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Villarreal, 21 de julio de 1936. La Guardia Civil ante su encrucijada

Vitoria 14 de abril de 1936. Parada militar en la Calle Dato con motivo del aniversario de la Segunda República. En la imagen, una sección de la Guardia Civil; véase al fondo la estación de ferrocarril (Yanguas, AMVG).

Vitoria 14 de abril de 1936. Parada militar en la Calle Dato con motivo del aniversario de la Segunda República. En la imagen, una sección de la Guardia Civil; véase al fondo la estación de ferrocarril (Yanguas, AMVG).

La preparación del próximo número de Saibigain, la revista digital de la Asociación Sancho de Beurko (que supondrá la reedición del libro de 2006 sobre el frente alavés), ha permitido retomar cuestiones sobre los hechos acaecidos en el norte de este territorio histórico durante la pasada Guerra Civil y que desde entonces no han sido tratados por ningún otro autor en la historiografía vasca con excepción de los trabajos de nuestro amigo Germán Ruiz Llano, quien —según nos confesó- vino a inspirarse en aquella primera obra de las tres que se han dedicado a este frente de la mano de dos de los autores de este blog, Josu Aguirregabiria y Guillermo Tabernilla, lo cual nos honra enormemente (1). Una de estas cuestiones hace referencia a la delicada situación en que quedó la Guardia Civil en Vitoria tras la sublevación del 19 de julio de 1936, en lo que era la típica ciudad provinciana de militares y curas. La cuestión no es baladí, pues el propio general Francisco Franco consideraba que la adhesión de la Guardia Civil era dudosa, poniéndose muchos oficiales “de lado de la autoridad constitucional, algunos porque es más cómodo; otros a causa de sus convicciones” (2). Lo que está claro es que allá donde la Guardia Civil se mantuvo leal a la República fracasó la sublevación, por lo que el cuerpo sufriría en los años siguientes una profunda y drástica depuración (3).

Ya dijimos en el prefacio de nuestro libro que el comienzo de la sublevación militar, materializada el 19 de julio de 1936, “estuvo marcado por tantas cautelas e indecisiones que el propio alma mater de los insurgentes, a la sazón jefe del batallón de Flandes, Camilo Alonso Vega, no tuvo el control de la situación hasta el último momento”. Ello conllevaba que no solo no pudiese responder de la adhesión a la rebelión del propio jefe de la plaza, el general Ángel García Benítez —que acabaría reculando al darse cuenta de que no se circunscribía a focos aislados, ya que era general a todo el país-, sino, lo que es aún más grave en un líder como Alonso Vega, ni de la de todos los oficiales de su unidad. Uno de aquellos que se debatían entre la lealtad de su juramento al gobierno y la situación que se desencadenaba por la fuerza de las armas era el teniente coronel Mario Torres Rigal, primer jefe de la Guardia Civil en la provincia, que se ofreció de inmediato al gobernador civil Ramón Navarro Vives, el cual no tomó ninguna decisión para garantizar el control del Orden Público, dejando que aquellas primeras adhesiones quedasen en nada, poniendo a los responsables en una situación crítica, pero no solo eso, los militantes de izquierda permanecieron desinformados y sin dirección en la creencia  infundada de que la situación podría contrarrestarse con la convocatoria de una huelga que, a la postre, solo serviría para que muchos, que acabarían en manos de la terrible maquinaria represiva del régimen, perdieran un tiempo precioso para huir a Bizkaia. Así, los 80 guardias civiles que puso a disposición del gobernador el teniente coronel Torres para hacer cumplir la legalidad terminaron incorporándose al contingente rebelde, pero no eran momentos para tibiezas y Alonso Vega no olvidaría aquello. En las antípodas de aquellos estaban los guardias de asalto del capitán Nicolás Baylin, a quienes no consta que los militares pusiesen en situación insostenible, pues su jefe, conocido por su republicanismo, supo cambiar rápidamente de bando, poniéndose pronto a las órdenes del general García Benítez, como nos dice Germán Ruiz Llano. Lo mismo sucedió con el jefe del destacamento de carabineros adscrito a la capital alavesa, Gregorio Borrega. Otro reconocido izquierdista que, a pesar de todo, tampoco se libraría, como el propio Baylin, de ser sometido a un proceso depurativo.

