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Judes

De totes les festes cristianes que han inundat la trista agenda de la meua existència, només N’hi ha una que mai no m’ha costat celebrar: la Pasqua. És l’única que em crec.

Mai he vist clar això de Nadal. Tinc dubtes seriosos de l’èxit d’un part en un pessebre sense més atenció mèdica que la d’un bou, una mula i un marit expert en bricolatge, però que, vista la seua credulitat respecte de l’origen i la paternitat del seu fill, done per fet que, saber, sabia poc ni d’on ni de com vénen els xiquets. Guarde un cert rancor a la festivitat del Corpus, perquè va coincidir amb l’època de la meua gran estirada i el vestit de mariner de la comunió se’m va quedar immediatament xicotet i ni el capellà ni ma mare van acceptar la meua solució de fer la processó amb el xandall del Barça. I pel que fa a les festes patronals, Santa Maria la Major, patrona de Riola i de Roma, sempre m’ha fet la impressió que entre els seus dos municipis patrocinats ha tingut una clara predilecció pel que li va dedicar l’església més gran. Però la Pasqua sí, aqueixa sí que me la crec.

La celebració de la mort i la resurrecció de Crist, té un esperit hooligan amb què em puc identificar. Que et crucifiquen, et fiquen en un sepulcre i que al cap des tres dies no sols ressuscites sinó que, a més, ho faces convertit en un déu, tri i etern, això, això sí que és una remuntada i no la del Bayern de Munic contra la Juventus de l’altre dia. Ací sí que hi ha alguna cosa a celebrar tots els diumenges que seguisquen a la primera lluna plena de l’equinocci de primavera fins que s’acabe el món, i no això del Dia de la Hispanitat.

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El año en que fuimos refugiados

Las autoridades se han negado al desembarco de refugiados llegados de madrugada por barco, entre ellos más de cien menores de edad, que viajan hacinados y en deplorables condiciones higiénicas. Esta noticia, que podría haberse publicado hoy mismo, se produjo hace ahora 77 años y sus protagonistas eran españoles. Miles de personas en busca de asilo que huían de la Guerra Civil embarcaron el 28 de marzo de 1939 en Alicante ante el acoso de las tropas franquistas y las de su aliado Mussolini, gracias al gesto humanitario de Archival Dickson, capitán del carguero Stanbrook, que se apiadó de los republicanos que intentaban escapar de una segura represión.

El barco zarpó a las 11 de la noche y veinte horas después llegaba al puerto argelino de Orán con 2.638 personas a bordo, entre ellos 147 niños, según documentó la aduana, aunque investigaciones posteriores elevan la cifra hasta unos 3.000. Las condiciones eran deplorables, pues el carguero sólo estaba preparado para acoger a sólo 27 personas. A pesar de ello, la mayoría tuvo que permanecer un mes en la embarcación, ya que las gestiones del diputado socialista Rodolfo Llopis sólo consiguieron que desembarcaran las mujeres y los niños.

Cuando por fin consiguieron abandonar el carguero, la pesadilla no había hecho más que empezar para muchos de ellos, que fueron internados “en campos de refugiados, auténticos campos de concentración bautizados eufemísticamente por las autoridades francesas como centres d'accueil; en realidad, campos de trabajos forzados donde los exiliados sufrieron condiciones infrahumanas, maltrato y vejaciones de todo tipo, al ser considerados por los conservadores franceses como una chusma de peligrosos revolucionarios, cuando no elementos muy peligrosos -comunistas y anarquistas- que fueron a parar directamente a presidios como el de Kasserine o Fort Lyautey (hoy Kenitra).

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Rita, la familia y la mantequilla

Más allá de por alguna que otra invasión, los españoles siempre hemos estado pendientes de la frontera con Francia fundamentalmente por dos motivos: el exilio o la vendimia. Ambos mantenían plena vigencia a principios de los 70, sin embargo una tercera razón vino a sumárseles por aquellos años. Se trataba de las peregrinaciones cinéfilas a Perpignan en busca de aires más liberales donde ver aquellos filmes que la censura franquista consideraba no aptos para nuestra mirada tutelada todavía por el nacionalcatolicismo.

