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Desayunar, salir del barrizal, combatir la cicatriz del estigma

Retrato del barrio de Altos de Cazucá, a las afueras de Bogotá (Colombia), donde la población se empeña, día tras día, en demostrar que "sí, se puede"

Marta Leyton y sus hijos vuelven a casa tras la escuela. (Salvador Campillo/Ayuda en Acción)

Marta Leyton y sus hijos vuelven a casa tras la escuela. (Salvador Campillo/Ayuda en Acción)

Consuelo Pachón es una de esas mujeres que cargan sobre sus espaldas la historia de todo un barrio. Lleva más de veinte años cantando las mismas canciones y repitiendo el abecedario a sus alumnos de la escuela Gabriel García Márquez de Altos de Cazucá, a las afueras de Bogotá. “Antes de hacerlo con ellos ya lo hice con sus padres. Aquí tengo algunos hijos de antiguos alumnos”, reconoce sonriente. Si algo tiene Consuelo es paciencia. No pierde la calma mientras tres niños le tiran de la chaqueta del chándal para que repare en las figuras que acaban de hacer con plastilina. Antes de que concluya la clase y comience el ruido de sillas, la maestra dice “venga, repitan conmigo: ¡sí se puede, sí se puede!”. El aula retumba con el entusiasmo y las palmas de los alumnos. Más tarde, cuando ya han salido, explica que es una forma de reforzar su autoestima. “Trato de darles ánimos. Algunos viven situaciones familiares difíciles y toca motivarlos”.

El barrio, en el que está ubicada la escuela, está formado en su mayoría por familias desplazadas por el conflicto armado, guerrilleros desmovilizados y personas que emigraron buscando empleo. Este contexto da lugar a entornos familiares muy desestructurados, donde en muchas ocasiones es la mujer, sola, la que tiene que hacer frente al cuidado de los hijos (habitualmente dos o tres) y sacar la casa adelante. Difícil, también para los niños. “Yo tengo aquí alumnos que los está cuidando el hermanito de ocho años, por ejemplo. La misma situación económica es la que obliga a que mamá y papá tengan que ir a trabajar y no dediquen tiempo al niño”, recuerda. A la falta de atención se suma, a veces, el maltrato. “No solo es físico, también verbal y eso les afecta. Siempre indagamos cómo viven, con quién e intentamos conocer la convivencia en casa. Tenemos unas mascotas que son unos animales, como el osito amistoso y generoso, que se va para la casa de ellos y le cuentan todo. Luego, el osito viene a contarnos a nosotros qué pasó. Es una forma de sacarle información, sin que sea muy directa, porque hay niños que no cuentan las cosas como suceden”.

Consuelo Pachón en clase con sus alumnos de preescolar (Lydia Molina/Ayuda en Acción)

Consuelo Pachón en clase con sus alumnos de preescolar (Lydia Molina/Ayuda en Acción)

La primera vez que Consuelo dio clases en esta escuela, el aula era un container de los que transportan mercancías. “Al principio todo era muy distinto. Los baños era una letrina y no había sillas para todos los niños”, afirma. Al poco tiempo crearon un aula con tablas de madera y hace unos años se construyó sobre sus bases la escuela actual a través de un proyecto de la Fundación Pies Descalzos y Ayuda en Acción. Ambas organizaciones continúan el trabajo con formación a profesores, padres, madres y talleres específicos a toda la comunidad. También realizan un seguimiento académico y nutricional de los alumnos.

“Algunos llegan aquí sin desayunar. Preguntas ¿quién comió el desayuno? Y dicen: ‘Es que mi mamita no tenía plata y no me dio nada’. Pues imagínese qué va a rendir un niño que se vino de casa sin desayunar”, asegura Consuelo. Para controlar estas deficiencias, se realizan pruebas de peso y altura cuatro veces al año. “En este colegio tenemos 1.250 estudiantes y hablamos de una tasa de desnutrición del 8%. Realizamos un seguimiento nutricional para conocer sus hábitos alimenticios y hacemos capacitaciones (formación) con los padres de familia, el personal del comedor, los estudiantes que ayudan en el comedor y con los propios alumnos afectados, a los que además se les provee de un suplemento nutricional”, asegura Nicolás Romero, de Pies Descalzos.

