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Mañana, ¿una Europa mejor?

Los Veintisiete dan su apoyo político a los acuerdos del "brexit"

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker EFE

Tenemos la suerte -o la desgracia- de habitar un mundo en el que, hoy en día, todo es volátil, nada es rígido y, lo que hoy aprendemos, mañana puede haberse quedado en papel mojado. En este contexto mundial de cambio continuo; procesos globales que a todos afectan; economías en auge, y economías en declive; surgimiento de nuevas ideas, o resurgimiento de antiguas; se encuentra un continente histórico, llamado Europa. Podría extenderme en la historia que nos une a los europeos: una historia de guerras continuas, una historia de progreso incesante, o una historia de hegemonía global; pero vivimos en un momento histórico el cual requiere de una mirada puesta en el futuro y una mejora del presente, como manera de alcanzar ese tan ansiado esperanzador mañana.

La globalización es el presente, y quizás nuestro más probable futuro, un proceso que, según Ulrich Beck, ha llevado a la existencia de unos riesgos globales que actúan como autores del deterioro de nuestros sistemas de seguridad, y, que difícilmente, pueden ser atribuidos a unos responsables concretos. Así pues, este proceso que; por un lado, ha sacado de la pobreza extrema a sociedades enteras en el Pacífico y, que, por otro, ha precarizado y desestabilizado los empleos de millones de nuestros ciudadanos occidentales; no tiene causante claro y definido. Además, no debemos olvidar que la globalización ha provocado un elevado descenso de la capacidad de decisión en múltiples ámbitos, desde la maniobrabilidad de los gobiernos nacionales hasta el poder de elección como ciudadanos. Y este hecho ha sido visible desde la óptica social. Europa, para mejorar su presente, debe ser consciente del complejo escenario en el cual vive, debe afrontar unida este proceso global, aunque para ello sea necesaria esta cesión de soberanía pues, desde la unilateralidad y el tamaño de los países que la formamos, nadie será relevante en el futuro, y, por tanto, desde la irrelevancia, nadie alcanzará la prosperidad. El camino a seguir es más unión; el camino es algo que, por suerte ahora sí, ya existe: la Unión Europea.

¿Se encuentra esta Unión Europea en crisis?

Ya a inicios de la década se comenzó a dar respuesta a una pregunta que, cada vez más, se escuchaba tanto en el seno de la Unión como en cada uno de los países miembros. Desde entonces, se encuentran por decenas las publicaciones, artículos o ensayos cuyo interés reside en despejar dudas acerca de este tema. José Ignacio Torreblanca, antiguo Investigador Principal para el Real Instituto Elcano, argumentó cinco razones por las cuales, a su juicio, la UE, se “resquebraja”; basando éstas en; una parálisis de las ideas, promesas y propuestas que habían llevado a la Unión Europea a ser atractiva e integradora (como la adhesión de Turquía o el proyecto de Constitución); una crisis en cuanto a valores ideológicos y fundacionales (que ya por el 2011 había llevado la xenofobia a los parlamentos), que enlazaba con la siguiente idea de ausencia en materia de solidaridad; unida a una carencia de liderazgo global; y una fractura entre élites y sociedad (donde la desconfianza reinaba entre ambas). Para Beatrice Delbaux, periodista del diario belga “Le soir”, la crisis de los refugiados es una situación en la que nadie puede mantenerse al margen y todos deben involucrarse, o correremos el riesgo de perder la “humanidad” que debe caracterizarnos a los europeos, y sin la cual no seríamos nosotros mismos. El prestigioso profesor de Integración Europea en la Universidad de Atenas, Loukas Tsoukalis, nos anticipaba, hace ya dos años, una reflexión que cada día gana más fuerza: (el proyecto europeo) “es demasiado importante, y no solo para los europeos…En lugar de denunciar sin más a los populistas y los nacionalistas xenófobos, sería mucho más constructivo comenzar a afrontar las causas del descontento popular”, otorgando así importancia a la razón de unas crisis, que, para el autor, son innegables y crecientes. Más recientemente, Rafael Poch también habló de crisis, una crisis de notoriedad, relevancia y peso, dentro del clima mundial donde nos encontramos. Por tanto, retomando y respondiendo la pregunta, sí, la Unión Europea se encuentra en crisis; una crisis que dura ya unos años, y que es visible desde todos los lugares, estratos sociales y profesiones. Una crisis ideológica, una crisis política, una crisis de relevancia global, una crisis institucional, una crisis de seguridad, una crisis de legitimidad, una crisis geográfica, una crisis monetaria, una crisis de liderazgo, y una importante ausencia de cohesión social.

