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Aprendiendo en el Gulliver

Pocos espacios públicos en nuestras ciudades permiten que los niños se apropien de ellos de una manera tan intensa.

El Gulliver se reivindica como espacio “del que aprender” pero sobre todo “en el que aprender”.

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Niños jugando en el parque Gulliver, en Valencia.

Niños jugando en el parque Gulliver, en Valencia.

Desde mi primer encuentro con él, y todavía ahora en cada visita, el Parque Gulliver, en Valencia, me provoca un montón de reflexiones desordenadas. Lo observo y trato de imaginar la fuerza que debió tener aquel proyecto en el inicio de los noventa, cuando la democracia se sentía ya estabilizada y el afán era comenzar a ser vistos como una sociedad moderna y europea. Más tarde llegaron proyectos mastodónticos que hoy lo empequeñecen, pero el Gulliver debió ser un hito en su momento y me parece muy valiente que un gesto tan decidido tuviese como protagonista a la infancia.

De ahí paso a pensar en el modo en que la gente de València percibe hoy al Gulliver. Tras siete años en la ciudad, yo también lo he asumido como una presencia cotidiana, pero me sigue resultando llamativa la naturalidad con la que se trata a una cosa tan singular y rompedora. Tengo la sensación de que el Gulliver es visto con cariño aunque también como un elemento de nostalgia, porque todos sabemos que hoy día una cosa así estaría totalmente fuera de lugar en otro sitio que no fuese un parque de atracciones…

Mientras observo el Gulliver, voy enlazando reflexiones sobre su historia, su significado, su conveniencia, sobre la posibilidad de que exista un lugar así… Pero en el momento en que los gritos de los niños y las niñas que juegan en él desvían mi atención, pienso que, desde mis ojos de urbanista, quizá esté dándole vueltas a las cosas más intrascendentes. Mientras le hago preguntas al Gulliver de lo más enrevesadas, los niños se lanzan de cabeza a él de manera casi instintiva. Me doy cuenta entonces de que pocos espacios públicos en nuestras ciudades permiten que los pequeños se apropien de ellos de una forma tan intensa, con tanto entusiasmo y entrega. Esto es así porque el Gulliver es, por encima de cualquier otra consideración, un lugar pensado y diseñado desde la empatía con la infancia. Un espacio que no se impone a los niños y las niñas, sino que se ofrece para que ellos lo hagan suyo.

Visto desde esa perspectiva, el Gulliver no es un lugar interesante por lo que es, sino más bien por lo que en él sucede (si acaso ambas cosas pudieran desligarse). El parque es en el fondo un escenario liberador e intensificador de la experiencia del juego, que es uno de los principales recursos que tiene la infancia para expresarse, relacionarse y aprender. Habitualmente, los espacios que los adultos cedemos a los niños restringen y empobrecen las posibilidades del juego en lugar de potenciarlas. El Gulliver es un ejemplo de algo muy poco abundante en nuestras ciudades y en nuestra sociedad: un espacio que de verdad permite a la infancia explorar y expresar su identidad.

A raíz de esta idea, abandono mis divagaciones iniciales y trato de dejar de lado mi inquietud de adulto por dar respuestas a todo. Centro la atención en observar a los niños y las niñas que juegan y gritan, en aprender de lo que hacen, en intentar mirar el lugar desde su perspectiva.

Desde los ojos de un niño, encontrarse con Gulliver significa entrar en un mundo excepcional, de formas y colores que lo envuelven por completo. El parque se ofrece como una topografía mágica en la que todo permite la posibilidad de jugar. Niños y niñas juegan al escondite entre los pliegues, gatean las pendientes inclinadas como si escalasen montañas, recorren a la carrera las superficies ondulantes, se asoman hacia abajo desde las alturas… Encuentran una oportunidad para jugar incluso en rincones que no se manifiestan explícitamente como elementos de juego (un niño discute con su padre porque éste le dice que un pliegue en el pantalón del Gulliver no parece realmente un tobogán, a lo que el niño contesta con exasperación hasta que llega otro chiquillo, se desliza por el pliegue delante de ellos y zanja el debate por la vía de la evidencia). Un niño es capaz de leer el espacio de manera diferente a la de un adulto, simplemente por tener otro tamaño y otras habilidades, pero sobre todo por poseer una mayor capacidad de extrañamiento, una imaginación más encendida.

