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Mujer en la ventana contemplando el paisaje

Alfons Cervera

Fue sólo un segundo. Un chispazo. Como esa sombra que no sabemos si la tenemos en el ojo o está fuera, en algún punto insignificante del sitio al cual miramos. El encuadre de la ventana, sin embargo, no mentía. La sombra era una mujer hablando por teléfono. La mujer descorría la cortina y la volvía a cerrar a mil por hora, como si hubiera visto a Fredy Krueger en medio de la mismísima Elm Street. La mujer había sido una estrella hasta hacía unos días, sólo unos días. Si escarbamos en las hemerotecas veremos cómo ocupa el papel estelar, cómo las multitudes se la rifan, cómo abraza con su robusta envergadura a las criaturas que se le acercan a rendirle pleitesía, cómo anda como una reina por los pasillos del Mercado Central y cambia el gesto, cirio en mano y escapulario al pecho, en las procesiones que llenan la ciudad con motivo de cualquier celebración religiosa. Era la alcaldesa de Valencia, la más antigua de su categoría, la que empezó a gobernar sin haber ganado las elecciones de 1991 y se negó a transferir la vara institucional a su sucesor Joan Ribó el día de 2015 en que dejó de gobernar aunque paradójicamente fuera su partido el más votado en las elecciones. Cosas de la vida que Rita Barberá pensaba que nunca iban a suceder y menos aún que la tuvieran a ella de principal protagonista.

Lo que también ignoraba la mujer de la ventana es que no hay nada que sea para siempre. Veinticuatro años es mucho tiempo, eso es verdad. Pero al día siguiente de esos veinticuatro años es como si todo empezara de cero, como si lo que tuviera en la espalda no fuera el brillo ingrávido de la fama sino una losa como la de Obélix, que ahora sentía ella como un peso insoportable. Durante tanto tiempo sólo hubo la arrogancia, la manera altiva de mirar por encima del hombro a quien tenía enfrente, eso tan cruel de convertir en invisible todo lo que no cuadraba con sus decisiones. Era la jefa. Cuando las cosas empezaron a torcerse para el PP, ella siempre salía flotando sobre las posibles delincuencias. Poco a poco fueron cayendo las cabezas y saliendo a la luz la miseria moral de ese partido en todos sus niveles de militancia. El edificio antaño tan poderoso se venía abajo pero la alcaldesa se mantenía tiesa, como si el derrumbe no fuera con ella. Muchas veces se la relacionó con asuntos turbios de diverso calado. Se libraba siempre. Lo más fuerte fue cuando el caso Nóos. Parecía que de ahí no se libraba. Pues se libró. Como antes pasó con los bolsos de regalo Louis Vuitton. Y antes -o después, ya no sé- de las aguas pantanosas de Emarsa. No había manera de que la justicia la implicara en algo a lo que sí se veían abocados algunos de sus compañeros de partido. Parecía increíble que todo el entramado político del PP fuera cayendo como un castillo de naipes y ella se quedara en lo alto, como suspendida en el aire, sin un apoyo en que sentar la pirueta con pinta de circense. El juez Castro ha dicho que a ella y a Camps los tenían que haber imputado por el caso Nóos. Pero los salvó en el último round la campana del Tribunal Superior de Justicia valenciano. Y de repente llega la imputación por diversos delitos de cincuenta cargos de su partido en el ayuntamiento de Valencia. Sin embargo ella está fuera otra vez. Es senadora. Seguramente ya sabía lo que se le venía encima y decidió cobijarse en el aforamiento del senado para evitar lo inevitable. Y digo inevitable porque esta vez lo tiene bastante difícil. Con mucha probabilidad, llegará el suplicatorio del Supremo y tendrá que asumir la parte de ruina que le toque.

Ahora se esconde. Era una estrella rutilante y ahora es una sombra que deambula teléfono en mano por su casa, que mira asustada desde la ventana lo que pasa en la calle, que no se cree que después de tantos años de abrazos y de besos sólo le quede el abandono hasta de los suyos. No sé lo que pasará con su porvenir, como decía el poeta Ángel González. Pero es casi seguro que no va a ser un paseo en barca. Estoy convencido de que la caída no le va a pasar de largo esta vez. Y de que un día no muy lejano la policía llamará a su puerta y cadenciosamente empezará a leerle sus derechos.

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