eldiario.es

9

El bozal

De 'Mask Series with Saul Steinberg' - Inge Morath ca. 1960.

Como todo objeto personal o de uso cotidiano impuesto por la costumbre o por la necesidad, a raíz de la pandemia la mascarilla se ha convertido rápidamente en un signo de distinción social. Desde un primer momento ya se vio cómo emergía el fenómeno en la calle. Aquí y allá aparecían individuos ataviados con una mascarilla impresionante que exhibía las siglas de certificación con la misma ostentación con que un Maserati luce la firma de Pininfarina. Mientras tanto, la mayoría no tenía, algunos llevaban un trozo de una vieja falda anudado al cogote, y otros la que regalaban las autoridades, supuestamente de un solo uso, que con el paso de los días comenzaba a destacar por su textura pringosa. Ahora hay mascarillas patrióticas, con logos tribales o que lucen manifiestos más o menos prescindibles, las hay de alta tecnología que incluso se limpian solas, y hay quien las colecciona todas y las combina con la vestimenta. El mundo prêt-à porter está vivamente interesado en el tema. Si la cosa se prolonga mucho, acabarán apareciendo retratos de Antonio López o fotografías de Annie Leibovitz de gente importante luciendo mascarilla. Ya son un wearable sujeto a las reglas del márquetin que adquiere una especial relevancia en estos momentos de «desescalada» en los que vamos pasando de fase en fase con aires de fiesta, la gente se reencuentra y se exhibe ante sus pares, celebra la «normalidad» y acelera su próximo y glorioso tropezón con la piedra habitual.

Eso que nos parecía una extravagancia asiática o algo excepcional nos está empezando a resultar familiar. Pero, más allá de la inapelable necesidad sanitaria, y por mucha creatividad que le pongamos, a poco que uno tienda a adoptar la perspectiva de entomólogo no puede evitar una sensación de bochorno al verse obligado a llevar mascarilla y al ver a sus congéneres con una puesta. Es, a todas luces, una humillación colectiva que debería afectar seriamente nuestra autoestima como especie. Porque, no nos engañemos: sea de fina muselina o de áspera arpillera, lleve impresa la enseña de la patria o el primoroso garabato del más fino modisto, eso es un bozal, uno de esos artilugios que solemos poner a ciertas bestias para evitar que nos muerdan. Ahora nos vemos obligados a ponérnoslos a nosotros mismos para no escupir al que tenemos al lado y para que él no nos escupa, para no matarlo y, sobre todo, por el miedo a que él nos mate. Para poder sobrevivir nos hemos tenido que meter voluntariamente en la jaula, y cada vez que nos sacamos a pasear nos hemos de encajar un cabestro en el hocico. Y no porque seamos tan listos como para saber que nos conviene hacerlo, sino porque somos tan estúpidos como para haber llegado a esa situación.

El virus no ha venido a nosotros; nosotros hemos ido a él. Desde siempre, en lugar de quedarnos tranquilos en nuestro hábitat, nos hemos empeñado en adentrarnos en el de otros a importunar, a saquear, a usurpar, a joder la marrana y al pangolín. Por eso, allá donde vamos, que es desde la Fosa de las Marianas al pico del Himalaya, lo hacemos siempre provistos de un arsenal para protegernos: cascos, escafandras, cantimploras, bastones, botellas de oxígeno, kits de supervivencia, lo que haga falta para sobrevivir en entornos que no son los que nos tocó en suerte el día de la creación. Cuanto más lejos queremos ir, más precauciones hemos de tomar. Y ha llegado un punto en que no nos podemos relajar ni siquiera permaneciendo en nuestro entorno más inmediato, porque no hemos dejado de cagarnos en él. Por eso utilizamos tapones para los oídos, antifaces para dormir, gafas para protegernos los ojos, sombreros para protegernos la calva, potingues para esquivar a los mosquitos, y ahora, mascarillas contra los virus… Realmente somos una especie singular. Hemos acabado siendo cuerpos extraños en nuestro propio medio. En la mayor parte del planeta somos intrusos y nos equipamos como tales. Y, fieles a nuestra naturaleza, de un tiempo a esta parte soñamos con conquistar el resto del universo.