El Gulliver establece múltiples complicidades con los pequeños que en él juegan porque es un espacio que los reta una y otra vez. El parque les permite escalar, deslizarse, saltar, hacer equilibrios, explorar… Pero lo hace con multitud de variantes y con diferentes grados de dificultad. Al mirar con atención, se descubre que cada niño sabe leer por sí solo esas situaciones, conoce sus límites, se enfrenta a las dificultades que el Gulliver le plantea buscando el modo de superarlas, progresa a medida que se va familiarizando con sus capacidades y con el lugar. Observo a una niña que se esfuerza una y otra vez por subir un tobogán desde abajo hacia arriba, hasta que logra conseguirlo, y se marcha a buscar un nuevo reto.

El Gulliver posee una cualidad de la que carecen los parques infantiles que se hacen ahora, que es que genera conscientemente obstáculos y deja espacio al riesgo a la hora de encararlos. Los adultos hemos perdido de vista la importancia que tiene una cosa así. Visito el parque en días diferentes y tengo la impresión de que el número de padres y madres sobre el juguete aumenta exponencialmente en proporción a la cantidad de niños que juegan. Cuanto mayor es el ajetreo, los mayores adoptan una actitud más preocupada, protegiendo a sus hijos e hijas de cualquier incidente posible, repitiéndoles constantemente: “Espérate ahí”, “No te tires hasta que yo te diga”, “Dame la mano y pasa con cuidado”. En divertido contraste, veo a una niña pequeña decirle a su padre “Agárrate bien, que tú no sabes”. La expresión del padre, mirando a la escalera torcida por la que suben con los ojos bien abiertos y tropezando con torpeza de un lado a otro, indica que la niña tiene toda la razón; hay cosas de las que ellos son capaces y de las que nosotros no tenemos ni la menor idea, aunque nos empeñemos siempre en enseñarles.

En los momentos menos concurridos y de menos supervisión adulta, niñas y niños tienden a relacionarse más entre sí, jugando incluso con otros pequeños a los que no conocen. A diferencia de los parques de ahora, que buscan un uso ordenado y llegan a recomendar separar por franjas de edad, el Gulliver permite que una gran cantidad de criaturas muy diferentes se encuentren en un ambiente de libertad y de autonomía. Un chiquillo de unos diez años explicándole a una niña que debe rondar los cinco cómo escalar una cuerda (“Pon este pie primero aquí y luego el otro allí, no tengas miedo”). Un grupo exclama “Vamos donde los toboganes, que allí es donde se forma más barullo”. En la multitud y el ajetreo no ven peligro sino diversión. Dos chicos tratan de recorrer haciendo equilibrios la espada tumbada en el suelo, juego al que se suman otros niños hasta dar lugar a una competición por equipos… Todas estas situaciones se forman y se deshacen de manera desordenada, suceden con total desprejuicio.

“Gulliver vingué a València a jugar amb els xiquets el 29 de desembre de 1990”, dice la placa a la entrada personificando al parque. Efectivamente, el Gulliver es el más consciente del valor de las cosas que he descrito y de otras tantas que en él suceden. Como decíamos, es un espacio pensado con consciencia y sensibilidad, con la voluntad principal de que los niños y las niñas lo hagan suyo.

Ahora que el urbanismo y el diseño del espacio público comienzan a construir una conciencia inclusiva, a preocuparse por que todo el mundo tenga de verdad hueco en la ciudad (mujeres, gente mayor, personas con discapacidad, migrantes…), el Gulliver se reivindica como espacio “del que aprender” pero sobre todo “en el que aprender”. Porque la inclusión de la diversidad debe partir de la observación, de la empatía y de la comprensión del “otro”, y por su condición de espacio de libertad para la infancia, el Gulliver significa una valiosa oportunidad para detenerse a mirar y aprender.

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