Si un título concreta las fantasías eróticas de los peregrinos del celuloide de aquellos años, ese es, sin lugar a dudas, el mítico Último tango en París que Bernardo Bertolucci estrenaba allá por 1972. Y si una escena se quedó grabada para siempre en sus retinas fue aquella en que un degradado y perdido Marlon Brando aprovechaba la potencialidad lubricante de la mantequilla para someter a la carnosa Maria Schneider a una práctica de sexoanal que por estas tierras se consideraba más bien enfermiza. Pero el impacto de la secuencia no se debía sólo a sus imágenes tórridas, sino que se veía intensificado por el corrosivo discurso sobre la familia que Brando obligaba a repetir a la joven mientras la forzaba: “santa institución ideada para inculcar la virtud entre los salvajes. Santa familia, iglesia de buenos ciudadanos donde los niños son torturados hasta que mienten por primera vez…”.

Por aquellos años, la posibilidad de ver algo así en un cine español era tan utópica como soñar con la legalización del partido comunista. Considerada uno de los pilares del régimen, la familia ocuparía un papel importante en el imaginario español de aquellos años gracias a otra película. Se trataba de La gran familia (1962), un filme dirigido por Fernando Palacios y guión de Pedro Masó, donde el gran Alberto Closas y Amparo Soler Leal encarnaban a una nueva clase media que aspiraba a dejar atrás las sombras de la posguerra y a modernizar las costumbres. Eso sí, siempre dentro de un casto y católico orden. Y eso, por supuesto, no pasaba precisamente por alterar los usos de la mantequilla. Con secundarios de lujo como José Luis López Vázquez o Pepe Isbert, la película tendría tal éxito que daría origen a una saga que Masó intentaría prolongar hasta 1999, aunque para entonces la visión de esta institución había cambiado en el cine y la sociedad. Poco antes, un joven Fernando León de Aranoa ya nos había presentado en su Familia (1996), una reflexión más crítica, de farsa y simulacro.

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La ciénaga de los sueños

Era el 3 de marzo de 1976. Desde aquel día ha llovido mucho en Vitoria y en la memoria de la gente. El agua de esa lluvia ha convertido en barro los recuerdos. En la iglesia de San Francisco de Asís se celebraba una asamblea obrera para reflexionar y decidir conjuntamente sobre las jornadas de lucha que arrastraba una huelga general. Las iglesias, entonces, eran un buen abrigo contra la violencia policial. No todas las iglesias, pero bastantes. Hacía pocos meses que se había muerto Franco pero la dictadura tardaría aún mucho en desaparecer. Creo que después de tantos años quedan todavía demasiados flecos sueltos de aquella barbarie. Sobre todo en lo que toca a unos acontecimientos que con el paso del tiempo se han visto arrinconados en la sombra más obscena del silencio. Lo escribe Victor Klemperer en sus memorias a ratos escalofriantes del nazismo: uno de los éxitos de las tiranías -dice Klemperer- consiste en “la represión del afán de preguntar”.

Aquí casi nadie ha preguntado nada. Y cuando alguien lo ha hecho, individual o colectivamente, la respuesta más extendida es la que apuntaló la transición: lo mejor es olvidar. Y eso es lo que acaba de decir Javier Maroto, portavoz del PP en el Ayuntamiento de Vitoria, cuando todos los grupos, menos el suyo, han decidido querellarse para “exigir responsabilidades penales derivadas de los sucesos del 3 de marzo de 1976”. También ha decidido, ese mismo consistorio, personarse como acusación en el proceso que lleva a cabo la Justicia Argentina sobre las víctimas del franquismo.

El olvido. La palabra mágica. El truco para esconder lo peor de los crímenes peores: la impunidad. Lo que olvidamos es como si no hubiera existido. En este país nuestro tan desbaratado parece ser que las únicas víctimas que no hay que olvidar son las de ETA. Las demás víctimas, cuanto más lejos mejor. Siempre es lo mismo: en el largo y diverso recorrido del terror hay víctimas de mucha categoría y otras que son como perros colgados en los ganchos carniceros del desprecio.

