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Sinfonía de verano

Luigi Russolo. Il Profumo, 1910.

Luigi Russolo. Il Profumo, 1910.

Dentro del marco de nuestra cultura, todos entendemos, más o menos, en qué consiste el espacio personal, y percibimos claramente cuándo alguien está interfiriendo en el nuestro o cuándo somos nosotros los que irrumpimos en el ajeno. Desde una mirada indiscreta a un contacto no deseado, hay una gradación de agresiones que, de manera consensuada, consideramos desde censurables y reprensibles hasta altamente punibles. A nadie se le ocurre ir por ahí escrutando descaradamente a los demás y todavía menos palpando por las buenas a aquel que, por una u otra razón, nos despierta el deseo de hacerlo. Tampoco escupimos a nadie, por mucho asco que nos dé, y nos lo pensamos dos veces antes de sacudirle al prójimo, aunque sea uno que nos está jodiendo la vida. De manera más o menos intuitiva, sabemos que romper ese consenso en torno a la necesidad de preservar el espacio personal, incluso el de los individuos más detestables, sería perder la garantía que, en última instancia, preserva el nuestro.

Eso lleva a situaciones que invitan a reconsiderar, siquiera teóricamente, esta parte específica del contrato social. No pocas veces, quienes detentan un elevado grado de poder se aprovechan de la impunidad que propicia ese consenso. Un banquero sabe que puede arruinar legalmente a miles de familias, y aun así, el riesgo de que algún desesperado le arree un sopapo es bajísimo. Muy probablemente, el despojado iracundo pagaría mucho más cara su agresión que el consumado mangante su expolio. Pero, en general, valoramos hasta tal punto la preservación del espacio personal, que damos por buenos estos desajustes. De ahí que acabemos encerrando todos nuestros instintos vesánicos en nuestra esfera más íntima, la de los sueños, y de ahí, también, nuestra gran adicción a la violencia literaria y cinematográfica. Si todos los homicidios imaginados se llevaran a cabo, iríamos por la calle pisando charcos de sangre. Según parece, la paz social requiere de una dosis importante de hipocresía estructural. Con todo y con eso, es un alivio, después de siglos de desarrollo basado en una violencia explícita cada vez más difícil de justificar y de soportar, pero también es un indicativo de que la violencia, entendida como la invasión del ámbito ajeno para ampliar ilícitamente el propio, sigue estando ahí, cada vez más monopolizada, se expresa de manera diferente y es menos predecible.

El asunto, para el ciudadano común, está en no traspasar los límites de la fantasía. El insulto es el límite a partir del cual se establece claramente la agresión, a pesar de que la mayoría de las veces no es sino la manera como se manifiesta nuestra impotencia para ejercer una violencia efectiva. Y, de un modo muy discutible, también lo son ciertas opiniones a contracorriente, que en cuanto te descuidas toman el valor de insultos colectivos. En general, se considera un arma capaz de penetrar en los espacios personales a cualquier sonido con carga semántica. Pero no deja de ser curioso que el ruido, esa versión impersonal y paroxística del sonido, no tenga la misma consideración. A la hora de tomar medidas contra todo lo que amenaza el espacio vital del ciudadano, en lo tocante al ruido, ese sonido de características tan físicas o más que una bofetada, que se introduce sin permiso en nuestras vidas, se hace una excepción aparentemente incomprensible, más por cuanto los espíritus más preclaros han ensalzado siempre el valor del silencio, incluso en épocas que se nos antojan insoportablemente silenciosas comparadas con la actual.

De buenas a primeras cuesta imaginar, por ejemplo, de qué clase de «mundanal ruido» sentía la necesidad de huir Fray Luis de León en el siglo XVI. La lectura de sus versos nos aclara un poco el asunto («no quiero ver el ceño / vanamente severo / de quien la sangre ensalza o el dinero»), pero salta a la vista que hay una gran diferencia entre ese ruido del que huía el poeta renacentista, formado por mensajes perfectamente inteligibles provenientes de fuentes perfectamente identificables, y el estruendo, ahora indescifrable, ahora monocorde, que hoy nos envuelve. Schopenhauer diría en el siglo XIX sobre la permisividad de sus contemporáneos con esta plaga —que nosotros solo podemos imaginar como incipiente todavía en aquellos momentos—, que «la cantidad de ruido que uno puede soportar sin que le moleste está en relación inversa a su capacidad mental» [El mundo como voluntad y representación, Libro II, Cap. 3]. Y más recientemente, Chumy Chúmez ilustró esa misma idea con una viñeta donde aparecen conversando dos paisanos. «A mí no me molesta el ruido, soy sordo», dice uno. Y el otro, que va armado con un tambor, contesta: «A mí tampoco, soy idiota».