Un capitán, un teniente y un cabo de la Guardia Civil posan junto a un autobús de línea alavés requisado en los primeros compases de la Guerra Civil. El instituto armado tuvo que sufrir las consecuencias de ponerse a disposición del gobernador civil Navarro Vives, siendo sus miembros situados en las posiciones más expuestas del frente (Yanguas, Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz).

Un capitán, un teniente y un cabo de la Guardia Civil posan junto a un autobús de línea alavés requisado en los primeros compases de la Guerra Civil. El instituto armado tuvo que sufrir las consecuencias de ponerse a disposición del gobernador civil Navarro Vives, siendo sus miembros situados en las posiciones más expuestas del frente (Yanguas, Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz).

De este modo, la Guardia Civil fue expuesta a riesgos que nos llevan a pensar en una suerte de purga encubierta, que a la postre no solo afectaría a jefes como Torres sino a simples números, que es obvio que no tenían culpa alguna y se hubieran decantado en un sentido u otro respondiendo a las órdenes de sus mandos, tal era la confusión de aquellos primeros momentos. La cúpula militar de la capital alavesa, que conocía la organización de columnas armadas en Bilbao a punto de confluir con gran alarde de fuerzas en Vitoria, no dudó en mandar a Torres al frente de sus guardias a uno de los puestos más peligrosos en aquel momento, el alto de Arlabán, mientras se reservaban para si la organización de fuerzas militares del batallón Flandes, el regimiento de caballería Numancia y el de artillería de montaña. La misión de los guardias era cortar la carretera Vitoria-Bergara, sin que nos conste más apoyo que los propios del instituto armado. Pero mucho peor, como comentaremos a continuación, era la situación en que habían quedado los guardias de Villarreal al mando del teniente del cuerpo José Palacios Buitrago, enviado desde Vitoria para concentrar en el cuartel de la villa a todas las “parejas” dispersas por los valles de Zigoitia y Aramaio. Un militar rebelde que no podía ser ajeno a la delicada situación en la que quedaría todo aquel exiguo contingente, expuesto a ser capturado sin opciones de defensa a poco que las fuerzas procedentes de Bizkaia, donde ya había fracasado la rebelión, llegasen procedentes de Barazar u Otxandio. El plan de Alonso Vega era servirse de aquellos guardias de pueblo para que aguantasen el tiempo suficiente para que su columna móvil acudiese al rescate desde Vitoria. Sin duda, un buen modo de demostrar la adhesión al movimiento. En la mañana del 20 de julio Palacios reunió a nueve guardias, que serían reforzados por otros 10 llegados de la capital alavesa, que instalaron una ametralladora en El Crucero y fortificaron el cuartel con sacos terreros (4). Por delante de ellos no había sino cuatro locos en la vecina Aramaio: un grupo de 11 requetés del pueblo sin instrucción al mando de Lorenzo Martínez y Leandro Aina, que quizás pensasen en rememorar gestas de un pasado que aún estaba muy presente entre las familias de la zona, sacudidas por el azote de la última guerra carlista.

Los guardias recorren las calles de Vitoria en loor de multitudes en una imagen del comienzo de la Guerra Civil. Véase la redacción del Pensamiento Alavés, convertido en órgano de propaganda de la junta militar que gobernaba en la capital alavesa (Yanguas, Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz).

Los guardias recorren las calles de Vitoria en loor de multitudes en una imagen del comienzo de la Guerra Civil. Véase la redacción del Pensamiento Alavés, convertido en órgano de propaganda de la junta militar que gobernaba en la capital alavesa (Yanguas, Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz).