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The fascist regime

La imatge de Rita Barberà amagant-se darrere d’un finestral mentre la fotografiaven els caçafantasmes és tremenda. El passat, el gloriós passat en què tota via pública es va obrir a les seues passes com l’extensió d’un apèndix victoriós quasi-militar, un destí mil·lenari que li tenia reservat la mare Espanya sota el vist-i-plau de déu, ara se li estrenyia. Qui anava a dir-nos que Ella, qui rebia el clam vanitós i afalagat d’un públic entregat per salvaguardar la moral falangista, Ella, l’autèntica i vertadera Moral panxacontenta dels de sempre que mai va dubtar (ni encara en dubta) fer de l’odi escola, posaria a tot el Partit Popular de Bonig i Rajoy contra les cordes? Que els quede clar: la reina no ha mort, visca la reina.

El feixisme no està renyit amb la corrupció que representa, la seua falta de glàndules sudorípares funcionals l’aboca a viure rebolcant-se en el fang permanentment per tal de mantenir-se viu i fresc. No hi transpira, com tampoc hi han transpirat, fins ara, els caixons dels despatxos oficials i oficiosos en què s’han comptat els milions de peles com cagalló per sèquia. La comunió d’implosions que el Partit Popular ha creat enllà on ha governat dóna tant la talla que demostra que la dreta monarquicoxoricera espanyola és el pare, el fill i l’esperit sant dels marrons que tota democràcia occidental, oriental i interplanetària haja parit fins ara. La fatalitat d’aquest estament polític sols és equiparable amb el seu franquisme d’origen, ja que va de pares a fills i de fills a néts. Hi sura millor que l’oli.

La manera de fer d’aquestes gents ha canviat en la forma, però el contingut li segueix sent el mateix. Resta demostrat que el demòcrata de la gomina se sap el manual del dandisme a la perfecció i que no té cap altra fi que la d’asseure’s en un consell d’administració qualsevol, malgrat que el mitjà per aconseguir-ho siga la gestió pública en ajuntaments, diputacions, parlaments autonòmics o el que es vulga que siga el que hi haja a Madrid o Brussel·les. La seua pràctica no té més sinònim que el de folrar-se. Graduar-se en ètica i moral és cosa de putes, rojos, efeminats i gent de malviure: gent reprimible. Afusellar està mal vist avui en dia.

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Corrupción, oficio de Semana Santa

Han venido así las cosas. El PP ha porfiado tanto en el pecado que se ve ahora metido de lleno en una etapa penitencial. A los concejales populares del Ayuntamiento de Valencia (a todos menos uno, que fue incorporado a última hora en la candidatura tras sobrevivir a otro escándalo de corrupción) les ha invitado su nueva presidenta en la Comunidad Valenciana, Isabel Bonig, a reflexionar sobre la respuesta ante su investigación judicial por el supuesto blanqueo de dinero en el grupo municipal y asumir el castigo de dejar sus cargos por el bien del partido. Y les ha dado de plazo hasta después de Pascua para que decidan si se inmolan o la obligan a expulsarlos por desobedecer. Un ejercicio muy apropiado para la Semana Santa.

“Una cosa es ser militante de un partido y otra militar, es decir, ser militante de la militancia; como una cosa es ser oficiante y otra oficial”, escribía el filósofo Xavier Rubert de Ventós a propósito de la paradoja de la profesión de intelectual en un famoso ensayo introspectivo titulado Oficio de Semana Santa. ¿Son militantes de la militancia los nueve concejales imputados? ¿Tan oficiantes del oficio público se sienten como para aferrarse a sus cargos? Todos han dejado entrever estos días que los incentivos morales y materiales para no ceder tienen un peso decisivo.

Con toda probabilidad, los concejales no se irán voluntariamente. Menos aún cuando su destino ha quedado ligado al de su jefa, la exalcaldesa de Valencia Rita Barberá, que desafió a la dirección del PP valenciano, en la segunda de sus multitudinarias ruedas de prensa desde que sabe que el juez quiere imputarla por los mismos hechos, al sentenciar: “Tienen que dejar el acta al abrirse juicio oral, cuando mandan los estatutos, como yo”. El órdago propició la apertura inmediata de expediente a la senadora y a sus nueve discípulos por parte de la dirección nacional del PP, que preside Mariano Rajoy. Era la única manera de salvar la cuestionada autoridad de la novel dirigente valenciana.