Con el tiempo, el ruido no ha hecho más que aumentar de nivel y, sobre todo, ampliar su presencia hasta inundar ámbitos que parecían estarle vedados. Es prácticamente imposible huir de él, y tanto los idiotas como los sordos —físicos y funcionales estos últimos— van en aumento. Hoy el término «ruido» se utiliza para referirse a la redundancia o el exceso de información en cualquier ámbito de la comunicación humana, pero esta definición puede dar a entender que es casual, una consecuencia indeseada de nuestro momento de desarrollo, y no es eso, sino una parte sustancial del mismo. El ruido es en estos momentos lo que camufla los mensajes para invisibilizarlos o amplificarlos según convenga, el excipiente en el que se diluyen los principios activos de la manipulación, el masaje que disimula el dolor de las inyecciones que nos administran a diario, o incluso la descarga eléctrica que nos aturde en el matadero antes de proceder a nuestro finiquito. Véase, a modo de ilustración nada metafórica, cómo algunos políticos valencianos se jactaban no hace mucho, en vísperas de elecciones, de haber convertido la televisión en servicio gratuito dentro de los hospitales. Qué ilusión, convalecer o agonizar arrullado —gratis— por el dulce guirigay de una tertulia televisiva o el fragor de una retransmisión deportiva. Gracias, muchas gracias… ¿Llegasteis a considerar la opción de los libros? Al menos podríais haberle pedido opinión a aquella dulce enfermera del póster, que no hace tanto nos invitaba a guardar silencio con un dedo en los labios. Y, ya puestos a revertir servicios, uno habría preferido que lo hubierais hecho con el de lavandería, porque a ciertas horas de la tarde, en ciertos pabellones, ya no hay sábanas. Pero de todas maneras, gracias.

Donde antes había plantada una señal de tráfico que prohibía a los coches hacer sonar la bocina porque cerca había un hospital, ahora, por las noches, hay una bulliciosa terraza. No es difícil ver una correspondencia entre la proliferación de gente aficionada o insensible al ruido, y la tolerancia que muestran las autoridades hacia él. ¿Y cómo no la van a mostrar, si los gestores públicos son los principales adalides del estruendo, la algarabía, el barullo y el griterío? Cada vez más, fían su acceso al poder y su permanencia en él al elogio y el fomento de la fiesta, la extroversión y la sociabilidad desatada de eso que se llama gente sencilla, que cada vez es más sencilla. Algo que encuentra un caldo de cultivo idóneo en los meses estivales que —Dios nos asista— llevan traza de alargar su duración merced al cambio climático. Resulta que el Apocalipsis no venía acompañado de trompetas, sino de una caja de ritmos de discoteca móvil resonando en la madrugada.

«La vida antigua fue toda silencio. En el siglo diecinueve, con la invención de las máquinas, nació el Ruido. Hoy, el Ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad de los hombres». Así empezaba el manifiesto futurista de Luigi Russolo —y tal vez sea pertinente recordar aquí que el futurismo fue un movimiento indisolublemente vinculado al fascismo—, manifiesto que acababa reclamando «la conquista de la variedad infinita de los sonidos-ruido» por parte de la música. «Escogiendo, coordinando y dominando todos los ruidos, enriqueceremos a los hombres con una nueva voluptuosidad insospechada», se decía allí. Parece que ya hemos llegado a ese punto. Y más que voluptuosidad es borrachera, una gran cogorza, una inmensa melopea que nos impide saber ni siquiera lo que nosotros mismos estamos diciendo. El ruido no solo es tolerado, sino que se procura mantener siempre en un umbral óptimo de intensidad, se vigila atentamente para que no se extinga, como el fuego de la tribu. El ruido se programa, se regula, se dosifica. Es la cortina que permite maniobrar a los que llevan el timón sin que nadie sepa exactamente qué hacen, la niebla entre la que nos llevan a donde puede que ni ellos sepan. A saber qué aparecería ante nuestros oídos y ante nuestros ojos si alguna vez se hiciera el silencio.

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