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Escorpiones

De parabel der blinden (Pieter Brueghel, 1568).

De parabel der blinden (Pieter Brueghel, 1568).

Tengo un gato que sale todos los días a ver si encuentra a un enemigo suyo de aspecto temible que ronda por el vecindario, una especie de pantera que le lleva un palmo y pesa un par de quilos más que él. Con frecuencia mi gato vuelve sin collar, lleno de pelados y arañazos, o con un párpado a media asta. Es viejo y está gordo, y no tiene uñas en las garras delanteras (lo encontramos ya así). Algo debe notar que falla cada vez que lanza un gancho supuestamente infalible. Y, sin embargo, cuando ha dormido lo suficiente abandona su confortable rincón dentro de casa y se marcha a afrontar su destino, haga frío o calor. Actúa como un suicida, o como un cretino, pero, ¡ah!, es que eso está en su naturaleza. No le importa quedarse ciego con tal de dejar tuerto al otro. Su caso no es muy diferente al de la fábula popularizada por Orson Welles, por boca de Mr. Arkadin, sobre el escorpión que hinca su aguijón en el irresistible lomo de la rana que le está ayudando a cruzar el río, a pesar de que sabe que se hundirán los dos. Todos los que oyen esa historia se identifican con la rana. Nadie se identifica con el escorpión. Y, sin embargo, ambos son víctimas de su naturaleza. El escorpión de su irrefrenable impulso de matar y la rana de su imprudente piedad, como mi gato lo es de su insondable insensatez. Todos son víctimas de sí mismos tanto como de su némesis particular.

Si hay que creer lo que se oye y lo que se lee, todos estamos escandalizados por el masivo espionaje al que estamos siendo sometidos. Y estamos espantados ante la creciente manipulación de nuestro comportamiento por parte de los que acaparan nuestros datos. En un capítulo de la serie basada en los relatos de Philip K. Dick, Electric Dreams, alguien señala un artilugio y dice refiriéndose a los inconvenientes de la tecnología invasiva: «Es muy fácil, desenchúfalo». Pero no lo hacemos. Tan solo nos quejamos. Nos lamentamos a través de esos mismos móviles con los que somos espiados, y mientras tanto compramos más cacharritos domésticos con los que hablar y que así, alguien, en algún lado, sepa a qué hora nos hemos quedado sin papel higiénico. No hay nadie a estas alturas que no se haya percatado de que el modelo de desarrollo que nos ha llevado hasta aquí es insostenible y presenta visos preocupantes de estulticia. Y cada vez más gente se rasga las vestiduras, clama al cielo, exige a los gobernantes que hagan algo, la cuadratura del círculo, que detengan el deterioro del planeta pero sin erradicar ninguna de las prácticas que lo causan, como por ejemplo la automoción individual. Sí, «nos gusta conducir», astuto publicitario, y no queremos renunciar a ello ni tampoco a que en todos los supermercados haya sushi de atún o a que Amazon nos siga dejando toda clase de chorradas provenientes del otro lado del mundo en la puerta de casa. Y que el ecosistema no dé para todo eso es una engorrosa jodienda. Aquí nadie parece querer renunciar a nada, nadie quiere desenchufar el sistema ni desenchufarse de él, aunque todos sabemos que nos está matando. Los que han sido fumadores contumaces entenderán perfectamente el síndrome. El escorpión de la fábula, también.

Uno se esfuerza en creer, porque así quiere creerlo y la sombra de Rousseau es alargada, que los males irremediables que llaman a nuestra puerta no se deben a algo llamado naturaleza humana, sino al neodesarrollismo global propiciado por un capitalismo desregularizado ante el que el hombre común, convenientemente individualizado, debidamente compartimentado, oportunamente aislado de sus congéneres y, sobre todo, quirúrgicamente separado de sí mismo, nada puede hacer. Pero la duda crece ante el espectáculo cotidiano, que a veces alcanza la dimensión de gran guiñol, como en la última cumbre sobre el clima. Ni cambio climático ni emergencia climática: clima. Lo terrorífico no es lo que nos auguran los diversos oráculos y nigromantes de tertulia, no son los vaticinios que se nos anuncian cada vez con mayor nitidez, sino ver que vamos derechos hacia ello, más que impotentes impertérritos, incapaces de reaccionar, llevados por pulsiones que están por encima de esa voluntad comúnmente considerada una característica distintiva del ser humano. Todo indica que vamos hacia donde vamos arrastrados por esa otra forma de voluntad esencial, pero también banal, de la que hablaba Schopenhauer, sin la que nada existiría pero que despoja lo existente de todo sentido: la voluntad ciega de ser para no dejar de ser lo que sea y con ese único propósito.

Esa voluntad, de la que la inteligencia humana supuestamente es su forma más alta de representación, su más perfecta objetivación a pesar de que nunca la ha acabado de dominar, esa voluntad ciega es la que en última instancia determina nuestros actos, sean acciones u omisiones, cada vez parece estar más claro. Tendemos a creer, y así lo ha visualizado el cine, que si mañana se anunciara la llegada inminente del juicio final todos dejaríamos lo que estamos haciendo, nos hincaríamos de hinojos y nos pondríamos a rezar cogidos de la mano. Pero hay motivos para sospechar que no sería tal como lo pintan. Quien estuviera en racha querría acabar la partida de mus antes de que le pillara el Armagedón; quien estuviera jugando al Fortnite online también, tan solo por alcanzar los últimos segundos de gloria de la historia; los proselitistas de toda especie redoblarían su matraca por obsoleta que fuera su causa; los telediarios seguirían informando hasta el último momento, compitiendo por el share; los anunciantes se pegarían por contratar el postrer anuncio; los vendedores de seguros se forrarían; y no faltaría quien entregara su alma a Dios maquinando el modo de vender paipáis en el infierno. O el reino consumista neoliberal se extiende más allá de este valle de lágrimas, o algo terrorífico, terroríficamente estúpido, está inscrito en nuestra naturaleza.

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