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Desde las calles hasta el Parlamento Europeo

Integrantes de Juventud Sin Futuro durante la visita al Parlamento Europeo.

“Yo no sé cómo acabará esto —nuestro exilio, si es que puede acabar—, pero en el mejor de los casos, la destrucción cotidiana nos está dejando irreconocibles”. Rosa Chacel, escritora de la generación del ’27.


La destrucción cotidiana nos está dejando irreconocibles, decía Rosa Chacel hace más de noventa años. Así es como estamos nosotras, irreconocibles después de seis años de una crisis económica gestionada por un régimen político mafioso que la tornó en crisis social, en una destrucción cotidiana de la vida de las mayorías sociales de España. Es lógico estar irreconocibles.
Irreconocibles sí, pero para bien. Porque ya no estamos anestesiadas, porque sabemos que somos ciudadanas, que la política requiere de la participación de todas y que la única salida para la crisis del régimen es una apuesta de respuesta desde todas partes para abrir la democracia como única vía para recuperar nuestro futuro. Desde la calle hasta las instituciones, desde la lucha por el sentido común hasta la construcción de herramientas de participación política. Estamos irreconocibles. Estamos innovando, queremos nuevas formas de vinculación entre las instituciones y la sociedad civil, nuevas formas de diálogo y deliberación política. Ganemos las instituciones, sigamos con procesos cívicos para lo electoral. Y sigamos pensando cómo generar procesos participativos. ¿Programa, programa, programa? Más bien, proceso, proceso, proceso.
Procesos democráticos que permitan que las jóvenes que se han ido puedan volver. Pensar y construir entre todas un país donde podamos elegir cuándo hacer la maleta, un país donde no nos obliguen a exiliarnos. Procesos que permitan que si una joven quiere viajar a otro país de la Unión Europea pueda vivir en condiciones dignas y no ser expulsada tres meses después como ocurre en Bélgica.

No nos cansaremos de decirlo: no nos vamos, nos echan. Lo dijimos hace dos años en las calles y ahora en el Parlamento Europeo.

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Exilio chárter

Salvador J. Tamayo, en Brujas (Bélgica).

Estoy seguro de pocas cosas, pero una de ellas es que soy escritor porque mi madre me contaba historias de niño, aunque nunca me dijo lo que muchos oímos desde que tenemos memoria. Entre esas historias, nos contaron que si trabajábamos, estudiábamos y nos esforzábamos, viviríamos mejor que nuestros padres, que éramos los mejores, los más preparados. Trataron incluso de igualarnos colocando el rasero en un modelo económico nihilista, consumista y arribista, que crecía quemando gasolina a altas revoluciones, mientras los lazos entre algunos de nosotros simplemente iban desapareciendo. Nos hablaron de Europa y finalmente nos dijeron que la culpa fue nuestra, e incluso alguno con un tono algo más grosero, como José Luis Feito de la CEOE en febrero de 2012, nos invitaba a irnos a trabajar a Laponia. Éramos los culpables. L'enfer, c'est l´Autre.


Nos mintieron. Pero la cuestión es que de la manera en la que está concebido el modelo productivo español no hay lugar para un trabajo cualificado que no sea mano de obra barata y precaria en el sector servicios. No nos dijeron que su plan era convertir el país en un retiro bastante asequible para los jubilados de Europa, que ven en esta crisis terrorista la oportunidad para comprar pisos a precio de saldo a las entidades que, según nos contaron, lo hicieron todo de maravilla. Todos los exilios son políticos. No tengo, por suerte, la tragedia de Cernuda, Machado, Tomás Navarro Tomás o Ramón J. Sender. No tengo la tragedia de Machado, pero tengo suficiente memoria para entender que los que les echaron a ellos son los mismos que echaron a la generación de mis abuelos a Alemania, Argentina, Suiza, Francia o Bélgica. Son los mismos que hace tres cuartos de siglo ganaron la guerra. No tengo la tragedia de Machado, pero tengo la propia. Compararme con ellos sería un acto de cinismo y de barbarie. Tengo la tragedia de no haber cobrado nunca una nómina de cuatro cifras, de haber tenido trabajo y aún así no poder valerme económicamente por mí mismo. Aún así, me siento afortunado de no haber sufrido alguno de los dramas humanos que conozco de primera mano. No sólo emigran jóvenes licenciados con máster e idiomas de menos de treinta, sino parados de larga duración sin estudios superiores, de mediana edad y con cargas familiares. En ellos, las motivaciones del exilio no son susceptibles de ser explicadas aludiendo al espíritu aventurero, sino, más bien, a la necesidad y a la supervivencia, palabras que la derecha tradicional y la que se disfraza de socialista suelen tachar de demagogia.