Grietas físicas y sociales

Hace menos de tres décadas que las primeras familias comenzaron a instalarse a lo largo de la loma de Cazucá en chabolas. El ejército acudía frecuentemente a quemar los plásticos y cartones que hacían las veces de vivienda, para evitar que la comunidad continuase creciendo, pero las mujeres salían rodeadas de sus hijos a defenderlas. Hoy, en la ladera habitan más de 60.000 personas. Ese crecimiento ha sido paralelo a la falta de oportunidades para sus vecinos, lo que ha convertido el barrio en un foco de tráfico de droga, asaltos y pandillas. Viviana, a sus once años, dice que lo que más le preocupa es “la inseguridad”. “Uno no puede vivir seguro en la casa porque puede pasarle algo, como que lo roben o hagan algo malo”. La violencia es una sombra que planea en el día a día de sus habitantes, sobre todo en el caso de los niños. “No podemos dejar de hacer nuestra vida, pero sí es importante advertirles. A mis hijos les digo que si algo pasa salgan corriendo y llamen a cualquier puerta, quiero que estén preparados”, asegura Marta Leyton, la madre de Viviana.

A primera vista, da la sensación de que alguien dejó el barrio a medio hacer. Las calles están sin asfaltar y las busetas (pequeños autobuses) que suben sus cuestas bailan, como haciendo equilibrio, entre las grietas del camino. A algunas zonas sólo es posible acceder en coches particulares o camionetas, cuyos conductores se ganan la vida dando viajes de arriba a abajo y esperan a sus clientes en el pie de la ladera. No hay sistema de alcantarillado y ni de agua potable. Ha sido la comunidad la que se ha encargado de enganchar sus propias tuberías a los servicios municipales para abastecer a algunos sectores, aunque a veces la presión no es suficiente. “Tenemos agua desde anoche pero hemos pasado cinco días sin ella. Una no sabe si llegará otra vez esta noche o pasarán dos o tres días”, cuenta Marta Leyton. Cuando eso ocurre, la gente recurre al agua de la lluvia, que recogen en tanques, cubos o bidones y que luego emplean para todo: aseo personal, labores domésticas o para el propio consumo.

Vista de Los Altos de Cazucá desde la escuela Gabriel García Márquez

Vista de Los Altos de Cazucá desde la escuela Gabriel García Márquez (Salvador Campillo/Ayuda en Acción)

Desconocer el contexto

A pesar de todo, en los últimos años, los avances son cada vez más visibles, dicen los vecinos. “Eso era un barrial (zona de barro) donde había muchachos consumiendo droga, había asaltos y alguna vez aparecía alguien muerto”, recuerda Claudia Balbuena, sobre el terreno donde hoy se levanta un polideportivo. “Ahora están siempre lleno de chicos, incluso hay abuelos que van a hacer ejercicio, papitos que se sientan con los niños y se hacen proyecciones de cine y campeonatos de fútbol”. Cambios vitales, aunque quede mucho por hacer.

“El problema de la estigmatización de Cazucá surge en tanto se desconoce el contexto. En la organización venimos formando jóvenes que son futuros ingenieros, tenemos asociaciones juveniles que trabajan el arte, la cultura, grupos de mujeres trabajando por los derechos sexuales y reproductivos, etc.”, asegura Edwin Ruiz, coordinador regional de Pies Descalzos. Y también, impulsando otro modelo de gestión pública. “Falta voluntad del gobierno, municipal, departamental y estatal, para hablar en el mismo lenguaje de la gente y para acabar con muchas lógicas del asistencialismo y comenzar el desarrollo real. No podemos centrarnos, como hasta ahora, en la lógica de 'si alguien necesita algo yo se lo llevo, pero no dejo ningún tipo de proceso'. Eso no sirve de nada”.

[Este reportaje ha sido realizado durante un viaje de colaboración con la ONG Ayuda en Acción]

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