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Maleza

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8:45. Después de desayunar, espero a que el cuerpo reaccione como suele, si todo va bien, y salgo a dar un paseo en bicicleta antes de que el calor me derrita la sesera. Veo cómo los campos de naranjos que el pasado invierno dejaban pudrir sus frutos al pie de los árboles empiezan a ser invadidos por hierbajos y enredaderas. Se suman así a todos los que, desde hace unos años, se dejan de podar y de regar. De algunos solo quedan unas ramas secas, que emergen entre el boscaje como pidiendo auxilio. Esta parte septentrional de la Huerta está retomando el aspecto que debió tener antes de la llegada de los romanos. Zonas cada vez más extensas se han convertido en selvas impenetrables, dominadas por las zarzas, la cola de caballo y una exótica planta trepadora que alguien plantó un día en el jardincillo de su adosado y ha acabado adueñándose del paisaje. A este desastre, a esta desidia, ciertos pijos lo llaman rewilding, o resilvestración, que tal vez sea una bonita idea, pero que pasa necesariamente por la ruina económica y la liquidación de una cultura en la que muchos vivíamos tan a gusto. Requiescat in pace y gracias, entre otros, a nuestras bienqueridas autoridades, que en nombre de la libre circulación de mercancías autorizaron la importación sin aranceles de las naranjas de Sudáfrica. Los únicos que parece que se están beneficiando de la situación son los conejos, que se reproducen según su leyenda y campean sin depredadores que les molesten, exceptuando algún gato hambriento. Cuando me ven se quedan quietos, y de repente brincan y se alejan a toda leche mostrando una resplandeciente cola blanca, una provocativa diana que despierta en mí los instintos del cazador que nunca he sido. Posiblemente a mí también me esté afectando el rewilding.

La vegetación avanza deprisa y se engulle acequias y caminos, y no pocas veces te encuentras con el paso cortado. Algunas carreteras todavía se mantienen transitables, porque por ellas pasan los que se han construido en su antiguo campo una chabola, a la que llaman chalet, y también los que cultivan pequeños huertos domésticos en medio de la espesura. Una insensatez, porque los conejos van dando dentelladas a todo lo que pillan y no dejan verdura sin mutilar. De todas maneras, estas carreteras tienen cada vez más baches, y dudo que las vuelvan a asfaltar. ¿Para qué? Se acabarán los paseos en bici por esta parte de la Huerta. Habrá que conformarse con la ruta ciclista que cruza la comarca, esa especie de cañada para trashumantes en mallas de colores. Para adentrarse por aquí a pie habrá que venir armado con un machete. Tiene narices: por el sur, a esta comarca se la está comiendo el cemento, y por el norte, la maleza. Un día de estos, los conejos y las excavadoras se verán frente a frente. Confío en que para entonces los conejos hayan crecido hasta hacerse como canguros y se hayan vuelto carnívoros asesinos. Eso sí que sería rewilding.

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11:30. Acudo a una cita en el centro de Valencia. He bajado en la estación de metro más cercana a mi destino y me he encaminado hacia allí tan ufano como me permite el bochorno, que a estas horas empieza a ser insoportable. A los cinco minutos me doy cuenta de que me he perdido. Buscaba una antigua casa de instrumentos musicales, que era mi referencia para tomar una bocacalle, pero no la he visto. He vuelto atrás, y me ha costado bastante darme cuenta de que en su lugar hay ahora una franquicia de regalitos y suvenires. La he estado observando un buen rato, como un turista frente al Manneken Pis, recordando aquel escaparate lleno de saxofones y pianos de cola, que parecía tan firme e inmutable como el Panteón de Roma, tratando de hacerme a la idea de que efectivamente ha desaparecido y que un reclamo de cartón en forma de vaca ocupa ahora ese mismo espacio. Pero no me lo acabo de creer; este negocio tiene pinta de espejismo; hasta veo como tiembla bajo los efectos del calor. Finalmente he reaccionado, he recuperado el rumbo y he procurado tomar como puntos de referencia elementos más estables. Pero tras perderme un par de veces más, he acabado por encender el GPS del móvil.