Antes salían del país en barcos atestados y ahora lo hacemos en vuelos chárter, aunque de low cost el exilio no tiene nada.

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Por una Navidad sin reportajes sentimentalistas

Marea Granate es una red internacional de emigrantes del Estado español.

Sabemos que las fiestas navideñas son una época importante para la mayoría de las familias españolas. Es época de reencuentros y de sentimientos. Y son momentos emocionalmente difíciles cuando no se puede estar cerca de las personas a las que se quiere. La elevada e incesante tasa de emigración de los últimos años hace que ésta afecte a prácticamente la totalidad de la población española: ¿quién no tiene a alguien de su familia o de sus amistades que haya tenido que irse de España?

Desde Marea Granate, como colectivo de emigrantes organizados, venimos denunciando las causas políticas y económicas que han provocado nuestra situación en particular, así como el deterioro de derechos de la población residente en España en general. No obstante, observamos con cierta perplejidad cómo en estas fechas se nos requiere continuamente para ofrecer testimonios, especialmente televisivos y radiofónicos, de reencuentros familiares; entrevistas en las que no se suele preguntar por las causas que nos han forzado a emigrar, ni tampoco por los recortes de derechos sociales y políticos que nos afectan directamente como colectivo de emigrantes.

Por eso, queremos hacer un llamamiento a los medios de comunicación y apelar a la ética deontológica de los profesionales de la información, para que no se busque incrementar la cuota de pantalla ni conseguir audiencia a nuestra costa, con el simple reclamo emocional, sin mencionar siquiera la raíz del problema.

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La exiliada número un millón

Pilar Pérez, militante de Juventud Sin Futuro y exiliada en Londres.

Hoy hace exactamente un mes que pisé tierra inglesa por primera vez. Creo que fui la exiliada número un millón. Aún estoy esperando mi premio.

Mi caso no es muy diferente al de muchas otras. Tengo 24 años y soy trabajadora social, de título y de corazón, porque me da vergüenza decir de profesión, ya que en España nunca se me ha dejado ejercer. Tras terminar la carrera y dar tumbos de un trabajo precario a otro y de un voluntariado a otro, y después de ver cómo el gobierno desmantelaba los servicios sociales ante mis narices, expoliaba el país, y se enriquecía a costa de mi paro, mi desesperación y mi frustración, decidí hacer la maleta y venirme a un lugar que se supone ofrece más oportunidades laborales. Llevaba años militando en Madrid, tratando de visibilizar el fenómeno que sufre una generación que está siendo expulsada de su propio país, y ahora soy yo la que me he tenido que marchar. Cuando estás aquí, te das cuenta de que tú eres una de esas estadísticas y vas poniendo cara a todas las demás, cada una con su situación personal y su propia historia.

Llevaba años militando en Madrid, tratando de visibilizar el fenómeno que sufre una generación que está siendo expulsada de su propio país, y ahora soy yo la que me he tenido que marchar


Me saltaré la parte de los preparativos, ya que no quiero entristecer a nadie con el trauma que supone dejar a todos tus seres queridos atrás, todo lo que te es conocido y lanzarte a la incertidumbre. Los primeros días se hacen muy duros. Creo que nunca me había sentido tan sola en mi vida. La ciudad es difícil y el shock cultural es importante, y yo me considero afortunada, porque hablo inglés fluidamente. No puedo ni imaginarme lo complicado que debe ser para todas aquellas personas que vienen con pocos conocimientos sobre el idioma.

