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DESALAMBRE

Atrapados ante la frontera francesa: el viaje de los refugiados no acaba tras el rescate

La mayoría de los migrantes que son rescatados en el Mediterráneo quieren salir de Italia para reunirse con sus familiares en el norte de Europa

A Ventimiglia, ciudad fronteriza con Francia, llegan cientos de refugiados que quieren dejar Italia atrás

Transcurridos los primeros 10 días desde su llegada, se ven obligados a abandonar el centro de acogida y pasan a vivir en la calle

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Unos refugiados procedentes de Darfur, esperan el momento en que la policía Italiana no los vea y poder entrar esconderse en un tren que los lleve a Francia. | FOTO: Sergi Cámara

Unos refugiados procedentes de Darfur, esperan el momento en que la policía Italiana no los vea y poder entrar esconderse en un tren que los lleve a Francia. | FOTO: Sergi Cámara

Se juegan la vida en el mar para alcanzar la costa europea. Pisar tierra firme significa no haber muerto. Pero al llegar a Italia, el viaje sigue. Muchos de los migrantes y refugiados que parten desde Eritrea, Somalia o Sudán, pagando unos 2.000 euros para cruzar el Mediterráneo en un bote sobrecargado, buscan reunirse con los suyos en el norte de Europa.

En Alemania, en Suiza, en Gran Bretaña o en Francia. La segunda parte de su viaje clandestino empieza en Ventimiglia, una ciudad costera italiana a unos 12 kilómetros de la frontera con Francia. Algunos se arriesgan y atraviesan las montañas fronterizas a pie desde este punto. Otros optan por el tren. 

(NO USAR) Adam, de 17 años procedente de Darfur, Sudán espera el momento que la policía no lo vea para poder entrar en un tren que le lleve a Francia desde Ventimiglia, Italia. Lo ha probado 7 veces, y todas ha sido devuelto por la policía francesa. | FOTO: Sergi Cámara

Adam, de 17 años procedente de Darfur, Sudán espera el momento que la policía no lo vea para poder entrar en un tren que le lleve a Francia desde Ventimiglia, Italia. Lo ha probado 7 veces, y todas ha sido devuelto por la policía francesa. | FOTO: Sergi Cámara

En las inmediaciones de la estación la policía detiene a quienes intentan colarse en los vagones que trasladan pasajeros hacia Niza o Marsella. Saben que, aunque lo logren, aún estarán intranquilos. Al otro lado de la frontera les puede esperar el control policial, que las autoridades no siempre hacen.

(NO USAR) Varios refugiados duermen dentro del centro de acogida en Ventimiglia, Italia. | FOTO: Sergi Cámara

Varios refugiados duermen dentro del centro de acogida en Ventimiglia, Italia. | FOTO: Sergi Cámara

En el andén se juega su particular lotería. Si la policía les detiene en alguna de las habituales redadas, les trasladan a otras ciudades italianas, desde donde ellos intentan llegar de nuevo a Ventimiglia. Y vuelta a empezar. 

(NO USAR) Selam, de Eritrea, se protege de la lluvia con su hija Winter, después de llegar a Ventimiglia. Quieren continuar hacia Alemania. | FOTO: Sergi Cámara

Selam, de Eritrea, se protege de la lluvia con su hija Winter, después de llegar a Ventimiglia. Quieren continuar hacia Alemania. | FOTO: Sergi Cámara

La espera en el centro

La apertura en julio del centro de acogida Parco Roya, a las afueras de la ciudad, ha evitado que muchos duerman en la calle los primeros días. En sus instalaciones, unos 60 módulos habitables resistieron el calor del verano italiano y se preparan ya para soportar los meses de invierno. Aunque están preparados para dar atención a unas 360 personas, acogen a casi un centenar más. 

Los migrantes y refugiados que se hospedan allí disponen de asistencia médica gracias a un convenio con hospitales y médicos de la zona, que hacen visitas diarias al centro. "Lo más normal es atender resfriados y dolores de piernas, porque caminan mucho. Muchos tratan de entrar en Francia caminando, la policía les devuelve a Italia y al cabo de los días ya están volviendo a intentar cruzar de nuevo a pie", dice Valter Muscatello, coordinador de Cruz Roja en el campo. 

(NO USAR) Un migrante duerme bajo un puente en Ventimiglia. | FOTO: Sergi Cámara

Un migrante duerme bajo un puente en Ventimiglia. | FOTO: Sergi Cámara

El centro es únicamente para hombres. Las mujeres y los niños son acogidos en la Iglesia de San Antonio, mientras que los menores no acompañados son transferidos a una zona específica. 

Algunos no quieren seguir o no pueden. Otros se rinden y asumen que su camino termina ahí. La gestión para pedir asilo político en Italia, o repatriación voluntaria –para volver a sus países de origen– la gestiona el propio Ayuntamiento. Las autoridades informan de que varias personas de Sudán ya fueron repatriadas desde Italia en agosto. 

(NO USAR) Filemón, Eritrea, 17 años. | FOTO: Sergi Cámara

Filemón, Eritrea, 17 años. | FOTO: Sergi Cámara

 

Para otros, el centro es sólo una pausa en el camino. Allí pasan el rato como pueden mientras esperan su momento para intentar cruzar hacia Francia. Lavan la ropa, juegan al fútbol, leen, rezan o echan partidas al futbolín. "Los refugiados también colaboran en tareas de limpieza en el centro", explica Valter.

En las instalaciones cuentan con zonas con Internet y teléfonos, donde pueden llamar durante tres minutos al día para contactar con sus familiares en sus países de origen. Sobre las paredes hay pegadas varias fotos de carné con los rostros de aquellos que no llegaron, personas que se han perdido durante el viaje y a quienes buscan sus amigos y familiares. La iniciativa forma parte del programa  Restoring Family Links de la Cruz Roja Italiana.

Una furgoneta de la Policía Nacional siempre está presente en las inmediaciones del centro "por si hubiera algún incidente", aunque el coordinador asegura que la convivencia es buena. "Sólo es por si acaso. Nunca ha pasado nada", añade Valter. 

Los migrantes y refugiados pueden estar únicamente entre siete y diez días en las instalaciones de Parco Roya. Pasado este tiempo, deben irse. Los que no logran salir de Ventimiglia pasan a vivir en la calle. 

Su nueva casa queda entonces a orillas del río que atraviesa la ciudad italiana, pero no tiene techo ni paredes. Tras haber sido devueltos en repetidas ocasiones por la policía francesa al otro lado de la frontera, siguen esperando su momento para intentar cruzar. Mientras, esperan a la intemperie. 

 

Filemón huyó desde Eitrea, uno de los principales países emisores de refugiados, junto con Siria y Sudán. El joven de 17 años escapó del régimen que les obliga a alistarse en el servicio militar obligatorio durante al menos ocho años. 

Ya en Italia, explica que el coste económico del viaje arruinó a toda su familia. "De Eritrea fui a Etiopía, de allí a Sudán y de Sudán a Libia", relata. Una vez en la costa libia, los traficantes le exigieron 2.200 dólares para cruzar a Italia en un bote con otras 700 personas, siguiendo la ruta más mortífera del mundo.

"Mi familia está arruinada, tuvieron que vender su casa. En total, el viaje me costó unos 7.000 dólares. Es durísimo", concluye el joven. Sus pies pisan ya una Europa que le recibe de un modo distinto al que imaginó. A la espera de poder llegar al norte, Filemón deambula por Ventimiglia. 

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