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Cap problema de racisme

En els parlaments espanyols no hi ha partits racistes. Per consegüent, podem afirmar que a Espanya no hi ha un problema de racisme. També podem afirmar que els espanyols som, amb diferència, el país menys racista d’Europa. Miren vostés si no els francesos, que tenen un partit, el més votat, obertament xenòfob, o els alemanys o els grecs o els italians o els belgues o els holandesos… o els austríacs, que em diuen vostés dels austríacs eh? Però nosaltres no, no som gens racistes, els espanyols, perquè si hi haguera racistes i votants d’extrema dreta en aquest país per a preocupar-se, hi hauria partits d’extrema dreta com en tota Europa. Eh que sí? Doncs, això.

Ací el que hi ha és molts amb cervellet de pardalet, això sí. Que diuen les coses sense pensar-les, però sense mala fe ni intenció d’ofendre. Ací, en aquest país, quan es diuen aqueixes coses tan lletges als homosexuals i a la gent d’altres països, perquè més que una cosa de racisme és, no ho sé, la nostra cultura, la nostra manera de dir, ja ho saben. Però a aqueixa gent és millor no fer-los massa cas, perquè no representen ningú. Perquè si hi haguera molts racistes, homòfobs i de tot això, ja ho saben, dels dels partits com el dels francesos, doncs, llavors, hi hauria un partit com el de França ací, o no? Doncs, això.

Per exemple, ara mateix estic veient la pàgina web de Facebook d’un ajuntament de la província d’Alacant, el de Bigastre. Els sonarà per la seua inspirada visió del que ha estat l’origen de les espècies, i més concretament, l’origen de la dona. La seua descripció tan entendridora del que ha de ser una biografia femenina correcta ha estat trending topic en totes les xarxes i sumaris televisius. De segur que ho han llegit. No em diguen que no! Sí, és aqueixa que diu que ser dona és això que va des dels 15 anys en què es comença com a “princesa”, com les bragues, fins a arribar a 75 per a ser “especial”, com la Yamaha de dos i mig. Això sí, passant per “passional”, “inoblidable” i “dama” abans d’arribar aqueixos dies tan “especials” en la secció femenina de la llar del jubilat, és clar.

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Ningún problema de racismo

En los parlamentos españoles no hay partidos racistas. En consecuencia, podemos afirmar que en España no hay un problema de racismo. También podemos afirmar, que los españoles somos, de lejos, el país menos racista de Europa. Miren ustedes sino los franceses, que tienen un partido, el más votado, abiertamente xenófobo, o los alemanes o los griegos o los italianos o los belgas o los holandeses... o los austriacos, ¿que me dicen ustedes de los austriacos eh?. Pero nosotros no, para nada somos racistas los españoles, porque si hubiera racistas y votantes de extrema derecha en este país como para preocuparse, habría partidos de extrema derecha como en toda Europa. ¿A que sí? Pues eso.

Aquí lo que hay es mucho descerebrado eso sí. Que dicen las cosas sin pensar pero sin mala fe ni intención de ofender. Aquí, en este país, cuando se le dicen esas cosas tan feas a los homosexuales y la gente de otros países, pues más que una cosa de racismo es, no sé, nuestra cultura, nuestra manera de decir ya saben. Pero a esa gente lo mejor es no hacerles demasiado caso, porque no representan a nadie. Porque si hubieran muchos racistas, homófobos y de todo eso, ya saben, de los de los partidos como el de los franceses, pues entonces habría un partido como el de Francia aquí, ¿o no? Pues eso.

