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Catarsis musical

Dicen que Pitagoras mandó interpretar música dórica a unos músicos para aplacar la ira de un hombre enfurecido por la infidelidad de su esposa. La música en modo jónico transmite alegría, grandeza, mientras que el dórico afecta la sensibilidad, aplaca las emociones y transmite serenidad. Pitágoras lo sabía, porque escuchaba la música armónica de los astros. La música toca las emociones y por eso tiene la virtud de exaltar o aplacar, de sanar el alma enferma o llevar al cuerdo hasta la melancolía o la locura. La música expresa transmite, dialoga, crea identidad, porque nos acompaña en la vida, y podemos recordar el pasado como una forma de música de nuestra vida. Desde los rituales de danza y los ritmos de tambores de tantos pueblos indígenas, hasta el aurresku, la jota, las marchas militares o la música de cámara. La música adquiere una dimensión mística y espiritual en todas las formas de religiosidad, eso que buscan y transmiten los mantras, la monotonía de la música gregoriana, el gran gong del templo budista que limpia el karma, o la danza circular infinita de los derviches que les lleva al éxtasis. La música altera la percepción humana de la realidad y la del propio cuerpo, y por eso los conciertos de rock y la música electrónica incitan al paroxismo. Cada música tiene su gente, su momento y su estado de ánimo. Hay música para serenar el animo y música para el exaltar los sentidos; música para descargar tensiones y música para la catarsis y el exorcismo. La pasión exaltada del tango, la sensualidad desbordada del reguetón y la bachata, la emoción desmedida del bolero o la voz melancólica de la balada. Escuchando La cabalgata de las Valquirias de Wagner, a Woody Allen le entraba un deseo irrefrenable de invadir Polonia.

Ante el panorama político y electoral que nos aguarda hasta el 10 de noviembre, la música puede ser un instrumento de reconciliación contigo mismo y con el mundo. Piénsalo, amigo mío. Cuando te invadan los mítines cargados de frases hechas preparadas por los asesores con poco cerebro y mucha intención, cuando el espectáculo mediático se apodere del universo y machaque la razón crítica y el debate sereno, tú eliges. Un nocturno de Chopin, una sonata de Schubert, te enchufas blue valentines con el susurro quebrado de Chet Baker, o te echas al alcohol y la rabia con ronquido roto de Tom Waits. O si lo que te pone es la erótica de la política espectáculo vacío, quizá puedes darle a la bachata. A mí me viene a menudo a la mente aquel verso haiku que Leonhard Cohen tituló Everybody knows.  Sublim. Aquel que decía que el cubilete con los dados ya está cargado, que los dados ruedan mientras todos cruzamos los dedos, que sabemos que la guerra ha terminado, que los buenos han perdido, que el capitán mentía y la lucha estaba amañada, que los pobres siguen pobres y los ricos se siguen haciéndose ricos. Así es como va la cosa, y todo el mundo lo sabe. Es una versión libre, pero quizá valga para recordar dónde estamos, y resistir, con la música y con Leonhard Cohen. Acuérdate de Sísifo.

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