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Patria ingrata

'Alegoría a la paella', figura de Lladró de 1993.

'Alegoría a la paella', figura de Lladró de 1993.

Cuando en 1988 se inauguró la tienda-museo de Lladró en Nueva York estaban casi todos los que eran. Antes y después, muchos pasaron por su despacho o por el de al lado, a visitar a su hermano Juan, que era quien más y de una manera más abiertamente partidista se metió en política y en otros berenjenales. Él tenía una visión pragmática del asunto. Para él, «política» simplemente quería decir «poder», y daba igual el aspecto con el que se presentara. En un discreto rincón de su despacho tenía una foto dedicada de Franco. Cuando alguien le hacía saber que a esas alturas eso no era muy prudente, él decía que, si Fidel Castro le hubiera dedicado una, la habría puesto al lado de la otra. No hubo ocasión de comprobar si era un farol, pero la declaración de intenciones es elocuente, y es ilustrativo que cuando Raisa Gorbachova visitó su fábrica en 1991 —todavía estaba en pie la URSS—, su hermano trató de evitar que la bandera roja con la hoz y el martillo ondeara en los mástiles de la entrada, y él la impuso. Cuando en 1983 los socialistas accedieron a la Generalitat, Juan, como tantos otros huérfanos inconsolables del régimen anterior, entró en un estado de desasosiego cercano al pánico y él le dijo con su permanente sonrisa zorruna: «Tú deja que toquen poder». Lo tocaron y no pasó nada, nada de lo que su hermano temía. Joan Lerma, por cierto, fue uno de los políticos que recordaba con más aprecio en sus últimos años.

Su foto con la mujer de Gorbachov era uno de sus trofeos más preciados. Al igual que todas aquellas en las que aparece con alguien poderoso, famoso o con prestigio. En ese sentido no hacía distinciones. Daba igual que fuera un político, fuera cual fuera su filiación, un científico, un activista o un cantante pop. Se fotografió, entre otros muchos, con Reagan, con Clinton, con Graça Machel, con Rigoberta Menchú, con varios papas, con Margaret Thatcher, con Marcelino Camacho, con Federico Mayor Zaragoza, con Pedro Duque, con Paul A. Samuelson, con Charlton Heston, con la reina de Tailandia, con Buzz Aldrin o con Michael Jackson. De ese modo, él también llegó a ser para otros un famoso con el que fotografiarse, sobre todo para los cientos de miles de personas que compraban las figuras que llevaban su nombre, bien sea porque estaban convencidos de que era una inversión, bien porque pensaban que eran un regalo de prestigio. Esas figuras de porcelana, por cierto, constituyen un fenómeno sociológico que recorrió el planeta y no se puede despachar, como se hace, con cuatro juicios de valor. Todavía está a la espera de un estudio digno de ese nombre. El gran Aguilera Cerni escribió uno a principios de los años 80 que nunca se publicó. Si nadie lo ha tirado a la basura, debe estar en el fondo de algún cajon.

Se implicó en todos los saraos empresariales y representó a la industria valenciana en prácticamente todos foros. Las élites, a las que no se puede decir que perteneció, siempre lo vieron como un patán, y él lo sabía, pero lo aplaudieron generosamente, entre otras cosas porque se mostró también generoso con ellas en el sentido más literal. Su empresa recibió el Premio príncipe Felipe tres veces y en distintos epígrafes. A título personal, fue patrono de la Fundación Príncipe de Asturias, presidente de la Fundación de Estudios Avanzados y miembro de unas cuantas más, entre ellas la Fundación Consejo de España-Estados Unidos. Recibió homenajes, medallas y condecoraciones. En su última etapa, totalmente noqueado por la práctica desaparición de la economía productiva y su sustitución por la especulación financiera y la logística, renegó del capitalismo salvaje y reivindicó lo que él denominaba «capitalismo humanizado», oxímoron que no era sino el sistema de gestión paternalista que había representado como nadie y que tan buenos réditos le había dado. Si tal modelo tenía algo de positivo, hay que decir que él lo llevó a las cotas más altas, siempre en consonancia con el ideario que mamó desde niño en Acción Católica, que fue la palanca que lo sacó de una pobreza solemne y sin el cual es difícil entender su trayectoria. Aprovechemos para decir que nunca fue del Opus, como más de un enteradillo afirma alegremente.

