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De brazos cruzados e impotencia: el nuevo escenario de la UE

Merkel, Macron y otros líderes del G7 rodean a Trump en una reunión informal de la cumbre.

Merkel, Macron y otros líderes del G7 rodean a Trump en una reunión informal de la cumbre. Jesco Denzel / Cancillería alemana

Europa y Estados Unidos. Estos son dos de los términos que más se repiten a día de hoy en los medios de comunicación en un entorno que ha sufrido cambios muy importantes en los últimos treinta años y que ha visto cómo distintos fenómenos han acelerado aún más su trasformación en la última década hacia un discurso que crea inseguridad. EE.UU y la Unión Europea (UE) son las dos grandes potencias mundiales, pero los últimos acontecimientos han mostrado que otros países no occidentales crecen a gran velocidad. Ante esta nueva distribución de poder, los ciudadanos desconfían de lo que había funcionado relativamente bien, sobre todo en el caso de los europeos, y la existencia del orden imperante hasta el momento se tambalea a gran velocidad. ¿Está el mundo occidental, o mejor dicho, Europa, en una crisis que acabará con ella?

La inclinación de la balanza

El siglo XX ha sido muy complicado para Europa. La I y II Guerra Mundial y la Guerra Fría la llenaron de conflictos y de tensión y no fue hasta 1989, con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, así como el consecuente fin del modelo bipolar (1991), cuando pudo empezar otra etapa. Una nueva era marcada por la globalización de la economía y la extensión del Estado de Bienestar donde había voluntad para cooperar y trabajar juntos para conseguir un proyecto común en el que se pusiera fin a las diferencias con una reforma democrática de las instituciones. De hecho, en 1993 la Unión Europea constituyó uno de sus pilares fundamentales, el de la libre circulación (de mercancías, personas, de capitales y de servicios), y entró en vigor el Tratado de Maastricht, que tenía como objetivo establecer unas políticas comunes de defensa, de ciudadanía, de protección y de medio ambiente, con un trasfondo integrador entre los países que la conforman. A ello hay que sumar la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam (mayo de 1999), que defiende la libertad, la democracia y el respeto por los derechos humanos en un Estado de Derecho.

Sin embargo, esta época que hizo resurgir a Europa de sus cenizas se torció cuando 19 terroristas de Al Qaeda atentaron contra las Torres Gemelas de Nueva York (EE.UU) y provocaron la muerte de alrededor de 3.000 personas el 11 de septiembre del 2001 (11-S), como describe el periodista Ramón Lobo en su artículo “El negocio de jugar con fuego” (2014) para El País. El miedo se extendió y el sentimiento de vulnerabilidad creció porque quedó claro que era posible alterar o acabar con el orden mundial de “paz”, de estabilidad, crecimiento, desarrollo y servicios sociales que se consiguió con ese proyecto común que había integrado al mundo occidental. En palabras del geopolítico Joseph Nye en uno de los ciclos de conferencias TED, se comenzó a pensar con narrativas de guerra que se centran en el ascenso o descenso de las potencias, con versiones extremistas que provocan reacciones también extremas en la sociedad.

En definitiva, la sociedad entendió de forma violenta que la seguridad no estaba garantizada ni tampoco la economía al llegar la Gran Recesión de 2008, un episodio al que se llegó con la quiebra de los bancos y que provocó una grave crisis económica con repercusiones en todo el mundo.  No solo afectó en cuanto a pérdida de puestos de trabajo o precarización, sino que dejó latente que la UE y EE.UU no tenían tanto poder como parecía ni el capitalismo era tan bueno para todo el mundo, pues se demostraron grandes desigualdades entre el centro y la periferia, o lo que es lo mismo, entre los países del industrializados y los del Tercer Mundo. La sociedad necesitaba más que nunca ver soluciones desde las instituciones y gobiernos, pero ha ocurrido lo contrario: el Atlántico occidental se ha achicado mientras que el Pacífico oriental ha crecido rápidamente, como defiende el catedrático de Geografía Humana de la Universitat de València (UV) Juan Romero.