¿Será capaz la Unión Europea de sobrevivir a estas crisis?

Ésta es la pregunta del futuro, y que nadie sabe responder con certeza. Ahora mismo la Unión es débil, aparte de las crisis mencionadas, múltiples temas la abordan: el “Brexit”, el posible apoyo laborista a un segundo referéndum o el desgaste de May; Salvini con la Liga Norte, y Di Maio con su Movimiento 5 Estrellas, juntos en su “Manovra del popolo” realizado con el propósito de que la UE lo rechace y así, que gane el euroescepticismo; Viktor Orban y su autoritarismo en Hungría; la nueva desconfianza que debe tener Europa de su antes fiel aliado, EE.UU, según Ángela Merkel; la llegada de refugiados; el terrorismo, que obliga a invertir muchas cifras en seguridad tanto física como virtual; la llegada de Steve Bannon al viejo continente… Actualmente, no existe persona de relevancia que se atreva a anticipar con total seguridad una muerte de la Unión Europea, al igual que nadie garantiza con rotundidad una vida infinita de la institución. Esta cuestión es más compatible para los euroescépticos, los que promueven dudas y argumentan los males; aquellos que defienden una Europa mejor, enfocan su pregunta hacia otro sentido.

La pregunta adecuada, y a la cual se puede otorgar una respuesta es: ¿cómo provocar una mejoría de estas crisis, paliarlas e incluso, erradicarlas? Para hacerle frente es necesaria una vuelta a los orígenes y consultar nuestra historia. La Unión Europea nació fruto de la firma de hojas en blanco, una confianza total y absoluta que buscaba como prioridad máxima obtener la paz en suelo europeo. Europa consiguió consolidar un Estado Social, representó en el 2013, según Eurostat, un 7% de la población mundial, y en datos del Banco Mundial, un 50% del gasto social en todo el planeta; las cifras hablan por sí solas. Aquí es donde reside la manera en la cual acabar con las crisis de la Unión Europea; los ciudadanos tienen que dejar de ver a Bruselas como el problema, para que sea la solución a estos mismos; los ciudadanos no deben escuchar que los “recortes” son fruto de una decisión tomada en la, para algunos, tan lejana Comisión Europea; no deben sentir una Unión Europea por la cual tienen menos derechos sociales o menor gasto público. Si el enfoque de la UE cambiara por completo: si ayudara a las familias de a pie, al parado, o anciano; si formara a esa persona que, con 50 años y recién despedido, lleva años sin encontrar empleo; si apoyara a las PYMES a dar ese primer salto; si concediera grandes becas a los estudiantes brillantes; si construyera hospitales a la par que zonas verdes; si la UE fuera ese mecanismo para acabar o intentar paliar la fractura social, las desigualdades y la precariedad laboral, entonces sí, sería vista por todos los ciudadanos como una institución útil y al servicio de todos. En una sociedad europea donde el 20% de los trabajadores que más ganan cobran cinco veces más que el 20% que menos ganan; en una sociedad europea donde cada vez son más los que tienen empleo, pero de carácter precario; en una sociedad europea donde encontramos trabajadores que, con varios empleos, son incapaces de llegar a final de mes; o en una sociedad europea donde, sólo en España, más de 5 millones de personas se declaran pobres energéticamente; es imposible que se vea a la Unión como la garantía de una justicia social o un bienestar ciudadano. En una sociedad así, es imposible que disminuya la desafección política para con la Unión Europea. Por esto mismo, la respuesta debería ser una mayor preocupación por los problemas y las dificultades de las personas que forman nuestra unión, por volver a las raíces sociales y culturales de nuestro proyecto; por hacer nuestra esa institución que está lejos, y que debe situarse cerca. Porque, desde una legitimidad de la eficacia (como señala Luuk van Middelaar, “la consecución eficaz de resultados –lo que él llama legitimidad “romana”– es seguramente la más importante manera de ganarse el favor ciudadano en el caso europeo” en el Informe Elcano “El Futuro de la Unión Europea,  p. 116) los discursos de los nuevos partidos eurófobos, xenóbos y racistas no calarían, o quizás, ni surgirían. Según el estudio de Ronald Inglehart y Pippa Norris (profesores de la Universidad de Michigan y Harvard, respectivamente) para la Harvard Kennedy School, existen dos teorías capaces de explicar el apoyo a estos partidos extremistas: una primera derivada de la vertiente económica (Dani Rodrik) donde la desigualdad, automatización y comercio exterior estaría aumentando el rechazo al modelo existente, y como consecuencia, el voto a aquellos cuya argumentación se basa en ese “no” al sistema establecido; y una segunda teoría (defendida por Pippa Norris), la cual defiende la sociedad y los valores culturales como causa del voto al extremo, afirmando que es la necesidad de volver a unos modelos tradicionales la que motiva el voto a estos partidos. La Unión Europea debe curarse en salud, y adoptar medidas que acaben con la raíz del problema, que son las ya mencionadas desigualdad, fractura y precariedad, además de intentar integrar a todos en el proyecto común llamado Europa, que no deje a nadie atrás y donde toda opción (política, religiosa o cultural) se encuentre cómoda.

