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EXTREMADURA

Opinión

Sin revolución

“El dependiente miró encolerizado a la cliente que ojiplática y, pese a estar algo desconcertada, no se achantó ante los gritos violentos. Ante la respuesta de la chica, que le exigía guardar el tono, el señor del pelo de olla optó por dar puñetazos al mostrador. (…) Volví a echar un vistazo al interior de la tienda. Las mujeres que esperaban tranquilamente ser atendidas seguían allí como entumecidas, ajenas o enajenadas, alineadas o alienadas o simple y llanamente despreocupadas, pasivas”

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"La revolución será feminista, o no será", pancarta en la Puerta del Sol. 29 de mayo de 2011. (Juan Luis Sánchez)

Diría que tengo mala suerte, pero siendo completamente sincera, la razón por la que habitualmente necesito comprar adaptadores para cargar el teléfono móvil, viene dada por el mal uso de los aparatos.

Llovía a mares y el frío propio de la época estacional calaba y humedecía mis huesos hasta la más cruel tiritona. Y todo por un móvil. El caso es que, más allá de la mundana excusa de mi compra, lo que venía a contar es lo que sucedió en la tienda. Era una tienda de esas en las que te encuentras millares de aparatos, todos ellos distribuidos por enormes pasillos debidamente señalados. Por un lado el menaje; por otro los productos de papelería, a la izquierda las herramientas de jardinería y a la derecha otras variedades de utensilios de uso doméstico. 

Confieso que con el paso del tiempo y la acumulación de años, me he vuelto cada vez más pragmática y mi paciencia se ha visto reducida considerablemente, por lo que me inclino cómodamente por la opción de pedir el objeto que busco sin miramientos ni mayor dilación que la obligada transferencia compra-pago. Detrás del mostrador, tras la caja registradora, estaba el dependiente, un hombre de unos cincuenta años; cuerpo menudo, cabello cortado en forma de olla y rasgos visiblemente orientales.

  Me percaté de la fila que había para los pagos, unas cinco personas debidamente alineadas. Todas eran mujeres. Volví a ojear el espacio, miré de nuevo al dependiente que hablaba por teléfono con un tono elevado y una expresión de enfado propia de un carácter iracundo. Me posicioné escorada en un extremo del mostrador, distanciándome de la fila formada con orden militar esperando la oportunidad de preguntar por el adaptador que necesitaba antes de guardar debidamente la cola. 

El señor de corte olla elevaba cada vez más el tono, parecía que hablaba con algún técnico, o con el almacén, o con otra tienda, o con el laboratorio orbital chino Tiangong-1; no sabría qué decir, porque ninguna de las personas que estábamos allí entendíamos nada. A mí se me empezaba a agotar la paciencia, y en la cabeza me rondaba de manera cada vez más compulsiva la idea de abandonar el local. No necesitaba excusa, hace tiempo que soy cero tolerante con las escenas de bramidos exaltados y finales poco resolutivos, cualquier eximente queda validado. 

En ese momento el dependiente apagó el teléfono.

-¡ Por fin! -  Me dije.

La mujer que esperaba a la a cabeza de la fila preguntó al señor del teléfono por si su problema estaba resuelto. Bien es cierto que utilizó un tono jocoso, “¡Te lo dije!”, pero ni mucho menos ofensivo para la respuesta del dependiente.

Miró encolerizado a la cliente que ojiplática y, pese a estar algo desconcertada, no se achantó ante los gritos violentos del comerciante. Ante la respuesta de la chica, que le exigía guardar el tono, el señor del pelo de olla optó por dar puñetazos al mostrador. A su lado permanecía estática una dependienta, que sonreía nerviosamente intentando justificar a su superior; estaba claro que convivía y aceptaba con cierta naturalidad los desvaríos de su jefe. Se me ocurrió dar un paso al frente para comunicarle mi decisión de no querer comprar debido a la violencia improcedente con la que estaba tratando a aquella chica que amenazaba a esas alturas con llamar a la policía.

Esperé en la entrada fuera del establecimiento, por si la cosa se desmadraba y la mujer a la que iba dirigido el conflicto necesitaba ayuda, pero salió diez segundos después dejando atrás la tienda con ritmo ligero y andar galopante.

Volví a echar un vistazo al interior de la tienda. Las mujeres que esperaban tranquilamente ser atendidas para abonar sus compras seguían allí como entumecidas, ajenas o enajenadas, alineadas o alienadas o simple y llanamente despreocupadas, pasivas y sumisas haciendo sus compras cotidianas. 

Supongo que la rutina de los días hacía necesario seguir con sus vidas evitando por cualquier vía sacar los pies los tiesto no vaya a ser, que ese día, lleguen a casa y comprueben que han olvidado comprar el bote de lejía por defender a otra mujer o, quién sabe, quizá a ellas mismas. Entendí también que la revolución está aún por hacer.

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