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Joan Romero: "Creo que el proyecto político europeo puede naufragar"

Joan Romero

Joan Romero es catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Valencia. Durante los últimos años ha centrado su actividad docente e investigadora en la Geografía Política, Políticas Públicas, Estructura del Estado y nuevas formas de Gobernanza territorial en España y en Europa. Colabora en El País y coordina la sección «Los jóvenes opinan sobre el futuro de Europa» de eldiario.es. Es autor, junto a Antonio Ariño de La secesión de los ricos (Galaxia de Gutenberg). Ha sido Director General de Universidades de la Generalitat Valenciana (1983), Secretario General Técnico del Ministerio de Educación y Ciencia entre 1985 y 1987 y Conseller de Educación y Ciencia de la Generalitat Valenciana entre 1993 y 1995.

¿Por qué ya no atrae el proyecto europeo?

Porque los cambios sociales y económicos han sido tan profundos que todavía estamos reaccionando. La Unión Europea es un proyecto tan inacabado como que algunas partes de su hoja de ruta siguen inéditas. Otras han seguido únicamente el marco neoliberal que ha agravado la desafección. La crisis ha evidenciado grandes fracturas sociales y políticas. Soy un europeísta convencido pero muy crítico con la forma en la que las elites políticas y económicas han conducido el proceso reciente. Ciertamente, hace una década no lo habría dicho, pero ahora no lo descarto: creo que el proyecto político europeo puede naufragar.

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La Unión Europea y el olvido del pasado

El ministro del Interior italiano Matteo Salvini (C), con Marine Le Pen y Geert Wilders (izda)

Qué doloroso es perder algo por lo que tanto se ha luchado, que tanto esfuerzo ha requerido; un proyecto que salió a la luz cuando muchos dudaban de ello, cuando solo se tenía la concepción de una Europa bélica. Contra todo pronóstico, la Unión Europea vio la luz. 60 años han transcurrido desde aquella primitiva Comisión Económica Europea.

Seis décadas dan para mucho, pero tras un próspero periodo en el que, incluso, recibió el noble galardón del Nobel de la Paz, parece que la Unión Europea se encuentra en un momento muy delicado, una crisis estructural que se tambalea por los diversos pilares en los que se apoya, pilares que parecían que nunca iban a quebrarse, pero el tiempo ha acabado deteriorándolos. Para entender este deterioro, se debe viajar hasta la raíz, hasta lo que, a simple vista, se diría que carece de importancia.

Es un martes, por la noche. Como cada martes por la noche, la familia se sienta en la mesa para cenar, encienden la televisión y ponen el informativo. ‘La Unión Europea proporciona un rescate financiero a las entidades bancarias españolas para evitar su quiebra’, dice el primer titular. “Ya están los de Bruselas dando dinero a los bancos en vez de ayudarnos a nosotros”, exclama la madre. ‘Valencia acogerá a los más de 600 refugiados del barco Aquarius’, indica el siguiente rótulo. “Ale, ya vienen a vivir de subvenciones”, comenta el padre.

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Olorant Europa

Un fantasma recorre la vella Europa, és el fantasma de la desafecció política i la desconfiança. Va haver un temps on es firmaven contracte en blanc i pactes per la guerra industrial que implicaven la fidelitat mútua entre els estats de la Unió Europea (el projecte Airbus 300 o el pla Calcul hi són exemple). La malfiança actual té com a objectius tant l'estat veí com el mateix sistema parlamentari. Vora un 30% dels francesos desitja un sistema polític diferent a la democràcia representativa (Ipsos-Sopra per a Le Monde). És ben palés que ha hagut un replegament per part de la població, ningú es fia de ningú, l'abstencionisme ateny nivells altíssims. S'ha optat per buscar l'origen d'eixa desafecció en "el malestar a la globalització"; en la precarietat a la qual aquest fenomen de grans dimensions sotmet a les seves víctimes. Altres analistes han considerat el dèficit democràtic de les institucions polítiques europees actuals com a factor determinant per bé de copsar la malfiança; argüeixen les paraules de Juncker d'aprés la victòria de Syriza a l'estat grec: "no pot haver elecció democràtica contrària als tractats ja ratificats" o el fet que el BCE controle tota la política monetària amb pretensió d'independència mentre els buròcrates que treballen al seu seu sinus provenen de Goldman Sachs. Altres entrelluquen la crisi migratòria com a font de crispació de la ciutadania europea.