Por ejemplo, ahora mismo estoy viendo la página web de facebook de un ayuntamiento de la provincia de Alicante, el de Bigastro. Les sonará por su inspirada visión de lo que viene siendo el origen de las especies, y más concretamente el origen de la mujer. Su enternecedora descripción de lo que ha de ser una correcta biografía femenina ha sido trending topic en todas las redes y sumarios televisivos. Seguro que lo han leído. ¡No me digan que no! Sí, es esa que dice que ser mujer es eso que va desde los 15 años en que se empieza como “princesa”, como las bragas, hasta llegar a los 75 para ser “especial”, como la Yamaha de dos y medio. Eso sí, pasando por “pasional”, “inolvidable” y “dama” antes de llegar esos días tan “especiales” en la sección femenina del hogar del jubilado claro.

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Prejuicios

El debate de investidura frustrada de la pasada semana tuvo una fuerte carga emocional o al menos yo lo viví así en comparación con otros debates producidos en el Congreso, algunos de ellos anodinos y tediosos.

Cierto es que yo, de modo partidista, ansiaba que Pedro Sánchez lograra la investidura – qué otra cosa se puede esperar de un socialista sino pretender un presidente socialista- pero estaba, y estoy, convencido que estábamos ante una verdadera oportunidad de cambio político en España, no solo por el cambio en las políticas que de modo impositivo ha venido aplicando el Partido Popular durante más de cuatro años, sino también por las formas en un nuevo contexto pluralista desconocido hasta ahora. Solo por este hecho, el de pasar página de un mal periodo y abrir un tiempo nuevo basado en los acuerdos, me parecía suficiente para lograr esa investidura.

Pero esta decepción no fue lo que más me golpeó emocionalmente. De hecho, en la pasada legislatura acabé acostumbrándome a perder votaciones ante el rodillo del PP. Lo que me golpeó fue la actitud de Podemos. Siempre he sentido una tendencia natural hacia el logro de mayorías de izquierda aun cuando soy consciente que las semejanzas fuerzan las divergencias. No me pareció bien que los ataques más feroces a nuestro candidato procedieran de quien puedes considerar más próximo y consiguieron que algunos viejos recuerdos personales afloraran. Recuerdos de un pasado que con el transcurso de la edad siempre nos conmueven.

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Memoria y Utopía

Gonzalo Montiel era un pesimista, aunque el hubiese afirmado al igual que Jose Saramago, que no, que el mundo era pésimo. O hubiese citado rápida y ágilmente a Benedetti “en realidad soy un optimista bien informado”. Yo creo que Gonzalo era un tipo bien informado en un mundo pésimo. Digo pésimo, porque en un mundo perfecto no haría falta gente como él. Tipos con la necesidad vital de mejorar lo que les rodea; de cambiar situaciones injustas; de luchar; de movilizar recursos para devolver este mundo a un equilibrio justo. Lejos de buscar el cambio a través de liderazgos visibles, Gonzalo trabajaba por transformar casi en la “clandestinidad”, desde su despacho en la gestión cultural de la UV o el de profesor asociado de sociología en la Jaume I. Siempre en un segundo plano, siempre discreto, pero siempre eficaz.

Jamás pensé que me costaría tanto despedir a un amigo, a un igual, a alguien con el que he crecido en todos los aspectos: el vital, el social, el político y también el académico. Sé que nunca estamos preparados para afrontar el duelo de nuestros seres queridos, pero cuando se van aquellos con los que piensas envejecer, seguir compartiendo proyectos, risas, cenas junto a otros grandes amigos, criticando a los de siempre y fumando puros a escondidas…. El descoloque es demoledor. Desde el 27 de diciembre del pasado año, no dejo de darle vueltas a lo frágil de nuestras vidas, de nuestras relaciones, de lo efímero, del partir sin despedida, del irse y no volver. Este hecho aparte de generarme algunas noches de insomnio, me está haciendo replantearme muchas cosas. Buscar y rebuscar en esos espacios de sentimiento y cariño que todos llevamos dentro y que olvidamos en lo cotidiano del día a día. Prisas, rutinas, estrés, que generan días grises que nos hacen olvidar y callar: De no decir te quiero todas las veces que hace falta; de olvidar el beso y el abrazo al amigo; de no relajarse jugando con tus hijas; de no disfrutar del sol en la cara en una tarde hibernal; de no perder el tiempo…. Si esto mismo se lo estuviese contando a él delante de un almuerzo, me diría sin titubeo “Oye Martin ( si sin acentuar como los americanos, no me pregunten por qué, pero es así desde el instituto), esto debe servirnos para reflexionar, estamos en una edad delicada, una edad para querer y que nos quieran, pero sobre todo para que nos quieran…”