Seguir leyendo »

El boç

De 'Mask Series with Saul Steinberg' - Inge Morath ca. 1960.

Com tots els objectes personals o d'ús quotidià imposats pel costum o per la necessitat, arran de la pandèmia la mascareta ha esdevingut ràpidament un signe de distinció social. Des d'un primer moment ja es va veure com emergia el fenomen en el carrer. Ací i allà apareixien individus abillats amb una màscara impressionant que exhibia les sigles de certificació amb la mateixa ostentació amb què un Maserati llueix la firma de Pininfarina. Mentrestant, la majoria no en tenia, altres portaven un tros d'una vella falda lligada al tos, i altres la que regalaven les autoritats, suposadament d'un sol ús, que amb el pas dels dies començava a destacar per la seua textura mostosa. Ara hi ha màscares patriòtiques, amb logos tribals o que llueixen manifestos més o menys prescindibles, n'hi ha d'alta tecnologia que fins i tot es netegen soles, i hi ha qui les col·lecciona totes i les combina amb la vestimenta. El món prêt-à-porter està vivament interessat en el tema. Si la cosa es prolonga molt, acabaran apareixent retrats d'Antonio López o fotografies d'Annie Leibovitz de gent important lluint mascareta. Ja són un wearable subjecte a les regles del màrqueting que adquireix una especial rellevància en aquests moments de «desescalada» en què anem passant de fase en fase amb aires de festa, la gent es retroba i s'exhibeix davant dels seus iguals, celebra la «normalitat» i accelera el seu pròxim i gloriós entropessó amb la pedra habitual.

Això que ens pareixia una extravagància asiàtica o una cosa excepcional ens està començant a resultar familiar. Però, més enllà de la inapel·lable necessitat sanitària, i per molta creativitat que li posem, per poc que un tendisca a adoptar la perspectiva d'entomòleg no pot evitar una sensació de vergonya en veure's obligat a portar mascareta i en veure els seus congèneres portant-ne una. És, sens cap mena de dubte, una humiliació col·lectiva que hauria d'afectar seriosament la nostra autoestima com a espècie. Perquè, no ens enganyem: siga de fina mussolina o d'aspra arpillera, porte impresa l'ensenya de la pàtria o l'aprimorat gargot del modista més fi, això és un boç, un d'aquests artefactes que solem posar a certes bèsties per a evitar que ens mosseguen. Ara ens veiem obligats a posar-nos-els a nosaltres mateixos per tal de no escopir a qui tenim al costat i perquè ell no ens escupa, per a no matar-lo i, sobretot, per por que ell ens mate. Per a poder sobreviure ens hem hagut de ficar voluntàriament en la gàbia, i cada vegada que eixim al carrer ens hem d'encaixar un cabestre en el morro. I no perquè siguem tan llestos com per a saber que ens convé fer-ho, sinó perquè som tan estúpids com per a haver arribat a aquesta situació.

El virus no ha vingut a nosaltres; nosaltres hem anat a ell. Des de sempre, en comptes de quedar-nos tranquils en el nostre hàbitat, ens hem entestat a endinsar-nos en el d'altres a importunar, a saquejar, a usurpar, a tocar-li els collons a tot déu fins que hem arribat al pangolí. Per això, allà on anem, que és des de la Fossa de les Mariannes al cim de l’Himàlaia, ho fem sempre proveïts d’un arsenal per a protegir-nos: cascos, escafandres, cantimplores, bastons, botelles d’oxigen, kits de supervivència, el que calga per a sobreviure en entorns que no són els que ens van tocar en sort el dia de la creació. Com més lluny volem anar, més precaucions hem de prendre. I ha arribat un punt en què no ens podem relaxar ni tan sols restant en el nostre entorn més immediat, perquè no hem deixat de cagar-nos en ell. Per això utilitzem taps per a les orelles, antifaços per a dormir, ulleres per a protegir-nos els ulls, barrets per a protegir-nos la calba, potingues per a esquivar els mosquits, i ara, màscares contra els virus… Realment som una espècie singular. Hem acabat esdevenint cossos estranys en el nostre propi medi. En la major part del planeta som intrusos i ens equipem com a tals. I, fidels a la nostra naturalesa, d'un temps ençà somiem de conquistar la resta de l'univers.