Ens preguntem si no serà la raó de la desafecció més senzilla. Diu Chantal Mouffe que les passions són més aviat la força matriu de la política. En realitat, dia rere dia ens trobem amb un major nombre de fets que ens fan pensar en un reviscolament de la passió a la política europea: himnes, banderes i altres significants buits han suplantat al calcul racional com a paradigma definidor del tauler polític. Això ens fa assumir que hem de replantejar-nos la desafecció. Pensem que l'aparició de les emocions a la política es fa inevitable quan el panorama global ofereix un paisatge epistemològic que esdevé inabastable per al ciutadà europeu mitjà, en eixe moment, aquest no pot esgrimir sinó emocions. Posem com a causa, llavors, de la desafecció la complexitat del nou món. Hi han uns versos d’Heinrich Heine que resumeixen molt bé les aspiracions de qualsevol ésser humà: “tinc la disposició més plàcida que es pugui imaginar. Els meus desitjos són: una modesta barraca, una teulada de palla; però, bon llit, bona taula amb saïm i llet ben fresca, unes flors junt a la finestra, arbres formosos a la porta i si Déu vol fer-me veritablement feliç m’atorgarà l’alegria de vore penjats d’aqueixos arbres a sis o set dels meus enemics.” És difícil vore el vincle entre unes aspiracions tan senzilles que revelen l’essència de la condició humana i elements com els moviments bursàtils dels nostres dies o les guerres i les accions comercials a milers de quilòmetres de distància. Vet aquí la desafecció. Davant ella, el sistema global ens mostra el seu poder seductor. Els PIGS d’Europa es baten contra els BRICS, el drac xinés  i els EAGLE’s emergents passant pel tupé de Trump. El poder seductor converteix la política en una exhibició molt entretinguda. Ens planteja Guy Debord: “al treballador tot el temps i l’espai del seu món se li tornen estranys amb l’acumulació de productes alienats. L’espectacle és el mapa del nou món. (…) En general, com a inversió concreta de la vida, aquest és el moviment autònom d’allò que no viu”

Davant tot aquest panorama tan inoperatiu, al ciutadà europeu no li queda més que el joc de votar a l’ outsider. Ni l’espectacle polític ni la política de l’espectacle naixen ara. Ni la meva resposta és la pila baptismal ni les altres formes d’entendre la desafecció són el perol de la bruixa, però, a falta de conclusions més contundents i enlluernants em decante per l’opció més lúdica.

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Un nuevo rumbo para la vieja Europa

El presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker (c), ante un pleno de la Eurocámara, en Estrasburgo (Francia)

En el siglo XVIII, Kant, proponía “una federación de tipo especial a la que se puede llamar federación de la paz para terminar con el odio entre naciones europeas, una federación basada en el respeto a las diferencias con el fin de alcanzar “La paz perpetua”, (título del breve escrito, más actual que nunca). Este sueño ilustrado, vagamente romántico, parecía enterrado bajo siglos de guerra, más aún tras el reguero de muerte y miseria (material, humana y moral) que dejaba a sus espaldas la primera mitad del siglo XX. No obstante, fue en aquel momento de crisis cuando la élite política (los Padres de la Unión Europea) estuvo a la altura y tuvo la brillante idea de que era mejor cooperar antes que matarse y con esta firme intención enemigos eternos se convirtieron en socios leales a partir del embrión de la UE, la CECA.