Una institución con apoyo social sería ya capaz de mirar al mundo. Podría dejar atrás esa común afirmación de ser un “enano político” para hablar con una sola voz en el exterior y representar lo que es: el 25% del PIB mundial. Podría llevar a cabo una Unión capaz de liderar su situación geoestratégica, de mirar a todos los continentes y prestar especial atención a África; de entablar una negociación con Estados Unidos, China y Rusia en una situación, al menos, de igualdad y respeto mutuo. En definitiva, podría ser relevante ahora, y asegurarse de serlo en el futuro. Como dice Andrés Ortega, premio Salvador de Madariaga de Periodismo Europeo en 2002 y miembro del European Council on Foreign Relations: “… ilusionar. La UE tiene que volver a ser un ilusionante proyecto de vida en común”.

Recogiendo la expresión “TINA: there is no alternative” de la antigua líder británica Margaret Thatcher, pero otorgándole a ésta otro significado: “no hay alternativa” diferente a la ya mencionada necesidad imperiosa de conquistar ese tan ansiado apoyo social, como tampoco encuentro manera diferente de alcanzarlo si no es de la manera ya expresada. La Unión Europea sólo podrá caminar hacia el sueño federal si tiene detrás un pilar bien cimentado y trabajado, un pilar que no puede ser otro que el formado por los ciudadanos. El mismo Daniel Innerarity, el cual no requiere presentación, afirma: “es cierto que difícilmente podemos calificar de democrática a una política que no es llevada a cabo después de debates públicos y mediante procesos de decisión transparentes. Ahora bien, que la democracia moderna haya encontrado su forma en el Estado nacional no significa que no pueda darse bajo otro formato diferente o en condiciones muy diversas”; dejando así abierta la puerta a nuevos modelos estatales. Preguntado sobre cuál de las cinco vías del White paper on the future of Europede Juncker escrito con motivo del 60.º aniversario de los Tratados de Roma, consideraba más deseable, Innerarity sostuvo sin complejos la idea del quinto escenario donde todos haríamos más conjuntamente. Un quinto escenario que formaría parte, más de una ilusión o un sueño, que de una realidad; pero una posibilidad entre otras, que, con apoyos, sí sería posible materializar.

Bertrand Russell en una entrevista para la BBC a finales de los 50 decía: “en este mundo cada vez más interconectado, tenemos que aprender a tolerar al otro, tenemos que aprender a aceptar el hecho de que algunas personas dicen cosas que no nos gustan. Solo podremos vivir juntos de esa manera”. La tolerancia, la integración y la unidad entre todos los seres humanos que conformamos la Unión Europea, será la llave a la posibilidad de vivir mañana en un mundo mejor, dentro de una Europa relevante, poderosa y con autoridad.

            Hoy, el proyecto europeo está en riesgo; y, aun así, todavía no es demasiado tarde. Adoptemos con urgencia las medidas para frenar la fractura social que conlleva fracturas políticas y, por tanto, todas nuestras crisis; y, desde nuestra historia de racionalismo, progreso y democracia, profundicemos en nuestro proyecto común en todas y cada una de las materias necesarias, consiguiendo así tener al alcance de nuestra mano un futuro esperanzador. Consiguiendo así dejar a nuestros descendientes una Europa más social y más democrática; una Europa en crecimiento y evolución continua; una Europa pacífica, una Europa mejor.  

*Pablo Torres es estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universitat de València

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