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El año en que fuimos refugiados

Stanbrook

Las autoridades se han negado al desembarco de refugiados llegados de madrugada por barco, entre ellos más de cien menores de edad, que viajan hacinados y en deplorables condiciones higiénicas. Esta noticia, que podría haberse publicado hoy mismo, se produjo hace ahora 77 años y sus protagonistas eran españoles. Miles de personas en busca de asilo que huían de la Guerra Civil embarcaron el 28 de marzo de 1939 en Alicante ante el acoso de las tropas franquistas y las de su aliado Mussolini, gracias al gesto humanitario de Archival Dickson, capitán del carguero Stanbrook, que se apiadó de los republicanos que intentaban escapar de una segura represión.

El barco zarpó a las 11 de la noche y veinte horas después llegaba al puerto argelino de Orán con 2.638 personas a bordo, entre ellos 147 niños, según documentó la aduana, aunque investigaciones posteriores elevan la cifra hasta unos 3.000. Las condiciones eran deplorables, pues el carguero sólo estaba preparado para acoger a sólo 27 personas. A pesar de ello, la mayoría tuvo que permanecer un mes en la embarcación, ya que las gestiones del diputado socialista Rodolfo Llopis sólo consiguieron que desembarcaran las mujeres y los niños.

Cuando por fin consiguieron abandonar el carguero, la pesadilla no había hecho más que empezar para muchos de ellos, que fueron internados “en campos de refugiados, auténticos campos de concentración bautizados eufemísticamente por las autoridades francesas como centres d'accueil; en realidad, campos de trabajos forzados donde los exiliados sufrieron condiciones infrahumanas, maltrato y vejaciones de todo tipo, al ser considerados por los conservadores franceses como una chusma de peligrosos revolucionarios, cuando no elementos muy peligrosos -comunistas y anarquistas- que fueron a parar directamente a presidios como el de Kasserine o Fort Lyautey (hoy Kenitra).

Pero con todo, la situación aún fue a peor con la capitulación y la posterior colaboración de la Francia de Pétain, y no empieza a mejorar hasta la liberación del territorio por parte de los aliados.”, según se contaba en la exposición “Stanbrook, 1939. El exilio republicano hacia el norte de África”, que acogió Valencia en 2015.

La memoria es frágil, o quizás sea que la impasividad de muchos ante la desgracia humana es demasiado grande: hoy, son las autoridades de la civilizada Europa las que deniegan el desembarco de refugiados sirios, incluida España. Hoy, es la democrática Unión Europea la que establece políticas vergonzosas que incluyen campos que se están transformando en centros de detención  y centradas en la expulsión de los refugiados a Turquía, en la que el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, ACNUR, no quiere participar.

Frente a estas actuaciones, ACNUR propone buscar una mejor distribución geográfica de los sirios que sean reconocidos como refugiados e implementar plenamente los centros de recepción y la reubicación de los solicitantes de asilo que se encuentran en Grecia e Italia.

También recomienda aumentar el apoyo a Grecia para manejar la emergencia humanitaria (el número de personas en este país se acerca a 30.000), además de asegurar el cumplimiento de las leyes de la Unión Europea en la materia. Asimismo, propone ofrecer otras alternativas seguras y legales para que los refugiados viajen a Europa y poner en marcha programas de protección a los que están en riesgo, como los menores no acompañados, así como medidas para prevenir la violencia sexual y de género.

Tan sólo en lo que va del año 2016 unas 470 personas han muerto o desaparecido en el Mediterráneo, una cifra muy por encima de las 15 víctimas habidas durante el mismo periodo en 2014. Hoy, los que mueren, los que huyen, los que esperan desesperados una acogida a la que tienen derecho y que no llega son sirios, pero ayer (hace tan poco que algunos de ellos aún viven) eran españoles, y mañana podrían volver a serlo. Porque la guerra no entiende de nacionalidades y la deseperación humana no entiende de fronteras. A los ciudadanos, que tampoco entendemos que están haciendo los políticos europeos en nuestro nombre, nos toca dar la batalla, reclamar a nuestros gobiernos a través de las redes sociales, en plataformas de denuncia, con nuestro voto, colaborando con las ONG...  Ser la voz de todas esas personas que buscan legítimamente una vida en paz y que cualquier día podríamos ser uno de nosotros como lo fueron nuestros abuelos.

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