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Botellas

Alfons Cervera

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Igualito que aquí pasa en Alemania. Lo mismito de lo mismito. Me explico: acabo de leer en este diario una noticia no muy larga, más bien breve, apenas unas líneas que para mí son como un auténtico memorial, absolutamente imprescindible. En un bar de Augsburg (Baviera) hay unas botellas de vino etiquetadas con el rostro de Hitler. Uno de la clientela denuncia ese detalle y cuando la policía acude a ver qué pasa y comprueba que es verdad lo que había dicho el cliente, el dueño alega que alguien le había regalado las botellas y él las expuso tan campante en sus estanterías porque la cosa le parecía “divertida”. Según la noticia de eldiario.es, en alguna botella también se ilustraba la etiqueta con el saludo nazi. Lo que llegó a continuación es muy sencillo. La policía detuvo al dueño del bar y al señor le pueden caer tres años de cárcel por vulnerar el artículo 86a del Código Penal. Ese artículo prohíbe “el saludo nazi, esvásticas y símbolos asociados al dictador”. Ese código también condena el saludo “Heil Hitler” y otras simbologías que hagan referencia a la ideología del nazismo.

Ya ven ustedes qué diferencia. No sé cuántos bares hay en España con botellas donde viene retratado el rostro de Franco. No sé cuántos escudos con el águila y la España Una, Grande y Libre siguen existiendo en edificios públicos y privados. No sé cuántos yugos y flechas ostentan todavía las fachadas de un millón de edificios construidos en pleno auge del franquismo “afable”, como lo definió hace unos años el ex ministro del PP Mayor Oreja. No sé cuántos altos responsables del PP han dicho por activa, por pasiva y sin sordina que los fusilados después de la guerra algo habrían hecho para ser fusilados. No sé cuánta gente -con camisa azul y sin camisa azul- acude regularmente a las ceremonias del Valle de los Caídos para rendir homenaje a cara descubierta al dictador y al fundador de la Falange. No sé cuánta feligresía acude a la catedral de Valencia todos los 20 de noviembre para honrar con una misa la memoria siniestra de uno de los criminales más crueles -si no el que más- que ha dado la historia contemporánea de la infamia, no sólo española sino universal. En España tenemos una Ley de Memoria aprobada en 2007, cuando gobernaba Rodríguez Zapatero, que es la bufa la gamba, que la cumple quien quiere y si no se cumple pues no pasa nada. Ni siquiera se cumple eso tan claro y sencillo de retirar los símbolos franquistas de los espacios públicos. Y aún menos está penado por ninguna ley hacer apología del franquismo. Al revés: aquí escribes algo contra el franquismo y dices que la Transición poco hizo -o nada- para recuperar la memoria republicana y te llaman terrorista. Sé lo que digo porque a mí me lo han llamado en varios sitios. Y antes incluso de que existieran las redes sociales, que como ustedes saben son tan sufridamente abiertas, demasiadas veces, a todo tipo de exabruptos.

Hace un par de meses se creó en Madrid -bajo la dirección de Francisca Sauquillo- una Comisión para cerrar de una vez todos estos líos que se montan cuando salen Franco y el franquismo en las conversaciones de bar o en las tertulias televisivas o los periódicos. Una Comisión de risa. Una Comisión de auténtica vergüenza. Aquí parece que no hay remedio. Aquí podemos montar mercados en las plazas donde sólo se venden botellas de vino con la cara de Franco y no pasa nada: no irán los policías a detener a los tenderos como suelen hacer diligentemente con la pobre gente del top manta. Aquí hablas bien de Franco y te dan más medallas que han conseguido Michael Phelps y Usain Bolt juntos en las Olimpiadas de Río de Janeiro. Aquí dice alguien que había que dinamitar el Valle de los Caídos -como hace unas semanas escribió el periodista americano Jon Lee Anderson en este diario- y las Asociaciones fachas les montan una querella al autor del artículo y al propio diario por acogerlo en sus columnas de Opinión. Aquí declararte franquista no es un deshonor sino una encendida declaración de amor a la Patria, a la suya, a esa que tan pomposamente se enorgullece de mantener en las cunetas a más de cien mil asesinados republicanos, hombres y mujeres que aún duermen el aterrador insomnio de una injusticia que a estas alturas de la verdad histórica pocas mentes razonables pueden entender.

No sé si al dueño del bar alemán que les acabo de contar le gusta el vino. Lo que es seguro es que las botellas que tan orgullosamente mostraba en las estanterías de su establecimiento, con el rostro de Hitler en su etiquetado, tendrá que zampárselas en la cárcel. Igualito que aquí. Lo mismito de lo mismito. Vaya broma macabra si comparamos las dos legislaciones sobre la Memoria Histórica, la alemana y la nuestra, y también su cumplimiento. Aquí no pasa nada, todo está tranquilo cuando hablamos -más bien poco, esa es la verdad- de la dictadura franquista. El sueño fantasmal del dictador sigue paseando bajo palio como si el terror que aún provoca su memoria fuera simplemente un invento envenenado de los malos españoles. De esos españoles que tan poco les gustan a Rajoy y sus colegas, siempre tan irreductiblemente enamorados del franquismo y sus fantásticas hazañas.

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