Seguir leyendo »

Dulce et decorum est pro patria mori

Soldado en una trinchera durante la Batalla de Flers-Courcelette, septiembre de 1916.

En su delirio confinado, semiconfinado o reconfinable, uno nota cómo va cociéndose en su cabeza lo que tiene toda la pinta de ser una empanada mental. Lo visto, lo leído, lo imaginado, lo temido… todo sirve para el relleno del pastel. Así, mientras uno veía una y otra vez las imágenes que los medios le servían con una generosidad que no cree merecer, le venían a la mente las películas de romanos que veía de niño. Seguramente, la diversidad y la extravagancia de las armas que en ellas esgrimían los gladiadores tenía alguna razón de ser, pero cuando los veía salir a la arena, unos armados con un tridente y un trozo de red, otros con una lanza, otros con una espadita y un escudo, tocados con un casco o con las greñas ondeando, con una malla cubriéndoles el hombro o con un simple taparrabos, a mí me daba la impresión de que cada cual se había vestido y luchaba con lo que había conseguido pillar. Lo mismo que esos sanitarios que hemos visto estos días envueltos en sacos de mantillo o en bolsas de basura precintadas con cinta americana, coronados con un gorro de ducha, protegiéndose las manos con guantes de fregar y los ojos con unas gafas de buceo o de motocross.

De manera automática, todo eso le remite a uno la imagen de las masas vociferantes que llenan los graderíos de los espectáculos multitudinarios, esas que braman y levantan o bajan el pulgar mientras el cuchillo pende sobre la garganta del vencido, que abuchean y agitan sus pañuelos frente al toro agonizante, que aúllan mentando a la madre del árbitro o reclamando la expulsión del jugador. El público siempre está dividido, es un ente esquizofrénico que se debate entre la consigna y el revoltijo de deseos reprimidos que anida en la masa. Recientemente hemos visto cómo unos aplauden mientras otros, o los mismos, cuelgan carteles amenazantes en los ascensores o echan ácido o pintura sobre los coches de los sanitarios. Cuando estos están en el hospital son héroes; cuando vuelven a casa, apestados. En todas las guerras —y ahora estamos en una, a juzgar por la jerga oficial y porque un mentecato juega a pasar revista a las tropas de sanitarios, pero no solo por eso— el populacho siempre ha jaleado a los que van a morir, les han hecho desfilar y les han aclamado, han alabado su espíritu de sacrificio y su generosidad, les han enviado piadosas cartas de amor a las trincheras y les han alicatado el pecho con medallas. Pero cuando la contienda acaba y los ejércitos se desmantelan, se acaban las ceremonias y los vítores, y los soldados no suelen tenerlo fácil para reintegrarse a la vida cotidiana.

Desde el comienzo de este desastre se habla del desgaste físico y emocional y de la atención psicológica que necesitará el personal de urgencias y de cuidados intensivos que ha estado chorreando adrenalina las veinticuatro horas del día y tomando decisiones moralmente críticas sin parar. Quien crea que es una exageración, que les pregunte a la directora de urgencias del hospital New York-Presbyterian Allen de Manhattan y al paramédico de emergencias de esa misma ciudad que se suicidaron hace unos días, cosas que, si no caben en los tráileres, se esconden debajo de la alfombra patriótica. Como ilustran muy bien algunas de las películas hechas inmediatamente después de un período bélico (las hay a patadas), los combatientes, al convertirse en un elemento de interposición entre el enemigo y la patria, en no pocos sentidos dejan de pertenecer a ella, y en tanto que excombatientes siempre acaban enfrentándose a una realidad que no reconocen porque su perspectiva cambia a raíz de lo visto y vivido. A su vez, la realidad tampoco les acepta fácilmente, porque la mirada distante de esos seres heridos le devuelve una imagen vacua, hipócrita y a menudo despreciable.