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Corrupció, ofici de Setmana Santa

Han vingut així les coses. El PP s'ha entestat tant en el pecat que es veu ara ficat de ple en una etapa penitencial. Els regidors populars de l’Ajuntament de València (tots menys un, que va ser incorporat a última hora en la candidatura després de sobreviure a un altre escàndol de corrupció) els ha convidat la seua nova presidenta a la Comunitat Valenciana, Isabel Bonig, a reflexionar sobre la resposta davant la seua investigació judicial pel pretés blanqueig de diners en el grup municipal i assumir el càstig de deixar els seus càrrecs pel bé del partit. I els ha donat de termini fins després de Pasqua perquè decidisquen si s’immolen o l’obliguen a expulsar-los per haver desobeït. Un exercici molt adient per a la Setmana Santa.

“Una cosa és ser militant d’un partit i una altra militar, és a dir, ser militant de la militància; com una cosa és ser oficiant i una altra oficial”, escrivia el filòsof Xavier Rubert de Ventós a propòsit de la paradoxa de la professió d’intel·lectual en un famós assaig introspectiu titulat Ofici de Setmana Santa. Són militants de la militància els nou regidors imputats? Tan oficiants de l’ofici públic se senten per a aferrar-se als càrrecs? Tots han deixat entreveure aquests dies que els incentius morals i materials per no cedir tenen un pes decisiu.

Amb tota probabilitat, els regidors no se n’aniran voluntàriament. Menys encara quan el seu destí ha quedat lligat al de la seua cap, l’exalcaldessa de València Rita Barberá, que va desafiar la direcció del PP valencià, en la segona de les seues multitudinàries rodes de premsa des que sap que el jutge vol imputar-la pels mateixos fets, quan va sentenciar: “Han de deixar l’acta en obrir-se judici oral, quan manen els estatuts, com jo”. L’envit va propiciar l’obertura immediata d’expedient a la senadora i als seus nou deixebles per la direcció nacional del PP, que presideix Mariano Rajoy. Era l’única manera de salvar la qüestionada autoritat de la novella dirigent valenciana.

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Mujeres diversas y participación política

Ocurre que cuando un medio de comunicación se acerca, por norma general, pregunta lo siguiente: ¿Cómo se siente ser la primera senadora sorda? ¿Es accesible el Senado? ¿Piensas que te has convertido en un referente? Estas son las preguntas que los medios de comunicación me hacen sin parar. Y si, soy sorda, lo entiendo. No es ninguna novedad. Quizá, y solo quizá, en algún momento alguien dejará de verme como una persona con [dis]capacidad y ese prefijo caerá por fin. ¿Soy un referente? Pues sí, lamentablemente sí. Un referente por ser diferente, porque en este país soy la primera persona sorda en llegar a la cámara alta, a cualquier cámara, incluso a la de las televisiones para hablar de algún tema distinto al del Día Internacional de las Personas con Discapacidad o, en mi caso, el Día Internacional de las personas sordas. Pero olvidamos que estoy aquí por mis inquietudes políticas y no por ser sorda.

Ante esas entrevistas de “corte humano” como así las llaman, me han dado ganas de contestar con mi propia voz; porque “hablamos”, por si todavía no ha quedado claro. Es curioso, porque olvidamos que en la política del pasado y en la actual todavía quedan muchas personas sordas y a veces siento que me confunden con ciertos sujetos políticos de larga trayectoria corrupta-política que son sordos de verdad: no escuchan a la gente y no atiende a la demanda de las mayorías sociales. Así que... ¿Sorda yo? No… Creo que me confundís con alguien de cuyo nombre no quiero acordarme, pero llevaba atormentando mi ciudad más de 24 años, y sigue persiguiéndome su sombra allá dónde estoy ahora.