Esa última frase ocupo muchas de nuestras últimas conversaciones relacionadas con nuestro territorio, con nuestro Puerto de Sagunto y con ese proyecto colectivo al que llamamos AMIMO (Asociación Memoria Industrial y Movimiento Obrero), refugio de cariño, amistad, saber y agitación cultural de un puñado de locos que hace más de veinte años decidieron quedar a tomar café en un emblemático bar de su pueblo, y devolverle a este lo que les había dado: el orgullo de pertenecer a un pueblo curtido en la lucha obrera, de militancia, de solidaridad, de comunidad… sin más identidad que esa. Es imprescindible nombrar a esos “imprescindibles” de los que tanto he aprendido además de Gonzalo, a: Carles Xavier Lopez, Jose Manuel Rambla, Paco Zarzoso, Ximo Revert, Vic Pereiró…. Esta es la esencia de Gonzalo, te ayuda a ser mejor incluso en su ausencia.

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Un wasap para King Kong

Les roban el alma en cuatro líneas con las palabras escritas a medias, como si esa manera de decir te quiero fuera una simple caligrafía sin nada dentro, hueca como el orgullo quiquiriquí de los gallos de pelea, henchido el pecho como si quien lo dice fuera un impetuoso enamorado al que siempre le faltará -sin que a lo mejor lo sepa- la nobleza herida de King Kong. Luego firmarán su declaración de amor adolescente con un emoticono lleno de besos y de lágrimas, de manos aplaudiendo no la igualdad entre las partes sino la ocupación por una de las partes del territorio que sólo a la otra pertenece. Se abrirá así, desde la aparente inocencia de un wasap enviado con la calentura del arrebato, un campo cerrado a las aspiraciones de libertad que habría de ser norma en vez de excepción para la chica en los tiempos tan modernos que dicen que vivimos.

Hablo aquí de esa edad temprana en que la piel se va curtiendo como una coraza o como una simple y desprotegida cutícula dejada a la intemperie. De esa edad en que la vida es un paisaje lleno de atisbos de esperanza y a la vez de incertidumbre. Pero también de todas las otras edades que a lo mejor llegaron tarde o torpemente a las nuevas tecnologías de la dominación. El amor y sus diferentes relatos están fuera de un tiempo concreto, van más allá de esa puntualidad que marcan los relojes del afecto. Nunca fue fácil explicar ni tampoco entender los sentimientos. La pasión mueve montañas y lo peor es que en muchos finales esas montañas se han convertido en bloques de hielo que dejan sin calentura el corazón. Salir del fracaso amoroso es como salir “de bajo un derrumbe”, escribe Idea Vilariño, mujer y poeta extraordinaria que conocía muy bien esa sensación de entrega que acaba en abandono cuando dedicó sus Poemas de amor a un más que displicente Juan Carlos Onetti. El éxito y el fracaso construyen esa identidad nunca segura de lo que sentimos en el amor o donde sea. El tiempo pasa y con él la seguridad de que cada vida tiene sus derechos, que nadie puede penetrar en ella sin llamar antes a la puerta y sin que desde el portal se escuche la voz que acepte o no confiadamente la visita. Esa voz -si es de mujer- ha subido de volumen en los últimos tiempos. Hasta existen leyes y teléfonos para que suene fuerte incluso a la desesperada. Hay en esos casos medidas policiales, contadas en metros de alejamiento, que protegen la libre decisión de independencia de algunas mujeres que se sienten amenazadas por esos tipos que juran amarlas con una fuerza que al cabo tendrá el aparatoso empuje de la devastación. Esa mierda de amor turbio y anacrónico que destruye lo que por los motivos que sea se le niega. Los viejos clichés del machismo, cuando la patria era una marca grabada a fuego en los genitales de tantos héroes de pacotilla, renuevan sus fuerzas y buscan en su delirio de mediocres dioses destronados la solución que les devuelva a su antiguo papel de dueños absolutos de lo que les rodea. Y es en ese delirio donde los fanáticos de ese abolengo idiota encuentran una solución a su poder venido a menos: insultan, golpean, matan. Y se quedan tan anchos en su papel de asesinos porque en este país todavía existe escasa diferencia -o más bien ninguna- entre el lenguaje faltón contra las mujeres y el afilado corte de un cuchillo jamonero.