Seguir leyendo »

Dulce et decorum est pro patria mori

Soldat en una trinxera durant la Batalla de Flers-Courcelette, setembre de 1916.

En el seu deliri confinat, semiconfinat o reconfinable, un nota com va coent-se en la seua testa el que té tota la pinta de ser una empanada mental. Allò que ha vist, allò que ha llegit, allò que ha imaginat, el que tem… tot és bo per al farcit del pastís. Així, mentre un veia una vegada i una altra les imatges que els mitjans li servien amb una generositat que no creu meréixer, li venien a la ment les pel·lícules de romans que veia de xiquet. Segurament, la diversitat i l'extravagància de les armes que hi esgrimien els gladiadors tenia alguna raó de ser, però quan els veia eixir a l'arena, uns armats amb un trident i un tros de xàrcia, altres amb una llança, altres amb una espaseta i un escut, tocats amb un casc o amb les grenyes ondejant, amb una malla cobrint-los el muscle o amb un simple tapall, a mi em feia la impressió que cada u s'havia vestit i lluitava amb el que havia aconseguit rampinyar. Igual que aquests sanitaris que hem vist darrerament embolicats en sacs d’adob o en bosses de fem precintades amb cinta americana, coronats amb una gorra de dutxa, protegint-se les mans amb guants de fregar i els ulls amb unes ulleres de busseig o de motocròs.

De manera automàtica, tot això li remet a un la imatge de les masses vociferants que omplin les graderies dels espectacles multitudinaris, les que bramen i alcen o abaixen el polze mentre el ganivet penja sobre la gola del vençut, les que esbronquen i agiten els seus mocadors davant del bou agonitzant, les que udolen esmentant la mare de l'àrbitre o reclamant l'expulsió del jugador. El públic sempre està dividit, és un ens esquizofrènic que es debat entre la consigna i el revoltim de desitjos reprimits que nia en la massa. Recentment hem vist com uns aplaudeixen mentre altres, o els mateixos, pengen cartells amenaçadors en els ascensors o tiren àcid o pintura sobre els cotxes dels sanitaris. Quan aquests estan en l'hospital són herois; quan tornen a casa, empestats. En totes les guerres —i ara som en una, a jutjar per l'argot oficial i perquè un porrito juga a passar revista a les tropes de sanitaris, però no només per això— el populatxo sempre ha animat als que marxen a morir, els han fet desfilar i els han aclamat, han lloat el seu esperit de sacrifici i la seua generositat, els han enviat piadoses cartes d'amor a les trinxeres i els han entaulellat el pit amb medalles. Però quan la contesa acaba i els exèrcits es desmantellen, s'acaben les cerimònies i els víctors, i els soldats no solen tindre-ho fàcil per a reintegrar-se a la vida quotidiana.

Des del començament d’aquest daltabaix es parla del desgast físic i emocional i de l'atenció psicològica que necessitarà el personal d'urgències i de vigilància intensiva que ha estat vessant adrenalina les vint-i-quatre hores del dia i prenent decisions moralment crítiques sense parar. Qui crega que és una exageració, que els hi pregunte a la directora d'urgències de l'hospital New York-Presbyterian Allen de Manhattan i al paramèdic d'emergències d'aquella mateixa ciutat que es van suïcidar fa uns dies, coses que, si no caben en els tràilers, s'amaguen sota la catifa patriòtica. Com il·lustren molt bé algunes de les pel·lícules fetes immediatament després d'un període bèl·lic (n'hi ha a cabassats), els combatents, en convertir-se en un element d'interposició entre l'enemic i la pàtria, se situen en terreny de ningú, en no pocs sentits deixen de pertànyer a ella, i en tant que excombatents sempre acaben enfrontant-se a una realitat que no reconeixen perquè la seua perspectiva canvia arran del que han vist i viscut. Al seu torn, la realitat tampoc els accepta fàcilment, perquè la mirada distant d'aquests éssers ferits li torna una imatge vàcua, hipòcrita i sovint menyspreable.

