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GALICIA

"Venimos de una derrota de muchos años en los que la izquierda fracasó a la hora de trazar los relatos"

Pablo Iglesias, politólogo y presentador de La Tuerka, participó en el seminario Medios, Comunicación e Poder, que se cerró este jueves en A Coruña. Hablamos con él sobre comunicación contrahegemónica, la organización de la mayoría social agredida y la relación entre izquierda y cuestión nacional.

Pablo Iglesias

Pablo Iglesias

Pablo Iglesias, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense y presentador de La Tuerka (C33 y TeleK) y Fort Apache (Hispan TV), participó en el seminario organizado por la Universidade da Coruña y la Rede de Dereitos Sociais sobre Medios, Comunicación e Poder, que se cerró este jueves.

Asistimos a un proceso de fragmentación y progresivo debilitamiento de los grandes medios de comunicación y, a la vez, de emergencia de nuevas propuestas comunicativas alternativas. Piensas que podemos ver un esquema de medios muy distinto en los próximos años?
No me gustan los conceptos de comunicación alternativa o de contrainformación, porque nos margina, significa reconocer que somos minoritarios, que formamos parte de una suerte de cultura underground. En cualquiera caso, no creo que se esté desplomando la comunicación hegemónica o la visión de la realidad de los medios hegemónicos, sino más bien que se está abriendo el campo. La crisis económica, social y política está abriendo el campo a otros argumentarios, otras explicaciones de la realidad, que tienen un efecto mucho más poderoso que en otros momentos. Creo que los medios con los que trabajamos nosotros tienen un alcance relativo. Con La Tuerka queremos competir, y siempre intentamos entrar en la esfera pública, pero de alguna manera la realidad la siguen marcando los grandes medios. Pero es cierto que la situación de crisis les ha abierto las puertas a los discursos de la indignación social y por eso nuestras voces incluso tienen presencia en los medios hegemónicos. No soy tan optimista en el sentido de que le podamos dar la vuelta a la tortilla, pero sí creo que nuestros discursos se pueden escuchar en ámbitos en los que hace un tiempo no llegábamos. Y por eso hace falta un trabajo paralelo: por un lado construir nuestros propios medios y al mismo tiempo participar en los medios del enemigo.

¿La derecha ha ganado la batalla de definir sobre qué temas es lícito debatir y con qué conceptos hay que hacerlo?

Ellos marcan las reglas del juego. Y por eso tenemos que disputar conceptos que maneja el enemigo. Siempre digo que no tiene sentido que hablemos en los medios de dictadura del proletariado, de subsunción real o de neoliberalismo, sino que tenemos que disputar el sentido de la palabra democracia, de la palabra libertad, de la palabra participación... Partiendo de la base de que nos han derrotado, de que venimos de una derrota de muchos años en los que la izquierda fracasó a la hora de trazar los relatos.

Esa lucha tú la llevas incluso a los platós del enemigo, participando en programas como El Gato al Agua. ¿La izquierda erró durante años renunciando a defender su posición en esos espacios?

La izquierda pecó de verse a sí misma como divina, diciendo "yo no me rebajo a ir a programas de gritos", cuando estos programas en cierta manera enseñan a pensar a mucha gente, transmiten y crean ideología. Fue una muestra de un cierto elitismo por parte de la izquierda, pero también de su incapacidad. Y nosotros estamos muy satisfechos de participar e introducir nuestras visiones en ámbitos y formatos que no son los nuestros, y de poder estar ahí sin convertirnos en payasos. Creemos que nuestra presencia allí sirve para generar debates, para señalar sus contradicciones. En cierta manera implica asumir que el estilo, el discurso y las formas de la izquierda tradicional no nos sirven. Yo me fijaba en mi abuela, que es una mujer de izquierdas, y para ella La Tuerka podía ser un programa difícil, pero en cambio ella veía El Gran Debate y se sentía representada por María Antonia Iglesias. Y yo pensaba: o hay alguien de nosotros ahí, para atraer con cierta inteligencia a sectores sociales que se pueden sentir atraidos por nuestro discurso, o no vamos a cambiar nada.

¿Qué estrategias deben seguir la izquierda y los movimientos sociales para fortalecer su capacidad de influir en la realidad y para incrementar su poder comunicativo?

