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EXTREMADURA

Opinión

El Leviatán de Malpartida de Cáceres

Resulta escandaloso que tras años de una feroz dictadura cuya herencia seguimos sufriendo retroactivamente siga aún latente, como una llamarada, la memoria posfranquista en algunas zonas. Sorprende especialmente el pueblo cacereño de Malpartida de Cáceres, en el que se produjo hace apenas unos días una manifestación en apoyo a Alfredo Aguilera, el alcalde condenado a nueve meses de prisión por un delito de violencia machista”

Alfredo Aguilera Malpartida Cáceres

Alfredo Aguilera Ayuntamiento de Malpartida

La idiosincrasia de los pueblos se mide por sus gentes, su cultura y su folclore. También por las políticas que marcan ideológicamente su funcionamiento dotándolos de vida e identidad propia. 

Resulta escandaloso que tras años de una feroz dictadura cuya herencia seguimos sufriendo retroactivamente sigan aún latente como una llamarada, la memoria posfranquista en algunas zonas. Sorprende, especialmente el pueblo cacereño de Malpartida de Cáceres, en el que se produjo hace apenas unos días una manifestación en apoyo a Alfredo Aguilera, el alcalde condenado a nueve meses de prisión por un delito de violencia machista. 

Los vecinos, arremolinados alrededor de una fuente situada en la plaza del pueblo, rindieron vítores y aplausos sin ningún tipo de pudor ni cuestionamiento ético que se precie al condenado. 

Y es que ética y razón van unidas irrevocablemente de la mano. Las mismas manos que, manchadas de complicidad, clientelismo y mala baba, precipitaron a la maltratada a un abismo público señalándola como culpable. Un centenar de mentes vociferantes que en cada bramido hacían languidecer el avance democrático de cada uno de nosotros. Especialmente el de las mujeres, consideradas ciudadanas de segunda ante el conato de sublevación contra la tiranía de quien somete creyéndose el amo. 

No es una cuestión de posicionarse, ni de convertir la pedanía en un vulgar y estéril campo de batalla. Tampoco pasa por aseverar ficciones que dividan para perder o ganar. Se trata de justicia, de toma de conciencia y libertades colectivas e individuales. Un pueblo sometido jamás puede ser libre, al igual que ninguna mujer podrá serlo mientras otra esté recluida bajo la armadura del nada decrépito machismo. 

El ser humano está lleno de miedos, desde el miedo a morir hasta el miedo a ser dominado. Sin embargo necesita pactar consigo mismo un contrato que lo libere de la inmensa carga que lo condena al sometimiento y a la noexistencia.

Por eso hay quien ejerce, a través de la ley del más fuerte, su propio contrato que anula de facto al otro. Un yo y un otro con miedos distintos bajo la paradoja de la mutua exigencia en la que termina emergiendo la imperiosa necesidad de reconocimiento. Para que haya reconocimiento debe contraponerse el sometimiento, pero el primero sólo puede darse a través de la liberación que, a su vez, se produce desde la toma de conciencia. Pero; ¿Cómo y para qué son utilizadas las libertades? 

La idea de libertad ha ido configurándose y redefiniéndose a lo largo del tiempo. Para el liberalismo contemporáneo la libertad se expresa a través de la idea del libre albedrío, concepto cuyo origen está ligado a la edad media y nos aboca, debido al contexto político y económico en que nos encontramos, a esa sociedad cansada dibujada por Byung-Chul. La libertad, concepto abstracto y etéreo,  configura los anhelos nostálgicos de hombres y mujeres más allá de las medidas legales que puedan aplicarse para protegerla. 

¿Cómo confinar la mismísima libertad a través de un Decreto de Ley?  Cabe pensar que a través del Pacto de Unión liberal. 

Malpartida de Cáceres es un pueblo marcado por la figura de su alcalde convertido en la figura de un invencible Leviatán que se niega a claudicar y a despojarse de todas esas personas que habitan dentro y fuera de él formando una suma y un todo. 

Si hay algo en lo que estén de acuerdo los vecinos de Malpartida de Cáceres, es en que la defensa del alcalde se debe a su buen hacer por el pueblo, hecho – según la valoración de los votantes –, lo suficientemente importante como para anteponerlo ante una conducta negligente y punitiva.  

Esta afirmación no es una cuestión baladí en un Pacto de Unión. Para mitigar la naturaleza competitiva, y con el fin de establecer una convivencia complaciente, los vecinos han creado un pacto basado en el instinto de conservación que anula el miedo a cambio del deseo a vivir más cómodos. 

Para que el miedo desaparezca es imprescindible la renuncia cedida a un absoluto que lidera y enmarca  normas cooperativas instaurando un régimen individualista que anula la capacidad voluntaria de lucha por la libertad, imposibilitando la insurrección de los adversos. Malpartida de Cáceres, con su idiosincrasia iusnaturalista, consiente, a cambio de políticas que les beneficie individualmente, cualquier violencia que pueda ejercer el Leviatán amparado en la firma no tácita de un pacto que legitime su conducta y permita una defensa pública, fundada bajo los cimientos de un trueque deformado inasumible para cualquier sociedad que piense en el progreso. 

El alcalde, necesitado de reconocimiento, ha conseguido que otros se sientan también reconocidos a través de su figura; mientras, una minoría reprimida, se niega a hacer cesión de su derecho natural al miedo ya que éste, es indispensable para la toma de conciencia que les lleve hacia la liberación de un pueblo que vive bajo el yugo de un monstruo al que hay derrotar. Ese trabajo nos pertenece a todos y a todas. 

Hay quien piensa que la libertad de cualquier ciudadano a manifestarse, puede servir de excusa razonable para hacer propaganda y apología de la violencia machista  por aquello del libre albedrío, que poco tiene que ver con la libertad.  Por eso, utilizan el atávico y neoliberal argumento del medievo, para así sacar a relucir aquello de que los trapos sucios se lavan en casa. Es hora de sacar los trapos sucios a ventilar por las calles de Malpartida; habrá que entonar entre todos un rezo que produzca la conversión colectiva del pueblo, quizá se les aparezca el mismo niño que le dijo a San Agustín aquello de:《Toma y lee》.

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