Seguir leyendo »

La normalitat

Ventanas en la fachada trasera de un edificio.

La novetat no és que hi haja una pandèmia. A hores d’ara tots sabem que per aquests paratges va haver-hi una pareguda fa cent anys, que n’hi ha hagut al llarg de la història i que les continua havent-hi en llocs cap als quals ningú no mira i de les quals quasi ningú no parla. Com altres s’han encarregat ja d’assenyalar, la novetat rau en el fet que és la primera vegada que una d'elles paralitza el món. I ho fa quan la velocitat a la qual necessiten córrer els diners i les mercaderies és més gran que mai, quan la concentració de poder depén no tant del tragí de tropes com del trasbalsament de capital i de béns, inclosos en aquesta última categoria els éssers humans. Que el món es pare i que ho faça en un moment com aquest, això és el fet extraordinari. I aquesta hauria de ser l'oportunitat per a aconseguir que es produïsca algun canvi radical que faça bo allò de «no hi ha mal que per bé no vinga».

Les entitats bancàries que estan ampliant el seu negoci al redós de la situació, les companyies de distribució d'energia que ens cobren les taxes més altes de tota la Unió Europea, les operadores de telefonia que aprofiten el confinament per a endinyar-nos plans de dades que després voldran cobrar-nos a preu d'or, totes les corporacions i empreses que s'anuncien aquests dies en uns mitjans famolencs d'inversió publicitària han adaptat els seus missatges per a convéncer-nos que aviat tornarem a «la normalitat», totes tenen pressa perquè reprenem el fil allà on el vam deixar i que ens mentalitzem que tot tornarà a ser com era. Una miqueta millor, si això és possible, perquè mentre nosaltres deixem que s’escole el nostre captiveri tocant-nos la fava, segur que ells no han parat d’escalfar-se el cap amb la idea que tot torne a funcionar millor que mai.

Tenen ells més ganes d’obrir les portes del corral que nosaltres d’eixir a pasturar. Només volen estar segurs que el nombre de cadàvers no embarre la seua preada maquinària econòmica i financera. La tropa de fariseus que talla el bacallà en l'ombra és estratègicament muda, fa tots els possibles de no tacar-se la seua boqueta virginal, però per a això ja estan els seus portaveus. Alguns, com Boris Johnson, s'han ennuegat amb les seues pròpies paraules, però sempre hi ha gent disposada a parlar sense embuts. Ací hi ha qui fa temps va voler començar obrint les botigues de vetesifils. En Alemanya ja estan repartint viàtics perquè la gent vaja a pencar. En els EU tenim, per exemple, un tal Trey Hollingsworth, representant republicà d'Indiana, que el passat dia 14 d'abril va declarar a la WIBC-FM que «la postura del govern americà sempre ha estat dir que, posats a triar entre la pèrdua del nostre sistema de vida i la pèrdua de vides americanes, sempre hem triat la segona opció». Si a aquest la vida dels nord-americans li importa un rave, imagineu-vos les de la resta.

Seguir leyendo »

La normalidad

Ventanas en la fachada trasera de un edificio.

La novedad no es que haya una pandemia. A estas alturas todos sabemos que por estos pagos hubo una parecida hace cien años, que las ha habido a lo largo de la historia y que las sigue habiendo en sitios hacia los que nadie mira y de las que casi nadie habla. Como otros se han encargado ya de señalar, la novedad reside en que es la primera vez que una de ellas paraliza el mundo. Y lo hace cuando la velocidad a la que necesitan correr el dinero y las mercancías es más grande que nunca, cuando la concentración de poder depende no tanto del trajín de tropas como de trasiego de capital y de bienes, incluidos en esta última categoría los seres humanos. Que el mundo se pare y que lo haga en un momento como este, eso es lo extraordinario. Y esa tendría que ser la oportunidad para conseguir que se produzca algún cambio radical que haga bueno aquello de «no hay mal que por bien no venga».