Te voy a contestar con una frase polémica: Tenemos que parecernos al enemigo. Siempre pongo el ejemplo de Intereconomía, que fue capaz de normalizar a los fachas. Durante mucho tiempo en este país la imagen de los fachas era la iconografía franquista, pelos engominados, muy alejados de la gente, e Intereconomía consiguió cambiar la imagen de la extrema derecha. Por lo tanto, el primer paso es cambiar las formas. Una de las mayores virtudes de Gara es que no parece un periódico alternativo, parece un periódico normal, con su sección de deportes, con su sección de sucesos. Otra cosa es que en Euskadi hay una realidad social, que no se da en todo el Estado, que permite estas fórmulas de accionariado popular, y medios creados desde la base. En el Estado español los proyectos semejantes que se pusieron en marcha fracasaron, y tuvimos que esperar a la participación de un gran empresario como Jaume Roures, para ver un periódico de izquierdas en los quioscos, como fue Público, con todas sus contradicciones y con las relaciones que tenía con determinados sectores del PSOE. Pero fue la primera vez desde El Independiente que era posible leer a gente de izquierdas en un periódico diario impreso. No hemos sido capaces de demostrar que podemos organizar por nosotros mismos medios de comunicación.

¿Crees que la izquierda va a ser capaz de construir una alternativa al sistema? ¿O los actores que deberían participar en ese proceso están mirando demasiado hacia dentro?

Vivimos una crisis de régimen, con la monarquía en horas bajas y la puesta en tela de juicio del sistema bipartidista salido de la Transición, sostenido por PP y PSOE con los apoyos puntuales de CiU y PNV. Y es una oportunidad muy importante para nuevos actores y discursos. Y creo que a la izquierda le está viniendo grande todo esto, creo que no está siendo capaz de llegar a estos grupos de personas descontentas con el sistema económico y con el actual sistema de partidos, y me preocupa, porque si la izquierda no es capaz de llegar a esta gente, lo hará Rosa Díez, o Albert Rivera, o Miguel Ángel Revilla. Hay un gran espacio político al que puede llegar la izquierda, y una parte de la izquierda sigue contentándose con recoger apenas los votos que el PSOE va perdiendo por su izquierda. Y esa es sólo una parte de la tarea que tiene por delante. Lo más llamativo que ocurre en Grecia es que Syriza pasa en un mes del 16% al 25%, y eso responde al hundimiento del PASOK pero también a que hay un gran número de griegos que no se consideran de izquierdas y que nunca habían votado a la izquierda, pero que ven a Syriza como una propuesta de país. Syriza no es sólo la izquierda que mejor representa a la izquierda, sino que es algo más. Y observando lo que ha pasado en América Latina en las últimas dos décadas, podemos pensar que la izquierda puede ser algo más que izquierda, puede ser una alternativa de futuro para mucha más gente. Y creo que muchos sectores de la izquierda con poder están siendo muy miopes a la hora de ver lo que está pasando.

¿En el marco de la crisis del régimen, la izquierda española ha comenzado a entender un poco mejor los problemas nacionales?

Creo que la izquierda española ha sido muy torpe con respecto a la cuestión nacional. De hecho, uno de los dramas que tenemos en la izquierda española es haber perdido una guerra civil que nos quitó el concepto de España y lo redujo a una idea hegemonizada por la derecha. Las identidades nacionales, independientemente de su solidez en términos históricos, que eso a mí no me importa mucho, son agregadores transversales, son una fuerza movilizadora importantísima. En las movilizaciones contra De la Rúa en Argentina, unas manifestaciones populares contra las consecuencias del neoliberalismo, al mismo tiempo que la gente gritaba “que se vayan todos” utilizaba banderas argentinas. Y yo pensaba "qué caña poder utilizar un concepto difícil de concretar, como una nación, como agregador para poder identificar un proyecto de país y un proyecto de liberación social".

Eso en la izquierda española no lo tenemos. Muchas veces nos ponemos quisquillosos, diciendo que "lo importante es lo social" y que "el nacionalismo es una ideología de defensa de los privilegios" y no entendemos que es un pegamento social maravilloso. Y en lugares como Galicia es todo lo contrario: nunca se podría decir que el nacionalismo es cosa de ricos, sino que es una respuesta a la subalternidad a la que Galicia se ha visto sometida durante siglos. Y lo mismo sucede en Andalucía. Me encargaron el spot electoral de IU en Andalucía y me costó mucho convencerles de que en Andalucía podían utilizar el elemento nacional. El lema final era “Soy andaluz y lucho por mi tierra”, que estaba inspirado en el “I'm black and I`m proud”, identificando la subalternidad andaluza como un elemento agregador. Izquierda ya somos, tenemos que defender que representamos lo andaluz.

Esa es una de las cosas interesantes de lo que está sucediendo en Catalunya y Euskadi, pero que también está en disputa: el proyecto de Mas de independencia de España y de asunción de las medidas de la troika es muy distinto de otros proyectos soberanistas, por lo que hay una disputa de imaginarios: si la independencia sirve para entregarle el poder a las élites económicas o si va a suponer un empoderamiento social. Pero ya querría yo poder estar en esa disyuntiva. Y creo que la izquierda española no ha sido inteligente a la hora de ver que buena parte de las izquierdas que puedan surgir en naciones como Galicia, Catalunya o Euskadi van a tener en la cuestión nacional un elemento vehiculizador de sus propuestas políticas.

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