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Cartera y reloj, el sueño del ladrón

Un dicho popular ya nos previene. ¡Mucho ojo! El tiempo siempre pertenece a los mismos, como el dinero, como todo lo que no se puede medir ni cuantificar cuándo tienes demasiado de todo. El que fuera vicealcalde de València recibía relojes porque él era el depositario de algunos contratos chanchullos, el artífice, al parecer, de la picaresca de algunas concesiones. Los relojes caros de Alfonso Grau, encausado por cohecho y blanqueo de dinero, posiblemente eran regalos a cambio de dádivas y favores. Los baratos los canjeaba a posteriori en la joyería por otros más caros y así se deshacía de fajos de dinero negro que impedían su paso franco por el pasillo de su piso. La mano derecha de Rita Barberá  recibió de un empresario que optaba a concursos municipales dos relojes valorados entre los dos en 25.000 euros. Luego él, según el ministerio fiscal, los cambió por otros dos mejores, pero sobre todo más caros: los nuevos sumaban 37.000 euros.

Ser relojero de alta gama en Valencia debía ser todo un privilegio al alcance de pocos. Los votantes del PP no tienen la más remota idea de marcas de relojes como Piaget Polo, Breuguet Classique, Lange o  Vachever Patrimony, ni les hace falta. Los que fueron votantes acérrimos de Grau, Barberá, Zaplana y compañía no saben diferenciar un reloj de cuarzo de otro mecánico a muelles. Con el dinero de todos los valencianos marcamos un tiempo demasiado prolongado para que nos desvalijaran, para los atracos a contrarreloj de las finanzas públicas a plena luz del día. Un exclusivo reloj delataba el alcance de la capacidad de maniobra del político: a la que fuera consellera de Turismo un reloj de 2.500 euros la llevó a la cárcel; un alcalde de Benidorm recibió un obsequio de Enrique Ortiz, el hacedor de los manejos urbanísticos en Alicante, de 24.000 euros; un político todoterreno, que ostentó también muchos cargos en la época dorada del PP, Serafín Castellano, recibió uno por su cara bonita valorado en 18.000. ¡Qué perra con los relojes!

El tiempo es oro, y si no que se lo digan a Eduardo Zaplana que tenía una colección de relojes considerable, más de treinta, una para cada muñeca, para cada día, para cada compromiso social. Todos esos relojes, de origen suizo como las matrices de los bancos opacos, se descubrieron en un registro de su vivienda en Madrid. Un constructor valenciano, condenado por delito fiscal, le regaló una vez uno de ellos. Tenía joyas exclusivas que marcaban la hora precisa para acudir a cenar con los Aznar-Botella, para firmar un contrato favorable a algún amigo con caducidad casi ilimitada, para nombrar para un jugoso cargo a un incompetente que se había abrazado a sus siglas, para lucirlo en un sarao organizado y protagonizado por él, pero pagado por otro primo ingenuo. Esa colección de relojes para ostentar sólo en Madrid está valorada, dicen, en casi 200.000 euros. En la cárcel pocos pelucos de lujo pudo usar el hombre, porque allí el tiempo pasa más despacio, los carceleros se lo tomaron prestado en custodia o porque estuvo rodeado todo el tiempo de estancia en presidio de mangantes y de maleantes como él.

Los Rolex, Cartier o Montblanc no están al alcance de los votantes de a pie. Los electores rasos nos apañamos con uno marca el pato de origen chino o miramos de reojo el móvil, también chino, para ver si llegamos tarde al trabajo. Un artilugio Breguet Marie con calendario perpetuo puede alcanzar nuevo de trinca los 30 millones de dólares. La gente que vota al PP no tiene ni idea de cómo un minúsculo cachivache puede medir el día, la fecha, las fases de la luna, los años bisiestos de toda la eternidad y además llevar engarzados diamantes de verdad. Los que figuramos en el censo electoral poco más podemos hacer que recordar que pronto deberemos acudir de nuevo a las urnas. Habrá que activar las alarmas para que no se nos pase el día y la hora. ¡Aún estamos a tiempo de todo!

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