Una de las cosas que más me llamó la atención cuando llegué aquí es que no te sientes en Inglaterra, es como estar de Séneca en Santiago. Mi abuela dice que por la noche todos los gatos son pardos. En el caso de Londres, es totalmente cierto: la noche londinense está llena de gatos madrileños. Pero no solo: los maños abarrotan las salas de espera para pedir el national insurance number (el número de la seguridad social), las calles de la ciudad hablan con acento gaditano y de vez en cuando gallego, la persona que te sirve el café es manchega, la que te pone la pinta es de Santander, y tus primeras fish and chips te las prepara un valenciano...

Comentaba en mi segunda semana aquí que el exilio es como un viaje de peregrinaje. Te vas encontrando con desconocidos que están pasando las mismas penurias que tú, charlas un rato con ellos para paliar la soledad, os dais algún consejillo, os contáis un par de aventuras y luego cada uno continúa con su camino deseándoos mucha suerte y sabiendo que seguramente no os volváis a ver en la vida.

Movida por la inercia de los comienzos, he tratado de no desmotivarme, aunque solo unas semanas son suficientes para darte cuenta de que aquí también nos quieren de mano de obra barata. Existe un puesto laboral en UK que se denomina kitchen porter; suena muy elegante, pero significa friegaplatos. Creo que uno de cada tres españoles con los que me he topado en lo poco que llevo aquí trabajan o han trabajando en uno de estos puestos. El nombre habla por sí solo y no tengo que explicar las condiciones laborales que esto implica y lo miserable que es el salario.

Esta es la situación que nos encontramos la mayoría de los jóvenes que emigramos a esta ciudad. A pesar de este panorama, aquí sigo, y parece que veo luz al final del túnel. Estoy trabajando en una pizzería, recibiendo las llamadas de los pedidos. En no muchos meses, puede que encuentre algo relacionado con mi campo. Si no me echa Cameron antes, que ya amenaza con cortar el tráfico de ciudadanos europeos.

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Nace 'Desde todas partes', un blog de Juventud Sin Futuro dedicado al exilio

Mapa interactivo del exilio elaborado por Juventud Sin Futuro (nonosvamosnosechan.net)

Rocío se marchó a trabajar de au-pair a Irlanda, pero se encontró con una doble jornada: cuidar de los niños y ocuparse de todas las tareas de la casa. Belén lleva meses en Berlín, preparándose el examen de alemán para poder optar a un trabajo decente. Roi está viviendo en Londres por segunda vez, y nota las diferencias –para mal– con respecto a su primer exilio. Pilar lleva años militando por un futuro digno, y al final ha tenido que hacer las maletas para labrarse el suyo en Inglaterra.

Rocío, Belén, Roi y Pilar son solo algunos ejemplos de una realidad de sobra conocida: la del millón de jóvenes que se han marchado de España en los dos últimos años. Tu vecino, tu hermana, tu colega de toda la vida , g ente que se ha visto empujada al exilio para buscarse un futuro. No se han ido, los han echado. Los han obligado a marcharse a causa de las políticas de austeridad, traducidas en recortes y pérdida de derechos.

No es movilidad exterior, es exilio económico. Quienes se van no son "ninis" , ni aventureros, son gente que necesita buscarse la vida como sea . P ersonas que, a pesar de las condiciones en las que les toca vivir muchas veces, se están organizando para cambiar las cosas. A través de la Marea Granate fundamentalmente, pero también con otras iniciativas, denuncian su emigración forzada y luchan desde fuera para recuperar su futuro y el de tanta otra gente.

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