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¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre!

Chema Álvarez

Nunca se lo perdonó a sí misma y muchos tampoco se lo perdonaron. El 4 de noviembre de 1936, ya bastante anochecido según informaba la edición del ABC de Madrid del día siguiente, cuatro anarquistas de la CNT entraban en el nuevo gobierno de Largo Caballero. Federica Montseny Mañé, hija de anarquistas educada en La Idea y criada durante su infancia en el contexto de los falansterios de inspiración furieristas, de formación exclusivamente autodidacta, sindicalista afiliada al Sindicato de Intelectuales y Profesiones Liberales de Barcelona, se convertía así en la primera mujer ministra de la Historia de España, pero no de Europa, dado que se le adelantaron en Europa occidental la laborista inglesa Margaret Bondfield y en la oriental la comunista rusa Aleksandra Kolontái.

La Montseny (como era conocida en los círculos libertarios, también apodada durante la guerra como Miss FAI y, posteriormente, durante su exilio en Toulouse, como La Leona), llevaba ya a sus espaldas un amplio bagaje activista y de producción cultural –sin olvidar su excepcional oratoria- cuando es llamada por la CNT a integrar el gobierno de Largo Caballero. Su participación constante como editora y articulista en La Revista Blanca, publicación ácrata de enorme prestigio fundada por sus padres –Teresa Mañé, alias Soledad Gustavo, y Juan Montseny, alias Federico Urales-, se une a su producción literaria de novelas con un claro trasfondo de denuncia social y reivindicación de la mujer.

La AIT -y, en general, el anarquismo internacional- fue muy crítica en su momento con la entrada de la CNT en el gobierno. Los motivos de dicha decisión han sido ya explicados en muchas ocasiones y desde diversos foros por quienes la tuvieron que tomar. Son de destacar las referencias de Abad de Santillán, Joan Peiró y la misma Federica Montseny –como testigos directos-, y de Juan Gómez Casas en su Historia de la FAI. En la historiografía anarquista se ha hecho constante referencia a que la CNT ya había entrado en el Gobierno de la Generalitat. Este ingreso fue edulcorado ante las bases y milicias libertarias mediante el artificio de cambiar la palabra Govern por Consell, algo que se trató de hacer a la hora de entrar a formar parte del gobierno de Largo Caballero, sin que éste lo admitiera.

Así, Federica Montseny, se incorporó un 5 de noviembre al Gobierno de España con la cartera de Sanidad y Asistencia Social. En el primer consejo de ministros al que asistió se decidió el abandono de la capital por parte del gobierno, debido al riesgo inminente de la toma de Madrid por las tropas rebeldes facciosas que estaban a sus puertas.

Al día siguiente de ese mismo traslado Federica Montseny regresó a la capital y, según cuenta otra de sus biógrafas, que la conoció y trató bastante en vida, Antonina Rodrigo, la recién nombrada ministra se domicilió en el Ministerio de la Guerra, en cuyo sótano durmió durante meses en una cama de campaña, en compañía de Margarita Nelken. Desde allí recorría a diario las trincheras y arengaba a los milicianos y milicianas, y en ocasiones era enviada por el general Miaja a donde las tropas chaqueteaban. Solía coger por las solapas a los hombres y les gritaba “¡Al frente, si tenéis c…! ¡A defender Madrid!”.

Susanna Tavera escribió una biografía muy completa y crítica sobre la vida, obra, logros y fracasos de Federica Montseny (Federica Montseny, La indomable, edición en Temas de Hoy). En ella cuenta que Federica recibía el sueldo de ministra que entregaba íntegro al Comité Nacional de la CNT, y a cambio recibía de éste las 10 pesetas diarias del sueldo de miliciana. Cuando este humilde salario no le llegaba para afrontar los gastos que tenía como ministra, entregaba los recibos y notas de los mismos a la organización para que se los reembolsara.

Lo primero que hizo fue reorganizar el ministerio. Aparte de estructurar los servicios médicos de vanguardia y retaguardia de una República en guerra, se hizo cargo de la evacuación y acogida de la población refugiada. A pesar de que recibió presiones para dar la subsecretaría al doctor Marañón (que andaba diciendo que no abandonaría España y antes de finales de año se exilió en París), finalmente se rodeó de tres estrechas colaboradoras, decidida a feminizar el ministerio: la doctora de la UGT Mercedes Maestre Martí, la trabajadora social Elàdia Faraduo i Puigdelleres y la doctora Amparo Poch y Gascón, una médica anarquista fundadora de la organización “Mujeres Libres”.

Sobre ésta última, Amparo Poch y Gascón, merece la pena leer su biografía escrita por Antonina Rodrigo (Una mujer libre. Médica y anarquista, en ediciones Flor del Viento). Durante el franquismo hubo varios intentos de hacer desaparecer el expediente académico de la doctora Poch: en las 28 asignaturas de la Facultad de Medicina de Zaragoza obtuvo matrícula de honor. Pertenecía al grupo libertario de mujeres “Ogino”, que proponía este método anticonceptivo como control inicial de embarazos no deseados.

La “Interrupción Artificial del Embarazo” se reconoció como práctica legal en Catalunya mediante decreto del 25 de diciembre de 1936. Por primera vez se regulaba en España el derecho y se autorizaba la práctica del aborto en unas condiciones dignas y sanitariamente controladas. Tal y como señala la historiadora Mary Nash en el capítulo de su obra Rojas referente a la Revolución y legalización del aborto, esta legalización no fue resultado de la creciente normalización del aborto terapéutico que había tenido lugar desde finales del siglo anterior, sino que más bien fue una iniciativa anarquista a favor de la reforma sexual y de los derechos de la mujer.

Según cuenta Susanna Tavera y la misma Federica Montseny en sus propias memorias, la ministra de Sanidad redactó en compañía de la doctora Maestre un texto legislativo que ampliaba, con carácter de Estado, lo establecido sobre la interrupción del embarazo en el decreto catalán. Sin embargo, dicho texto quedó olvidado en el portafolios de Largo Caballero, con la oposición del doctor Negrín, más interesado en los presupuestos de guerra que en la desigualdad de género.

Montseny recurrió entonces al subterfugio –siempre según cuenta Tavera- de extender la aplicación del decreto catalán a los diferentes centros sanitarios, dispensarios y ambulatorios que estaban bajo su jurisdicción ministerial, lo cual se hizo mediante una orden de naturaleza interna.

Federica Montseny estuvo al frente del ministerio hasta mediados de mayo, cuando cayó el gobierno a causa de los hechos acaecidos en Barcelona tan bien narrados de primera mano por George Orwell en su Homenaje a Cataluña. Apenas fueron seis meses de actividad frenética en la que esta excepcional mujer -a la que todavía quedaría mucha vida y sería capaz de reunir en julio de 1977, a vuelta del exilio, en un mitin de Montjuich, a cientos de miles de personas-, hizo todo cuanto pudo y más por dignificar la vida de mujeres y hombres desde el ámbito de la sanidad pública. Nunca se definió como feminista, a pesar de serlo. Más bien, trataba siempre de puntualizar su postura y, fiel a sus principios anarquistas, cuando se le preguntaba sobre esta cuestión, solía contestar:

“¿Feminismo? ¡Jamás! ¡Humanismo siempre!”.

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