Los tiempos de ahora se ahogan en la crueldad implacable de las estadísticas. La violencia machista habría de ser contemplada -y juzgada, claro está- en su auténtica dimensión de acto terrorista. Y para que eso sea posible hay que escarbar muy hondo en el papel de la justicia a la hora de señalar de frente y sin contemplaciones a los asesinos. Por eso nos hundimos en la miseria cuando descubrimos la infame complicidad entre una parte importante de esa justicia y los desmanes de los agresores, unos agresores que se sienten todavía dueños de las vidas de esas mujeres que un día los amaron en medio de una canción romántica o de un viaje a Cancún para celebrar -entonces aún- los sueños compartidos.

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Mujeres para no olvidar

Remedios mira con ternura cómo la pequeña, cuatro añitos recién cumplidos, juega con un muñeco improvisado con palos y trapos en la tierra del patio de la prisión. Siente una sana envidia por su madre, aunque nunca se lo dirá porque sabe que una cárcel no es sitio para criar a una niña, pero ella daría cualquier cosa por tener a alguien así a su lado, alguien a quien amar incondicionalmente, alguien por quien seguir luchando, alguien por quien continuar resistiendo los doce años sin libertad que le quedan, alguien para quien desear un futuro de esperanza. Pero Remedios nunca verá cómo crece una vida en su vientre. A Remedios Montero las palizas de los torturadores que la interrogaron cuando la detuvieron la dejaron seca por dentro. Aunque no sabe si es peor lo de sus otras compañeras: a ellas las dejaron parir para luego arrebatarles a sus criaturas, que fueron dadas en adopciones ilegales y a las que nunca más volvieron a ver.

Este no es el argumento de una novela, es una historia real que ocurrió en Valencia al acabar la Guerra Civil. Es el escalofriante relato de la encarcelación, tortura y asesinato de presas políticas valencianas por el delito de pertenecer a partidos o sindicatos que apoyaron el régimen democrático de la Segunda República. Como la de Rosa Estruch, a quien el régimen tuvo la gentileza de bajarle la pena de 15 a 12 años de prisión atenuada, por haberla dejado inmovilizada de por vida a causa de las torturas. Como el de Águeda Campos Barrachina y María Pérez Lacruz, condenadas a muerte y fusiladas. O como Josefina Cervera de los Ángeles, que, como tantas otras presas, después de cumplir condena, eran procesadas de nuevo por el Tribunal de Responsabilidades Políticas que establecía sanciones económicas tan fuertes que suponían la ruina de las familias.