Y sucedió lo que tenía que suceder. El día 21 de julio de 1936 irrumpieron en Villarreal 1.000 hombres al mando del teniente coronel del batallón de Garellano Joaquín Vidal Munárriz, entre los que había una compañía de su batallón al mando del capitán Juan Santamaría, y dos secciones de ametralladoras (alféreces Alexandre y Bengoechea), una sección de la Guardia de Asalto (teniente Samaniego), otra de la Guardia Civil (capitán  Juan Ibarrola), 180 milicianos de la Unión General de Trabajadores-Partido Socialista (UGT-PSOE) al mando de Fulgencio Mateos y Ramón Rubial, 35 de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), bajo el liderazgo de Gregorio Castellanos y Liberto Lucarini, un número indeterminado de militantes del Partido Comunista de Euzkadi (PCE-EPK) de la Zona Minera de Bizkaia, embrión del batallón Perezagua, además de grupos de nacionalistas vascos tanto del Partido Nacionalista (PNV) como de Acción Nacionalista (ANV) e Izquierda Republicana (IR). Esta columna debía confluir camino de Vitoria en la localidad de Urbina con otra procedente de San Sebastián, que no llegaría nunca debido a que los militares se sublevaron en el cuartel de Loiola y tuvieron que regresar rápidamente a la capital donostiarra. La sorpresa fue total e incluso mucho más rápido de lo esperado porque a Palacios no se le ocurrió otra cosa que abandonar la seguridad del cuartel pensando que era posible hacer frente a aquello con su exigua fuerza y se desplazó a la cabeza de sus guardias hasta el alto de Pagotxiki, donde se aprestó a inmolarse, renunciando incluso a la posibilidad de contactar con Alonso Vega vía teléfono, pues no consta que se llevase al monte ningún medio de transmisión. La columna entró en Villarreal sin pegar un solo tiro, dejando a su espalda a Palacios. Eran las 16,30 h.

Una imagen de Juan Ibarrola Orueta durante la visita que cursó en 1943 a su caserío natal en el barrio de Larrazabal (Laudio). Había salido recientemente de prisión, donde sufrió muchísimos padecimientos que hicieron peligrar su propia estabilidad a decir del guardia Ángel Legasa, que fue subordinado suyo. Legasa, que sentía verdadera devoción por él, dice que durante la revolución de octubre del 34, siendo instructor de varios atestados, jamás metió a nadie en prisión mientras se tramitaban los mismos (https://www.elcorreo.com/alava/araba/cofradia-llodio-mantiene-20200110170505-nt.html).

Una imagen de Juan Ibarrola Orueta durante la visita que cursó en 1943 a su caserío natal en el barrio de Larrazabal (Laudio). Había salido recientemente de prisión, donde sufrió muchísimos padecimientos que hicieron peligrar su propia estabilidad a decir del guardia Ángel Legasa, que fue subordinado suyo. Legasa, que sentía verdadera devoción por él, dice que durante la revolución de octubre del 34, siendo instructor de varios atestados, jamás metió a nadie en prisión mientras se tramitaban los mismos (https://www.elcorreo.com/alava/araba/cofradia-llodio-mantiene-20200110170505-nt.html).

Sin embargo, a pesar de todo tuvo suerte de que estuviese allí el capitán de la Guardia Civil Juan Ibarrola, que fue informado por el teniente coronel Vidal de que algunos vecinos habían visto a los hombres de Palacios en Pagotxiki, trasladándose hasta allí para verificar los informes y las intenciones del teniente. Cuando este le vio, salió a su encuentro confiado y cordial en la creencia de que Ibarrola, que llevaba el uniforme del cuerpo y encabezaba un grupo de 18 guardias, también se había sublevado y venía a unirse a ellos. Entonces, el capitán se dirigió a los hombres allí emboscados y les pidió que se acercasen a los dos oficiales, pidiéndoles que depusieran su actitud de rebeldes, “ciñéndose a la letra y al espíritu del reglamento del cuerpo”, a lo que respondieron de forma muy positiva, dejando a Palacios en situación muy comprometida y totalmente solo. No le quedó otra, dispuesto a inmolarse como estaba, que tirar por la calle de enmedio y, tras intentar convencer a sus hombres de lo contrario, echó mano a su pistola para suicidarse, siendo inmediatamente desarmado por Ibarrola. Después, todos ellos iniciaron el camino de vuelta a Villarreal, encontrándose por el camino con los milicianos de Mateos, que habían salido en su busca por orden de Vidal.

La calle comercio de Villarreal antes de la Guerra Civil. Al fondo, el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Palacios renunció a hacerse fuerte en el cuartel y casco histórico de la villa, manteniendo la conexión telefónica con Alonso Vega a la espera de refuerzos, y marchó a Pagotxiki, donde puso a sus guardias en situación insostenible (Fondo López de Guereñu, Archivo del Territorio Histórico de Araba).