Así que os cuento que también me gusta hablar de política, ojalá no hubiera que hablar de la corrupción que ha asolado mi Comunidad todos estos años, deseo también hablar de independencia: de la mía, de la de Cataluña, de la de quién sea… Me apasiona la nueva política y la posibilidad de otra manera de hacer política, de cómo feminizarla… Porque oye, que también soy una mujer ya que hablamos de todo un poco. Las personas diversas no somos sólo diversas únicamente, también sentimos, tenemos opiniones y esas cosas propias de las personas sin etiquetas extras.

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Eren altres temps

Filla meua, disculpa que torne una altra vegada al tema, però és que m’encenc. No ho puc suportar. Tant d’atur, tant de patiment, tanta fam -perquè en aquest país es passa fam- i els galls del Congrés barallant-se a veure qui carrega amb la culpa que es repetisquen les eleccions. Total, per a quedar igual o pitjor. Mentrestant, ací segueix la derechona corrupta amb el seu govern en funcions, les seues reformes laborals i les seues lleis repressives en vigor. I als treballadors, que ens en donen.

Va haver-hi un temps en què la política era una altra cosa, no aquest joc de xiquets passant-se la pilota en rodes de premsa o enviant-se missatgets pel mòbil. Era una època dura -riu-te tu de la crisi de hui, llavors sí que ho teníem fotut- i encara així molta gent arriscava la faena i fins i tot la llibertat lluitant pels seus ideals. Els joves estaven condemnats a l’atur, que batia rècords històrics, mentre els grans veien esfumar-se la poca cosa que havien aconseguit a còpia de doblegar el llom. No estava ben vist ficar-se en política, almenys no per aqueixa «majoria silenciosa» que sempre desconfia dels que s’escapen de la cleda, però les assemblees eren multitudinàries i l’esquerra bullia d’entusiasme militant.

No saps, filla, quanta gent es va jugar el físic perquè ara estiguem així. Quants estudiants van rebre bastonades de la policia per protestar contra el règim, quants sindicalistes van acabar detinguts per enfrontar-se en els piquets al terrorisme patronal. El conflicte social bategava al carrer, cada dia hi havia centenars de manifestacions de cap a cap del país, anàvem a la vaga, a la vaga general! Les reivindicacions laborals eren també polítiques. La joventut contestatària i la classe obrera més conscienciada s’unien per exigir una democràcia real.

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Eran otros tiempos

Hija mía, disculpa que vuelva otra vez al tema pero es que me enciendo. No lo puedo soportar. Tanto paro, tanto sufrimiento, tanta hambre -porque en este país se pasa hambre- y los gallitos del Congreso peleándose a ver quién carga con la culpa de que se repitan las elecciones. Total, para quedar igual o peor. Mientras tanto, ahí sigue la derechona corrupta con su gobierno en funciones, sus reformas laborales y sus leyes represivas en vigor. Y a los curritos, que nos den.

Hubo un tiempo en que la política era otra cosa, no este juego de niños pasándose la pelota en ruedas de prensa o mandándose mensajitos por el móvil. Era una época dura -ríete tú de la crisis de hoy, entonces sí que lo teníamos jodido- y aún así mucha gente arriesgaba el empleo y hasta la libertad luchando por sus ideales. Los jóvenes estaban condenados al paro, que batía récords históricos, mientras los mayores veían esfumarse lo poco que habían conseguido a base de doblar el lomo. No estaba bien visto meterse en política, al menos no por esa «mayoría silenciosa» que siempre desconfía de quienes se salen del redil, pero las asambleas eran multitudinarias y la izquierda bullía de entusiasmo militante.

No sabes, hija, cuánta gente se jugó el tipo para que ahora estemos así. Cuántos estudiantes recibieron palos de la policía por protestar contra el régimen, cuántos sindicalistas acabaron detenidos por enfrentarse en los piquetes al terrorismo patronal. El conflicto social se pulsaba en la calle, cada día había cientos de manifestaciones a lo largo y ancho del país, íbamos a la huelga, ¡a la huelga general! Las reivindicaciones laborales eran también políticas. La juventud contestataria y la clase obrera más concienciada se unían para exigir una democracia real.

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