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El Metropol y la València del XXI

Muchas veces habitamos una ciudad que no hemos descubierto, que no entendemos en su plenitud o que simplemente aún guarda secretos para nosotros. Y lejos de agotar esa curiosidad, la política está hecha para alimentarla. El ayuntamiento debe alimentar la curiosidad por València, de hecho, aunque no figure en ningún reglamento municipal, ni se extraiga esa obligación de la Ley de Bases de Régimen Local, ¿no es acaso el primer deber de un gobierno municipal que sus vecinos y vecinas vivan sus ciudades? ¿no es, en cierta manera, la curiosidad el motor que mueve las urbes?

Porque el termino ciudad es una palabra que ha significado tantas cosas, como épocas. Ciudad significa también hoy muchas cosas, pero València debe tener un significado propio. No único, pero si propio. Un significado, el de esta València del XXI, que no se puede hacer a costa de los anteriores. No puede despersonalizarse, ni practicar adanismos históricos. Tan absurdo es atender las voces que nos alertan de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que esconden en el fondo la voluntad de que cunda la desesperanza, como pretender hacer borrón y cuenta nueva o creer que no hubo nada bueno hasta que llegamos los que ocupamos este minúsculo espacio de historia.

Aunque, que quede claro, creo que es legítimo que todas las generaciones queramos dejar nuestra huella en las ciudades -Lo hizo Vicent Miquel Carceller, director de La Traca, cuando inauguró el Metropol o lo quiso la historia trágica de España cuando lo convirtió en nuestro último edificio perteneciente al Comité Ejecutivo de Espectáculos Públicos de la II República-, pero, como las buenas ideas, las ciudades no son producto de un momento de inspiración aislado, sino el resultado de la inspiración de genialidades anteriores. Son resultado de sumarle la creatividad a la memoria. Todos tenemos derecho, como decía Rousseau de su contrato social, a edificar los acuerdos de convivencia -que son si no las ciudades- de nuestra generación, pero ni el clarividente Jean Jacques -ahora, afortunadamente superado en especial en aquello que respecta a las mujeres- habría escrito su obra magna sin Locke, ni Locke sin Hobbes.

Tener memoria, equivale a ser civilizado, más cuando la memoria supone recordar el triunfo de la razón sobre la barbarie. Máxime cuando la memoria es democrática. Por eso, desde la aprobación de la Ley de Memoria Democrática valenciana hemos pedido a la Generalitat que catalogue y proteja el cine Metropol, para que no se pierda, como esta ciudad ya ha perdido en el pasado otros edificios únicos. Pero, sobre todo, para que no nos perdamos, porque la despersonalización de las calles es también la despersonalización de quienes las vivimos. El callejero, no solo es un mapa físico. Pero también para que nos encontremos cuando valorizar la democracia es una emergencia. ¿Alguien cree que no necesitamos rememorar la cultura como arma democrática?¿qué estamos vacunados por siempre contra el fanatismo?¿qué la ignorancia y el olvido no son el aliado de los fanáticos?.

El Metropol, como buena sala de cine, también puede servir para proyectar la película de la ciudad de nuestro tiempo. Una película que construye conciencia e invita a pensar o sencillamente que entretiene. Una lengua de las mariposas, en homenaje a nuestro querido Jose Luís Cuerda o cualquier estreno veraniego. Un guion bien construido, lleno de capas y matices u otro que se deja arrastrar solo por los efectos especiales, en este caso, urbanos. Creo que en el Metropol, como ejemplo, podemos encontrar respuestas.

*Sandra Gómez vicealcaldesa de València

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