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Un rey y un puñado de republicanos

Dice el refranero que nunca es tarde si la dicha es buena. También que nadie es profeta en su tierra. Supongo que ambas sentencias son ciertas. Lamentablemente ciertas de hecho cuando uno se para a pensar en el caso de La Nueve.

La novena compañía de la División Blindada del General Leclerc fue ninguneada durante setenta años por la historiografía oficial de los aliados. Tal vez los franceses fueran incapaces de soportar la vergüenza de tener que admitir que los primeros soldados que liberaron París del  yugo nazi fueron un puñado de españoles.

En honor a la verdad, no creo que fuesen escogidos por su buena reputación como soldados. Seguramente los mandos franceses mandaron por delante a la novena compañía porque no terminaban de fiarse de los alemanes. Y si había problemas, los primeros que se los encontrarían serían los españoles.

Los hubo de hecho. Pero los de La Nueve se portaron. Rompieron los focos de resistencia y llegaron al ayuntamiento de París. Doce horas antes de la que, oficialmente, es la fecha oficial de la liberación de la ciudad. Los parisinos los recibieron como héroes. Y desfilaron como tales por los Campos Elíseos con el resto del ejército aliado, unos días después.

Después de 10 años luchando contra el fascismo era su primer reconocimiento. Pero también fue el último. Desde entonces quedaron en la sombra. Ellos, que llevaban en la lucha más que la propia Resistencia francesa. Hay una anécdota al respecto recogida por Paco Roca en su imprescindible Los surcos del azar: al parecer De Gaulle se encontraba pasando revista a las tropas francesas en África; les preguntaba a los soldados cuánto tiempo llevaban luchando contra el fascismo. Al final de la fila había un español que, con toda sinceridad, le respondió al prohombre: “con todo respeto, mi general, llevo en esto desde antes que usted”.

Quizá a los franceses no les gustaba que un hatajo de parias les recordase que, mientras sus generales pactaban con Hitler y se retiraban a beber las aguas de Vichy, ellos nunca se habían dado por vencidos. Tal vez por eso se borró su gloria de los registros oficiales. Como se hizo con los chadianos o los argelinos que se aprestaron a cumplir con la metrópolis y se dejaron matar por una Francia que los despreciaba.

Pocos de aquellos  veteranos viven hoy en día. La mayoría de los que sobrevivieron a la guerra no consiguieron siquiera ver a Franco muerto.  Pero quedan sus hijos. Sus nietos. Y quedamos el resto. El reconocimiento es justo para todos. Porque rinde cuentas a una gesta con una característica muy escasa en la historia española: es un hecho del que todos podemos sentirnos orgullosos.

En pocos conflictos es tan fácil identificar con el bando el Mal con mayúscula. Y el nivel de monstruosidad que alcanzaron los nazis fue tan desproporcionado que todo el que contribuyese a su caída se merece nuestra admiración. Aunque no todo lo que se hiciese en esa lucha pueda estar hoy en día justificado.

Aquellos españoles de La Nueve habían sufrido el fascismo en primera persona. Y estaban dispuestos a sacrificar su vida por erradicarlo. Casi podría considerarse una muestra de justicia poética que el mismo que les lleva flores, como homenaje, a ese rincón que la ciudad de París ha reservado para honrarles sea nieto de uno de los primeros valedores de Francisco Franco. Un rey homenajeando a un puñado de republicanos. Quizá sea cierto que, por fin, en todas partes soplan vientos de cambio.

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