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Qué tiempos aquellos, cuando nos quedábamos cortos

Los líderes mundiales hablan y hablan sobre la importancia de afrontar la desigualdad pero no atacan la raíz del problema y permiten que se mantenga un status quo que hace que crezca la brecha entre los más ricos y la gran mayoría.

Un zapatero trabaja ante su casa en República Dominicana.

Un zapatero trabaja ante su casa en República Dominicana.

En enero de 2014 Oxfam lanzaba en el Foro de Davos un dato que escandalizaba: 85 personas atesoraban tanta riqueza como la mitad de la humanidad. En un planeta en el que todavía se acuestan con hambre más de 800 millones de personas cada noche, ese dato sacudió muchas conciencias y empujó a la opinión pública y a los organismos internacionales a aceptar que esta desigualdad extrema es uno de los más graves problemas de la humanidad.

Y en enero de 2015, Oxfam denunció que la concentración de la riqueza crecía y crecía –ya eran 80 y no 85 las personas que acumulaban tanta riqueza como media humanidad- y que de seguir la tendencia actual, en 2016 el 1% de la humanidad tendría tanta riqueza acumulada como el 99% restante. Muchos no se lo creyeron. Y tenían razón, nos habíamos equivocado.

Después de Davos, la denuncia de la desigualdad extrema creció como sujeto de preocupación en muchos ámbitos. En la OCDE, en el FMI y en foros empresariales empezaba a asumirse que este nivel obsceno y creciente de desigualdad nos conducía al abismo. “La desigualdad extrema ralentiza el crecimiento y hace que sus beneficios lleguen a pocos”, señalaba la directora gerente del FMI, Christine Lagarde. “La desigualdad es la raíz de todos los males sociales” señalaba el Papa Francisco.

Hace sólo unos días, el presidente del Banco Mundial, Jim Kim, ha señalado en sus reuniones anuales que “en demasiados países, los ricos evaden el pago de su parte correspondiente en impuestos. Algunas compañías usan estrategias elaboradas para no pagar impuestos en los países en los que trabajan, y eso es una forma de corrupción que perjudica especialmente a los pobres”.

Credit Suisse ha sacado a la luz su nuevo “Global Wealth Report” con unos datos escalofriantes. Las predicciones de Oxfam eran erróneas: no ocurrió en 2016 sino un año antes. Hoy es ya un hecho que el 1% acumula tanta riqueza como el 99% restante. Y la mitad más pobre de la población mundial, 3.500 millones de seres humanos, tan solo tiene el 1% de la riqueza.

Estos datos atroces son la demostración de que la desigualdad está absolutamente fuera de control. Cada día conocemos noticias de compañías que establecen complejos mecanismos para evitar que lleguen recursos a las arcas públicas, vulnerando cuando no la ley sí su espíritu, dejando de lado a los millones de personas que dependen de las políticas públicas. Y engordando los beneficios de unos pocos a costa de las necesidades y derechos de la mayoría. Los líderes mundiales, mientras, hablan y hablan sobre la importancia de afrontar la desigualdad, pero no atacan la raíz del problema y permiten que se mantenga un status quo que hace que crezca la brecha entre los más ricos y la gran mayoría.

Sin afrontar la desigualdad extrema no habrá forma de construir un mundo justo y con oportunidades para todas las personas, y seguiremos condenando a cientos de millones a la pobreza.

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