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El congreso extraordinario de Lampedusa

En un congreso prima la lealtad perruna, la obediencia ciega y los trapicheos de aquellos que, con su voto, también se juegan su inmediato futuro laboral. Es una garantía gatoparda: que todo cambie para que todo siga igual

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Quienes ven en las primarias la solución a todos los problemas del PSOE se equivocan. Hace falta mucho más para que este partido en proceso acelerado de autodestrucción sea capaz de revertir un hundimiento donde ya no hay suelo, donde cada elección demuestra que siempre se puede caer un poco más. Las primarias no curan el cáncer ni acaban con el hambre en el mundo. Tampoco iban a servir por sí solas para que tantos exvotantes socialistas perdonasen los agravios acumulados. Las primarias no son perfectas, pero su alternativa es aún peor. Y su eliminación en la práctica por la vía de ese congreso extraordinario que las deja sin espacio y sin valor –o, en el mejor de los casos, como un proceso donde el siguiente candidato estará domesticado, como lo estuvo Borrell– es un nuevo fraude a los militantes y simpatizantes socialistas por parte de una cúpula que no entiende nada, que no escucha a nadie, y a la que solo parece preocuparle su propio poder y posición.

No hay un solo argumento democrático que explique por qué un congreso donde apenas un millar de delegados podrá votar es mejor que unas primarias abiertas para solucionar la terrible crisis de confianza, legitimidad y representatividad que sufre el PSOE. Ni uno solo. La única razón por la que el aparato del partido –empezando por su secretario general saliente, Alfredo Pérez Rubalcaba– ha optado por adelantar el congreso en vez de las primarias es porque, en unas primarias verdaderamente abiertas, cada voto vale exactamente igual: sea el de un simple simpatizante o el de la presidenta de la Junta de Andalucía.

Los congresos como forma de gestionar internamente la vida política de los partidos tenían sentido en el siglo de la diligencia, el telégrafo y la clandestinidad. Hoy solo sirven para dar aún más poder a la cúspide de la organización frente a sus bases, a las que se desprecia y ningunea. Es una forma de elección de líderes opaca, despótica y anacrónica que solo sobrevive en aquellas organizaciones elitistas donde la libertad se percibe como un problema y no como una virtud. En un congreso prima la lealtad perruna, la obediencia ciega, y los trapicheos de aquellos que, con su voto, también se juegan su inmediato futuro laboral. Es una garantía gatoparda: que todo cambie para que todo sigua igual.

Quienes hoy se oponen a las primarias no suelen ofrecer argumentos muy distintos a los que, tiempo atrás, presentaban quienes se oponían a la democracia: el riesgo del populismo, la división interna, el exceso de personalismo... Dicen que las primarias se pueden manipular –y es cierto, igual que unas elecciones generales–, pero esconden que el riesgo de manipulación es mayor cuanto más pequeño sea el cuerpo electoral. En el fondo, de lo que hablamos es de algo tan sencillo como creer o no creer en la democracia como método de trabajo, en vez de como una herramienta para la propaganda y la consecución del poder. No hay distintión posible entre democracia interna y democracia a secas: en ambos casos se trata de respetar a los votantes –o a los militantes– como adultos con criterio y no como a un ganado al que resulta imprescindible acaudillar.

Aquellos que desconfían de las primarias en quien no confían es en la gente, o en sus propias posibilides para alcanzar el poder si el método de selección, en vez de por la intriga palaciega, pasa por convencer a los demás de su capacidad. ¿Cómo pretenden recuperar el apoyo de los ciudadanos si ellos mismos les dan la espalda? ¿Cómo van a representar a una sociedad a la que ni siquiera se atreven a escuchar?

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