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Contra el malismo

Más allá de VOX, muchos partidos de todos los signos hacen campaña en las ciudades con mensajes que generan miedo, culpan a las víctimas y enturbian la convivencia

Siguen la línea de Trump y Salvini y marcan una agenda mediática basada en hechos irreales que tapa las causas reales de los problemas urbanos y sociales

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Sindicato de policía de Barcelona dice que Colau avisa a manteros de redadas

Los manteros han sido señalados por diversos partidos para hacer oposición en Madrid y Barcelona. EFE

Desde hace un par de días, parece como si buena parte de España estuviera tapándose la mano con la boca y conteniendo la respiración. El susto lo ha provocado el show de VOX en Vistalegre. Ha sido un susto tontito, como ésos que se llevan las señoras victorianas en las películas de tacitas (gracias Filmin por el nombre del género) cuando oyen una procacidad. Resulta que ahora hemos descubierto que hay muchos españoles muy de derechas, racistas, homófobos, machistas, nacionalistas. Lo hemos descubierto los mismos españoles, los medios de comunicación y los otros partidos políticos que no son VOX y que se supone que no son así. Pues no sé yo.

Como este blog va de cosas urbanas, no voy a hablar de las infinitas y cerriles proclamas por la unidad nacional que llevamos meses aguantando en bares, redes sociales, balcones, estrados y titulares y platós, eso se lo dejo a mis compañeros de arriba. Voy a referirme, pues, a lo urbano y no me voy a ir más lejos de este verano.

La serpiente de este estío ha tenido que ver con el orden y la ley. Como si fuera una casualidad y no una estrategia política planeada al milímetro, en Barcelona y Madrid surgieron al mismo tiempo ataques a las alcaldesas en torno a la seguridad, ataques con bombas racimo de argumentos de los que hacen pupa a la conciencia del respetable ciudadano: narcopisos, okupaciones, inmigración… inseguridad.

Un reciente y excelente artículo de Begoña Aramayona y Jorge Sequera habla de la construcción social de estos enemigos públicos. Es un texto que exige una lectura valiente y abierta a la autocrítica y que explica cómo nos negamos a ver como vecinos a los yonkis, los okupas y los manteros y los excluimos así no sólo del derecho, sino de la posibilidad de la ciudad. Por eso son el resorte perfecto para ejercer la presión pública y mediática a la que se dedica la política de partidos. Por eso, desde hace tiempo, no paramos de ver noticias en las que se retrata a Madrid y Barcelona como si fuesen escenarios de las segundas partes de La naranja mecánica y Los Warriors.

En Madrid, C’s y PP llevan meses haciendo campaña en barrios y medios de comunicación, asegurando que estamos invadidos por casas okupas y narcopisos, que la delincuencia y la inseguridad están creciendo hasta límites insoportables y que los manteros están provocando el Armagedón del pequeño comercio. En Barcelona, lo mismo pero todavía más loco porque esta campaña ha unido lo que el Procés parecía haber separado para siempre y se ha visto coincidir en declaraciones y manifestaciones en la calle a miembros muy visibles de C’s, PP y PSC con otros de ERC y el entorno convergente. Es decir, que son unos cuantos los partidos del arco parlamentario los que acarician los argumentos que nos han quitado el hipo tras el concierto de VOX de este fin de semana.

¿Son los dirigentes locales de estos partidos ultraderechistas? Pues la verdad es que no lo sé, no tengo el gusto de conocer a ninguno, pero lo que sí sé es que quieren llegar a los despachos de las alcaldías de Barcelona y Madrid por el poder local que otorgan, pero, también, por la relevancia mediática que dan para sus agrupaciones regionales y nacionales y sus correspondientes estrategias electorales. Y se ve que han aprendido de casos de éxito recientes en todo el mundo. La forma de hacer política de Trump y Salvini ha llegado a nuestras ciudades y debemos acostumbrarnos a que aquí ya nadie va a dejar de decir una barbaridad llena de mentiras si así se gana la atención mediática y, quizás, unos cuantos votos. Mentiras que disparan contra la convivencia deseable y que culpan a las víctimas para cubrir así a los verdaderos responsables.

Contar las cosas como son

A propósito de lo de VOX, hilaba el lunes en Twitter Pedro Vallín sobre cómo tratar a esta ultraderecha desde el periodismo. Contando qué no hacer, explicaba paso por paso lo que se está haciendo todo el rato: la alarma social como forma de comunicación, la suma de clics a partir del miedo. Vallín proponía al periodismo empezar a practicar algo revolucionario: decidir qué contar, marcar la agenda y no comprar la que mandan desde los partidos y, básicamente, explicar las cosas como realmente son.

Así, sabríamos que las tasas de criminalidad de Madrid y Barcelona se mantienen estables y siguen siendo de las mejores de Europa. Que la mayoría de las personas y familias que se meten en casas okupadas lo hacen por necesidad y están al otro lado del riesgo de exclusión por la pobreza laboral y la burbuja inmobiliaria. Que detrás de buena parte de los narcopisos está la propiedad inmobiliaria de algún fondo de inversión y, probablemente, una estrategia a medio plazo que tiene que ver con esa burbuja. Y que la crisis del pequeño comercio no está ni remotamente relacionada con los manteros sino con las nuevas formas de consumo y, sobre todo, con la libertad de horarios comerciales y la misma burbuja que pone los precios de los locales por las nubes.

Y descubriríamos, por fin, que más allá de las nueve mil personas que pueda meter VOX en un pabellón, la ultraderecha cotidiana y oculta bajo siglas respetables está sostenida sobre algo que podríamos llamar malismo, el reverso tenebroso de ese buenismo que se atribuye a cierta izquierda. Sí, el malismo es el que cada día acusa a las víctimas de ser los responsables y nunca cuestiona las causas reales, el que mete miedo y genera rechazo y violencia entre vecinos, el que busca destruir la convivencia y la imagen de la ciudad para gobernarla. Que lo haga para defender intereses económicos y electorales no quita para que no sea igual de miserable que cualquier (otra) forma de fascismo.

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