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Sí, exilio

En esta entrada explicamos por qué utilizamos el término exilio y no otros para hablar de los miles de jóvenes que han abandonado nuestro país desde el inicio de la crisis

Si la RAE dice que “exilio” es “expatriación por razones políticas”, nos pone delante un arma de construcción masiva

Llamarles exiliados es una provocación. Pero la provocación, a menudo, funciona para construir en política cuando no se tienen a mano grandes recursos

La plaza de Margaret Thatcher, rebautizada hace unos meses como la de" la Juventud Exiliada" por Juventud Sin Futuro.

La plaza de Margaret Thatcher, rebautizada de la "Juventud Exiliada" en una acción de Juventud Sin Futuro.

Exilio. (Del lat. exilĭum): 1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos. – Real Academia Española de la Lengua.

 

Hace ya algún tiempo que empezamos a decir eso de que no nos vamos, nos echan. Seis años después del inicio de la crisis en 2008 y tres de la intensificación de la emigración en busca de oportunidades en 2011, es un lugar común señalar que el éxodo tiene causas políticas, causantes, responsables y es reversible. Cuando comenzamos con #NoNosVamosNosEchan, no lo era.

El discurso sobre los aventureros intrépidos que buscan experiencias fuertes e inmersiones idiomáticas construido por los de arriba a través de declaraciones pero también de dispositivos potentes como el programa de televisión Españoles por el mundo y sus sucedáneos regionales, ya no es dominante. Pero lo era. Vaya si lo era.

Hacer política desde abajo consiste, a menudo, en politizar dolores. Para que la agenda política y mediática se haga cargo de un asunto suele ser necesaria una estrategia eficaz, contundente y algunas demostraciones de fuerza. A la gente de Juventud Sin Futuro, en 2012, nos empezaban a doler las sillas vacías en las asambleas, en las comidas familiares y en las reuniones de amigos. Hacía tiempo que nos dolían las escenas lacrimógenas en los aeropuertos, los abrazos de despedida, los “cuídate mucho, tía”, “escribe pronto” y los “¿cuándo vienes por Madrid?”. Duele igual digan lo que digan los de arriba cuando la gente con la que compartes la vida desaparece de tu rutina y, a través de Skype, solo los recuperas a retales diciéndole a la pantalla del ordenador que los quieres. Pero si, además, los poderosos que jamás han tenido que marcharse hablan de irse a Laponia, de ninis, de Indiana Jones y de aventureros, el dolor comienza a convertirse en rabia, un sentimiento mucho más fértil para la política.

Amigos, familiares y compañeros se estaban marchando del país y muchos de nosotros empezábamos también a mirar de reojo ofertas de trabajo fuera mientras los que nos estaban echando construían un relato de película de Walt Disney. Y decidimos construir el nuestro.

Construir un buen relato en política, paradójicamente, exige mucha concisión: hay que agrupar ideas complejas y sentimientos con los que se identifique mucha gente en pocas palabras e imágenes. La idea estaba bastante clara: cuando tanta gente se va del país sin ganas de irse, no van a vivir una aventura, sino a buscar un futuro que, en su tierra, les han robado. “No nos vamos, nos echan”. Lo del exilio empezó como broma. La gente que se iba solía plantearlo en esos términos para quitar hierro al asunto: “pues nada, que me marcho a Berlín, que me exilio” y una sonrisa estampada debajo de los ojos tristes.

La broma tenía fuerza y podíamos darle una orientación política fuerte: si la RAE dice que “exilio” es “expatriación por razones políticas”, nos ponían delante un arma de construcción masiva. Las razones del éxodo eran complejas y multicausales, pero podían resumirse en una sola: la gestión de la crisis ha arrasado el país y las oportunidades de una generación entera. Sin oportunidades, con un 54% de desempleo juvenil y un 80% de empleos temporales de los creados en los últimos años, al paro y la precariedad se sumaba el exilio. Y lo dijimos sin complejos.

Llamarles exiliados es una provocación. Pero la provocación, a menudo, funciona para construir en política cuando no se tienen a mano grandes recursos.

Es evidente que los jóvenes (y mayores) que se van de España hoy no se van como quienes perdieron la Guerra Civil. Vivimos una democracia de baja intensidad, pero los derechos civiles fundamentales se suelen respetar. Llamarles exiliados es una provocación. Pero la provocación, a menudo, funciona para construir en política cuando no se tienen a mano grandes recursos. Nosotros éramos en 2012 (y seguimos siendo hoy), un colectivo que cuenta con poco más que las cabezas y cuerpos de quienes lo componemos. Proyectar a los medios de comunicación un tema y colocarlo en el centro de la agenda política con esos medios es complicado. A menudo requiere de ciertas licencias. Esta es una que nos tomamos y salió muy bien. Salió increíble.

Nadie puede hoy decir que los datos del paro mejoran sin que se le oponga el argumento de quienes se han ido del país. Nadie se atreve a hablar de aventuras e inmersiones lingüísticas. La gente que se ha ido es un problema grave que hay que tener en cuenta. Y se han organizado en la increíble Marea Granate en todo el mundo. Eso lo hemos conquistado entre quienes hicimos nuestro el #NoNosVamosNosEchan.

Y sí, nos tomamos la licencia del exilio. Ya se puede dejar de utilizar si se quiere (aunque nosotros no pensamos hacerlo), porque ha cumplido su función: hemos empezado a ganar. Convertir el dolor en política no cambia la realidad material, pero es un paso fundamental.

Ahora nuestra gente se respeta. El siguiente paso es construir un país para que puedan volver. Entre todos y desde todas partes.

 

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