Un nuevo escenario

Nos encontramos en un punto en el que el mundo se ha modificado notablemente con cambios geopolíticos, económicos, sociales, culturales y medioambientales muy profundos en tan solo tres décadas. Una cuestión que ha preocupado mucho a sectores de todo tipo en la que ha una sobresalido especialmente la voz de Joseph Nye. En concreto, el estadounidense defiende que se ha producido un desplazamiento del poder que tiene dos vertientes: la transición de poder de Occidente a Oriente (el Atlántico encoge y el Pacífico adquiere cada vez más peso) y el cambio en la transmisión de poder, que puede estar en manos de actores distintos al Estado.

En primer lugar, Nye considera que la balanza de poder, que él describe como “la capacidad de afectar a otros para que quieran lo mismo que tú”, se ha inclinado de Occidente a Oriente principalmente por el retorno  de Asia, que recupera el peso que tenía antes de la Revolución Industrial. Y en segundo lugar, el autor analiza de este nuevo escenario que el poder ya no es solo accesible para las élites, sino que gracias a las nuevas tecnologías y a los avances en la sociedad pueden acceder nuevos actores distintos al Estado. Esto es especialmente relevante porque su aparición puede ser positiva (por ejemplo, ONG) pero también negativa, como es el caso de Al Qaeda, defiende.

En este contexto en el que nuevos actores actúan para defender sus intereses, explota el motivo que ahonda a la UE en una crisis con divisiones internas: la Guerra de Siria. Tal y como explica Romero, este conflicto bélico que comenzó en 2011 surgió a raíz de unas condiciones de vida de inestabilidad, pobreza y estancamiento en el que no había perspectivas de avanzar de cara al futuro, lo que consiguió que muchas personas perdiesen la confianza en su gobierno y fueran sensibles a la radicalización de grupos terroristas. El resultado es un grave conflicto que cada día se cobra vidas de civiles y 68,5 millones de desplazados y refugiados que buscan una solución en Europa, la que prometía defender los derechos humanos y la libre circulación de personas, tal y como recoge el informe de 2017 del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR).

Un rival que gana terreno

Este es uno de los retos a los que se enfrenta la UE, junto con el cambio climático y la crisis económica, que ha mejorado su situación en los últimos años. Problemas que no tienen fronteras que los delimiten y son globales, por lo que deben abordarse desde un espacio de cooperación a escala regional y global para ser más fuertes y establecer sinergias. Sin embargo, en las reuniones que el actor europeo realiza eventualmente no se llega a decisiones que marquen las líneas que tomará Europa, ni tampoco en los espacios que han creado los nuevos actores globales occidentales (el G-2, G-3, G-7, G-8, G-20), porque no hay tanta voluntad por trabajar juntos, sino más bien por conseguir beneficios propios, tal y como defiende Juan Romero. La ciudadanía lo percibe con sensación de inseguridad y vulnerabilidad que la lleva a replegarse y a establecer vallas físicas y mentales, como ocurre en el caso de los inmigrantes y refugiados sirios, que se han encontrado con las puertas cerradas de Europa. Y como base a este problema, crea en ella una desconfianza total hacia el proyecto europeo.

Este estado de alarma ha sido aprovechado por los outsiders, que en palabras del catedrático Romero, son partidos políticos que se movilizan contra la globalización y rechazan la UE a través de un discurso contrario al multiculturalismo (sobre todo al islam) que quieren una comunidad homogénea con más unidad y poder para el pueblo. Un ejemplo de ello es el que relata el periodista Abel Mestre de Marine Le Pen, que fue eurodiputada y ahora, como líder de Frente Nacional, tiene como lema “Europa hace daño”; así como el ascenso de Alternativa para Alemania, que en las elecciones generales se alzó como tercera fuerza con un 12,6% de los votos, según cuenta la corresponsal en Berlín de El País Ana Carbajosa. Y es que son estos los partidos que presentan como sinónimos el terrorismo, el islam y los inmigrantes.