Con el tiempo, aquel espacio pensado para evitar los conflictos ha ido ampliándose en dimensiones y reforzando su andamiaje político-legal de tal forma que hoy la UE ha devenido el más complejo proyecto geopolítico de la historia. Los cimientos de este original proyecto han sido dos: los valores de la Ilustración como fundamento moral y el estado del bienestar como vertebrador social. Para muchos (cada día menos), el objetivo final de este particular proyecto es crear un macro-estado de tipo federal (Guy Verhotstadt, exprimer ministro belga, ha propuesto y hablado muchas veces de Estados Unidos de Europa[1], por ejemplo).

Si nos ponemos como objetivo esta meta, resulta patente que el proyecto no está ni siquiera a medio camino y que, incluso, presenta graves problemas de diseño en las partes ya desarrolladas como el euro[2] o el espacio Schengen. Además, los proyectos que se presentan para avanzar (Constitución Europea del 2004, el actual intento de política común en inmigración o defensa) en la integración se encuentran con palos en las ruedas.

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Mañana, ¿una Europa mejor?

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker

Tenemos la suerte -o la desgracia- de habitar un mundo en el que, hoy en día, todo es volátil, nada es rígido y, lo que hoy aprendemos, mañana puede haberse quedado en papel mojado. En este contexto mundial de cambio continuo; procesos globales que a todos afectan; economías en auge, y economías en declive; surgimiento de nuevas ideas, o resurgimiento de antiguas; se encuentra un continente histórico, llamado Europa. Podría extenderme en la historia que nos une a los europeos: una historia de guerras continuas, una historia de progreso incesante, o una historia de hegemonía global; pero vivimos en un momento histórico el cual requiere de una mirada puesta en el futuro y una mejora del presente, como manera de alcanzar ese tan ansiado esperanzador mañana.

La globalización es el presente, y quizás nuestro más probable futuro, un proceso que, según Ulrich Beck, ha llevado a la existencia de unos riesgos globales que actúan como autores del deterioro de nuestros sistemas de seguridad, y, que difícilmente, pueden ser atribuidos a unos responsables concretos. Así pues, este proceso que; por un lado, ha sacado de la pobreza extrema a sociedades enteras en el Pacífico y, que, por otro, ha precarizado y desestabilizado los empleos de millones de nuestros ciudadanos occidentales; no tiene causante claro y definido. Además, no debemos olvidar que la globalización ha provocado un elevado descenso de la capacidad de decisión en múltiples ámbitos, desde la maniobrabilidad de los gobiernos nacionales hasta el poder de elección como ciudadanos. Y este hecho ha sido visible desde la óptica social. Europa, para mejorar su presente, debe ser consciente del complejo escenario en el cual vive, debe afrontar unida este proceso global, aunque para ello sea necesaria esta cesión de soberanía pues, desde la unilateralidad y el tamaño de los países que la formamos, nadie será relevante en el futuro, y, por tanto, desde la irrelevancia, nadie alcanzará la prosperidad. El camino a seguir es más unión; el camino es algo que, por suerte ahora sí, ya existe: la Unión Europea.

¿Se encuentra esta Unión Europea en crisis?

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Europa en la zozobra

Marine Le Pen, del Frente Nacional francés y Geert Wilders, del Partido para la Libertad de Holanda, también de extrema derecha

Una Europa balcanizada, en ruinas, en la encrucijada o insostenible son algunos de los adjetivos que se utilizan hoy en día para designar el presente y el futuro de la Unión Europea. Sin embargo, pese a que la Unión ha tenido sus detractores desde el momento de su creación, estos adjetivos parecen hoy más reales que nunca. Las preguntas, entonces, que se nos plantean son: ¿Por qué sucede esto? ¿Qué ha cambiado para que las voces que piden un cambio en la Unión Europea, o incluso su desaparición, tengan tanta relevancia? ¿Estamos enfrentándonos a la crisis existencial del mayor proceso de integración política y económica visto hasta la fecha?

