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Sobre cojones, leyes y alcaldes

José Manuel Rambla

Si existe una parte de la anatomía humana que obsesiona a la derecha española esa es, sin duda, los cojones. Resulta difícil desentrañar las razones de esta obcecación. Puede que detrás de ella se esconda un anhelo de remotas raíces liberales que les disimule la caspa franquista sobre los hombros, una lejana legitimidad que ante su incapacidad para asimilar a Ortega solo han conseguido encontrar en los pétreos cojones del caballo de Espartero. O tal vez todo obedezca a una irresistible libido, un deseo irrefrenable, una excitación tan intensa que solo logran satisfacer mediante el recurrente ejercicio erótico de tocar los cojones a la ciudadanía.

No es extraño por ello que Arturo Pérez-Reverte, pretendido intelectual liberal con vocación de provocador, en su afán por desmarcarse de lo políticamente correcto, haya hecho de su glosario sobre los cojones uno de sus textos más populares. Aunque el académico no pasará a la posteridad como el Vargas Llosa carpetovetónico, el articulito al menos le ha permitido presentarse como fiel seguidor de la tradición patria encarnada por Camilo José Cela que en su diccionario secreto dedicó unas sesenta páginas a este órgano corporal, supuesto cofre íntimo donde se guardan las pretendidas esencias de la masculinidad.

Sin pretensiones tan eruditas ni teóricas, el presidente de la diputación de Valencia y alcalde de Xàtiva, Alfonso Rus, también nos recordaba recientemente el fuerte influjo que las criadillas tienen en el ideario conservador español. Como en las viejas soflamas radiofónicas de Queipo de Llano, Rus no tuvo ningún empacho en recriminar a la oposición su falta de cojones para asumir públicamente su valencianía. El dirigente del PP alertaba a los ciudadanos, así con tan cuarteleras formas, sobre los pérfidos planes que esconden esos políticos progres que amenazan su mayoría parlamentaria, sin más objetivo que entregar al villano catalán, sin resistencia y hasta con complacencia, nuestras fallas y nuestra paella.

Ante una perspectiva tan desoladora, no sorprende que el gobierno de Mariano Rajoy se haya apresurado democráticamente a cerrar el paso a tanto huevón con la reforma de la ley electoral. Sin miedo a las críticas, con firmeza, conscientes de lo que está en juego si las hordas afeminadas desplazan del poder en las recias ciudades españolas a alcaldes con tantos cojones como el propio Rus, o la eterna Rita Barberá, o el vallisoletano Javier León de la Riva tan influido por la testosterona en su labor política.

Por eso, se equivocan quienes piensan que detrás de los cambios legales hay un intento desesperado del partido gobernante por aferrarse al poder a costa de dinamitar cualquier posible consenso político. No. En realidad, tras iniciativas como ésta, o el reciente aforamiento exprés del ex rey y ya simple ciudadano Juan Carlos, lo único que prima es mantener bien viva una tradición conservadora española que guía la cosa pública por el antojo testicular. Incluso las leyes. Al fin y al cabo, ya nos lo advertía Quevedo: “las leyes son de casta de cojones”. Y es que, al final, siempre acabamos dándonos de bruces con la casta.

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