Las entidades bancarias que están ampliando su negocio al socaire de la situación, las compañías de distribución de energía que nos cobran las tasas más altas de toda la Unión Europea, las operadoras de telefonía que aprovechan el confinamiento para endiñarnos planes de datos que luego querrán cobrarnos a precio de oro, todas las corporaciones y empresas que se anuncian estos días en unos medios hambrientos de inversión publicitaria han adaptado sus mensajes para convencernos de que pronto volveremos a «la normalidad», todas tienen prisa en que retomemos el hilo allí donde lo dejamos y en que nos mentalicemos de que todo volverá a ser como era. Un poquito mejor si cabe, porque mientras nosotros dejamos que transcurra nuestro cautiverio rascándonos la tripa, seguro que ellos no han parado de devanarse los sesos con la idea de que todo vuelva a funcionar mejor que nunca.

Tienen ellos más ganas de abrir las puertas del corral que nosotros de salir a pastar. Solo quieren estar seguros de que el número de cadáveres no atranque su preciada maquinaria económica y financiera. La tropa de fariseos que corta el bacalao en la sombra es estratégicamente muda, hace todo lo posible para no mancharse su boquita virginal, pero para eso ya están sus voceros. Algunos, como Boris Johnson, se han atragantado con sus propias palabras, pero siempre hay gente dispuesta a hablar alto y claro. Aquí hay quien hace tiempo quiso empezar abriendo las mercerías. En Alemania ya están repartiendo viáticos para mandar a la gente al tajo. En EEUU tenemos, por ejemplo, a un tal Trey Hollingsworth, representante republicano de Indiana, que el pasado 14 de abril declaró a la WIBC-FM que «la postura del gobierno americano ha sido siempre decir que, puestos a escoger entre la pérdida de nuestro sistema de vida y la pérdida de vidas americanas, siempre hemos escogido lo segundo». Si a ese la vida de los estadounidenses le importa un bledo, imagínense las del resto.

Seguir leyendo »

Soliloqui de l'anacoreta acollonat

Georges Dyer talking (detalle) - Francis Bacon, 1966.

El futur ja era incert —per a uns més, per a altres menys—, però aparentava una certa solidesa. De sobte ha perdut consistència fins a convertir-se en una pura hipòtesi. També creies que el món dansava fermament al teu voltant amb una lògica newtoniana, i de sobte s'ha tornat incert, impredictible. Fins ahir cada un es forjava el seu propi destí: «Voler és poder», «Qui matina, fa farina», «La teua voluntat és el teu destí», «La fe mou muntanyes»… Mentre obríem bé la boca per a repetir aquestes bajanades, un virus estudiava la manera de botar a l'interior de les nostres goles i per fi ho ha fet.

Abans passaves tancat uns quants dies a casa i no passava res, perquè sabies que allí fora el món seguia a la teua disposició, creies que tenia vida pròpia, que es movia en virtut d'algun mecanisme totpoderós i autònom. I de sobte t’adones que es movia perquè l'agitaven individus tan desorientats com tu, que la humanitat és com una manada de porcs tofoners rastrejant l'olor de promeses que mai no es compleixen, i si es compleixen mai no satisfan plenament les expectatives que estimulen la nostra pituïtària. Promeses que amaguen altres promeses darrere de les quals tirem el lleu fins que topem de morros amb la solució final de l'endevinalla.

Històries que ahir ens resultaven pròximes, aquelles amb què es feien les pel·lícules, amb les que s'entreteixien les novel·les, o de les que s'ocupaven els assajos, de sobte pareixen pertànyer a una realitat molt llunyana, com si el temps haguera fet un salt i haguérem passat a una altra era o a un altre planeta. El més desconcertant és que un no sent nostàlgia, sinó una torbadora sensació d'estranyament. Les imatges de la televisió semblen més falses que mai, són només espectres en la paret de la cuina. Sabem que tot el que ens ensenyen per a entretindre'ns està enllaunat, que aquell món, si més no de moment, ha desaparegut. Mentre no es demostre el contrari, és pur passat i no estem segurs que torne. Almenys, que torne tal com era.