Este no es el argumento de una novela, ni de un guión de cine ni de un documental, pero debería serlo, porque los crímenes franquistas se agravan aún más al ser olvidados. Crímenes contra la humanidad que nunca han sido investigados dentro de nuestras fronteras (sí en Argentina, donde la jueza se queja de las trabas que se le ponen desde aquí) y de los que no se habla en los libros de texto. Por eso hoy, 8 de marzo, Día de la Mujer, he querido colaborar con la memoria de uno de los episodios de nuestra más negra y reciente historia, la de las mujeres que en Valencia, como en el resto de España, sufrieron la doble represión, política y de género. Estas mujeres tuvieron que pasar también por procesos de reeducación del nacionalcatolicismo, en los que se las pretendía convencer de que su sitio estaba haciendo tareas del hogar y en las que se les obligaba a practicar la religión o, se las rapaba, incomunicaba, trasladaba y desterraba, si se negaban a hacerlo.

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Pacto a la valenciana y gobierno para España

La tarde del miércoles 27 de mayo de 2015, apenas 72 horas  después de las elecciones en las que la mayoría social marcó con su voto un nuevo tiempo en la política valenciana y a la vista del postureo mediático en que estaba derivando el resultado electoral, Podemos tomó la iniciativa y convocó el primer encuentro de las tres fuerzas que podían materializar las aspiraciones de cambio de la ciudadanía, tanto en la Generalitat Valenciana como en la mayoría de los gobiernos locales.

Optamos por lanzar esa convocatoria de manera pública “para evitar las zonas de penumbra, los pactos de café”, defendimos entonces, como seguimos defendiendo ahora, que “la ciudadanía no nos había votado simplemente para sacar al PP del poder, sino para hacer otra política y de otra manera”.

Así fue como el lunes 2 de junio, se iniciaron las reuniones que condujeron al acuerdo que jueves 11 de ese mes suscribimos los representantes de las tres fuerzas políticas que podíamos garantizar desde Les Corts el cambio de políticas públicas que reclamaba una sociedad valenciana que no soportaba por más tiempo la dolorosa alianza de ineficiencia, derroche y corrupción que había caracterizado a las décadas de gobierno del PP.

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Justicia para Berta, la guardiana del río

Una concentración pidiendo Justicia para Berta.

Creo que Berta Cáceres ha muerto con la misma generosidad con la que vivió. Y digo esto porque intuyo que su asesinato tendrá importantes efectos en beneficio de la lucha ambientalista global. Es evidente que ha permitido sacar a la luz, que no a las portadas, en nuestra sociedad durmiente, la situación en la que se encuentran los y las activistas ambientales y de la tierra en el mundo, especialmente en Sudamérica y Asia-Pacífico. Absolutamente lamentable que alguien tan valioso como Berta deba morir para que los acomodados ciudadanos del occidente nos sintamos zarandeados en nuestra conciencia. Máxime cuando, usando las palabras de la autora Naomi Klein, las personas que están siendo asesinadas en estas luchas “no sólo están protegiendo sus tierras y aguas locales. Al mantener el carbono en el suelo y mediante la defensa de las prácticas agrícolas ecológicas, están mostrando al resto del mundo cómo evitar un cambio climático catastrófico”, es decir, con una mirada global, “herramienta” holística imprescindible para la defensa del clima, es sencillo concluir que su lucha nos compete como beneficiarios y beneficiarias planetarias y, especialmente, por responsabilidad, como sujetos activos miembros de una sociedad consumista y contaminante. 

Según Global Witness, organización no gubernamental con sede en Londres, un total de 908 personas que participaban en acciones de defensa del medio ambiente murieron violentamente entre 2002 y 2013 en todo el mundo. La cifra más alta en las últimas décadas, según denunciaba el informe Deadly Environment (Medio Ambiente Mortal) elaborado por dicha organización. Cifra, por otro lado, meramente indicativa, pues es muy complicado computar y documentar todos los crímenes de ambientalistas ocurridos, tanto por la escasa colaboración de las autoridades como por las dificultades para controlar territorios extensos y muchas veces alejados. Las principales causas de esta violencia fueron las disputas por la tala de zonas forestales, la minería y los derechos sobre la tierra, no reconocidos en la mayoría de los casos a las comunidades indígenas, ni en la legislación ni en la práctica.

