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Herreños de verano

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No me gustan los estereotipos, la banalización y la demonización de las cosas y menos cuando hablamos de las personas. En este mundo global en el que nos movemos en libertad por todos los pueblos, no parece lógico ni apropiado que la hospitalidad herreña se vea empañada y confrontada por las relaciones de herreños que vivimos en esta isla de forma permanente con los que cada verano retornan a su isla de origen, o con otros que tienen lazos familiares.

Generalizar es malo, dañino e improductivo. Por eso, y aún a sabiendas que mis palabras pueden generar un debate que espero sea sano, productivo y no maligno e intencionado; últimamente llevó oyendo la expresión de siempre “herreños de verano”, pero ahora con ciertos tintes sectarios y hasta xenófobos, algo que se contradice a todas luces con nuestro carácter afable y receptivo.

Como dice el dicho popular, “no podemos meter a todos en el mismo saco”, y tengo que reconocer que hay herreños que regresan a su isla cada verano, y no por eso son herreños de verano, que quizás pierden en algunos casos la perspectiva del transcurrir cotidiano de El Hierro, que incluso algunos te vienen a dar clases doctorales de nuestro modelo de vida, de que pretenden poner el servicio de la administración al suyo y en unos días, semanas o mes que dure su estancia temporal…, y alguna anécdota más que podría contar.

Pero estandarizar y generalizar, aparte de ser poco apropiado y hasta peligroso, puede aislarnos aún más y condenarnos a mirarnos el ombligo de por vida.

Algunos herreños, espero y deseo que sean pocos, no ven en ellos unos paisanos que tuvieron que salir en momentos difíciles, y que al contrario de no regresar y poder buscar otros destinos en las playas del Caribe para su disfrute veraniego, deciden voluntariamente regresar a su islas natal, y este hecho, más que criticarlo lo que deberíamos aplaudirlo y verlo como una oportunidad de convivencia temporal.

No nos olvidemos, que de ser así, “herreños de verano” podrían ser nuestros propios hijos que han salido a estudiar y no han encontrado en su isla natal un medio de vida o bien han preferido seguir su camino en otros lugares.

“Entre col y col una lechuga”, pero veamos a estos herreños que vuelven en puentes y fechas señaladas, como familia, amigos y un colectivo que, en la mayoría de los casos, nos abren los ojos a muchas cosas que no les gusta. Gente que regresa y que no solo aporta beneficios económicos, sino que representan oportunidades para escuchar otros puntos de vista, por eso de que quizás de tanto mirar un árbol no vemos el bosque.

Planteemos que posiblemente muchos de ellos se quejan con toda la razón de lo que nosotros al final, y ante la desidia y conformismo ciudadano, llegamos a aceptar con resignación y a ver con total normalidad.

Tengo que reconocer, que en mi caso particular, estoy totalmente de acuerdo con aquellos herreños que retornan y que critican en libertad, sin mediatización y olvidándose de los perjuicios pueblerinos, la desidia frente a determinados servicios que son tercermundistas y que hablan abiertamente del abandono de calles, carreteras jardines y pueblos.

Pero permítanme que también muestre mi disconformidad con otros pocos que se quedaron trasnochados en alguna noche de verano y siguen pensando que El Hierro es un coto privado de disfrute, caza o pesca para determinadas ocasiones del año, y lo mejor es mantenerlo intacto.

¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? Posiblemente este pasaje bíblico podríamos aplicárnoslo y no entrar en juicios de valores improductivos, sectarios y prehistóricos a la hora de mirar de frente a los que siguen siendo herreños pero no viven aquí.

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