Para responder a estas preguntas tenemos que retrotraernos a los hechos pasados. Ya en 2013, según lo expresado en Choque de democracias, se afirmaba que “la confianza en el proyecto europeo ha disminuido incluso a más velocidad que las tasas de crecimiento. Desde el comienzo de la crisis, la confianza en la Unión Europea ha caído 32 puntos en Francia, 49 en Alemania, 52 en Italia, 94 en España, 44 en Polonia y 36 en el Reino Unido”. Así pues, observábamos, por ejemplo, que el 56% de los alemanes no confiaban en la Unión Europea, junto al 56% en Francia y el 46% en Polonia en 2013. Hoy, en base al último barómetro de primavera de 2018 de la Comisión Europea, son el 42% de los alemanes los que no confían en la UE, el 55% de los franceses y el 41% de los polacos. Esto nos enseña que la situación se ha mantenido estable, pero no por ello deja de ser menos preocupante que, aproximadamente, la mitad de la población de los países miembros de la Unión Europea (la desconfianza media está en el 48%) no se fíe de las instituciones europeas.

Anteriormente se ha expuesto un punto de partida para observar los cambios en la Unión Europea: la crisis económica de 2008. Sin embargo, la desconfianza no se puede atribuir de manera directa a dicha crisis, sino a una serie de factores, en ocasiones anteriores y en otras relacionados con la misma, que han supuesto la redirección de las prioridades de los ciudadanos europeos y de su voto hacia opciones abiertamente anti comunitarias. Como se afirma en El cambio en los sistemas de partidos europeos: “el menor apoyo electoral que están recibiendo los partidos establecidos podría estar relacionado con el peso que recientemente están cobrando nuevos temas como la integración europea, la inmigración o la globalización, que, a su vez, podrían estar sustituyendo a los cleavages tradicionales, como el religioso y el de clase social”. Como es lógico, estos cambios en los sistemas de partidos de los Estados miembros, que “no se han dado solamente en los países deudores” (Rama Caamaño, 2017) tienen su efecto directo en la Unión Europea. Por tanto, hemos de observar cuáles han sido y están siendo las causas que ocasionan esta “crisis existencial” sobre la Unión Europea y que atacan a su futuro y a la estabilidad en Europa.

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Unión Europea, ¿un horizonte con futuro?

Vista general de un pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo

Incertidumbre. Esta es la palabra que he elegido para comenzar esta reflexión, mediante la que pretendo dar una visión con la mayor claridad posible de la situación que vive a día de hoy la Unión Europea (UE), el proyecto de cooperación internacional más ambicioso del siglo XX. ¿Hemos dejado de creer en este proyecto común?, ¿acaso no hemos podido salvar nuestras diferencias culturales?, ¿están las instituciones europeas estancadas?. Son algunas de las preguntas que intentaré responder a lo largo de la reflexión. Lo cierto es que la Unión se encuentra tocada, pero no hundida. Con el fin de entender el estado actual es necesario remontarse a sus orígenes.

El término Unión Europea es acuñado en 1993 a raíz del Tratado de Maastricht. No obstante, los primeros pasos hacia un proyecto de unión continental nacen tras la Segunda Guerra Mundial. Comienza a cimentarse en la primavera de 1951 con la firma, en París, del Tratado de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero). Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo conformarán así la primera cooperación europea en intercambio de materias primas con el fin de reavivar la economía del continente. Mediante el Tratado de Roma (1957) los seis países plantean una meta firme: conseguir un mercado común; nace la Comunidad Económica Europea. Ocho años más tarde el Tratado de Fusión daba vida a dos instituciones: la Comisión Europea (CE) y el Consejo de la Unión Europea (CUE). El Acta Única Europea de 1986 consolidó el mercado interior progresivamente e introdujo la libre circulación de mercancías y capitales. Y finalmente llegamos a 1993. En este año la unión de los doce países crea una estructura sobre tres pilares: integración a la comunidad; cooperación en política exterior y en seguridad común; y cooperación policial y judicial. El Tratado de Maastricht tuvo vigencia hasta 2008 con la firma del Tratado de Lisboa.