Es, precisamente, la comunidad indígena la más afectada. Sus formas de vida ancestrales y sus sistemas económicos de autosubsistencia son menospreciados por los intereses de las grandes compañías multinacionales en connivencia con los poderes políticos locales y son tachados de “contrarios al desarrollo”. A un desarrollo que no pidieron y que está alejado de su propia cosmovisión, en la que el respeto por la vida y la naturaleza son centrales y ésta es un sujeto más de la comunidad, con la que se mantienen relaciones de interdependencia. En esta visión del mundo, los valores de la vida no se reducen a meros beneficios económicos, en realidad pesan más otros principios y otras formas de valorizar y darles sentido y a esto se le ha llamado el Buen Vivir, Sumak Kawsay, en lengua kichua, concepto también presente entre las étnias aymará y guaraníes que representa una fórmula alternativa de desarrollo.

Berta Cáceres, la activista que le torció el brazo al Banco Mundial y a la estatal china, Sinohydro, al impedir que se construyera una represa eléctrica en el río Gualcarque, río crucial para los lencas, comunidad indígena a la que pertenecía, cumplía con todos los requisitos para ser víctima de la violencia en Honduras, el país más peligroso del mundo para los ambientalistas: mujer, defensora indígena, activista de los derechos humanos, ambientalista y opositora gubernamental.

En mi última colaboración con este diario, Visibilizar y pagar cuidados, hablaba, precisamente, de la vinculación entre mayor presión sobre los recursos, síntoma evidente de la crisis medioambiental global, cambio climático y empeoramiento de las condiciones de vida de las mujeres en los llamados países en vías de desarrollo, deterioro en el que debemos incluir el aumento de la violencia.   

El deterioro de la calidad de vida de las mujeres y su empobrecimiento ha facilitado que estas lideren movimientos contra proyectos que atacan su entorno natural y, por lo tanto amenazan, su modo de vida. El movimiento por la soberanía alimentaria de Vandana Shiva - en el que las mujeres como “guardianas de semillas” tienen un papel fundamental reivindicando la propiedad de la tierra frente a la gran industria agroalimentaria-  o el Frente de Guardianas de la Amazonia, son solo dos ejemplos en los que las mujeres abanderan la lucha ecologista como herramienta para mejorar su condición económica y su bienestar, lo que impulsa su empoderamiento como colectivo y las empuja a  cuestionar también  su rol social subordinado. Berta era otro ejemplo destacado y reconocido. En 2015 había recibido el prestigioso premio Goldman, la mayor distinción para activistas que luchan por el medio ambiente.

En este estado de cosas, la violencia organizada contra el activismo en defensa de la naturaleza y la tierra, donde el protagonismo de las mujeres es una consecuencia lógica de su propio papel de mantenedoras de la vida y de sus economías locales, es una violencia que se ejerce en mayor medida contra las mujeres. Sumemos este otro dato, según un informe de la ONU de 2007, entre aquellos que luchan por los derechos humanos, los activistas ambientales y de la tierra son el segundo grupo con más probabilidades de morir, solo superado por los y las que trabajan por los derechos de las mujeres.

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Los monos sabios y las piernas cerradas

Se dice que fue el monje japonés Denkyō Daishi quien, allá por el siglo VIII y IX, relacionó los códigos morales confuncianos traídos de China con la imagen de tres monos tapándose la boca, los ojos y los oídos. Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, como se denominó a estos místicos primates, pasaron así a convertirse en símbolo de la sabiduría cuya iconografía se extendió por el mundo entero. Claro que no todos vieron en el conjunto una invitación a cerrar los sentidos al mal para asegurarse una vida recta y prudente. De hecho, no faltaron quienes vieron en el simiesco trío un satírico reflejo de la sumisión que aquel Japón feudal reclamaba a sus súbditos.

