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Nadie para ya a los taxis

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Un taxista antes era alguien. “Señor taxista, por favor, ¿podría usted recogerme a las siete?” Con su curro se permitían pagar varias carreras a la vez (universitarias, me refiero) a varios hijos al mismo tiempo. La venta de su licencia le posibilitaba pensar en una jubilación decente, con viajes frecuentes al pueblo natal a echar partiditas al bar, alguna escapadita con la parienta por Europa o un subsidio regular a algún descendiente díscolo con más reveses laborales en su espalda que la raqueta de Nadal. Ahora ser taxista es de pringaos. Todo se ha venido abajo. Ahora es un jornalero de sí mismo, agobiado, temeroso de su futuro y con tantas deudas en proporción como la selecta lista de morosos de Montoro. No se desgañite pidiendo un taxi, se han puesto en huelga por obligación. A alguien no le gustó que la alcaldesa Colau en Barcelona se apiadara de ellos y les aprobara un reglamento favorable que les blindaba en lo posible del intrusismo de las licencias VTC (alquiler de vehículos con conductor).

A los taxistas les ha pasado lo que a muchos otros. De golpe y porrazo han pasado a ser unos exprimidos sociales, unos estrujados laborales, unos explotados sin fin en una actividad sin futuro. La nueva economía colaborativa (UBER y CABIFY) ha dejado esquilmadas sus esperanzas. He leído en algún lugar que ya hay guarderías 24 horas para esos currantes rasos que encadenan dos o tres trabajos diarios para poder mantenerse en pie. Los precarios viven aterrorizados, acosados por sus facturas. Sienten verdadero pavor al asomarse al buzón, les asusta consultar el correo electrónico. La APP del banco les infunde un venerable respeto: es la que diagnóstica una enfermedad crónica en las cuentas domésticas. Hoy no se puede llegar fácilmente a fin de mes. Hay familias que no se conocen entre ellas y que, sin embargo, optan por compartir vivienda. ¡No hay más remedio! Los pisos se alquilan por días a guiris y no hay manera de que los precios sean razonables. Los poderes públicos no saben que hacer con los apartamentos turísticos, ni con los taxis, ni con las invasiones a la intimidad de Google, ni con la gentrificación, ni con las ofertas de Amazon, ni con el subempleo, ni con la fiscalidad distraída de esas grandes corporaciones, ni con los falsos autónomos, ni con los becarios eternos. ¡Estamos buenos! Los políticos llegan con retraso a todo, como los trenes del siglo pasado. Están desarmados y solo saben, en plan cobarde, culpabilizar a los más vulnerables, con su letanía antiinmigración.

Los abogados se ven amenazados por unos programas informáticos que revisan la jurisprudencia a la velocidad de la luz; los jóvenes han de pagarse los másteres reales y tangibles (no los de saldo para políticos ambiciosos) con las propinas de las pizzas que sirven motorizados a domicilio. Hasta los periodistas ven como un robot experimental comienza a redactar reseñas de partidos de fútbol, mezclando once algoritmos contra once. En tres años aventuran que está invasión tecnológica de la inteligencia artificial habrá arrasado con otro 6 por ciento más de la población activa actual, se habrán pasado por la piedra muchos empleos que dejarán, simple y llanamente, de existir. Los exiguos salarios de los padres no alcanzan ni para llevar al cine a sus hijos; a lo sumo, los bajan al parque si pueden; están agotados, fatigados, reventados.

Ser taxista o camionero puede ser una ruina dentro de nada. En cuanto los vehículos se conduzcan solos, sus trabajos se volverán anacrónicos. La DGT no sabrá a quién poner las multas. Eso sí, al menos esos robots borrarán del mapa a los conductores borrachos que todavía cometen alguna que otra escabechina en nuestras carreteras. Los trabajadores actuales no salen de una para caer en otra nueva trampa. ¡Pobres taxistas!

Al menos ahora, metidos en un túnel sin salida, se han dado cuenta de lo negro que pinta todo y se han echado a la calle, sin bajar la bandera, perdiendo dinero. Sus acampadas sobre el asfalto son el reflejo de su indignación. Son seres exprimidos a los que ya nadie les puede sacar más jugo. Su rebeldía marcará el camino a otras profesiones. Por desgracia, muchos trabajadores van a quedar “libres” de por vida si alguien no lo remedia. La próxima parada de taxis puede que sea la última. Qué pase el siguiente.   

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