A veces, en una intersección de calles cualquiera tienes la impresión de estar pisando arenas movedizas. Nada te suena. Esa ciudad en la que todo te era familiar de súbito se ha vuelto un ente cambiante que te hace sentir un desmemoriado, un enfermo. Pero la ausencia no está en tu cabeza, sino en ese mundo supuestamente tangible. No es que te hayan desaparecido los recuerdos, es que no hay ni rastro de las cosas que recuerdas. En virtud de las leyes del marketing turístico, además, los elementos nuevos tienen que parecer antiguos. Las ciudades se esfuerzan por hacer que el turista encuentre lo que viene a buscar, y la economía local se ajusta a esa demanda. Esa franquicia que abrieron anteayer tiene toda la pinta de estar ahí desde hace cien años; ese pavimento de falsos adoquines parece el bulevar decimonónico que nunca ha sido; esas farolas te devuelven a los años veinte, como si nunca hubiéramos pasado por el funcionalismo o la estética desarrollista de los años setenta. Nada de lo que está a la vista sirve al residente —a los que quedan—, que sobrevive gracias a Internet, ni tampoco al visitante asiduo. Excepto la oficina de recaudación de multas, todo está ahí para engañar. La ciudad se ha vuelto una colección de trampantojos entre los que cuesta orientarse, un paisaje cubierto por una espesa maleza de falsificaciones, de bisutería urbana.

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18:30. Después de pasar por la caja del hipermercado, me paro en la galería del centro comercial, aparco el carrito de la compra junto a una mesa y pido un café con hielo. No voy a poder estar mucho rato aquí, porque los palitos de pescado se descongelan, pero me resisto a salir al parking y subirme al coche, que está al sol. Mientras me tomo el brebaje, observo a mi alrededor, voy trazando panorámicas con la vista por esa estructura inmensa. De la mitad para arriba no es más que una nave industrial que podría albergar cualquier cosa. Me fijo en las vigas, en los perfiles metálicos, en las planchas de la cubierta, en los tirantes de los que cuelgan los conductos del aire acondicionado y enormes luminarias que dan la impresión de que aquí las horas no pasan. Aquí, mientras no pienses en el saldo de la tarjeta de crédito, todo parece estar en suspenso, el clima es estable y el lugar tiene una luz propia e inmutable, es una especie de Shangri-La. El ruido es ensordecedor, pero por eso mismo, porque todo es indistinguible, no molesta. Delante de mí hay unos paneles electrónicos por los que no dejan de desfilar anuncios, pero no me entero de nada, o eso me parece. El conjunto tiene algo de cámara de aislamiento por saturación. Si quieres, puedes meterte en tus propios pensamientos tranquilamente.

Pero siempre hay algo que te saca de ellos. Se trata de una pareja y sus tres hijos, que según y para quién pueden parecer muchos, teniendo en cuenta lo jóvenes que son los dos. Ocupan la mesa que tiene a un lado un banco corrido de piel sintética, con respaldo. Él es moreno, alto y nervudo, y luce una cabeza bien esculpida, con las sienes y el cogote rapados, y una barba circular muy bien recortada. Me recuerda al de Celda 211. Hay que reconocer que el tío sabe estar cómodo. Lleva una camiseta de tirantes y un pantalón corto de deporte, se ha quitado las chanclas y ha puesto un pinrel —seguro que él lo llama así— encima del asiento. Por el color de la planta, uno diría que trabaja en una mina de carbón, pero es evidente que no. Entretiene a su progenie mientras ella va a por las bebidas. La mujer luce una vestimenta similar a la de él, pero su anatomía es menos contenida. Sus shorts dejan al descubierto una abundante cantidad de carne grumosa pero todavía firme. Entiendo a Rubens. Entonces se agacha para dejar la bandeja llena de batidos sobre la mesa, mi mirada traza una línea recta hacia su trasero y no puedo evitar que me venga a la mente un capítulo de Naturaleza Salvaje. Trato de espantar esos pensamientos tan impropios de mí y de los tiempos que corren, y vuelvo a mirar hacia arriba. En plena huida, recuerdo la maleza que cubre los campos que nos rodean, y me viene a la mente un documental que explicaba lo poco que tardaría la naturaleza en borrar todo rastro de las construcciones humanas (también hay un libro sobre eso). No me cuesta nada imaginar a aquel enorme armazón de hierro asfixiado por todo tipo de plantas trepadoras, con colonias de gatos asilvestrados dominando las partes más inaccesibles, bajo el techo medio arrancado por las inclemencias del tiempo. Y debajo, a millones de conejos dando saltitos, mostrando provocativamente su precioso culo candeal. Y reinando entre ellos, como unos redivivos Adán y Eva, a esta pareja desinhibida con su próspera y bulliciosa prole. Todavía hay esperanza.

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