Seguir leyendo »

Soliloquio del anacoreta acojonado

Georges Dyer talking (detalle) - Francis Bacon, 1966.

El futuro ya era incierto —para unos más, para otros menos—, pero aparentaba una cierta solidez. De repente ha perdido consistencia hasta convertirse en una pura hipótesis. También creías que el mundo danzaba firmemente a tu alrededor con una lógica newtoniana, y de repente se ha vuelto incierto, impredecible. Hasta ayer cada uno se forjaba su propio destino: «Querer es poder», «A quien madruga, Dios le ayuda», «Tu voluntad es tu destino», «La fe mueve montañas»… Mientras abríamos la bocaza para repetir estas majaderías, un virus estudiaba la manera de saltar al interior de nuestras gargantas y por fin lo ha hecho.

Antes pasabas encerrado varios días en casa y no pasaba nada, porque sabías que ahí fuera el mundo seguía a tu disposición, creías que tenía vida propia, que se movía en virtud de algún mecanismo todopoderoso y autónomo. Y de repente te das cuenta de que se movía porque lo agitaban individuos tan desorientados como tú, de que la humanidad es como una manada de cerdos truferos tras el olor de promesas que nunca se cumplen, y si se cumplen nunca satisfacen plenamente las expectativas que estimulan nuestra pituitaria. Promesas que encierran otras promesas tras las que echamos el bofe hasta que nos damos de bruces con la solución final del acertijo.

Historias que ayer nos resultaban cercanas, esas con las que se hacían las películas, con las que se entretejían las novelas, o de las que se ocupaban los ensayos, parecen pertenecer a una realidad muy lejana, como si el tiempo hubiera dado un salto repentino y estuviéramos en otra era o en otro planeta. Lo más desconcertante es que uno no siente nostalgia, sino una turbadora sensación de extrañamiento. Las imágenes de la televisión parecen más falsas que nunca, son solo espectros en la pared de la cocina. Sabemos que todo lo que nos enseñan para entretenernos está enlatado, que ese mundo, de momento al menos, ha desaparecido. Mientras no se demuestre lo contrario, es puro pasado y no estamos seguros de que vuelva. Por lo menos, de que vuelva tal como era.

Seguir leyendo »

La segona oportunitat

It's a Wonderful Life (Frank Capra, 1946).

Al llarg dels últims anys ens hem divertit molt inventant catàstrofes planetàries, invasions extraterrestres, orgies zombis i pandèmies apocalíptiques. Tot això, que eren només faules amb un valor simbòlic i catàrtic (mai han estat considerades seriosament com a advertència), de sobte s'ha convertit en una realitat gens divertida. Tenim la sensació d'estar davant de l'ineluctable, qui més qui menys està cagat de por, i ens estem jurant que, si ens deslliurem d'aquesta, a partir d’ara ens portarem bé.

Hi ha un conjunt de pel·lícules, tan nombrós que constitueix tot un gènere, en què quan el protagonista mor o està a punt de fer-ho, una força superior —un àngel, Déu, Llucifer o la mateixa Mort en persona— intervé per a donar-li l’oportunitat d’esmenar els seus errors. És un tipus d'històries que s'associen a Frank Capra, possiblement perquè a ell es deu la més optimista (i moralista) de totes, Que bonic que és viure!, però també consten en la filmografia d'altres cineastes brillants que van desenvolupar l'argument amb intencions més mordaces o amb un calat poètic més gran que aquella. Totes tenen en comú que el protagonista aprofita aquesta segona oportunitat per a actuar d'una manera diferent de com ho va fer, es redimeix i és recompensat amb una eternitat plaent o, millor encara, amb la possibilitat de reprendre la seua vida allí on la va haver de deixar.

