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El patrimonio de Sijena, la Dama de Elche y la bandera española

En asuntos tan resbaladizos como los del arte y la arqueología expoliados, así como en los que tienen que ver con las identidades nacionales, son fundamentales los matices

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Bandera franquista en un balcón en Valencia.

Bandera franquista en un balcón en Valencia.

¿Habrían viajado de vuelta a Sijena las 43 obras de arte trasladadas el 11 de diciembre si hubieran tenido que salir de un museo de Madrid? ¿Se habría producido un episodio tan aparatoso si no se hubiera tratado del museo de Lleida? ¿Lo habrían justificado los palmeros mediáticos?

Lo más probable es que los demandantes tengan razón y que las piezas del antiguo monasterio de Villanueva de Sijena deban conservarse en la localidad aragonesa. Así lo han considerado los jueces, aunque Catalunya mantenía argumentos para defender una posición que pretendía llevar a las últimas instancias. Algo que ha truncado la drástica intervención del Gobierno español, aprovechando que suspendió el autogobierno por la vía del artículo 155 de la Constitución.

Este zarpazo en un contencioso sobre patrimonio cultural que viene de lejos, con su excitado coro de defensores y detractores, apenas ha escondido sus motivaciones guerreras. El fragor procedente de las trincheras en la campaña para las elecciones catalanas evidenciaba la falta de prudencia de la maniobra. Y su hipocresía.

Entre quienes han apoyado incondicionalmente la intervención en Lleida hay algunos que consideraban provinciano hace solo unos meses que se reavivara la reivindicación de que vuelva a su tierra la Dama de Elche. Lo que entonces era un menosprecio displicente se ha convertido en el episodio de Sijena en un arrebatador entusiasmo. ¡Qué cosas!

¿Pero por qué Sijena sí y Elche no? El razonamiento para defender el traslado de los bienes a la localidad oscense es literalmente el mismo que se descarta para negar el retorno de la emblemática figura ibérica a tierras valencianas.

La detección de una hormiga en el interior de la urna en la que se conserva la Dama de Elche en el Museo Arqueológico Nacional dio pie el pasado agosto a una jocosa polémica y a recordar que los valencianos reclaman ese patrimonio arqueológico desde hace mucho tiempo. Se acusó entonces a Compromís de “levantar la bandera nacionalista” porque preguntó en el Senado por la cuestión. Nacionalistas, pues, todos los ilicitanos que piden el retorno de la Dama. Y a ver quién lo rebate.

En el caso de Sijena, en cambio, los denostados nacionalistas estaban en el bando contrario, aquel que se negaba, como hace la Administración central con la Dama de Elche, a ceder un patrimonio reclamado desde su territorio de origen. Claro que la implicada era Catalunya y, como puede comprobarse cada día, para el centralismo español los nacionalistas siempre son los otros.

En asuntos tan resbaladizos como los del arte y la arqueología expoliados, así como en los que tienen que ver con las identidades nacionales, son fundamentales los matices y el respeto a la complejidad de los conflictos. Evitar las descalificaciones y no extremar el tono son condiciones necesarias para reconducirlos. Y el mejor instrumento para civilizarlos es el diálogo. Justo lo que no ocurre cuando se atacan las banderas ajenas y se blanden las propias.

Al lamentar la muerte de un hombre en Zaragoza golpeado por un extremista con una barra en la cabeza porque llevaba tirantes con los colores españoles, el diario El País apelaba en un editorial hace unos días a reflexionar sobre la anomalía que se da en España, “una de las pocas democracias, por no decir la única, que estigmatiza su propia bandera con tanta saña”. Según el rotativo, “los nacionalismos, en alianza con los extremismos, han impedido su normalización”.

Prescindiendo, que es mucho prescindir, del hecho de que los balcones de media península llevan semanas salpicados de banderas rojigualdas, en una reacción a la frustrada intentona independentista en Catalunya, hay algo obvio que explica, aunque no lo justifique, por qué la ultraderecha se parapeta tras esa enseña para acosar en su casa a la vicepresidenta del Gobierno valenciano, Mónica Oltra, y por qué un fanático antisistema es capaz de cometer una atrocidad como la de matar a un hombre en Zaragoza por exhibirla.

La bandera española no es la Union Jack británica, ni la revolucionaria tricolor francesa, no tiene el glamour cinematográfico de las barras y las estrellas estadounidenses, ni es la bundesflagge alemana, instaurada tras el nazismo. La española, aunque legitimada por la Cortes de Cadiz tras la Guerra contra el francés en el ochocientos, fue en buena parte del siglo XX la bandera de Franco y de la dictadura, la del golpe de Estado contra la República que llevó a la Guerra Civil. Su constitucionalización en la Transición política no podía dotarla de repente de una épica democrática de la que carecía.

Amarrada a un pasado poco edificante, solo la convivencia en libertad, su banalización en ámbitos no institucionalizados, algunas victorias futbolísticas de “la roja” y la catarsis ante ciertas convulsiones colectivas la habían descargado poco a poco de reminiscencias autoritarias y dotado de una voluntariosa normalidad.

Pero las banderas son símbolos tan explosivos como el TNT y lo que ocurre con su manipulación últimamente alerta sobre fenómenos políticos de calado. Ahora mismo, para diversas minorías sociales y nacionales, la enseña española representa una ley que se reafirma mediante procedimientos excepcionales (como la aplicación del 155), que tensa sus mecanismos represivos (ley mordaza, líderes independentistas encarcelados, etc…) y que no da solución al desgaste de un sistema erosionado por la crisis social y la corrupción política.

Esos sectores no sienten que el conflicto se produzca al amparo de la democracia que representa la bandera española sino contra aquellos que la enarbolan para imponer una legalidad inmovilista. Está, además, el asunto de la monarquía, que ya no es lo que fue para una parte de la opinión pública.

Hoy por hoy, ni el populismo izquierdista (que intenta construir sin mucho éxito un patriotismo plurinacional de nuevo cuño) ni los nacionalismos periféricos propiamente dichos (colocados en la picota por la burda deriva del independentismo catalán) pueden encontrar un encaje cómodo en un contexto en el que se radicaliza la beligerancia nacionalista española, bandera incluida.

Si hubiera algún estadista con mando en plaza, que no es el caso, haría lo posible por replantear los términos de este conflicto y por no exacerbarlo. Porque tan peligroso como que se desaten las fuerzas centrífugas es que una mayoría de españoles vuelva a hallar en los pliegues de la bandera el viejo consuelo del “macizo de la raza”.

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