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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Tras la pandemia, ¿lo de antes? ¡Qué pereza!

Vista del Hospital Donostia de San Sebastián

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Se ha impuesto ya como un dato inamovible de nuestra realidad colectiva: esa rebelión de un sector social del país contra las normas y las restricciones impuestas por las autoridades, para hacer frente a la pandemia del coronavirus. Las fiestas ilegales (sin mascarillas y sin distancias), las celebraciones callejeras para agasajar a los equipos deportivos de cada cual, los disturbios de quienes morirían, también en masa, si el fútbol no existiera… Es una rebelión ya militante, consciente, desafiante. Una rebelión por principios, en nombre de la libertad individual, que está, como es sabido, blindada ante cualquier tipo de limitación: para prevenir contagios, para evitar muertes, para que no se colapse el sistema sanitario… ¿Quién se ha creído el Estado que es para prohibirnos nada con el pretexto de protegernos? ¿O acaso aún no se ha enterado de que es en las UCI donde mejor se desarrollan las libertades de cada uno, sobre todo las de movilidad?

Son éstas actitudes avaladas por doctrina plenamente autorizada. Y con un largo recorrido a sus espaldas. Porque han pasado ya algunos años desde que ese expresidente del Gobierno, José María Aznar, se preguntara por qué tenía nadie que decirle cuántas copas podía o no tomarse antes de coger el coche y ponerse al volante. Y si los Gobiernos se toman esas libertades con los ciudadanos, ¿por qué los ciudadanos no podían tomarse sus propias libertades? Más aún teniendo en cuenta que quienes ahora gobiernan carecen de cualquier tipo de legitimidad, porque son gente que trata de sovietizar a este país valiéndose de cualquier medio, por indigno que sea.

Cuando nos despertamos de la pandemia, el turismo de borrachera, que había convertido en alegres manicomios a buena parte de la costa española, seguía allí

Nada más lógico, pues, que, siguiendo la “doctrina Aznar”, y por la vía de los hechos consumados, vayan abriéndose enclaves libertarios, como el Madrid de Ayuso, que nos permitan seguir siendo el faro del turismo internacional, particularmente, el de esas masas juveniles de Europa que huyen de unos países cada vez más restrictivos, para instalarse allí donde la juerga permanente pueda tener barra libre. Y, de paso, nos vayan preparando para que la España vacunada y libre de la pandemia vuelva a ser el país alegre y sin normas que era, antes de que un Gobierno social-comunista le recortara las alas.

Porque lo cierto es que mucho de lo que ahora nos sorprende por estar en pandemia, lo hemos tenido durante demasiados años sin ella. Formó parte integrante de esa identidad tan nuestra que estamos echando de menos y ahora queremos recuperar a toda costa; de manera que tampoco sería de extrañar que algún día, no lejano, pudiéramos decir, recordando nuevamente a Monterroso: cuando nos despertamos de la pandemia, el turismo de borrachera, que había convertido en alegres manicomios a buena parte de la costa española, seguía allí. Como seguían las noches, siempre jóvenes, en las que ni se duerme ni se deja dormir, que para algo está el “ocio nocturno”. Como seguían los botellones de adolescentes sin otras perspectivas de entretenimiento que no sean las de un gregarismo extremo, destinado a “matar el tiempo”, a la espera de que el tiempo les mate sin haberle sacado mayor provecho.

Como seguía el ansia de un consumo sin freno y sin control, ahora estimulado por una publicidad que disimula su codicia con mensajes ñoños y supuestamente edificantes, muy adaptados a la actual situación. Como seguía, también vía publicidad y en las horas televisivas de mayor audiencia, el fomento descarado del juego (eso sí, aludiendo, para salvar la cara, a la “responsabilidad individual”). Como, en fin, seguía en pie la ideología, ¡tan antigua!, del “sálvese quien pueda”, del “todo por la pasta” y del disfrute personal garantizado en todo momento y a todo trapo. ¿Cómo vamos a salvar la economía, si no?

Porque, ahora que recuerdo, la “salvación de la economía” también la teníamos antes de la pandemia. Y sirvió como pretexto para destruir empleo, privatizar servicios públicos, imponer recortes sociales… y encima endeudarnos más como país. Y hoy le sirve a Ayuso como pretexto para salvar los negocios y el ansia de diversión continua de los madrileños, que el Gobierno de Sánchez trata de extirpar, con llamadas a la solidaridad y otros anacronismos semejantes. ¿Por qué se llamará “solidaridad” a lo que no es sino un intento social-comunista de acabar con la libertad individual de los ciudadanos de Madrid? ¿Por qué no abandonamos mensajes populistas como las subidas de impuestos a los ricos –que lamentablemente han acabado contagiando al mismísimo Fondo Monetario Internacional- para que sigamos dejando el dinero donde tiene que estar: en el bolsillo de la gente? ¿Para qué, si no, es la libertad?

Cuando nos despertamos de la pandemia, Aznar y la FAES, el mercado y su competencia despiadada de siempre (ahora por las vacunas), junto con su inevitable acompañamiento nacionalista, seguían estando allí.

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Publicado el
12 de abril de 2021 - 21:16 h

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