costa Rica el intento que tuvieron, en Guatemala seguramente en las elecciones también estará presente... Brasil, al ser un país tan grande, causará impacto impresionante y yo temo que pueda contagiar a otros países como Bolivia, que es uno de los pocos proyectos que nos quedan. Con Bolsonaro cae abajo lo poco que quedaba de los espacios que, con los gobiernos progresistas, se habían construido, y que permitían una articulación política con una mirada futura de un desarrollo propio y autónomo de la región. La propuesta que tenía Lula era lograr esa unión para luchar en buenas condiciones contra la unidad del norte tanto a nivel político como económico. Esto va a traer efectos muy fuertes y con posibilidades de fortalecer el armamentismo con la presencia armada en el sur, dado que Colombia recientemente se incluye en la OTAN y eso para nosotros es muy peligroso. En una de las últimas reuniones en Cuba se declaró América como una sección libre de guerra y, ahora, con la presencia de la OTAN y de Bolsonaro con una mirada más militarista, se pone en riesgo esa declaración.

Como mujer política rodeada de hombres, ¿qué obstáculos ha tenido que superar al entrar en un espacio que habitualmente ha estado ocupado por ellos?

Las mujeres tenemos que enfrentarnos a espacios que no conocemos. El Congreso es un espacio de ejercicio de poder, donde cada uno entiende distinto. Estar en el Congreso con ideas políticas tan diferentes es complicado y es un aprendizaje que espero poder utilizar, compartir y sistematizar de manera que a otras compañeras les sirva. Hay que romper barreras para poder llegar a las listas y poder ser electas, cumplir con los objetivos de campaña y desarrollar el trabajo de forma conveniente para las mujeres y los pueblos. Verdaderamente es un reto diario que enfrenta obstáculos permanentes en el pleno del Congreso. Por ejemplo, cuando se discuten las cosas, tienes que tomar decisiones y ahí es fundamental la formación, la coherencia política que tengas y que estés con tus compañeros y compañeras unidas.

El feminismo que se considera hegemónico ocupa gran parte del discurso actual en Europa y deja fuera otras muchas voces de mujeres y realidades diversas. ¿Qué opina de ese discurso?

Yo sé que existe ese concepto de feminismo hegemónico e incluso en Guatemala a veces se nombra así, pero yo creo que los feminismos van creciendo de acuerdo a las personas y cada vez hay más mujeres que se van incorporando, hacemos nuevas discusiones, nuevos análisis, descubrimos nuevas opresiones o, mejor dicho, se van entendiendo nuevas opresiones y salen más categorías. Creo que lo que tenemos que hacer es abrirnos a la posibilidad de reconocernos entre nosotras, no jerarquizar ni las luchas ni los conocimientos. Nosotras hemos estudiado el feminismo, desde los feminismos europeos a los feminismos de los Estados Unidos. Y creo que hoy, aunque estamos retadas porque no escribimos mucho, sí hay feminismos que vienen del sur y esperaría en reciprocidad que las feministas de Europa y de Estados Unidos también nos lean y también nos reconozcan como mujeres con capacidad epistémica y con capacidad de construir nuestros propios feminismos. La apertura al diálogo y a las conversaciones de esos feminismos es muy importante, sabiendo también que lo que queremos es sumar planteamientos para la construcción de sociedades más justas, más equitativas y más igualitarias donde las mujeres de la diversidad de los pueblos y la naturaleza puedan tener un espacio para la construcción común de la vida.

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