Son muchos los pasos que ha dado Europa a lo largo de sus más de sesenta años de historia para crear un proyecto sólido, original y viable. Un plan que ha ido aumentando sus miembros hasta completar 28 países, pero como se recoge en el artículo Cinco razones por las que Europa se resquebraja, “a pesar de las ampliaciones Europa se ha empequeñecido” (J.I. Torreblanca, 2011). Los hechos hablan por sí solos; lejos queda el año 1999, cuando todo era esperanza: el euro comenzaba a circular en los mercados financieros, diez países se adherirían en los próximos siete años (llegando a ser una gran potencia conformada por 25 miembros), comenzaban las conversaciones para integrar a Turquía y se aspiraba a la creación de una Constitución europea. Actualmente, el escepticismo se ha instalado en nuestras sociedades y el espíritu de unión ha sido sustituido por miedo e incertidumbre.

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El reto de la nueva Europa

Una marcha en favor de la Unión Europea en Roma

La Unión Europea cumplió el pasado marzo 61 años desde los Tratados de Roma que le vieron nacer, pero hoy se enfrenta a su mayor desafío. Un reto que implica dos caminos: una vía de transformación que todavía nadie discierne con claridad o la posibilidad de su desaparición. La fractura social y la falta de un proyecto político son los principales ejes de una crisis que ha creado un perfecto caldo de cultivo para los partidos euroescépticos y de extrema derecha.

16 partidos políticos xenófobos tienen hoy representación parlamentaria en los países de la Unión Europea, mientras que 25 cuentan con partidos euroescépticos. Sus campañas electorales han estado basadas en el proteccionismo nacional y la anti inmigración, y su discurso ha captado los votos de la población que ha dejado de creer en el proyecto europeo. Estas fuerzas políticas emergentes han sintonizado con la desconfianza actual hacia las instituciones y el deseo de un retorno de la soberanía nacional. En algunos casos como el británico, de forma total.

La confianza en la UE se sitúa en un 42%, su cifra más alta desde 2010. Sin embargo, de cara a las próximas elecciones europeas del 23 de mayo, las últimas encuestas de intención de voto realizadas por el Eurobarómetro muestran el Frente Nacional de Marine Le Pen como la segunda fuerza más votada de Francia y el predominio de la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas en Italia. El avance de la extrema derecha amenaza con ser una consecuencia sistemática de la desigualdad social y la falta de compromiso político que reina en toda la UE.

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Sálvese la Unión, o sálvese quien pueda

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La Unión Europea pasa por un momento difícil, que desafía gran parte de lo que ha significado el proyecto europeo: La unión como fortaleza, tanto económica como geopolítica. La identidad europea, una raíz común celebrada a través de la diversidad de las culturas que la integran. Afrontar los conflictos entre todos los países miembros en solidaridad unos con otros. La intención de expandir el respeto a los derechos fundamentales más allá de las fronteras de la Unión.

Crisis existencial o no, la desestabilización del orden geopolítico mundial de las últimas décadas, y no solamente en Europa, podría terminar en un fracaso de dimensiones enormes para la UE y una vuelta a la Vieja Europa que, por lo visto, es muy añorada. Pero no podemos permitirnos el fracaso del sueño europeo, construido sobre los cimientos de una Europa decidida a no volver a pasar por otra Gran Guerra.

Probablemente los problemas más graves comenzaron con la crisis financiera de 2008. El estallido de la burbuja de las hipotecas subprime que acabó con uno de los bancos de inversiones más grandes de EEUU, Lehman Brothers, y provocó un efecto en cadena que dinamitó la economía mundial. Algo fuera del control de los ciudadanos europeos y de sus dirigentes políticos.