En España esa ambigua relación entre los sentidos, la prudencia y la sabiduría también ha estado presente aunque de forma más prosaica, sin la poética de las culturas orientales. Aquí ha funcionado más el pragmatismo cínico de esos ojos que no ven y corazones insensibles; el consejo corleonesco del ver, oír y callar, o ese regusto rústico del refranero que nos recuerda aquello de que en boca cerrada no entran moscas. En suma, entre nosotros estas reflexiones tienen poco de conocimiento equilibrado de la vida y mucho de acatar el orden de las cosas con el entusiasmo y la convicción con que el penitente se aplica el flagelo en las procesiones.

La sabiduría parece pues más reservada a la iconografía zoomórfica asiática. Aunque ni siquiera allí su distribución se democratiza, puesto que en ella el saber queda reservado a una sola parte de los primates, los machos. Las hembras parecen excluidas del sabio trío, algo que por otro lado no puede sorprendernos dada la facilidad con que la misoginia campea en eso que se ha venido en denominar el subconsciente colectivo. Una marginación que sería absoluta de no ser por la duda de saber si un cuarto mono que raramente aparece en algunas imágenes es en realidad una mona. Hipótesis nada desdeñable dado que a Shizura, como se conoce a este cuarto individuo, se le representa con las manos tapándose el sexo.

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Casting Bonig, SL

Así cualquiera. El trabajo sucio se lo están haciendo otros. La jefa suprema de recursos humanos del PP valenciano, Isabel Bonig, se ha encontrado con espontáneos colaboradores desde el exterior que le están haciendo gratis la limpieza “étnica” que requiere su partido. El PP lo tiene la mar de bien para regenerarse sin contemplaciones. La dama de hierro de la derecha valenciana tiene las manos libres para cortar por lo sano. La fiscalía ha investigado a puñados a cuadros cualificados caídos en desgracia, la oposición política ha señalado a algunos dirigentes enfangados por la podredumbre de la comisión fácil o el trato de favor, los tribunales no paran de citar a personajes -en otros tiempos intocables- y de fijar vistas orales, la prensa sigue destapando sonados escándalos diariamente y la policía no cesa de rastrear itinerarios indecentes del dinero. Todo ello, sin duda, permite a la lideresa popular maniobrar a su antojo para superar la prueba del algodón.

Nadie ha tenido jamás la oportunidad de barrer a fondo su partido político, Bonig sí puede hacerlo. La depuración puede ser completa. No hay obstáculo alguno para que elija mejor que lo hicieron la última vez sus antecesores. Puede trazar sus propias líneas rojas. Fulanito fue visto jugando al golf en el Castellón de Carlos Fabra, no sirve; aquel aspirante a cargo orgánico le reía las gracias al empresario Ortiz en el palco del Rico Pérez, rechazado; aquel otro acompañó a Rita Barberá de visita pastoral por los mercados de Valencia, excluido; menganito viene recomendado por un exconseller del hoy atribulado Camps, descartado al instante. El nuevo PP lo tiene a punta de caramelo para rehabilitarse, pese a que seguramente se le colará inevitablemente algún aprendiz de embaucador y de tramposillo. La jefa de los populares valencianos tiene la oportunidad histórica de hilar fino. De ella depende que tengan una segunda oportunidad; no tiene porqué tragarse ningún sapo. Borrón y cuenta nueva.

A muy pocos se les presentan esas oportunidades de negocio político tan claras: puede renovar el fondo de armario de dirigentes a su antojo, sin hipotecas. Al contrario, haber tenido relación con los grandes capitostes del pasado pesa como una losa. Algunos tendrán que borrarse, con el photoshop, de las fotos de familia políticamente incorrectas. Se necesitan, pues, currículos inmaculados para formar parte del nuevo staff popular. No sirven antiguas credenciales, amistades peligrosas y cargos a las órdenes de algún exconseller desaprensivo. Hacen falta hojas de servicio impolutas. Bonig deberá partir de cero.

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