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La Dignidad de Idomeni, la dignidad de las olvidadas

Las costuras de la UE se están abriendo por Idomeni. Idomeni como símbolo de una Unión económica que, despojada de ropajes buenistas, se comporta como lo que es, un mercado sin Estado capaz de comerciar con todo, incluso con las vidas humanas. Idomeni como evidencia de una integración económica que ha conseguido crear un entramado jurídico hecho a medida para permitir prácticas que vulneran los derechos más fundamentales y las exigencias más básicas del derecho internacional de los derechos humanos. Idomeni como relato de la cobardía de 28 Gobiernos miembros que decidieron dejar de considerar seres humanos a aquellos que quedan fuera de las fronteras de esta Europa fortaleza.
Mucho se ha escrito acerca de Idomeni, de la mal llamada “crisis” de las refugiadas y refugiados, de lo que ha sido y está siendo un continuo atentado de la Unión Europea contra el derecho a la vida y la dignidad de miles de personas. Y la denuncia debe continuar, hacen falta más voces valientes e informadas que nos traigan la memoria reciente de la tragedia que se vive en las fronteras, que nos abran los ojos de manera descarnada para que Idomeni sea la crisis definitiva que nos muestre sin filtros esta Europa raptada y sometida. Para esto, hoy escribe en estas páginas Amelia Martínez Lobo, en defensa de la dignidad de las olvidadas.

Adoración Guamán

Un niño en el campo de refugiados de Idomeni mira a la cámara mientras sujeta una manzana. | Eduardo Rivas

Un niño en el campo de refugiados de Idomeni mira a la cámara mientras sujeta una manzana. | Eduardo Rivas

La Dignidad de Idomeni, la dignidad de las olvidadas

por Amelia Martínez Lobo

“Si para aumentar la competitividad en Europa, hacen falta refugiados, pues bienvenidos serán”. Esta perla soltó Ferran Tarradellas, representante de la Comisión Europea en Catalunya y Baleares en un debate en el Parlament Balear la semana pasada sobre el TTIP. Pudo ser un desliz, un comentario desafortunado o simplemente un descaro. En cualquiera de los casos, demuestra una visión absolutamente mercantilista de la mayor crisis humanitaria desde la II Guerra Mundial en Europa. Y da asco, mucho asco, mucha rabia, mucha impotencia.

Lo sorprendente es que ante la indignación de algunas, no hubo demasiadas críticas en la sala. Es realmente preocupante el grado de insensibilización. Como si nuestros representantes vieran a todas esas personas, esas familias, esas mujeres, esos niños, esos jóvenes, seres humanos de segunda.

Hay más de 50.000 personas que permanecen provisionalmente en campos de refugiados gestionados por militares en Grecia. Se calcula que más de 1.000.000 han llegado a Grecia desde 2015. Huyen de la guerra, del hambre, de la miseria. Huyen en busca de un futuro y seguridad para sus hijos y sus nietas. Nadie mete en un bote a sus hijos a no ser que el mar sea más seguro que la tierra. Hay miles, cientos de miles de niños y niñas que llevan más de 4 meses en un limbo legal, sin poder volver a sus casas y sin poder cruzar la frontera griega, hacinados en un campo de barro, de serpientes, de mierda. Nadie quiere vivir así. Nadie quiere irse de su hogar, de su patria, alejarse de su familia, de su barrio, de su vida. NADIE. También hay muchas personas mayores, incluso en silla de ruedas. “Hay tantos ancianos porque esta gente nunca va a dejar a sus mayores atrás”. ¿Os imagináis si a vuestro abuelo o a la vecina del quinto en silla de ruedas, mayor, con su vida y sus achaques les apetece una mierda vivir así? Sólo hay una explicación: miedo, guerra, inseguridad, desesperación.

En el asentamiento de Idomeni, recientemente desmantelado por la policía y ejército griego, movilizando efectivos de todo el país, vivían más de 9.000 personas, de los cuales 5.000 son niños. Ahora están reubicados en lo que llaman eufemísticamente campos de refugiados. Son campos militares, donde las condiciones son incluso peores que en Idomeni. Hay casos documentados de comida caducada o de falta de agua durante más de dos meses. Muchos refugiados, trasladados tras el desalojo del asentamiento el pasado mayo, decían a los voluntarios: “prefiero un año en Idomeni, que un mes aquí. Esto es una cárcel”.