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Cuando ya ni tus orígenes logran definir tu identidad

¿Qué ocurriría si la UE cursara una petición de ingreso en la UE? La respuesta es clara: sería rechazada. En efecto, la propia UE no cumple las exigencias de democracia  que impone para conseguir el ingreso” (Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, 1999) ¿Qué querrá decir Ulrich Beck con esa carencia de democracia de la que habla? ¿Estamos tal vez ante una crisis existencial de la Unión Europea? En manos de cada individuo reside su respuesta personal ante esta cuestión, si bien negar un estancamiento de la Unión Europea supone creer en algo inverosímil, aislándose de todo cuanto en el seno de esta está sucediendo. Ciertamente puede observarse sin dificultad, y sin ir más allá de una perspectiva general, una crisis descompuesta en cuatro pilares, el económico, el político, el social y el moral, los cuales no pueden entenderse por separado, pues forman parte de un constructo en la cúspide del cual se ensalza la pregunta que se nos plantea. No es atrevido pues afirmar que Europa vive una crisis existencial que se inició con el siglo XXI y el estallido de la crisis económica mundial: ¿Fue tal vez el comienzo de un periodo de incertidumbre frente al futuro de Europa como actor global en su intento de desarrollarse en un proyecto político común?

Como todo suceso, debemos hallar su explicación en sus antecedentes, en su historia. Es por ello que sería ingenuo buscar el origen de la crisis europea remontándonos a una década, o lo más a principio de siglo, cuando desde la historiografía se nos está mostrando que fue a finales del siglo pasado, en la década de los setenta, cuando realmente fecundó la crisis. Fue en aquella década mencionada cuando los conservadores irrumpieron con fuerza en el panorama político, consiguiendo introducir unos valores sociales alejados de lo que Europa había sindicado como proyecto político de paz y progreso. Fue ya en aquel momento cuando aquellas palabras que Wiston Churchill pronunció: “Si Europa estuviera unida un solo día no habría límites para la felicidad, la prosperidad y la gloria de las que podrían disfrutar sus habitantes” (Wiston Churchill, 1946), fueron cuestionadas. Y es que ya a finales del siglo XX comenzaron los ataques contra el Estado de Bienestar considerándolo inútil, despilfarrador y creyendo que contribuía a eliminar la libertad de los individuos, siendo además una ofensiva contra el papel político del Estado como organizador y distribuidor de los recursos públicos. Los conservadores del momento abogaron, de forma drástica, por la liberalización de la economía, la privatización de las empresas y servicios, imponiendo la “ley del mercado” por encima de la justicia social. Aquella argumentación sería el poso sobre el que se remodelaría el papel de Europa a finales del siglo XX. ¿Qué ocurre entonces con la llegada del nuevo siglo?

Remontémonos a un lunes, pero no uno cualquiera, sino al 15 de septiembre de 2008: la caída de Lehman Brothers, la quiebra del que fuera el cuarto banco de inversión de Estados Unidos la cual se ha convertido, con el paso del tiempo, en la imagen icónica de la crisis financiera global. Crisis financiera global, no cabe duda. Pero tampoco cabe que Europa fue, sin lugar a duda, la víctima más directa de lo que hoy acuñamos como la gran crisis económica mundial del 2008. A día de hoy, todavía no se ha recuperado diez años después. Ejemplos varios, sucedidos dentro de sus fronteras, confirman este hecho: Grecia o España, donde los recortes en derechos laborales y sociales han creado una sociedad dual, basada en la desigualdad, la precarización laboral, el desempleo juvenil y unas altas tasas de exclusión y pobreza. En el año 2000 se acuñó el término “mileurista” para significar un bajo salario para los jóvenes, mientras que hoy el salario juvenil está muy por debajo de esos 1000 euros mensuales, y ser parte de los “mileuristas” es toda una hazaña.

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