La majoria de nosaltres confia ara que açò passe de llarg i ens siga concedida una segona oportunitat. Però per a aprofitar-la bé, a fi d'actuar en conseqüència, caldria establir primer, amb una certa precisió, la relació implícita entre tot el que s’esdevé i el nostre destí. I no està gens clar que estiguem preparats per escometre aquesta tasca. Les pel·lícules que he esmentat són mals exemples. Els seus protagonistes sempre són individus, mai col·lectius, d'ací la intrínseca puerilitat del seu plantejament, perquè, per molt que ens disguste el nostre veí, estem tots entreteixits. Ens posem com ens posem, ningú no s’enfronta sol a la seua sort. Els coronavirus ho saben; nosaltres encara no, o si alguna vegada ho vam saber, ho hem oblidat. Com els personatges d'aquestes cintes, creiem viure dins d'un sistema tancat, relativament organitzat, i no som conscients de l'alt grau d'entropia a què estem exposats. Estem cegats pel mite del lliure albir. Hem sacralitzat la llibertat individual i hem perdut de vista el caràcter holístic de la nostra espècie. I sobre aquesta base hem construït un món fictici que no es correspon gens amb la realitat. Per això ens arriba tan sovint en forma d'hòstia.

Seguir leyendo »

La segunda oportunidad

It's a Wonderful Life (Frank Capra, 1946).

A lo largo de los últimos años nos hemos divertido mucho inventando catástrofes planetarias, invasiones extraterrestres, orgías zombis y pandemias apocalípticas. Todo eso, que eran solo fábulas con un valor simbólico y catártico (nunca se las ha tomado en serio como advertencia), de repente se ha convertido en una realidad nada divertida. Tenemos la sensación de estar ante lo ineluctable, quien más quien menos está cagado de miedo, y estamos jurando para nuestros adentros que, si nos libramos de esta, a partir de ahora nos portaremos bien.

Existe un conjunto de películas, tan numeroso que constituye todo un género, en las que cuando el protagonista muere o está a punto de hacerlo, una fuerza superior —un ángel, Dios, Lucifer o la misma Muerte en persona— interviene para darle la oportunidad de enmendar los errores por los que se va a condenar. Es un tipo de historias que se asocian a Frank Capra, posiblemente porque a él se debe la más optimista (y moralista) de todas, ¡Que bello es vivir!, pero también constan en la filmografía de otros brillantes cineastas que desarrollaron el argumento con intenciones más mordaces o con un calado poético mayor que aquella. Todas tienen en común el hecho de que el protagonista aprovecha esta segunda oportunidad para actuar de un modo diferente a como lo hizo, se redime y es recompensado con una eternidad placentera o, mejor aún, con la posibilidad de reanudar su vida allí donde la tuvo que dejar.

La mayoría de nosotros confía ahora en que esto pase de largo y nos sea concedida una segunda oportunidad. Pero para aprovecharla bien, para poder actuar en consecuencia, habría que establecer primero, con una cierta precisión, la relación implícita entre todo lo que sucede y nuestra suerte. Y no está nada claro que estemos preparados para abordar esa tarea. Las películas a las que he aludido son malos ejemplos. Los protagonistas siempre son individuos, nunca colectivos, de ahí la intrínseca puerilidad de su planteamiento, porque, por mucho que nos disguste nuestro vecino, estamos todos entretejidos. Nos pongamos como nos pongamos, nadie se enfrenta solo a su destino. Los coronavirus lo saben; nosotros todavía no, o si alguna vez lo supimos, lo hemos olvidado. Como los personajes de esas cintas, nos creemos dentro de un sistema cerrado, relativamente organizado, y no somos conscientes del alto grado de entropía al que estamos expuestos. Estamos cegados por el mito del libre albedrío. Hemos sacralizado la libertad individual y hemos perdido de vista el carácter holístico de nuestra especie. Y sobre esa base hemos construido un mundo ficticio que no se corresponde para nada con la realidad. Por eso nos llega tan a menudo en forma de hostia.

Seguir leyendo »