La calle comercio de Villarreal antes de la Guerra Civil. Al fondo, el antiguo cuartel de la Guardia Civil. Palacios renunció a hacerse fuerte en el cuartel y casco histórico de la villa, manteniendo la conexión telefónica con Alonso Vega a la espera de refuerzos, y marchó a Pagotxiki, donde puso a sus guardias en situación insostenible (Fondo López de Guereñu, Archivo del Territorio Histórico de Araba).

Tras permitir que los guardias pudiesen despedirse de sus familias, que tuvieron que ser tranquilizadas personalmente por Ibarrola, todos ellos fueron trasladados al cuartel de La Salve de Bilbao, viajando Palacios aparte en un automóvil. Allí se le abriría un expediente disciplinario, pero no pondría demasiado interés en ello el comandante Pedro Cortaire, segundo jefe del 22º Tercio de la Guardia Civil. A ello contribuyó de forma decisiva el propio Ibarrola con una declaración muy medida y favorable, justificándole al afirmar que éste consideraba “legítima a la autoridad que había proclamado el estado de guerra” en Vitoria. Quedó en arresto en el cuartel de La Salve a la espera de ser juzgado por el Tribunal Popular, pero disponía de ciertas prerrogativas que usó para evadirse a la zona rebelde sin dificultad alguna (5).

La columna de Alonso Vega parte hacia algún lugar del frente en los primeros compases de la Guerra Civil. La primera misión de muchas de esta columna “apagafuegos” fue acudir a Villarreal la tarde del 21 de julio de 1936 en cuanto se tuvo conocimiento de que los republicanos habían llegado hasta allí, pero se encontraron con que ya habían abandonado la villa. Estaba compuesta por soldados del batallón Flandes n.º 5 (Vicente Talón, Memoria de la Guerra de Euzkadi de 1936).

La columna de Alonso Vega parte hacia algún lugar del frente en los primeros compases de la Guerra Civil. La primera misión de muchas de esta columna “apagafuegos” fue acudir a Villarreal la tarde del 21 de julio de 1936 en cuanto se tuvo conocimiento de que los republicanos habían llegado hasta allí, pero se encontraron con que ya habían abandonado la villa. Estaba compuesta por soldados del batallón Flandes n.º 5 (Vicente Talón, Memoria de la Guerra de Euzkadi de 1936).

Y es que la columna de Vidal no se encontraba en disposición de avanzar hacia Vitoria en condiciones de superioridad sin el concurso de la columna guipuzcoana —que en aquel momento combatía por la posesión de San Sebastián-, y abandonó Villarreal definitivamente para establecerse en Ubidea y Otxandio, aunque bien podía haberse hecho fuerte allí a la espera de noticias. Pero no fue así y esa misma tarde llegó a la villa todo lo rápido que le fue posible Alonso Vega, para encontrarse con que ya no quedaba allí ni un solo guardia, extrañándose sobremanera de que hubiese fuerzas del instituto armado entre el contingente de Vidal, pues pensaba que el cuerpo al completo había secundado la sublevación en Bizkaia, recriminándoselo agriamente al teniente coronel Torres, que había abandonado Arlabán para dirigirse en auxilio de los guardias de Villarreal. Todo ello es muy significativo de la delicada situación de la Guardia Civil en el territorio alavés controlado por los rebeldes, que sería la práctica totalidad de este salvo la zona ayalesa, aunque aún estaba por definirse el frente.

Las Brigadas de Navarra en Otxandio hacia el 6-7 de abril de 1937. Guardias de asalto y civiles procedentes de Vitoria (abajo, en el centro de la imagen) son los encargados de la seguridad; véase el ayuntamiento engalanado para la ocasión (Biblioteca Nacional).

Las Brigadas de Navarra en Otxandio hacia el 6-7 de abril de 1937. Guardias de asalto y civiles procedentes de Vitoria (abajo, en el centro de la imagen) son los encargados de la seguridad; véase el ayuntamiento engalanado para la ocasión (Biblioteca Nacional).