Los periodistas Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca consideran que el ascenso de estos grupos no se basa en una ideología apoyada, sino en que parte de los votantes de ultraderecha y de los populismos (extrema izquierda) saben que pueden cambiar el comportamiento de los partidos tradicionales por la alarma que provocan. De hecho, Alternativa por Alemania ha conseguido un gran resultado tras obtener un millón de votantes de la coalición cristianodemócrata de Merkel (CDU, CSU y SPD), según Carbajosa. Lo mismo demostró Jordi Évole tras el resultado de las Elecciones Autonómicas de Andalucía en el capítulo de Salvados ‘VOX al natural’, en el que prácticamente todos los votantes entrevistados justificaron su apoyo como un toque de atención al PSOE y al PP con el partido de ultraderecha español VOX, que se alzó con 12 escaños.

Calcular la estrategia y mover ficha

El motivo del ascenso de la ultraderecha y el populismo en Europa puede ser diverso, pero lo que queda claro es que ganan cada vez más peso al tiempo que pierden votantes los partidos políticos tradicionales, algo que también empieza a verse en España. Esto se traduce en que cada vez hay más personas que piensan que el proyecto de la Unión Europea no va a salir a flote porque vive una crisis social (desigualdades), política (grandes desencuentros entre los políticos ante los problemas globales) e institucional (los organismos europeos no tienen la suficiente capacidad ni medios para levantar el proyecto). En palabras del periodista Claudi Pérez, “el problema es que la gente llega a plantearse de qué sirve la política si los elegidos deciden poco”. Los datos del Eurobarómetro de 2018 reflejan esa falta de confianza en Europa: un 77% de europeos considera que debería invertirse más en la lucha contra el terrorismo, el 43% piensan que las acciones son “insuficientes” en cuanto a defensa (el 41% las califica de “adecuadas”) y el 72% cree que se debería intervenir más en cuanto a la inmigración. Son cifras más bajas que las de 2016, pero por debajo quedan temas como el desempleo, el medio ambiente, la corrupción o el desarrollo de la democracia.

Está claro que si no se han dado pasos firmes ni se ha llegado a soluciones concretas es porque, como defiende Romero, aunque han surgido nuevos actores, los grandes retos globales no se han abordado de forma global, sino con intereses fronterizos y con la incertidumbre como eje común. La UE tiene una división interna que se divide entre relanzar el proyecto o volver a la desglobalización, el proteccionismo y el protagonismo de cada estado. En definitiva, cada agente quiere conseguir imponer su poder. Por ello, hay que recordar algo que defiende Nye cuando se refiere al desplazamiento mundial del poder: “El poder se consigue a través de pagos, amenazas o del ‘poder blando’. Y los problemas que traspasan fronteras solo pueden resolverse cuando el poder blando logra la cooperación, cuando se consigue que los demás quieran lo mismo que tú”.

Los problemas que más golpean ahora a la UE son el cambio climático, la crisis de los refugiados y el euroescepticismo, retos que no afectan a un solo país, sino a todos. El proyecto nació para pacificar y sacar a los países de las cenizas tras un siglo de duros ataques entre unos y otros y parecía que lo había conseguido hasta hace un par de décadas, ¿Por qué no podría ahora hacer frente a los nuevos retos globales?, ¿por qué no podría mover ficha en Siria para que ellos hagan lo mismo?

El “poder blando” de Joseph Nye pretende que todos lleguen a un acuerdo y concentren sus esfuerzos en ello porque un país no puede hacer frente por sí mismo a problemas como el terrorismo. Quizás la solución radica en renovar las instituciones europeas para que tengan más herramientas y capacidad de obrar, para que las decisiones se materialicen de forma más rápida y para que tengan una mayor calidad democrática. Pero también en conseguir que los jóvenes tengan expectativas sobre su proyecto de vida y que en el futuro sigan confiando en el actor europeo. Será así como los ciudadanos podrán ver que tienen poder para cambiar las cosas y verán que sus necesidades pueden resolverse. Solo con pasos firmes, decididos en conjunto e inmediatos, Europa conseguirá subir la autoestima que tanto necesita para ganar la batalla a los ataques que la debilitan, empezando por ella misma.

Cristina Chacón es estudiante de 4º de Periodismo

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