Su fábrica nunca externalizó la producción, siempre se nutrió de mano de obra de los alrededores, y, en general, los más de tres mil empleados que pasaron por allí estaban razonablemente satisfechos —diría que sumamente felices para los estándares laborales de hoy—. En el 2000 encabezaba la lista del Top 20 de Valencia publicada por el diario El mundo. Su empresa tenía delegaciones en prácticamente todo el planeta en lugares destacados y muy visibles, y en la mayoría, con excusa o sin ella, ondeaba la señera coronada, por supuesto siempre junto a la española. Probablemente, y salvando las distancias que cada uno quiera salvar, desde Blasco Ibáñez no hubo un apellido valenciano —identificable como tal— tan universal como el suyo. Ni tampoco español. Durante mucho tiempo y en muchas partes, el apellido Lladró y el peculiar producto al que da nombre fueron uno de los más valiosos activos de eso que luego se dio en llamar «marca España», sobre todo en el ámbito de influencia anglosajona, pero no solo allí. Y todo lo logró con una notable limpieza. Para llegar a su cima particular frecuentó toda clase de amistades, algunas con un expediente delictivo terrorífico a día de hoy, y atravesó décadas enteras plagadas de corruptelas, pero lo hizo con el historial intacto. Fue un rara avis, la encarnación autóctona y casi perfecta del self made man.

Esta breve y precipitada semblanza no pretende ni ensalzar ni denostar al personaje. Para hacer eso con un mínimo de consistencia haría falta una extensión que el lector probablemente no imagina. Ni siquiera pretende entrar en valoraciones explícitas, dentro de lo que eso es posible. Tan solo quiere poner en evidencia que José Lladró —notablemente eclipsado durante la última década— por mucho que trabajara para sí, acabó dando bastante más de lo que parece a la sociedad en la que vivió. Y lo que viene más al caso, llegó a ser eso que se llama «alguien», acabó reuniendo las características que se requieren para pasar al panteón que cualquier sociedad, medianamente consciente de sí misma, construye para hacerse visible a través de mitos locales que representan los atributos que cree tener, aplicando eso que se llama sentido de pertenencia, sentido de estado o simplemente sentido práctico. Una tarea en la que son expertos pueblos de poderosa raigambre, como por ejemplo Francia, u otros con pretensiones más nítidas de nación que el valenciano.

José Lladró se lo había puesto a Valencia a huevo. No hacía falta grandes esfuerzos para ensalzarlo. El prestigio y la gloria ya los llevaba incorporados, homologados según respetados estándares foráneos, como el norteamericano, que llegó a darle voz bajo la cúpula del Capitolio. Era un personaje fácilmente reivindicable por esa parte de la sociedad que tan escasa anda en estos momentos de referentes presentables, y aceptable por la otra parte con un poco de generosidad, una vez pasado por el cedazo de una prudente y utilitaria épica póstuma. La suya era una historia susceptible de ser patrimonializada, de ser incorporada a una memoria colectiva en la que solo algunas figuras sueltas y controvertidas suenan como pepitas dentro de una maraca rota. Pero hete aquí que los periódicos —no todos— se han hecho eco de su desaparición de manera sucinta y expeditiva. A su entierro acudieron a lo sumo un centenar o dos de personas, y no excluyo que la mitad fueran empleados de la empresa de pompas fúnebres. No fue ningún político, empresarios pocos, y de sus ex empleados apenas un puñado. La sociedad valenciana no compareció. Nada de lo que sorprenderse a estas alturas. De hecho, la sociedad valenciana no aparece casi nunca cuando le pones un espejo delante. Tarde o temprano, a todos los que les ha tocado en suerte esta patria de chichinabo les ocurre como cuando uno va acompañado de vampiros, que en cuanto te cruzas con una superficie reflectante te das cuenta de que estás solo, de que esto está lleno de criaturas sin alma que se alimentan de los fluidos de los demás y no tienen nada que dar, muertos que se hacen los vivos, impostores que temen que les descubran y por eso se apresuran a cubrir cualquier cosa que brilla por una u otra razón.

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