En el otro bando no le irían mucho mejor las cosas al capitán Ibarrola, natural de Laudio, que había participado en la campaña de Marruecos como teniente de infantería, ingresando posteriormente en la Guardia Civil, donde participó en la represión de la sublevación de octubre de 1934, por lo que era denostado por los frentepopulistas, que le cuestionaron continuamente, sometiéndole a vigilancia y haciendo muy difícil su situación al frente de las fuerzas vascas, primero como jefe de la columna de Ubidea, luego de la de Otxandio y posteriormente de la 3ª División del Ejército de Euzkadi, como llegó a confesar al nacionalista Ramón Olazábal, llegando esta situación a su cenit durante el mes de abril de 1937, en que se hundió todo el frente que defendía en Otxandio, consiguiendo estabilizarlo entre Urkiola y Mañaria para luego perder terreno otra vez, protagonizando al mando de sus fuerzas algunos de los combates más épicos de toda la campaña vasca, como en Saibigain. Durante todo aquel tiempo en que llegó al agotamiento físico y mental, tuvo que aguantar la continua intromisión de un comisario político llegado desde Madrid para hacerse cargo de su Estado Mayor llamado Valeriano Marquina, un duro del aparato militar del PCE. Aún así, el católico Ibarrola, agarrado a la defensa de una causa que hizo suya por una cuestión de legalidad, se convertiría en uno de los mejores jefes que tuvo el Ejército vasco, con el que combatió hasta el final del frente norte, desarrollando una brillante carrera militar que le llevaría a participar como jefe del XXII Cuerpo de Ejército en los frentes de Teruel y Levante. Su figura está de actualidad, pues el próximo 31 de enero, en el casino de Laudio, se presentará un libro dedicado a su memoria que ha realizado un equipo dirigido por Juan Larrea.

Guardias civiles de Vitoria atraviesan Otxandio hacia el 6-7 de abril de 1937 en una camioneta del cuerpo en lo que parece un traslado de detenidos hacia la capital alavesa (Biblioteca Nacional).

Guardias civiles de Vitoria atraviesan Otxandio hacia el 6-7 de abril de 1937 en una camioneta del cuerpo en lo que parece un traslado de detenidos hacia la capital alavesa (Biblioteca Nacional).

Guardias civiles y de asalto formarían parte de la imagen que Vitoria proyectaba sobre las zonas ocupadas a partir del éxito de la llamada ofensiva de Mola, en la que pueden verse diversas fotografías que les muestran en la villa de Otxandio recién ocupada, haciéndose cargo del interrogatorio y custodia de los prisioneros de guerra capturados durante las operaciones, que luego eran trasladados hacia los centros de internamiento en autobuses de línea alaveses. Atrás parecían quedar los tiempos en que su actuación fue cuestionada duramente por la cúpula militar que gobernaba en Vitoria. Paradójicamente, sería el otro instituto armado, la Guardia de Asalto, el que pagaría los platos rotos de la falta de lealtades, siendo disuelto tras el final de la guerra por su significación claramente izquierdista, aunque también pueden buscarse ejemplos de lo contrario. Un asunto controvertido que parece solo cuestión de matices y caracteres, o de la falta de estos, según se mire. Para la historia han quedado ejemplos de honor a la palabra dada como el del comandante Jose Rodríguez-Medel —asesinado por uno de sus hombres en Pamplona cuando se disponía a intentar abortar la sublevación al frente de la Guardia Civil- y el capitán Juan Ibarrola, que merecen todo el reconocimiento por cumplir con su deber más allá incluso de sus propias convicciones personales.

(1) Josu Aguirregabiria y Guillermo Tabernilla. (2006). El frente de Álava. Primera parte. De la sublevación militar a vísperas de la batalla de Villarreal. Bilbao: Ediciones Beta. Germán Ruiz Llano es autor de Álava, una provincia en pie de guerra. Voluntariado y movilización durante la Guerra Civil. Bilbao: Ediciones Beta (2016) y Militares y Guerra Civil en el País Vasco. Leales, sublevados y geográficos. Bilbao: Ediciones Beta (2019).

(2) Citado en Germán Ruiz Llano; “Los compañeros que no son compañeros. Represión, disciplina y consenso en la guarnición vitoriana durante la guerra” en el seminario de investigación del departamento de historia contemporánea de la Universidad Complutense. Curso 2013-2014 .

(3) Jose Luis Cervero. (2006). Los rojos de la Guardia Civil. Su lealtad a la República les costó la vida. Madrid: La Esfera de los libros.

(4) Informaciones extraídas de la causa instruida contra Palacios en el Tribunal Popular. La entrada de la columna de Villarreal está recogida en unos escritos entregados por Sabino Apraiz a Ramón Olazábal.

(5) Causa instruida contra Palacios en el Tribunal Popular.

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