Estas personas, con sus nombres y apellidos, con sus hijos e hijas, con su vida, con sus ilusiones y sus miedos, llevaban meses esperando a la apertura de las fronteras, sin perder la esperanza y con una dignidad asombrosa. No necesitan comida, no quieren esperar colas hacinados como ganado para recibir el plato de comida, que en muchos casos aquí no daríamos ni a nuestras mascotas. No quieren nuestra caridad, ni nuestra comida. No la necesitan. Tienen sus propios recursos para cocinar, para comprar, incluso para montar sus tiendas de ultramarinos improvisadas en una tienda al lado de su casa. Quieren un futuro para ellas y para sus familias. Quieren construir su vida en un sitio seguro. No quieren nuestro paternalismo ni nuestra autocomplacencia. En Idomeni se aprenden lecciones de dignidad que hay en cada mirada, en cada gesto, en cada tienda. Lecciones que la gentuza que no les permite pasar y ha cerrado las fronteras jamás entenderá desde sus instituciones opacas ni desde sus cuentas en Suiza.

La desesperación, la espera angustiosa, lleva a muchos de ellos a intentar cruzar la frontera. Lo hacen por las montañas, puesto que la valla con concertinas lo hace imposible desde el campo. Normalmente la policía macedonia los detiene. Y luego los apalea, puede que les provoque alguna fractura. Les roban todo su dinero y les quitan los zapatos, obligándolos a volver a Grecia descalzos. ¿Qué clase de mercenario hace eso? ¿Qué clase de sociedad enferma estamos construyendo que permite a un cuerpo policial actuar con esa brutalidad e inhumanidad? La imagen de los zapatos, igual que la de la vía de tren en mitad del asentamiento humano en la frontera griega con Macedonia, reaviva recuerdos de la más oscura, dantesca y deleznable parte de nuestra historia. Luego nos rasgaremos las vestiduras y haremos reportajes en Molenbeck, llevándonos las manos a la cabeza y diciendo que no sabemos ni por qué ni cómo están pasando cosas en nuestro territorio y que ya no nos sentimos seguros en nuestros trenes, en nuestros parques o en nuestras calles.

Muchos otros deciden volver a sus países: Turquía, Siria, dónde han muerto más de 250.000 personas, Afganistán, Pakistán... Huyeron de allí, perdieron a sus familiares y vuelven a un lugar que no es seguro, que no tiene futurible y que desde los poderes fácticos seguirán destrozando, provocando guerras fratricidas y cainitas.

Y ahora nos encontramos con el acuerdo de la vergüenza, que permite la expulsión directa de los migrantes que pisen suelo griego, abre la puerta a las expulsiones masivas y permite la participación de la OTAN en labores de patrulla. Europa, copiando un modelo de externalización de las fronteras que el estado español utiliza desde hace muchos años, incumple su compromiso de acogida de personas refugiadas, incumple la carta de derechos fundamentales, el convenio de Ginebra y los Derechos Humanos. Esta Unión Europea ha contratado a la gendarmería turca por 7.000 millones de euros. Con dinero de todas y de todos, Europa pretende lavarse las manos y que Turquía, con su policía absolutamente violenta y criminal (Turquía acumula denuncias por violaciones sistemáticas de los Derechos Humanos), haga el trabajo sucio expulsando a los migrantes o que no se garantice la solicitud de asilo tal y como indica la legalidad internacional.

Y la semana pasada murieron ahogadas 1.000 personas en el Mediterráneo. Da igual que hagamos un muro y unas vallas tan altas que lleguen a la luna. Cuando huyes de una guerra, no hay muros que te paren, ni mares que te achanten. Este acuerdo infame entre UE- Turquía, ha provocado que se reabra la ruta del Mediterráneo, más peligrosa y con más riesgo de muerte. Dicen que morir ahogado es la peor de las muertes... uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos cincuenta, quinientos....MIL.

Por otro lado, tenemos un auge de la extrema derecha y un repliegue identitario y totalitario en muchos de los estados miembros de la UE. Sin embargo, es la propia legislación y el discurso del miedo y la estigmatización de los migrantes lo que genera el caldo de cultivo para que aparezcan partidos de extrema derecha y racistas y no viceversa. La Europa Fortaleza está promoviendo una escalada de agresividad legislativa y verbal.

¿Y qué hacemos? A corto plazo: garantizar en pasaje seguro, abrir un corredor humanitario, abrir las fronteras, cumplir escrupulosamente la Carta de Derechos Fundamentales, los Derechos Humanos y la Convención de Ginebra. A corto, medio y largo plazo, nos encontramos en una disputa por el concepto de Europa. La Europa de la solidaridad y de la empatía, personalizada en miles de voluntarias y voluntarios y de municipios y ciudades que han manifestado su disposición de acoger refugiados, frente a la Europa xenófoba, capitalista, mercantilista e insolidaria que dicta políticas inmorales e ilegales desde las instituciones.

Por ellas, por ellos. Por Pablo, Marc, Elena o Bea. Esos voluntarios y voluntarias que personifican la Europa de las personas, la solidaridad, la empatía y la cooperación. Y por cada una de las miles de personas que buscan una vida digna para los suyos, esta disputa tenemos que ganarla.

*Amelia Martínez Lobo es asistente de Podemos en el Parlamento Europeo

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